Domingo, 03 Abril 2022 06:26

Alberto Fernández y Cristina Kirchner ni rompen ni se reconcilian y la sociedad paga el desorden - Por Marcos Novaro

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El resultado de la crisis oficial va quedando a la luz: nadie se va, ni el gobierno se reordena; así que la economía y la protesta social siguen el mismo camino. ¿Cómo llegamos en estas condiciones al 2023? 

En la inflación acelerada, ya se sabe, está el ajustazo que Alberto necesita esconder para convencer a sus socios y seguidores de que el acuerdo con el Fondo fue “el mejor posible” porque viene “sin ajuste”. 

Pero ella, la inflación, se acelera aún más, paradójicamente, debido a las peleas internas que resultaron de dicho acuerdo. Y descarga así los costos de las políticas oficiales en la sociedad, ya sin disimulo posible.

Con lo cual, la entera estrategia del Ejecutivo entra en vía muerta: le resulta cada vez más difícil atribuir responsabilidades por el problema a los remarcadores, los especuladores y demás alimañas, mucho más hablar de maleficios y demonios, cuando son sus propios funcionarios los que admiten impotencia, se echan la culpa unos a otros y dicen que lo hubieran solucionado ya si sus aliados no se lo hubieran impedido.

No es una sorpresa que, en este marco, en los últimos días se agotaran del todo los esfuerzos por coordinar cualquier iniciativa de gestión.

Cristina Kirchner fue, de nuevo, la principal impulsora del “caos creativo”, al intentar convertir al Senado en el nuevo motor de las decisiones oficiales y polo de atracción para mantener unido al peronismo: desde allí lanzó iniciativas, sin consultar a nadie, además de sobre el Consejo de la Magistratura, sobre un nuevo impuesto a los ricos para pagarle al Fondo y liberarse de su supervisión. Una quimera, pero que imagina, aún sin aplicarse, le permitiría, igual que el combate contra la Corte, reparar las divisiones en el bloque de senadores que generó el acuerdo con el organismo financiero. Claro, en su exclusivo beneficio, no en el de Alberto, que atinó igual a avalar la idea sin que nadie se lo pidiera ni preguntara su opinión.

Peor efecto aún tuvieron las presiones ejercidas en los últimos días, desde el mismo sector k, sobre el gasto. El camporismo reclamó que se rehabilitara el IFE y logró por lo menos de momento extraerle al “equipo” económico su aval para distribuir bonos compensatorios del perjuicio que provoca la suba de precios a los jubilados, puede que extensibles luego a otros sectores. Fue la primera de las muchas pulseadas que se vienen entre las distintas alas del gobierno, y de todas ellas con el FMI, y ya quedó claro quiénes llevan las de perder.

Algo similar está gestándose en el terreno de las tarifas, donde los kirchneristas duros blanden un argumento difícil de refutar: si los aumentos que pretende Guzmán igual van a ser insuficientes para cumplir con el Fondo, ¿por qué no mejor resignarse a que en ese frente no va a haber acuerdo y al menos tratar de atender al otro, esencial para la suerte del oficialismo en las urnas, el de los usuarios? Claro que, con esa lógica, no habría límite para el desmadre de las cuentas públicas. Y hete aquí que ese sea el resultado inevitable del despiole en que se ha sumido la administración de Alberto.

Hay que reconocer también que el deterioro de la credibilidad oficial no se origina solo, ni siquiera principalmente, en estas presiones del kirchnerismo duro. Resulta en gran medida de su combinación con las ideas inconducentes que aportan los “albertistas”. Lo que en la semana que pasó pudo constatarse con los llamados de los funcionarios del Ejecutivo a la CGT y la UIA para concertar precios y salarios: en el actual escenario, ni esos esfuerzos ni las pautas previstas anteriormente para contener las negociaciones paritarias tienen chance de ser atendidos. ¿Qué sentido tenía ponerlo en evidencia? Puede que quepa atribuirlo a la necesidad de Alberto y los funcionarios que lo rodean de mostrarse activos, simular que al menos algo intentan.

