Domingo, 27 Febrero 2022 06:30

Como con Adolf Hitler y Benito Mussolini, la Argentina elige el peor momento para jugar de “neutral” - Por Marcos Novaro

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El grado de improvisación y patetismo de nuestra política exterior sigue batiendo récords. Los argumentos de los funcionarios del gobierno de Alberto Fernández recuerdan la tercera posición de Perón, que significó un verdadero desastre para nuestro desarrollo político y económico. 

Uno de los peores errores cometidos por nuestros gobernantes en todo el siglo XX fue no entender lo que pasaba en el mundo durante la Segunda Guerra, ni lo que sucedería tras su conclusión. De la mano de Cristina y Alberto se está repitiendo el error, con más patetismo e irrelevancia. 

Nuestro representante en la OEA acaba de negarse a votar una declaración contra la agresión rusa contra Ucrania. Y el embajador Rafael Bielsa, una suerte de alma mater de la diplomacia kirchnerista, explicó las razones: no es un tema que deba interesarnos, tenemos que ocuparnos de lo nuestro.

Sus argumentos recuerdan la tercera posición de Perón, que significó un verdadero desastre para nuestro desarrollo político y económico. Por la pretensión de “terciar”, desde un lejano rincón del mundo, primero entre las democracias liberales y el nazifascismo, y luego entre el capitalismo y el socialismo totalitario; la vergonzosa y autoflagelante expectativa depositada en que estallaría, muy poco después de concluida la segunda, una tercera guerra mundial; los enormes gastos en que se incurrió para financiar la ridícula liga de naciones “terceristas”, la pérdida de enormes oportunidades para atraer inversiones y desarrollar el comercio, y la lista sigue.

El tercerismo disfrazaba como “neutralidad”, además, una preferencia por los autoritarismos frente a las democracias, las economías planificadas frente a las libertades de mercado, y las sociedades uniformadas moral y organizativamente frente a las pluralistas y abiertas. El ideal dominante en nuestro país en esos años basculó entre un fascismo de izquierda y un stalinismo de derecha, siempre lejos de los principios básicos de Occidente. Así que de verdaderamente “neutral” tuvo muy poco, tanto durante la guerra como tras su conclusión.

Algo parecido a lo que sucede hoy, en que el gobierno argentino dice querer llevarse bien tanto con Estados Unidos y Europa como con Rusia y China, pero solo con estos últimos firma acuerdos de cooperación, solo con ellos se endeuda de buen grado, y quiere comerciar y recibir inversiones.

Inclinación que revela, por, sobre todo, una pavorosa indiferencia frente al ejercicio del mal a escala mundial, en sus formas más injustificables. Igual que con Hitler y Mussolini en los 40, con Putin en las últimas dos décadas, salvando las distancias, que tienden igual a reducirse con el paso del tiempo, nuestros gobernantes han sido y siguen siendo por completo indiferentes a la violencia extrema que déspotas sanguinarios son capaces de ejercer tanto contra sus propios ciudadanos como sobre los de otros estados.

Es realmente sorprendente como el cinismo con que Putin miente, acusa a sus enemigos de los pecados que él comete todos los días, y habla de paz, democracia y “desnazificación” mientras sus tropas destruyen un país entero, simplemente por ser democrático, próspero y, por tanto, volverse cada vez más independiente de sus designios, deje por completo fríos a Alberto y sus funcionarios. Sorprendente, pero también lógico: finalmente, y de vuelta, salvando las distancias, es el mismo mecanismo que lleva a esta gente a odiar a los porteños, a los cordobeses o a los mendocinos. No toleran que haya sociedades a las que les vaya más o menos bien sin jorobar a los demás.

Pese a todos los costos que en el pasado le acarrearon al país las políticas “neutralistas”, todavía hoy muchos dirigentes peronistas, en particular aunque no solo de izquierda, creen que fueron una idea genial de su líder, y que más temprano que tarde el mundo ofrecerá oportunidades para demostrarlo.

La presidencia de Trump fue una de esas oportunidades. Pues diluyó, por un tiempo, la diferencia moral entre democracias y dictaduras, sumió a Occidente en la desorientación y debilitó su capacidad de defenderse, y más aún de defender sus reglas de juego y principios en la periferia del mundo, en los países en disputa con el autoritarismo. Como Argentina.

De allí que entre nuestros funcionarios hoy el desprecio hacia Estados Unidos y Occidente sea tal vez aún más intenso que a comienzos de siglo, cuando el kirchnerismo llegó al poder. A eso sumemos que, en el ínterin, se fortalecieron no pocos regímenes autoritarios. China y Rusia a nivel global, Cuba, Venezuela y Nicaragua en la región, parecen confirmar que “lo nuevo” en el mundo es la brutalidad.

