Miércoles, 06 Abril 2022 08:22

La oscura maniobra que golpea a Alberto Fernández y a Rodríguez Larreta - Por Eduardo van der Kooy

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Las manifestaciones de las organizaciones de izquierda y piqueteros cuentan con cierta complacencia del kirchnerismo. 

Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de la Ciudad, hizo lo que Alberto Fernández, el Presidente, no puede. Reclamó que el Estado le quite los planes sociales a los padres que llevan sus hijos a las protestas. Le pidió, además, al Gobierno que haga algo para, por lo menos, limitar las manifestaciones que cada semana hacen colapsar al distrito porteño. 

Entre aquella demanda de Larreta y la notoria impotencia de Alberto se abre un vacío. Que está cargado de sospechas. Las organizaciones sociales de la izquierda, está claro, escaparon al control del Movimiento Evita y Barrios de Pie, que forman parte de la estructura del Ministerio de Desarrollo Social.

Pero sus movimientos cuentan, de modo directo o indirecto, con cierta complacencia kirchnerista. Parece algo más que una presunción, apoyada en el puente que el dirigente de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), Juan Grabois, representa entre ambos sectores.

Por empezar, las movilizaciones se originan casi siempre en Buenos Aires. Del otro lado de la Avenida General Paz, el gobernador Axel Kicillof no hace nada para detenerlas. Es una facultad que, en verdad, corresponde al Ministro de Seguridad, Sergio Berni. Hace falta, en cualquier caso, la voluntad política.

En otro orden, el 51% de los planes concedidos corresponden a personas del territorio bonaerense. Para disipar toda duda: a dos de los detenidos por el ataque al Senado que Cristina Fernández interpretó como una agresión personal, el día que Diputados debatía el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), le fueron quitados los planes. Posteriormente devueltos.

La irrupción de Larreta tiene razones multicausales. Teme para la próxima semana, en vísperas de Pascuas, otro acampe más acotado en tiempo que el que pasó. Convocado, sin embargo, por 40 organizaciones que integran la Unidad Piquetera.

Las encuestas que maneja el Gobierno de la Ciudad muestran dos cosas: el malestar de la población por aquellos episodios; la percepción de que el Jefe porteño debiera demostrar mayor autoridad. ¿Cómo actuar frente a movilizaciones tan masivas que llevan a la vanguardia a mujeres con niños? Ese es el gran interrogante todavía sin respuesta en el laboratorio de Larreta.

El dilema se derrama en la interna del Juntos por el Cambio y, en particular, el PRO. Donde el jefe de la Ciudad, de manera muy prematura, parece desafiado por los sectores internos más duros que también le reclaman acción. Tiene competidores, incluso, en las afueras de la coalición opositora. Un legislador porteño (Ramiro Marra) que responde al economista Javier Milei presentó un proyecto de ley con el objetivo de que sean prohibidos los piquetes en la vía pública.

Organización y guiños

La composición de las protestas posee otra faceta que explica la connivencia kirchnerista. En el medio está el pedido por planes. En todos los casos se incluye también en la agenda el repudio por el acuerdo del Gobierno con el FMI. Eso ayuda a explicar las facilidades de los movimientos piqueteros para desarrollar sus quejas en las calles.

El acampe de la última semana pareció una exhibición de capacidad organizativa y logística. De allí la sospecha del Gobierno nacional y del propio Larreta sobre el financiamiento estatal desde algún estamento administrado por La Cámpora.

El reclamo del jefe de la Ciudad podría, por ahora, poseer un valor testimonial y político. ¿Cómo hacer entre 20 o 30 mil personas para identificar a aquellas que tienen planes y llevan como escudo a menores? De hecho, el ministro Juan Zabaleta, que la semana pasada aseguró que no se darían nuevos planes, replicó a Larreta que ninguna solución será factible “con las amenazas”.

El funcionario teme que su promesa inicial pueda cancelarse si, como se prevé, las manifestaciones de piqueteros se potencian. Hay voces desde el poder kirchnerista que avalan esa chance. Kicillof hizo este martes desde Arrecifes una admonición al staff del FMI. Sostuvo que el conurbano no aguantará ningún ajuste. “No sé si dominan el español. Pero lo tienen que entender”, ironizó.

El gobernador justificó sus dichos en la presión sobre los precios internacionales que desata la guerra en Ucrania provocada por la invasión de Rusia. Refirió, en especial, a la inflación que tendrá un pico en marzo. El Gobierno no da señales de encontrar la fórmula para bajarla en el futuro. ¿Acaso servirá la idea del Roberto Feletti, el secretario de Comercio, de lanzar una canasta básica compuesta por cuatro verduras y una fruta? ¿Acaso alcanzará con la reiteración de la fórmula de precios cuidados?

El problema es de una dimensión colosal. Desborda todas esas maniobras improvisadas. Está el problema macroeconómico. Además, la fractura política de la coalición oficial que resta consistencia a cualquier determinación. Una gestión específica que asoma desquiciada. Martín Guzmán, el ministro de Economía, sigue ausente. Matías Kulfas, de Producción, lidia con el área energética dominada por los K a raíz de los precios de los combustibles. Ahora el gasoil.

El caso Perú

Sin intención de establecer parangones, en la Casa Rosada se siguieron este martes con atención los graves episodios en Perú. Donde el presidente electo hace apenas un año, el izquierdista Pedro Castillo, debió decretar el toque de queda por protestas callejeras (cuatro muertos) que detonó el aumento del precio de los combustibles. En una nación donde la inflación de marzo fue del 1,4%. La más elevada en quince años. Una consecuencia similar se está viendo en la Argentina. Castillo es un mandatario extremadamente débil que debió atravesar ya tres mociones de destitución y modificó su gabinete en cuatro ocasiones.

Aún en estado declinante, Alberto exhibe un estado político distinto. Con una oposición expectante. Eso no constituye por ahora una amenaza. La parece más el quiebre en la coalición oficial. El desgaste permanente a que lo somete el kirchnerismo. Ahora con una maniobra a dos bandas. Los piquetes que enloquecen por igual a Larreta y al mandatario. Carambola, que le dicen.

Eduardo van der Kooy

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