Domingo, 03 Octubre 2021 07:00

¿Cómo intentará Cristina Kirchner mantener su gobierno en pie hasta el 2023? - Por Marcos Novaro

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Alberto Fernández está por momentos ido, y de a ratos vuelve a gritar, pero nadie lo escucha. La Vicepresidenta, hiperactiva, se mete en todo, prueba todos los botones, a ver si algo de milagro funciona para evitar la catástrofe electoral. Pero el desafío más grave que enfrenta no es el 14, sino que el 15 deberá seguir gobernando. ¿Podrá?

La evaporación de la autoridad presidencial es, dentro de este difícil panorama que enfrentamos, el drama más serio que afecta al oficialismo. De acá a las elecciones de noviembre, por más gente que hayan subido al escenario, no van a encontrarle solución: en todo caso, para cierto público adepto, lograrán disimularlo. Pero ya va a ser inescapable, y tal vez se haya vuelto aún más grave, cuando se terminen de contar los votos: entonces quedará bien a la vista el lío en que nos metimos en 2019, y que el entero sistema político puede verse afectado, sumiéndonos en un total desgobierno.

Habrá llegado la hora de responder las preguntas que ya están dando vueltas en muchas cabecitas inquietas: ¿cómo sigue esta historia?, ¿cómo llegamos al 2023 con un presidente devaluado (a esa altura, súper devaluado) y una gestión desarticulada, dominada por un internismo destructivo y asediada por problemas dramáticos en muchos frentes a la vez? ¿Alcanzaría con ponerle algunos parches más al casco?

Fue esta última la única “solución” a que lograron llegar Alberto Fernández y Cristina Kirchner tras la derrota en las PASO y la feroz trifulca interna que le siguió, y es ostensible que no sirvió de mucho: el engendro resultante hace agua por los cuatro costados, tiene todos los problemas que se arrastraban de antes, y le sumó algunos más.

Pero si los resultados de noviembre no son peores para el oficialismo que los de septiembre, o incluso mejoran marginalmente en algunos distritos, tal vez lo que impere sea la tentación de estirar las cosas, de darle alguna chance más a la mezcolanza de gente sin mucha idea que se armó de apuro diez días atrás. Aunque eso signifique perder un tiempo precioso para ordenar mínimamente las cosas, y luego tener que enfrentar esa tarea en aún peores condiciones.

Dos años son siempre una eternidad en Argentina, y en las actuales condiciones lo son aún más. Atravesarlos con una gestión tan mal preparada como la actual tendría seguramente costos altísimos, para el oficialismo y para el país. Veamos, si no, cómo han estado chocando entre sí y dando tumbos sus distintos componentes en esta última semana.

Por un lado, tenemos un gabinete que se pretende “renovado”, “potenciado” y hasta “territorializado”, con “figuras de poder real”, pero que bastó someterlo a un par de conferencias de prensa para que quedara desdibujado. Juan Manzur y Aníbal Fernández sumaron verborragia desatinada y despilfarro de dinero público a un equipo que carece ya del todo de cabeza, y en el que nadie sabe cuál es la cadena de mando. Y como además cabe sospechar que varios de los aspirantes a jefe que dan voces de mando están de paso, la actitud más razonable a adoptar para el funcionariado es esperar y ver qué pasa. El inmovilismo tiende así a extenderse y prolongarse.

Sobre ese plantel ministerial flota un presidente que es una sombra de lo que fue, pero que sigue siendo necesario, en cierta medida lo es más que nunca, para desmentir la idea de que Cristina es la única jefa y por tanto la única responsable, cosa que ella está también cada vez más interesada en desdecir, porque no duda ya de que los resultados seguirán siendo malos y no hay ni habrá salidas rápidas ni baratas disponibles.

Y, finalmente, en derredor de este “equipo” de gobierno pulula un peronismo que dice seguir unido, pero cruje por todos lados, y donde todos, gobernadores, intendentes, sindicalistas, dan ya el aviso de que no se sienten representados por nadie, así que si necesitan su cooperación, que los vayan a buscar uno por uno. Es la pauta que establecieron los intendentes bonaerenses luego de que la jefa alentara el ingreso de varios de ellos al gabinete de Kicillof. Y es lo mismo que hacen saber los gobernadores cuando Manzur pretende actuar como su primus inter pares. Esto es un hormiguero pateado, dicho mal y pronto, no hay solidaridad de grupo ni representación que valgan, cada cual buscará salvarse como pueda.

