Miércoles, 13 Octubre 2021 09:00

¡Frederic, volvé! ¡Te perdonamos! - Por Marcos Novaro

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Qué bien que estábamos cuando pensábamos que estábamos mal, con funcionarios que no funcionaban, pero al menos no te amenazaban. Con la buena de Sabina haciendo chistes de mal gusto sobre la inseguridad, pero al menos no provocando aún más miedos de los que ya atraviesan a la sociedad.

Aníbal Fernández es el testimonio vivo de que el kirchnerismo no tiene forma de imponerse como sentido común de este país. Que no va a poder nunca ejercer una más o menos perdurable hegemonía entre nosotros. Simplemente porque es demasiado abiertamente monstruoso. Practica una forma degradada del peronismo, que lleva al extremo sus rasgos más problemáticos, cebándose en ellos hasta el extremo de volver irrespirable el ambiente a su alrededor. Y como dijo en una ocasión un famoso escritor argentino, sobre otro fenómeno político con rasgos también bastante problemáticos, los monstruos no ignoran que lo son y suelen colaborar secretamente con su derrota.

Es difícil explicar de otro modo que como un secreto deseo de hundir aún más de lo que está a su propio gobierno el tweet amenazante que le dedicó el ministro de Seguridad al humorista Nik, por un comentario crítico, que la verdad no era nada del otro mundo, nada que no se diga en estos días millones de veces, y muchas en tonos mucho más duros.

Aníbal no tuvo mejor idea que agarrárselas con las hijas del humorista, y el colegio al que concurren, rompiendo ya todo límite en materia de brutalidad, con un tono insinuante para transmitir temor en el que se ve es muy ducho: “puedo decir a qué colegio van tus hijas si no te callás la boca”, no otro era el mensaje subyacente que rebotó miles de veces antes de que lo borrara.

Decí que no lo pueden echar, porque supuestamente es el que vino a salvarlos, pero bien que deberían preguntarse en el oficialismo, si este era el mejor de nuestros refuerzos, mejor no sigamos buscando reemplazos.

¿Por qué, además, esta manía de agarrársela y muy mal con los humoristas, convertir asuntos nimios que los enfrentan con ellos en conflictos brutales, enfrentamientos irreparables? Que recordemos fue también un síntoma y un disparador de la primera fase de radicalización K, la que se inició en el otoño de 2008: a raíz de un dibujo de Sábat los Kirchner declararon una guerra que duró años, y no sólo contra el dibujante, ni contra el diario Clarín donde trabajaba, sino contra más de la mitad de la sociedad argentina.

Tal vez tenga que ver con esta obsesión de ser ellos siempre y para todo el mundo los reyes del buen humor, y en una clave muy peculiar: les encanta ser los que se burlan de los demás, tanto como detestan ser objetos de burla. Esta parece ser también una obsesión que tiende a desbordarse, extremarse y tornarse entonces un poco monstruosa: se la pasan tanto tiempo autocelebrándose como expresión excelsa del amor, la solidaridad, la justicia y todo un montón de otras maravillas, que deben ser también y por sobre todas las cosas la expresión de la alegría; aunque ella sea casi siempre una alegría que se funda en la desgracia de los demás, en humillarlos, maltratarlos y, finalmente, hacerlos callar.

Aníbal es también un ducho practicante de este oficio, un tipo capaz de decirle cualquier bestialidad a sus adversarios, pero pasar por simpático, al menos para sus adherentes, porque lo hace con sorna, en verso, con algún firulete al mejor estilo guasón. Y se ve que quiso en este caso demostrar sus habilidades, probar de paso que era también él un humorista, y uno mejor que Nik, y se le fue la mano. ¿Con qué, en concreto, se le fue la mano? Con la dosis de omnipotencia que agregó a su pretendida sátira: “me meto con tus hijas, porque puedo hacer y decir cualquier cosa, nadie me va a parar”. 

Aníbal Fernández no es el único

Y lo peor es que no se trata de un problema exclusivo de Aníbal: el entero gobierno del Frente de Todos está experimentando una suerte de sobredosis de realidad y expresividad. Es como si la última carta de Cristina los hubiera arrojado desnudos a la palestra, y pretendieran que nos acomodemos a un nuevo registro de comunicación y representación, en que las cosas se dicen a lo bestia, y a lo bestia se llevan a la práctica.

No es una novedad que buena parte de nuestra sociedad está sometida a la dádiva, y a la extorsión que la acompaña. Pero el modo en que Daniel Gollán transmitió el mensaje al respecto, el de que los pobres deben votar pensando solo en “la platita” que reciben del Estado, fue por demás sorprendente. Tan sorprendente como la sintonía que con este mismo registro “a lo bestia” establecieron Pérsico, Alberto y Máximo en el último acto público que los reunió, y donde explicaron con una sinceridad excepcional el país que quieren: atendiendo a las palabras de los tres, es uno en donde no existe la oposición, la alternancia por tanto queda descartada, donde no existan lo medios, nadie que “confunda a la gente” ni dispute con el gobierno lo que “es verdad”, ni existan los acreedores, nadie que nos reclame que gastemos lo que no tenemos; donde no exista en suma nada que obstaculice sus deseos, que frene su voluntad. ¿Un sueño un poquitín infantil, ¿verdad? Pero es en lo que sueña esta gente, que parece adulta y madura, pero no es ni una cosa ni la otra.

Mientras Aníbal Fernández insulta y ataca, Juan Manzur reza, y Alberto Fernández desvaría, nada que sorprenda. A esa dirigencia los votantes le dieron una lección de sensatez el 12 de septiembre.

Dejándola en off side no solo a ella, sino en general a los devotos de la imbatibilidad del peronismo, de la idea de que “juntos pueden hacer cualquier cosa, nadie los para”.

En las reacciones posteriores del oficialismo muchos quisieron ver una lectura exclusivamente “económica” de ese resultado electoral: como si el FdeT estuviera registrando solo un problema de caja, de cuánta plata puede poner sobre la mesa. Pero se pasa por alto así lo otro que está poniendo sobre la mesa: la radicalización discursiva, las patoteadas contra los críticos, el hiperrealismo con que apuesta a las dádivas, que están animados no sólo por la omnipotencia sino, por, sobre todo, por la disposición a poner en juego el miedo en todas sus formas. Es como si el mensaje de campaña al que estuviera recurriendo el oficialismo fuera el de un “colectivero loco”: “vótennos porque si no lo hacen, no habrá convivencia posible, este colectivo choca, mejor dicho, nosotros lo chocamos”. No es la primera vez que lo intentan, pero es sin duda la versión más burda y desarrapada que han podido concebir.

Marcos Novaro

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