Domingo, 13 Marzo 2022 07:01

Cristina y Máximo Kirchner le esconden la cola a la jeringa - Por Marcos Novaro

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Hicieron todo mal: la falta de colaboración de Máximo, La Cámpora y otros grupos K en Diputados puso a Alberto y a Massa a merced de Juntos por el Cambio, que logró entonces unificarse en torno a sus sectores moderados. 

El paso del proyecto de refinanciación de la deuda con el FMI por la Cámara de Diputados dejó tres imágenes bien distintas. 

Una institucional, que transmitió responsabilidad y mínima disposición a colaborar para evitar el peor escenario: la de 202 legisladores, oficialistas y opositores, votando contra el default.

Otra completamente opuesta: grupos violentos, en algunos casos ligados al trotskismo, que igual que a fines de 2017 quisieron romper todo para evitar que el Congreso sesionara.

Y en el medio, la de un desorientado kirchnerismo, que avaló las piedras, como cuatro años atrás, aunque también iban dirigidas esta vez contra él, y se negó a colaborar responsablemente con su propio gobierno, pero sin poder explicar qué cuernos propone.

En el balance global no fue un mal resultado, a pesar de los daños materiales y personales, entre los que hay que destacar a los policías heridos, y de las evidencias de todo tipo de que el acuerdo con el Fondo no se va a cumplir, y aún si se cumpliera no serviría para rescatar a la economía argentina de su postración. Al menos se impuso una mínima cordura, y los irresponsables, además de quedar en evidencia, chocaron contra límites infranqueables.

Máximo no sólo rechazó el acuerdo, hizo algo bastante peor: se escondió hasta último momento para no tener que dar explicaciones. No fue lo que se dice una estrategia muy corajuda. Y luego presentó junto a sus compañeros del centro de estudiantes La Cámpora un documento contra el FMI que es un dechado de razonamientos falaces, como el siguiente: “Dado que el Fondo estuvo presente en todas o casi todas nuestras crisis, ellos han sido su culpa”, olvidando que también estuvieron presentes en esas crisis los gobiernos argentinos, los partidos, los sindicatos y los empresarios argentinos, y los argentinos en general.

Pero no es cuestión de descargar tampoco toda la responsabilidad en Máximo: finalmente, fue su madre la que pergeñó la irresponsable negativa a colaborar siquiera mínimamente para que el Gobierno, su gobierno, lograra refinanciar la deuda. Con la idea de que debió haber podido lograr una verdadera reestructuración y una condena universal a Macri y al propio Fondo. Una ilusión vana. Sostén de su intento, para nada sutil, de preservar a cualquier costo sus credenciales progresistas y “antiajuste”.

Los costos por ahora los han tenido que pagar Alberto, Massa y sobre todo Guzmán, que no logró aval para un plan económico a todas luces incumplible, contradictorio y también iluso, que solo avala, cosa curiosa porque desmiente prejuicios en danza sobre sus preferencias inflexibles a favor de los “ajustes salvajes”, un FMI deseoso de evitar al precio que sea el derrumbe completo de la economía argentina.

Pero esos tres referentes “moderados” de un oficialismo en descomposición no serán los únicos damnificados. Pronto los costos de este conflicto se van a extender al kirchnerismo, por más esfuerzos que él haga por escapar de ellos.

Ya hay algunos indicios al respecto en las encuestas, que muestran a madre e hijo con niveles mínimos de adhesión y máximos de rechazo; y en el clima que se vive dentro del conglomerado oficialista. Reflejado en el hecho de que de los diputados oficialistas solo 28 acompañaron a Máximo, otros 13 se abstuvieron y una amplia mayoría, 77, respaldaron el acuerdo. Cristina y Máximo se alejaron de todos los demás sectores internos y dividieron a sus propios fieles. ¿Dónde quedó el “socio mayoritario”?

La indignación del resto del peronismo hacia la actitud prescindente e irresponsable de los Kirchner viene en aumento, a medida que se hace ostensible el efecto que ella inevitablemente acarrea.

Es que a Alberto y Massa no les quedó otra que rendirse ante JxC. Que terminó entonces en el mejor de los mundos imaginables, colaborando con la gobernabilidad pero sin tener que bancar el estrafalario programa promovido por Guzmán, ni mucho menos las justificaciones antimacristas con que las adornó.

JxC no había logrado presentar un frente demasiado unido hasta el jueves pasado. Venía trastabillando alrededor de tres o cuatro posturas muy difíciles de conciliar. Hasta que Cristina y Máximo dejaron solo a Alberto. Fue entonces que la postura intermedia de Carrió se impuso entre los opositores, y convenció al presidente de Diputados: votar solo la refinanciación, dejando afuera de discusión el programa económico. Ni el apoyo a Guzmán que preferían los radicales, al menos el sector de Morales, ni la abstención o el rechazo que propugnaban los duros del PRO seguían teniendo sentido, si el oficialismo cedía a ese planteo. Y así sucedió. Incluso se sumaron al entendimiento el Interbloque Federal y Provincias Unidas. Todo gracias a la insistencia de Carrió y la Coalición Cívica. Y más todavía a la ayuda de Cristina.

No es que JxC en conjunto no tenga su mérito. Pero tampoco es cuestión de que se vanaglorie ahora de su éxito. Porque lo cierto es que hasta que el kirchnerismo fue involuntariamente en su ayuda corría serios riesgos de dividirse, o de que primaran en su seno las posiciones más extremas. Que al final sólo siguieron defendiendo Fernando Iglesias, Ricardo López Murphy y algunos pocos más.

