Domingo, 26 Septiembre 2021 05:22

El Gobierno quema sus naves - Por Eduardo van der Kooy

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La debilidad de Alberto y el golpazo político que sufrió Cristina cambió la lógica interna. Llegó de auxilio la vieja guardia peronista. Conoce como nadie el negocio electoral. Llueven promesas, prebendas y dinero. Manzur asoma como eje de la gestión.

Como ninguna de las tantas renuncias fingidas que llegaron al poder, la del ex secretario de Medios, Francisco Meritello, además de haber sido indeclinable, supo plasmar un concepto sobre la tormenta que sigue atravesando el gobierno de Alberto y Cristina Fernández. Subrayó su orgullo por haber formado parte “de un proyecto superador de reconstrucción del país”. “Esa idea es la que hoy está en crisis”, se despidió.

La definición tiene registros múltiples que han obligado a la administración kirchnerista a una súbita modificación de su identidad. En eso anda. No se sabe bien qué sería ahora. Una especie de collage entre los llamados progresistas del Frente de Todos, La Cámpora, los cristinistas y la vieja guardia peronista que, ante la emergencia, fue convocada a salir de su ostracismo.

El problema no sería aquel collage. El dilema radica en la capacidad de articulación que tendría el dispositivo de poder seriamente dañado que componen el Presidente y su vice. Alberto fue debilitado por ella desde que asumió en 2019. Pero la líder acaba de sufrir un mandoble en su condición de tal. Su repetida falibilidad (no ganó una elección legislativa estando en el poder) tornó permeable el blindaje como líder. Empezó a ahuyentar el temor. Las críticas subterráneas fluyen. Lo llamativo son los desafíos públicos. La semana pasada hubo dos: Martín Guzmán, el ministro de Economía, refutó su mirada sobre la política fiscal. El extravagante gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá la cuestionó por sitiar al Presidente.

Cristina prefirió refugiarse en El Calafate para procesar el trago amargo. Tuvo un intercambio con su cuñada, la gobernadora de Santa Cruz, Alicia Kirchner, también derrotada. Esa mujer inició el operativo de cambios de Gabinete que luego replicaron Alberto y Axel Kicillof. Aseguran que la mandataria explicó que, de esa manera, frente al revés, hubiera reaccionado Néstor Kirchner.

Santa Cruz fue siempre el anticipo y el laboratorio político del kirchnerismo. En todos los sentidos. La construcción de una maquinaria política, la fusión de esa actividad con los negocios, lícitos o no, el engrosamiento de un Estado provincial, con perfiles policiales, que consolidó una situación de hegemonía desde la década del 90. Lo que ocurre ahora es un colapso. A gatas fue disimulado con artilugios en 2019, que permitieron otro turno a la actual gobernadora.

La radiografía del desastre es descripta por Sergio Acevedo, candidato disidente en las PASO, ex titular de la SIDE (Secretaria de Inteligencia) en 2003, ex gobernador de la provincia, obligado a renunciar en la mitad de su mandato (2006) por resistir la adjudicación de obras a Lázaro Báez. Habla de una provincia rentística, sin desarrollo, que solo creció en torno al Estado. Posee una población de 270 mil habitantes y desde las arcas estatales se abonan mensualmente más de 100 mil sueldos entre activos y pasivos. No parece una casualidad que el Estado Nacional pague por mes 22 millones de sueldos en empleos, planes y jubilaciones sobre una población de 45 millones. Acevedo se anima a otra descripción familiar para la Argentina. Relata la implantación de una cultura política clientelista. De cooptación. “Sucede hasta con los bomberos voluntarios”, ironiza.

Aquel problema en Santa Cruz, para temor del oficialismo, es el que también habría comenzado a aflorar en Buenos Aires, la fortaleza de Cristina. El 34% obtenido por la candidata a diputada, Victoria Tolosa Paz, no sintoniza con la cantidad de asistencia social (nacional, provincial y municipal) que el oficialismo distribuye en el Conurbano. Vale un ejemplo. Moreno es uno de los tres distritos más pobres del GBA. Cerca del 27% de niños y adolescentes padecen las Necesidades Básicas Insatisfechas. Proporcionalmente (son 500 mil habitantes) es la geografía que recibe mayor número de planes asistenciales. Mariel Fernández, la intendenta, debió ver cómo se debilitaba en las PASO. La Capitana –así llaman a la funcionaria—perdió casi 74 mil votos respecto del 2019, cuando resultó electa. Sabe bien del desacople entre la ayuda y los votos: proviene del Movimiento Evita.

La posibilidad de subsanar aquel quiebre del clientelismo sería la tarea prioritaria que se ha impuesto el Gobierno para transitar hasta el 14 de noviembre, fecha de las legislativas. Hay datos que lo certifican. En Avellaneda, la municipalidad repuso tras la derrota el reparto de bicicletas y zapatillas a niños de escuelas primarias con el logo de la intendencia. Es el feudo del ministro K de Desarrollo Territorial y Habitat, Jorge Ferraresi. Otro alcalde K, Mauro García, de General Rodríguez, ordenó la distribución de electrodomésticos. Mario Ishii hizo repartir bolsas de comida en José. C. Paz entre los asistentes al acto de Alberto. ¿Tendrá que ver con la orden impartida por el nuevo jefe de Gabinete, Juan Manzur, de salir a militar para recuperar votos?

