Domingo, 24 Abril 2022 11:28

Cristina empezó la resistencia: la división virtual del bloque del Senado podría anticipar su proyecto para 2023 - Por Eduardo van der Kooy

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La idea de la vicepresidenta es bloquear la Magistratura. Y dificultar la tarea de la Corte y de su titular, Horacio Rosatti. 

Tal vez, el escándalo en torno al Consejo de la Magistratura esté ocultando una anormalidad estructural mucho más grave. El caso coloca en la superficie la intoxicación política del Poder Judicial. Y el empecinamiento del kirchnerismo por colonizarlo. Distrae, al mismo tiempo, las debilidades extremas de otro par de instituciones. El Poder Ejecutivo devaluado, con un dispositivo de poder (Presidenta y vicepresidenta) que se ha roto. El Congreso semi paralizado, donde se observan contradicciones difíciles de ser descifradas. El Senado dio media sanción al proyecto sobre la Magistratura que pergeñó Cristina Fernández. En Diputados, ni siquiera se han conformado las comisiones de base (Justicia y Asuntos Constitucionales) para continuar con aquel trámite. 

A 28 años de instituido por la reforma constitucional de 1994, el Consejo de la Magistratura parece demostrar un agotamiento para cumplir los objetivos para los cuales nació. Disociar todo lo posible a la Justicia de los entretejes políticos. Gran cuestionamiento que sufrió por mucho tiempo la sociedad bipartidista entre el PJ y los radicales para la elección de los jueces. El panorama sería ahora casi peor. Si se observa la composición del organismo, resulta posible saber, salvo alguna excepción, cómo votaría a priori cada consejero ante la propuesta de designación de un juez. O frente a una solicitud de destitución. Vale una precisión: la tendencia se ahondó mucho desde aquella modificación a la ley que propuso en 2006 Cristina. Que la inconstitucionalidad dictada por la Corte Suprema pretendería rectificar. Quizá tardíamente. Pasaron 15 años desde el recurso que presentó el Colegio de Abogados.

Lo más probable es que con el presente panorama y las artimañas del kirchnerismo para desafiar el fallo de la Corte el funcionamiento de la Magistratura tienda a empeorar. Sufra una suerte de parálisis que venía evidenciando. Las estadísticas lo reflejan: desde el 2019 se recibieron más de 200 denuncias contra jueces, por distintos motivos, que no fueron resueltas. En una década –desde el 2012—apenas pudo saldarse la situación de 15 magistrados. Hay hace años un procurador general interino, tres vacantes de jueces de Comodoro Py, muchos camaristas y jueces de primera instancia pendientes. Hasta el Poder Ejecutivo, dadas las condiciones políticas internas y externas adversas, prefirió omitir la postulación de alguien para cubrir el sillón que dejó vacío en la Corte la renuncia de Elena Highton.

Otra vez la cuestión judicial se ha convertido en un asunto excluyente de la agenda de la vicepresidenta. No se trata sólo de una deducción. La semana anterior estuvo conversando en el Instituto Patria con uno de sus dirigentes preferidos. La abrumó con sus críticas a “la pésima” gestión de Alberto Fernández. Machacó con el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la inflación. La dama lo cortó con un razonamiento. “Tenés razón”, asintió. Luego añadió: “¿Sabés qué? Si no me ocupo de lo que no se ocupan otros (¿por Alberto?) van a venir por mí y por mis hijos”. Frase clara para cualquier buen entendedor.

Cristina teme por el único juicio en desarrollo que la tiene imputada. El de la obra pública en beneficio del empresario K Lázaro Báez. A fin de año debe concluir. No ha logrado frenarlo, aunque tiene presentados recursos que la Corte difícilmente resuelva antes que se conozca la sentencia. La vice fue sobreseída en otras tres causas (dólar a futuro, Memorándum de Entendimiento con Irán y Los Sauces-Hotesur) antes de la realización de los juicios orales. Todas fueron apeladas y están a consideración de la Cámara de Casación. Un detalle que no ignora: la totalidad de aquellos beneficios la obtuvo antes de la doble derrota electoral. Los vientos han cambiado de rumbo.