Si se hubiera repetido el resultado del debate sobre el Presupuesto 2021, el acuerdo hubiera debido salir por decreto, perdiéndose la oportunidad de dar una muestra de sensatez institucional. En algún sentido opuesto a la de diciembre de 2001: más de 200 legisladores de distintos bloques votando contra el default y la irresponsabilidad.

¿Qué va a pasar ahora con Guzmán? Difícil saberlo. Ha quedado en evidencia que no lo banca nadie, ni adentro ni afuera, más que Alberto. Pero puede que sobreviva. Básicamente por los mismos motivos que lo vienen salvando a éste último de una ruptura más grave en el oficialismo: no hay alternativa. ¿Quién querría reemplazarlo ahora al frente de su ministerio, cuando llega el momento de administrar la penuria sin siquiera la excusa de la pandemia, y con la supervisión trimestral del FMI?

¿Qué va a hacer Cristina en el Senado? Retacear colaboración, tras el contundente voto de los diputados, le va a ser más difícil. Pero no hay que descartar que insista: ya hemos visto en otras oportunidades su persistencia en el error. ¿Se ausentará?

Es lo que se desprende del intento de usar los piedrazos contra su despacho como excusa para machacar con que arreglar con el Fondo es una puerta al fracaso. Como si el fracaso no caracterizara ya a su cuarta gestión de gobierno, antes de acordar nada.

En el video que Cristina difundió sobre los destrozos apunta justamente a eso: atribuye absurdamente la violencia al FMI, e indirectamente por lo tanto también a Alberto, afirmando que es el resultado lógico de la negociación en marcha, no de la actitud antidemocrática de un grupo extremista, y muy minoritario, que no es la primera vez que el kirchnerismo avala y pretende usar en su provecho.

Así, en la misma vena que La Cámpora, Cristina se disculpa a sí misma, a la vez que disculpa a la izquierda más primitiva y virulenta, y señala a un demonio, culpable de todas las desgracias, para justificar su imperdonable irresponsabilidad, todo en un solo gesto. Que tampoco implica, sin embargo, propugnar el default.

Ella también dice querer evitarlo, pero hace como los antivacunas: sin poner en riesgo sus creencias quiere beneficiarse de que los demás se inoculen. Así que le esconde la cola a la jeringa.

No se podía esperar otra cosa. En la guerra por las palabras y su sentido, ella y Máximo suelen tener tanta inventiva como Putin y su canciller, el siniestro Lavrov. Una coincidencia que tampoco llama la atención, dado el culto que todos ellos practican de la política de la identidad, la movilización del resentimiento y el desprecio por el liberalismo político y su, según ellos, debilitante ajuste a reglas, tanto comunicativas como constitucionales o internacionales.

Así como para el déspota ruso no hay guerra, invasión ni crímenes contra la humanidad en lo que él está haciendo en Ucrania, sino una “operación especial” encaminada a “preservar la paz” y salvar al mundo de la “amenaza nazi”, para Cristina y Máximo la violencia la provoca el FMI y no quienes apedrean cada vez que pueden el Congreso; no hay agresión a su propio gobierno en sus críticas mendaces, en el momento más crítico que a este le ha tocado enfrentar, ni ellos están obligados a ofrecer alternativas si rechazan el acuerdo en discusión; no hay, en suma, irresponsable vaciamiento de la precaria gobernabilidad que conserva la gestión que ellos mismos integran, sino “una simple y puntual discordancia”, que no pone en riesgo la sobrevivencia del FdeT sino al contrario, “fortalece su unidad a través del debate”. Y, por, sobre todo, no es Cristina la que está promoviendo el caos y agravando la penuria económica reinante, sino que ella es “la víctima de todo esto”, la agredida por ser la única que “nos advierte sobre lo que va a pasar”. Un narcisismo patológico solo comparable al que ha empujado a Putin a actuar como lo hace.

Pero, así como es difícil que al déspota ruso le crean más que los nacionalistas enceguecidos por la propaganda del régimen, los líderes kirchneristas apenas si lograrán convencer a sus seguidores, y no a todos, solo a los más fanáticos. Además de los peronistas del interior, los funcionarios “albertistas”, Massa y demás sectores dispersos del partido oficial que se sintieron agredidos por el comportamiento de los Kirchner, ese empieza a ser un sentimiento extendido en las propias filas kirchneristas. Luis D´Elía y Aníbal Fernández fueron los encargados de ponerlo en evidencia. Pero no tardarán en sumarse otros, escalando la crisis interna que enfrenta el sector. Es que son demasiados los que empiezan a dudar de que el camino escogido por Cristina sea el adecuado para preservar la “identidad del proyecto”, o incluso de que esta política de la identidad sea la que conviene privilegiar.

Por eso, aunque Cristina podrá seguramente decir dentro de un tiempo que “tuvo razón” cuando advirtió que el acuerdo con el Fondo no iba a arreglar nada, pues está garantizado que la crisis continúe y hasta se agrave, ella difícilmente va a poder sacar provecho de su manganeta: sus esfuerzos por diferenciarse de Alberto, por más reiterados y brutales que se vuelvan, no le servirán de nada. Y a pesar de eso, es casi seguro que va a insistir en ellos, hasta el final.

Marcos Novaro

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