Miércoles, 20 Abril 2022 09:11

La última jugada contra la Corte de una Cristina Kirchner que está derrapando - Por Ricardo Roa

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Reinterpreta el fallo de la Magistratura para que sean oficialistas los nuevos consejeros que designe el Congreso. 

Una síntesis de estas últimas horas sobre un tema importante y a la vez cansador: Cristina maquina qué hacer con la Corte aparte de insistir con declaraciones incendiarias, propias y de sus voceros, que no piensa rendirse. Traducido: no acatará un fallo de la Corte, lo que equivale a violar la Constitución. Acompaña Massa. No se sabe por cuánto tiempo. 

¿De que hablamos cuando hablamos esta vez de Cristina y de Massa? De que la jefa del Senado y el jefe de Diputados se niegan a que los dos nuevos consejeros de la Magistratura por el Congreso pertenezcan a la oposición. ¿Y qué papel juega Alberto Fernández? A su modo, también acompaña: mandó a decir a Vilma Ibarra, su asesora estrella, que “el fallo es muy malo jurídicamente y de una gravedad institucional enorme". Más parecido que diferente a la denuncia de “golpe institucional” que fogonea el cristinismo.

Fernández podría haber dicho lo que la Constitución manda: los fallos de la Corte están para ser cumplidos. Así funciona o debería funcionar nuestro sistema democrático. Es lo que se llama independencia de poderes. Y es lo que él decía antes de ser designado presidente por Cristina: “Si Cristina no entiende por qué la Corte es un 'contrapoder' deberíamos averiguar quién la aprobó en Derecho Constitucional”. Pero esos tiempos de Fernández pertenecen a otros tiempos, en los que ni soñaba que Cristina lo convocaría para que la ayudara a sacarse a la Justicia de encima.

Ante la falta de ideas sobre cómo hacer frente a la Corte, en el cristinismo algunos plantearon, como el juez Ramos Padilla, que el presidente designe con un DNU a “un administrador general de la Magistratura” hasta que salga el proyecto que Cristina hizo aprobar en el Senado y no pudo convertir en ley en Diputados por falta de número. Es un proyecto a la medida de sus necesidades y que deja a la Corte fuera del organismo. Otro talibán cristinista, el vice ministro Mena, tuvo que salir para abortar el disparate. Claro está: con el kirchnerismo nunca se sabe.

Ahora se sabe lo que estuvieron tramando: que el diputado no pertenezca a la segunda minoría de hoy sino a la que había en 2018. Y quebraron el bloque cristinista del Senado para convertirlo en la segunda minoría y quedarse así con el senador que irá a la Magistratura. Es difícil de entender, pero es así.

Es una jugada que la Corte no convalidará, pero con la que buscan ganar tiempo para ver si logran obtener en Diputados la mayoría que ahora no tienen.

Evidente: Cristina sigue en la suya, sin importarle el costo que ella pague, que pague el gobierno y que paguemos todos. Está desencajada: la Corte se plantó, le quitó el control de la Magistratura y le volteó por inconstitucional la reforma con la que ella había colocado bajo la tutela de la política a un organismo clave que nombra, echa o salva jueces.

Las dudas están puestas sobre Massa, el hombre de la avenida del medio que se quedó sin avenida del medio: debe elegir entre seguir haciéndole caso a Cristina o distanciarse de Cristina, no violar la Constitución y acatar lo que le ordena la Corte. Algo grave. Pero Massa siempre es Massa: apuesta a que la movida de volver al 2018 lo saque del laberinto. Por las dudas, le envió un mensaje a los jueces afirmando que no quiere pelearse con ellos.

Quien consiguió armarse una vía del medio propia fue Lorenzetti, actual juez y ex presidente de la Corte, que aún sufre por su desplazamiento siete meses atrás. Para no votar sobre la Magistratura se armó un viaje a México y hasta mostró, como quien muestra un certificado médico, un pedido de licencia con la conformidad de los otros tres integrantes de la Corte. Un Lorenzetti auténtico.

La Corte le pegaba un golpe de nocaut al inimputable juez de Paraná que usó el gobierno contra el fallo y apareció un Fernández también auténtico: delante de su colega ecuatoriano Lasso, propuso “una Justicia republicana independiente de todos los poderes fácticos”. Fue para anunciar que va a normalizar las relaciones con Venezuela, donde la Justicia es un apéndice del Poder Ejecutivo que convalida cualquier atropello del régimen.

El presidente de la corte (TSJ) es Maikel Moreno, un ex guardaespaldas detenido en 1989 acusado de matar a un adolescente y que una vez libre se recibió de abogado.

Moreno hizo todo lo que le pidió Chávez y hace todo lo que le pide Maduro, sobre todo meter presos a opositores y hacer la vista gorda con la represión, de la que Bachelet presentó una conmovedora denuncia de miles de muertos y torturados en Naciones Unidas.

La Justicia independiente de Maduro es así: destituyó a la fiscal general, que huyó del país y en 2017 anuló los poderes de la Asamblea Nacional, en manos de la oposición.

Las cosas no le están saliendo a Cristina como ella quiere que le salgan y como suponía que le saldrían poniendo a Fernández. Puede imaginar cosas nuevas. Puede frenar otras. Pero está derrapando.

Ricardo Roa

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