Martes, 11 Enero 2022 11:10

Al final, la oposición le hizo un favor a Guzmán - Por Marcos Novaro

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Si el encuentro del ministro de Economía con los gobernadores hubiera tenido asistencia perfecta, habría quedado aún más a la vista que sus efectos para la negociación con el FMI fueron pésimos y la entera responsabilidad fue del ministro. 

El ministro de Economía, Martín Guzmán, tiene una fina capacidad para meter la pata, que todo salga mal, pero seguir como si nada. 

Lo hizo con la negociación con los bonistas privados durante 2020: estuvo dando vueltas durante meses, todas sus exigencias cayeron en saco roto, al final cedió mucho más de lo previsible de haber sido menos lunático en sus planteos iniciales.

Y de todos modos no sirvió de nada que lo hiciera, porque la desconfianza sobre la capacidad de pago del país continuó alta tras el arreglo, los nuevos bonos pasaron a valer chirolas al poco tiempo, ni el Estado ni las empresas argentinas pudieron volver a tomar crédito externo y aun habiendo conseguido un tiempo de gracia considerable el tesoro ya está en serios aprietos para pagar siquiera los intereses comprometidos. Peor imposible.

Sin embargo, Guzmán jamás ha tenido que dar explicaciones por lo sucedido. Antes bien, se dedica a pontificar sobre las fallas de los demás, sobre las deficiencias de las instituciones financieras internacionales, las injusticias asociadas, y en particular sobre los errores cometidos por la gestión de Macri ante el Fondo.

Esta mala costumbre quedó bien ilustrada en la cita que el miércoles pasado lo reunió con algunos gobernadores, no todos, ni siquiera todos los oficialistas, pues unos cuantos de ellos buscaron excusas para quedar al margen de la foto. Igual que los opositores, advirtieron que el objetivo del gobierno nacional era solo compartir costos con ellos, y difícilmente iba a haber novedades concretas. Menos todavía alguna buena.

Guzmán no los decepcionó. En su charla insistió en que el pasivo con el FMI es casi el único obstáculo que enfrenta su gobierno para hacer su trabajo y el país para crecer. Según él los 44.000 millones de dólares involucrados no hay forma de pagarlos y de no ser por ellos todo iría de maravillas. Raro, porque la deuda pública total es de 353.514 millones de dólares, es decir que con el FMI tenemos menos del 13% de nuestro pasivo público. ¿Por qué será que el ministro y el presidente lo consideran “el único problema”?

Este curioso enfoque, claro, les permite ignorar todos los demás, la inflación para empezar, por completo ausente en su exposición, el retraso creciente del tipo de cambio, y lo más importante, la forma en que ha venido financiándose el tesoro, con emisión acelerada y deuda en pesos, ajustada por CER, tipo de cambio o diversas tasas de interés, y que creció tanto como la emisión: en dos años lleva acumulado un incremento de algo más de 40.000 millones de dólares, casi tanto como lo que debemos al FMI.

Pero de eso Guzmán no habla. Ni nadie le pregunta cómo piensa pagarlo, o al menos frenar la velocidad meteórica con que viene creciendo esa bola de nieve.

Lo que quedó claro con ese silencio fue que el verdadero problema con el Fondo no es la deuda, ni su monto, ni el cronograma de pagos, mucho menos los intereses. Son los nombres de quienes firmaron los compromisos del lado argentino, y los planteos que el organismo le hace al país para avanzar en la renegociación.

No hay acuerdo sobre el “sendero fiscal”, reconoció el ministro, lo que el gobierno argentino pretende gastar, emitiendo y tomando más y más deuda en pesos; pero siguió también escondiendo así que los desacuerdos son aún más difíciles de superar en muchas otras cosas, asociadas más o menos directamente al nivel de gasto público.