El ex gobernador de Tucumán sabe de qué se trata. Es experto en manejo electoral de los sistemas estatales y en la repartija de prebendas con las cuales supo amasar una solvente clientela. Esa fórmula podría explicarse por sus orígenes. Empezó la escalada como secretario de Salud en La Matanza, antes de pasar al plano nacional y a la cima provincial. Por eso el peronismo tucumano suele asociarse al del Conurbano. Los primeros pasos los había dado como vicegobernador de José Alperovich, suspendido hoy como senador por una denuncia de abuso sexual.

Con sus primeros días transcurridos, el jefe de Gabinete dejó las primeras señales. Es un aliado del Presidente. Aunque no está dispuesto a depender de él para tomar decisiones y marcar sus espacios políticos. Es una de las grandes diferencias con su antecesor, Santiago Cafiero. La otra sería la dinámica de su bautismo para hacer funcionar al nuevo Gabinete. Los resultados deberán delimitar su eficacia de la sobreactuación.

Lo cierto es que tuvo un primer gesto de poder destinado a Alberto y Cristina que, a la par, se interpretó como advertencia a funcionarios clave del Gobierno y de la coalición oficial. Juntó a nueve gobernadores con el Presidente –ninguno de provincias grandes—en un encuentro al que bloqueó el ingreso de Eduardo De Pedro, ministro del Interior, y Sergio Massa, titular de la Cámara de Diputados. Hubo dos mandatarios que importan, de manera sustancial, a la vicepresidenta. Sergio Ziliotto, de La Pampa, y Mario Arcioni, de Chubut. En esos distritos Cristina se jugaría la chance de mantener hasta el 2023 la mayoría en el Senado. En ambas, Juntos por el Cambio ganó en las PASO.

Por supuesto, todo el despliegue de Manzur está condicionado a los resultados de noviembre. Otra hecatombe podría dejarlo huérfano de futuro. La reversión de la derrota –improbable- o el acortamiento de las diferencias –posible-- desmalezarían el camino a su ilusión: anotarse en la competencia presidencial para 2023. Alberto casi hipotecó su reelección. Cristina no está en aptitud objetiva de volver. Su candidato, Kicillof, salió maltrecho de las PASO por una valoración social que asoma bien debajo de la María Eugenia Vidal y la de Daniel Scioli.

Lo descripto desnuda un panorama aterrador. Con el regreso de la vieja guardia peronista –también Aníbal Fernández y Julián Domínguez-- a lugares de poder ha quedado en evidencia el raquitismo original de un Gobierno que debió hacerse cargo de la pandemia. Las secuelas no son casuales: casi 115 mil muertos, una mala estrategia sanitaria y campaña de vacunación, el deterioro económico-social que no se repara. ¿Alcanzarán ocho semanas para que la sociedad cambie o atenúe su veredicto del 12 de septiembre?

Ese interrogante carcome ahora al oficialismo. Es la razón del desvelo que embarga al Presidente y su vice. De allí la decisión de abrir los grifos del gasto público para intentar neutralizar la bronca popular. Otra pregunta con sentido común: ¿Si estaban en condiciones de hacerlo, por qué no lo hicieron antes de las PASO? De allí la duda de que el escenario venidero pueda modificarse de modo radical.

El Gobierno, en verdad, parece decidido a quemar sus naves. Guzmán lo sabe y lo sufre. Está de por medio el Presupuesto que Máximo Kirchner y Massa parecen dispuestos a embarrar. Está en juego su propia estabilidad y la línea que mantiene con el FMI para la renegociación de la deuda. El ministro no sería el único magullado por la crisis. En el Congreso de Estados Unidos han comenzado a objetar a la jefa del organismo, la búlgara Kristalina Georgieva. Obedece a su anterior actuación en el Banco Mundial, cuando “ideó un plan corrupto” para favorecer a China en el ranking de economías globales.

La posibilidad de otra derrota electoral encierra para la vicepresidenta un temor excluyente. Su vulnerabilidad ante los jueces de Comodoro Py. Las causas de corrupción pendientes. La incertidumbre puede haber aumentado con una novedad. La determinación de la Corte Suprema de anticipar el cambio de autoridades. Fue consagrado presidente Horacio Rosatti, malquerido por Alberto y Cristina. Como ladero quedó, sorpresivamente, Carlos Rosenkrantz. Ambos fueron incorporados al Tribunal por iniciativa de Mauricio Macri. Llegaron con el voto propio y de Juan Carlos Maqueda. La prescindencia de Ricardo Lorenzetti y Elena Highton.

Lorenzetti cuestionó el procedimiento. Además, la presencia de un hombre clave en el entorno de Rosatti –Silvio Robles, un lobista—que, de no haber estado, hubiera ayudado quizás a un acuerdo amplio. Se abriría así una alternancia que no existió en los once años de mandato de Lorenzetti. Con cinco miembros ungidos por tres presidentes distintos. Pero con una división expuesta que siembra enigmas sobre su funcionamiento. Aunque encaje, sin imperfecciones, en el paisaje general de la Argentina declinante.

Eduardo van der Kooy

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