Domingo, 07 Noviembre 2021 09:05

Si usted fuera Cristina Kirchner, el 15, ¿compraría más acciones de un barco que se hunde? - Por Marcos Novaro

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El país discute intensamente en estos días no tanto los resultados del próximo domingo, como lo que vaya a suceder el lunes: si la señora se radicaliza, si fuerza la salida de medio gabinete, si la crisis puede llevarla a renunciar, o a forzar la renuncia de Alberto, pequeñeces como esas. Pero ¿y si no pasa nada?

El temor más generalizado que circula en estos días en las calles y en los cenáculos, entre la gente común y en las elites, es si no nos vamos a encontrar el lunes 15 de noviembre frente a un despelote mayúsculo, peor que el que estalló tras las PASO de septiembre. Que nos dejó a todos medio aterrados, y con una gran duda: ¿tiene algún límite la tendencia al error autodestructivo que por momentos gobierna al dúo Fernández?, ¿sus integrantes podrán dominar su ira y orgullo herido, sus sesgos ideológicos delirantes, e intentar algo mínimamente razonable para tratar de enderezar el barco hasta 2023, o será hora de correr a los botes?

Es muy probable que se esté exagerando un poco la nota. Justamente, fruto de la fea experiencia vivida en septiembre. Entonces el resultado los tomó por sorpresa. Y se activó de improviso, en ambos miembros de nuestra deliciosa pareja gobernante a la vez, la tentación de zafar, de no pagar el costo político y enchufárselo al otro. Costo que, sin embargo, en los dos meses que siguieron no han tenido otra que ir acomodando en sus respectivas espaldas. A regañadientes y con disimulo, eso sí. Así que, por ese lado, el de la reacción intempestiva y orgullosa, no habría por qué pensar que las cosas se puedan repetir.

Pero más importante que eso es el modo en que han ido cambiando, desde entonces, los diagnósticos de situación y las ambiciones que cada uno, Alberto y Cristina, pueden albergar en sus cabecitas. Alberto lo expuso con claridad en el mismo ensayo de velatorio en que se convirtió aquella noche de domingo de septiembre: “quiero que me dejen terminar mi mandato”, palabras más, palabras menos. Y Cristina hizo lo propio en la carta con que casi incendia al país unos días después: “quiero recuperar mi capital político de 2017″, es decir, el piso de votos propios que reunió cuando tocó fondo (antes de que perforara ese fondo en estos últimos dos años, se entiende).

Lo que habría que preguntarse entonces, para empezar, es qué necesitarían hacer, cada uno de ellos, para lograr esos objetivos de mínima a los que parece se han resignado. Y lo cierto es que la respuesta no tiene tanto misterio, y les permite seguir juntos, o mejor dicho “juntos” como hasta aquí, en lo posible con algo más de mesura, sin tantos sueños inalcanzables tentándolos.

Él necesitaría patear para adelante todos los problemas que se le presenten, y esconder la mugre resultante bajo la alfombra. Ella, seguir cultivando el perfil de perseguida, para desarmar las causas en su contra (mientras le arma otras a sus supuestos perseguidores) y de hada madrina de los pobres, para que nadie vaya a pensar que las desgracias que administra Alberto tengan algo que ver con su “proyecto” y sus “ideales”.

Vistas, así las cosas, ¿por qué esperar de su gestión algo distinto a lo que ha venido haciendo? Puede que se cacaree un poco más fuerte el anticapitalismo camporista. Pero no tanto como para impedir que Alberto haga sus tejemanejes con el Fondo, de modo de estirar las cosas hasta 2023 y entregarle un paquete infinitamente más envenenado que el de 2015 al que lo suceda. Al contrario, el cacareo tendrá justamente por principal finalidad seguir disimulando que, mientras unos controlan precios y bloquean el acceso al dólar, por la otra ventanilla se acelera la devaluación, se corrigen mínimamente las tarifas y se siguen retrasando jubilaciones y salarios.