De la “unidad ante todo” a este cuadro de descomposición no es que se pasó por arte de magia. El problema del peronismo viene de largo, y no va a tener tampoco una solución rápida, ni económica.

Pero en el mientras tanto, ¿por dónde se puede empezar a ordenar el despelote?, ¿hay una punta del hilo en esta madeja? La que tendrá un papel estelar en responder estas preguntas será, obviamente, Cristina: de lo que ella haga el 15 de noviembre, de cómo reaccione a los resultados, si lo hará igual o peor que en septiembre, o nos sorprende para bien, dependerá en gran medida lo que nos espere a continuación.

Cristina, claro, puede seguir como hasta aquí: esforzándose ante todo por lavarse las manos de los problemas que afectan a su gobierno, y de los muy malos resultados de sus políticas. Y si ese es el caso vamos a necesitar aún más ayuda divina que ahora, porque puede que entonces se radicalice, y sin plata ni consenso ese camino solo puede sostenerse a las patadas y sus resultados económicos y sociales serán aún peores, mucho peores. O puede que insista con los parches, mientras ella y los suyos manifiestamente ponen más y más distancia del Gobierno, compitiendo por representar la bronca hacia él, con lo cual las pocas chances que tendría de sobrevivir un esquema como el ahora vigente desaparecerían en poco tiempo.

Como se ve, sea por una vía o por la otra, si Cristina insiste en actuar como viene haciéndolo en los últimos tiempos, vamos a estar jodidos.

Pero puede bien suceder que ella nos sorprenda, con uno de esos giros pragmáticos que supo ya dar en el pasado, cuando se acercaba a encerronas peligrosas. Como lo hizo, por ejemplo, cuando devaluó la moneda y ordenó arreglar con el Club de Paris a como diera lugar, a comienzos de 2014. Y también cuando tiró por la borda a Unidad Ciudadana y buscó reconciliarse con el PJ, en 2018. Claro que, en esta ocasión, un giro de esas características exigiría de ella muchos más sacrificios que entonces: asumir compromisos complicados para su autoimagen como líder espiritual del “campo nacional y popular”; y ceder mucho más que unos cuantos miles de millones más de bonos públicos, que finalmente otros deberían pagar, o una candidatura presidencial, que de todos modos ella no iba a poder protagonizar con éxito.

Una posibilidad sería que renegocie el pacto de convivencia en el peronismo, recomponiendo mínimamente la coordinación entre sus facciones, para lo cual no tendría más escapatoria que ceder en serio cuotas de poder a líderes territoriales y sindicalistas, entre otras cosas la atribución a los primeros para que manejen el cronograma electoral y las listas de 2023 más o menos a piacere.

Otro camino, si este resultara demasiado escabroso, costoso, o directamente impracticable porque porciones importantes del partido decidan que en cualquier caso no volverían a compartir listas con ella, y se lo hagan saber anticipadamente, sería intentar un “gobierno técnico”. En el que Alberto Fernández, no por sus dotes técnicas precisamente, sino porque va a ser el único en condiciones de “gobernar sin ataduras políticas” dado que ya nadie querrá estar atado a su destino, podría volver a tener una función relevante que cumplir. No será, obviamente, una gestión capaz de emprender cambio alguno, y apenas podría sellar un acuerdo precario y transitorio con el FMI y demás acreedores. Pero al menos sería uno que se podría mínimamente preservar de la puja interna en el peronismo, que en este caso inevitablemente se agravará. Y hasta podría contar con una mínima cooperación de la oposición triunfante, imprescindible en el Congreso y también frente a los actores externos y la opinión pública, y que no querrá heredar un país por completo ingobernable.

Los gobiernos “técnicos” han sido frecuentes en regímenes parlamentaristas o semi parlamentarios, en etapas en que no se pudo formar una coalición mayoritaria. Ofrecen una fórmula de transición, ordenan mínimamente el juego y el terreno, para que otros generen una salida más duradera y eficaz a los problemas que se enfrentan. No sería una mala manera para que Alberto Fernández realice el que confesó es su único y último deseo, terminar su mandato. Al menos no sería la peor.

Marcos Novaro

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