Martes, 22 Marzo 2022 07:34

La “trampa de la unidad” en que Cristina y Alberto metieron al peronismo - Por Marcos Novaro

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La crisis desatada en el Frente de Todos se nutre de su propia razón de ser: se formó para asegurar los medios necesarios para que la dirigencia de sus distintas facciones sobreviva; y eso solo podía lograrse de milagro, o con los resultados que están a la vista para el resto del país. 

Pareciera que el riesgo más serio que enfrenta la pareja presidencial es la ruptura entre sus integrantes. Si se pelearan del todo provocarían, efectivamente, una crisis de gobernabilidad, de efectos equivalentes a los de un default, y de la que ninguno de los dos saldría indemne: asegurarían así un penoso final a sus respectivas carreras. 

Esto es indiscutible. Pero no es ese su único, ni siquiera su principal problema: el más grave es que la unidad los tiene atrapados y también los condena.

Y no es algo que suceda recién ahora, sino que viene siendo así desde que sellaron su entendimiento, en 2019. Solo que ahora están pagando la fiesta que organizaron para esas presidenciales, sin pensar demasiado en el mañana, y no tienen ya forma de patear el problema para más adelante. La carencia de una opción mínimamente viable para encarar las elecciones del año próximo así lo demuestra. Veamos.

Para que surja una opción capaz de preservar la unidad del peronismo lograda tres años atrás y que a la vez pueda entusiasmar mínimamente a sus votantes, a los que conserva y al menos a parte de los que perdió y sigue perdiendo, debería alguien postular una idea distinta, superadora de la que constituyó al FdT: conservar el modelo económico vigente. Y eso solo podría suceder si en el peronismo alguien se revelara contra ese statu quo, para un lado o para el otro, pero con algún rumbo, alguna idea de futuro. Lo que significaría, a la vez, el fin definitivo de ese frente.

“La trampa de la unidad”, el peor escenario para 2023

Este es el sentido de la “trampa de la unidad” en la que están inmersos Alberto y Cristina, y que, independientemente de lo que intenten de aquí en más, va a arrastrarlos a un pésimo resultado electoral en 2023, seguramente peor que el del año pasado. Y a un nuevo cisma, antes o después de los próximos comicios.

La “trampa”, que se revela en la imposibilidad de promover una nueva candidatura mínimamente atractiva para 2023, también deja a la vista que ni Alberto ni Cristina podrán volver a cumplir esa tarea. Y este es todo un dato: por primera vez en la historia el peronismo pareciera no tener nada que ofrecerle al país.

Es cierto que el presidente puede hablar de reelección, pero eso sucede precisamente porque no hay candidato alguno, ni ahora ni tal vez tampoco más adelante. Así que los demás lo dejan simular que llena su propio vacío. Nadie en su sano juicio, en toda esa fuerza, desde el kirchnerismo radicalizado hasta el extremo opuesto, quiere imaginar siquiera lo que implicaría arrastrar por otros cuatro años la desventura en curso. Que solo eso tengan disponible como “oferta” es una maciza prueba de la trampa en que se han metido.

Cristina probablemente sea quien mejor entiende el problema y por eso busca desde hace tiempo, y cada vez con más desesperación, un candidato para reemplazar al todavía presidente, entre sus seguidores o entre los gobernadores, ya muchos remilgos no tienen. Pero se ha ido frustrando con todos los aspirantes.

Entiende que de dar con el indicado depende la posibilidad no solo de seguir escapándole a la Justicia, sino de mantener a flote la idea de que el kirchnerismo puede conducir al peronismo a un destino diferente al que hemos vivido en los últimos años. De que, sin cambiar en su esencia la fórmula política y económica vigente, se podrían lograr mejores resultados, porque los malos conseguidos no habrían sido su culpa, sino fruto de las circunstancias.

Alberto Fernández con pocas chances, pero otros candidatos tampoco miden

Pero sus esfuerzos naufragan sin remedio. Las encuestas le señalan que cualquier nueva figura que se postule para el trabajo logra aún menos arrastre que las que ya lo tienen a su cargo. Y efectivamente, aunque muy malos, los pronósticos sobre los votos que podría conseguir Alberto el año que viene son bastante mejores que los que hay sobre un Capitanich, o un Perotti, no hablemos de Kicillof, Máximo o De Pedro.

Cristina y los suyos encuentran en este panorama decepcionante otro motivo para despotricar contra el peronismo tradicional: sería su culpa que no se haya podido crear una nueva camada de dirigentes con votos.

Cuando la verdad es que se trata de una responsabilidad mucho más distribuida: es cierto que los gobernadores se han convertido casi en intendentes, se ocupan solo de su “metro cuadrado”, administran el alumbrado, barrido y limpieza, mientras reciban su cuota de recursos desde Nación no se involucran lo más mínimo en las políticas que allá se decidan; pero también sucede que, mientras tanto, el kirchnerismo ingresó en una fase de narcisismo agudo, se enamoró tanto de su “modelo” que hace tiempo se volvió una fuerza en extremo conservadora e incapaz de pensar siquiera en los problemas que tiene delante, y por lo tanto también incapaz de generar algo más que malos burócratas en su seno.

¿Cristina se resignará y arriesgará finalmente a ser ella la candidata, al precio de provocar así un nuevo cisma peronista; insistirá en la construcción a las apuradas de un “nuevo moderado que la modere”, aun corriendo el riesgo de un peor resultado, que podría implicar hasta perder las PASO con Alberto, y después perder seguro y mal las generales, una doble derrota ya ilevantable; o se resignará a que él busque la reelección, mientras ella se refugia en la provincia de Buenos Aires y en las listas legislativas del resto del país? No tiene solución buena a la vista, no la va a tener.

Y el problema es que, haga lo que haga, lo que seguro habrá es un nuevo cisma, o peor aún, una descomposición del peronismo. Antes o después de los comicios. La idea que muchos acarician, de que finalmente se han constituido “dos coaliciones estables” y habría que hacer lo posible por preservarlas como base de un sistema político un poco mejor organizado que el de las décadas pasadas, peca de un defecto indisimulable.

La coalición peronista es estructuralmente inviable, porque se basa en una apuesta que ya se frustró y que no es posible reflotar, pues eso sucedió no debido a esta o aquella circunstancia, sino a la propia naturaleza de su misión: conservar el orden existente es por completo inviable. Lo es, en verdad, desde hace más de una década, por más que el grueso de la dirigencia de esa fuerza, y muchos de sus votantes, todavía se resistieran a aceptarlo. Los que todavía insisten, que son cada vez menos, tendrán el próximo año y medio para repensarlo. No hará falta ningún estallido para que lo hagan.

Marcos Novaro

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