Allá fueron, entonces, no solo los dirigentes argentinos que desde la izquierda populista y el nacionalismo antiliberal ideológicamente más simpatizan con esos sistemas, sino también muchos peronistas “pragmáticos”, creyendo hacer una apuesta sensata en el marco del “nuevo multilateralismo”.

Pero tal vez compraron demasiado rápido el diagnóstico sobre la “decadencia de Estados Unidos”, la “impotencia diplomática y militar de la Unión Europea”, y la ineficacia de las democracias liberales para defenderse, cuando lanzaron su peligroso juego de gestos y señales para “hacer equilibrio”.

Juego que maduró, encima, en el peor momento imaginable: cuando Rusia estaba por atacar Ucrania, Estados Unidos se preparaba para remontar el daño causado por Trump, y hacer de ese conflicto un turning point en lo que su diplomacia percibe como una larga década de debilitamiento de sus alianzas estratégicas, y de fallidos intentos por frenar los atropellos de Putin, y Argentina necesitaba toda la buena voluntad externa imaginable para cerrar lo más rápido y ventajosamente posible la renegociación de la deuda con el FMI. Peor ocasión imposible para generar desconfianza en las democracias occidentales, y ofrecer gestos de complicidad que ni los déspotas orientales estaban esperando, ni pensaban, por tanto, recompensar.

Porque, finalmente, lo que probó Putin con su invasión fue que no hay espacio alguno para la neutralidad alrededor suyo. De allí que la primera consecuencia que se haya seguido de su decisión sea que Finlandia, Suecia y Grecia aceleraron los trámites para entrar a la OTAN: nadie más quiere quedarse en el medio, a tiro de los misiles rusos. Nadie, salvo Alberto, y, por tanto, de momento, Argentina.

¿Por qué nuestro presidente y su canciller la pifiaron de forma tan manifiesta y extrema? No fue solo por seguidismo con el ala rusofila de su “coalición”, ni solo por subordinación intelectual y moral ante Cristina. Debieron intervenir sobre todo malos diagnósticos y expectativas equivocadas sobre el escenario internacional, para que gente supuestamente pragmática terminara haciendo una realpolitik tan poco realista, quedando, en vez de en una posición de equilibrio, boyando ridículamente en tierra de nadie.

La ventaja de los tiempos actuales respecto a los años 40 y 50 del siglo pasado es que entonces generamos o auspiciamos también opciones perjudiciales en otros países: le dimos aire al franquismo, a variadas dictaduras latinoamericanas, etc. Mientras que ahora solo nos causamos problemas a nosotros mismos. Es el beneficio de la irrelevancia: ya no tenemos los dólares del trigo para financiar el tercerismo, ya muy pocos nos prestan atención en los círculos diplomáticos y los organismos multilaterales.

De todos modos, el grado de improvisación y patetismo de nuestra política exterior sigue batiendo récords. La torpeza y confusión de los sucesivos comunicados emitidos sobre la guerra en Ucrania hasta motivaron el rechazo, insólito pero justificado, de los diplomáticos ucranianos, coronando una serie interminable de pifies. El más grave de los cuales fue el planteo de Alberto en Moscú sobre su interés en “romper la dependencia” con Estados Unidos y ofrecerse como “puerta de entrada a América Latina” para Putin. Algo así como hacer el papel de Bielorrusia en la región. Una indignidad, además de una tontería. Que nuestro presidente luego atribuyó a que “no se había dado cuenta de que lo estaban grabando” (sic).

Para medir el daño causado por esta diplomacia mal concebida y peor ejecutada tal vez sea útil reflexionar sobre los efectos disímiles que se siguen de tener en el gobierno a malvados o a inútiles. Los primeros suelen causar daño a sus enemigos, pero no necesariamente a sí mismos, ni a sus aliados; en cambio, los segundos hacen daño sin ton ni son, incluso o sobre todo, a quienes los apoyan o acompañan. Putin ha estado casi siempre entre los primeros, aunque ahora, en su desborde megalómano, puede que esté incursionando en el campo de los segundos. En el cual, en cambio, Alberto se siente desde siempre en su casa, se mueve como pez en el agua. La contracara de esta, nuestra desgracia, es que los primeros suelen durar en el poder mucho más que los segundos. Es un consuelo nada irrelevante.

Marcos Novaro

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