Corrección del tipo de cambio, tasas de interés positivas (apenas si el BCRA empezó a subirlas días después, todavía siguen muy lejos de lo que se le reclama, por lo que los depósitos en pesos seguirán cayendo), pasar de los congelamientos de precios a acuerdos tanto de precios como de salarios mínimamente consistentes y cumplibles (algo difícil de imaginar desde que el gobierno insiste en que los primeros subirán el 33% en el año, y todos los demás hablan de por lo menos 20 puntos por encima de eso), reducción de subsidios y ajustes de tarifas (materias en que el Ejecutivo también hizo ya algunos anuncios de correcciones, pero muchas menos de las que se necesitan), lo que inevitablemente traerá aún más inflación, y señales claras de que se reducirá la emisión, entre otros temas.

Todo eso lo está reclamando el Fondo, para colmo, para antes de firmar cualquier papel, como medidas previas que confirmen la voluntad del gobierno argentino de avanzar por el camino correcto. Convencido, por muy buenos motivos, de que no conviene confiar en la palabra de estos funcionarios.

Así que, ¿en serio Guzmán creyó que podía convencer a su audiencia de que el único problema que le falta resolver es el desacuerdo sobre el déficit de 2022, si va a ser de 2,8 o 3,5% del PBI, o sobre la fecha en que Argentina promete equilibrar sus cuentas, si será 2024 o 2027?

En todo caso este es el menor de los problemas, porque la inflación licuará el gasto y ayudará a acercar posiciones, ambas partes lo saben muy bien. Lo que está realmente lejos es un entendimiento sobre todo lo demás, respecto a lo cual es mucho más difícil macanear y que la licuación haga el trabajo sucio. Por algo los bonos se derrumbaron al día siguiente y el riesgo país volvió a los 1800 puntos, nadie le creyó al ministro. Todos atendieron a lo que él cayó y quiso esconder, no a lo que mostraron sus filminas.

Pero el oficialismo de todos modos insistiría. Al día siguiente el tema que lo obsesionaba era por qué Horacio Rodríguez Larreta no había mandado siquiera a un representante de segunda línea de su administración. Si eso probaba que Macri sigue siendo el que decide sus pasos, o que él mismo es un lobo disfrazado de cordero. Mientras tanto, Guzmán se abocó a reiterar su guión en reuniones con empresarios y sindicalistas, indiferente a los resultados que sus planteos habían recogido ya en los mercados.

Larreta la tenía fácil, pues finalmente su pronóstico de que no valía la pena participar de un show donde nada se iba a aclarar, ni se expondrían datos serios sobre los que buscar acuerdos, pareció validado. Así que no tuvo por qué dar muchas explicaciones. Menos todavía desde que el propio oficialismo se volvió a enredar respecto a cuándo, cómo y con quiénes se concretaría el demorado encuentro con los representantes de la oposición.

Pero lo cierto es que, si esto le resulta tan difícil de resolver al gobierno, es en gran medida porque cuesta imaginar una escena en que los reproches a sus contrincantes por haber tomado la deuda en 2018 le alcancen para disimular que no tiene la menor idea de cómo salir del brete en que está. Y convendría que los opositores tomaran nota de esa dificultad oficial, en vez de seguir buscando la forma de agravar las dificultades propias, actuando con culpa e intercambiando reproches entre sí.

Hay veces que solo los niños y los locos dicen la verdad. El miércoles ese doble papel lo cumplió, imprevistamente, Axel Kicillof al insinuar que si por el camino que iban no estaban logrando nada, tal vez a Alberto y Martín les convendría revisar su estrategia. Claro que el bueno de Axel estaba pensando en hacer aún más ruido antimperialista, batir el parche con las injusticias a que se somete a los países pobres, cosas por el estilo. Pero su advertencia fue igual válida: si lo que hacés no da resultado, es de sentido común intentar algo distinto, Guzmán hace dos años que habla y habla con Georgieva de este asunto, no parece haber avanzado ni un tranco de pollo, ojalá no pierda también los poco más de dos meses que quedan para el dead line.

Marcos Novaro

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