Y hay, además, otra razón contundente para que a Cristina no se le vaya a ocurrir siquiera escribir una nueva carta el lunes 15, ni el 16. Ni quiera reclamar nuevamente urgentes cambios de ministros. Y es que en septiembre eso tenía sentido para hacerlo hocicar a Alberto, obligarlo a que pusiera su cuota de sangre, así ella podía despegarse de la derrota; mientras que ahora, conocido el resultado definitivo y más allá de que él sea un poquito mejor o un poquito peor, lo que tendrá que evitar es quedarse sola al mando del barco, mientras los demás se rajan. La situación va a ser completamente distinta, y lo que necesita hacer, por tanto, también difiere como el día de la noche.

Se escucha todo el tiempo últimamente que “Cristina podría radicalizarse”, que “forzaría la salida de Guzmán”, o incluso que podría prescindir de Alberto, o si no lograra torcerle el brazo, ser ella la que renuncie. Pero, ¿qué podría conseguir con cualquiera de esas iniciativas? Simplemente se estaría suicidando. Porque, si se fuera al llano, no tendría ninguna de las ventajas que tuvo como opositora implacable frente a Macri, y el resto del peronismo tendría una espectacular ocasión para echarle la culpa de todo, además de para reabrirle tal vez alguna causa, si encontrara un reemplazante de Bonadío. Y si se quedara, y volviera dueña absoluta de la situación en el Ejecutivo, podría irle aún peor: no tendría ya a nadie a quien echarle la culpa de las malas noticias, o al menos con quien compartirlas.

Pensemos un segundo qué podría suceder en el tan mentado y temido escenario de la radicalización: una Cristina dueña del Ministerio de Economía, ¿qué podría hacer con él?, ¿tendría alguna ventaja que hoy no tiene? Ninguna. En la actualidad a ella se le atribuyen los congelamientos de precios y tarifas, y no tiene necesidad de aflojarlos ni desmentirlos ante el FMI, ¿podría esperar que alguien haga mejor que Guzmán ese indigno trabajo? Difícil imaginar un reemplazante que lo supere en docilidad y genuflexión, ¿para qué querría sacarlo?, ¿para poner a Felletti, es decir, exponerse? Lo mismo cabe para Juan Manzur, oficioso aspirante a reemplazar a Alberto, mantener a raya a Schiaretti y a seducir, sino a los peronistas moderados, al menos a los derechistas.

Sumemos a lo dicho el hecho de que, si Cristina se quedara abiertamente con la manija el 15 de noviembre, le estaría dando la oportunidad y la excusa perfecta al resto del peronismo para lavarse las manos de todo lo que pasó, y lo que sería aún peor para ella, de todo lo que vaya a pasar de acá a 2023. Gobernadores, intendentes y sindicalistas le dirían inmediatamente: “bueno señora, haga lo que pueda, nosotros velaremos de ahora en más exclusivamente por nuestro metro cuadrado”. Puede que por momentos ella se deje llevar por la ira, que sea bastante omnipotente y propensa a tomar riesgos innecesarios y hasta absurdos; pero tan loca no está como para comprarse todas las acciones de un barco a la deriva, y que difícilmente siga a flote por mucho tiempo más.

En resumen: tenemos dos años muy duros por delante, no cabe duda, y uno de los desafíos a soportar en esa travesía va a ser presenciar, una y otra vez, penosos y repetitivos episodios de una serie ya muy gastada, Cristina y Alberto conviviendo a las patadas y haciendo macanas; pero consolémonos, aún peor sería si a alguno de los dos se le ocurriera improvisar, cambiar sus parlamentos con la idea de que puede salir bien parado, porque nos quiera sorprender con su inventiva o simplemente porque se chifle; así que esperemos que prime en ellos una mínima racionalidad, su oficio de farsantes y que el barco aguante.

Marcos Novaro

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