Pero el resultado efectivo es más desgaste, más desorden. No es solo Cristina, ni solo Alberto, es la sumatoria de Cristina y Alberto lo que termina complicando del todo las cosas, armando un aquelarre cada vez más inmanejable.

Recordemos que la pauta de aumento fijada por el Ejecutivo para las paritarias de este año, 41%, no solo está muy atrás de los pronósticos de inflación, sino que fue superada por el aumento aprobado para el salario mínimo (45%). Los gremios reaccionan a esta situación agravando una tendencia que despuntó años atrás: acordar por períodos de tiempo cada vez más cortos, ahora a veces por solo tres o cuatro meses. Tal vez a Alberto, y más en general al peronismo, le esté llegando la hora de admitir que el régimen de las paritarias es por completo incompatible con cualquier política antiinflacionaria que se intente, aunque más no sea una de corto plazo. Porque no hace otra cosa que alimentar el desorden.

Este resultado, un desorden que se alimenta a sí mismo, es lo que cabe esperar cuando se agotan los instrumentos de gobierno, y nadie está en condiciones de proponer otros nuevos. En los últimos dos años usaron y abusaron del ancla cambiaria, del retraso de las tarifas, de los congelamientos y “acuerdos” de precios, del cierre de exportaciones y las “recomendaciones” a los sindicatos, ¿les queda algo por intentar? Ah, sí: un plan de estabilización, reformas. Pero eso supondría revisar y cambiar, y en vez de tomar esos riesgos prefieren insistir. No pueden quejarse entonces si el resultado es decepcionante, si anuncios como el de la “guerra contra la inflación”, para no hacer nada nuevo, sino machacar con fórmulas gastadas, terminan sumando clavos al ataúd de su propia autoridad.

Todo este berenjenal se agrava porque la sociedad actúa en consecuencia. No solo los sindicatos, también las organizaciones de desocupados se desentienden de cualquier compromiso previamente asumido.

Una buena muestra de ello la brindaron durante la última semana los piqueteros de izquierda, hasta hace poco dispuestos a negociar su ausencia de las calles a cambio de recursos. Ahora han vuelto a los cortes, dispuestos a ir hasta el final para quebrar la pretensión oficial de “no dar más planes”. Así que una de dos: o el Ejecutivo asume que esa intención es incompatible con la tolerancia al corte de calles y rutas, u opta por ceder y dejar para otra ocasión (de nuevo, para cuando haya algún plan), la pretensión de cortar una distribución de recursos que demostró servir, a la larga, más bien para agravar el problema de la exclusión y la pobreza.

Por de pronto lo que tenemos es que el desorden del palacio se refleja y realimenta en el desorden creciente de las calles. Porque nadie se hace cargo de marcar límites, de imponer francamente alguna regla, algún costo que ordene el juego, así que todos terminan recurriendo al único mecanismo que tienen a mano para, sino resolver los problemas, al menos patearlos para adelante: subir el gasto.

La conclusión de todo esto es bastante obvia: el acuerdo con el Fondo empezó del peor modo imaginable, no hubo siquiera una breve luna de miel, aunque más no fuera unos pocos meses de buena conducta. Porque el Gobierno no está en condiciones del mínimo esfuerzo por hacer los deberes, y ya se le vienen encima los funcionarios del organismo, adelantando sus inspecciones, obligados ellos mismos a no dejar pasar el desmadre por el que los van a responsabilizar.

Este fracaso, ¿no le dará acaso la razón a Cristina? Ella no tardará en levantar el dedito para recordarnos: “Se los dije”. Contra Alberto y también contra los opositores que lo ayudaron. Otro motivo más para que refuerce su ánimo de combate, mande a su gente a promover nuevos conflictos. Mientras el resto del peronismo se lave las manos del caos resultante, y siga apostando a “preservar la unidad en 2023″ no tendrá motivo alguno para detenerse.

Marcos Novaro

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