Cristina parece privilegiar ahora la táctica sobre la estrategia. ¿Qué significa? Está en una fase de resistencia contra los cambios en el Poder Judicial que pudieran complicarla. Lo del Consejo de la Magistratura es una muestra. Reflotar la ampliación de los miembros de la Corte sería otra. Fantasmas. Ella misma y sus acólitos, sin embargo, no declinan el corazón de sus pensamientos. Siguen con la descalificación a la Justicia por tratarse de un cuerpo que no es surgido de la voluntad popular. Rechazo al orden republicano y a la democracia liberal. Eso explica la defensa silenciosa que hacen de Vladimir Putin mientras el líder ruso consuma su masacre en Ucrania. Arguyen contra la división de poderes el argumento de una idea que pasó de moda. Mucho más antigua es la concepción del Estado-Nación. De eso no se habla.

Aquel idealismo se esfuma en medio de las urgencias cotidianas. Nada de sofisticaciones. La vicepresidenta apeló a un ignoto juez de Paraná (Daniel Alonso) con ambiciones de camarista para intentar con una cautelar frenar la vigencia de la nueva Magistratura. La Corte lo fulminó y ordenó un juicio político. Habrá que ver si prospera por el “empate hegemónico” virtual que exhibe ahora el organismo. Después, para manotear un consejero por la segunda minoría, no vaciló en partir su bloque en el Senado. Una ficción ordinaria, de bajo vuelo, para alguien que presume de estadista. Las cosas suelen ser como se ven.

Sergio Massa hizo otra cosa. Superó, como Cristina, el límite legal, pero terminó convalidando el nombramiento como consejera de la radical de Santa Cruz, Roxana Reyes. Antes, prefirió escuchar al constitucionalista Andrés Gil Domínguez. ¿Disidencia en el oficialismo? . ¿O simple simulación? El titular de la Cámara de Diputados no estaba en aptitud de repetir la jugada de la vicepresidenta. Por la relación de fuerza entre los bloques. Corría riesgo de no poder sesionar nunca más. Juntos por el Cambio, incluso, empezó a menear la chance de no renovarle su mandato a fin de año.

La confrontación con Germán Martínez también arrojó dudas. El jefe del bloque oficial de diputados le exigió que no promoviera la candidatura de Reyes. Con una carta vacía de fundamento y hasta mal redactada. La máscara pareció caerse cuando Cristina y Massa elevaron con firmas conjuntas una nota a Horacio Rosatti, titular de la Corte y flamante en la Magistratura, para que tome juramento a Reyes y al ultra K Martín Doñate, ungido por la vice.

Con la actual composición –contando a los jueces y abogados- el kirchnerismo reuniría 9 votos. La oposición idéntica cantidad. Podría desempatar Rosatti como cabeza de la Magistratura. Está el voto de la diputada Graciela Camaño que ha solido alinearse con el oficialismo. Dos elementos más deben ser tenidos en cuenta. La designación de Doñate fue judicializada por Juntos por el Cambio. La de Reyes por el Frente de Todos. En noviembre habrá que renovar los cargos. Un escenario ideal para que el kirchnerismo logre esterilizar todo. Tendrá la ayuda en 2023 del prolongado calendario electoral.

Lograda esa meta el kirchnerismo bajó sus decibeles. Oscar Parrilli dejó de hablar de un presunto “golpe institucional”. El viceministro de Justicia, Juan Martín Mena desistió de la idea de impedir la presencia de la Corte Suprema en la Magistratura. Se trata de un paréntesis, tal vez, hasta que se descubra la actuación de Rosatti. Por ahora se dedicó a juntarse con los jefes de las Cámaras Federales de todo el país, en clara señal de unidad de las cabezas judiciales.

El Presidente estuvo bastante alejado de esos menesteres con el Poder Judicial. Salvo una reunión con Massa antes de la nominación de Reyes como consejera de Diputados. Alberto prefirió dictar una clase de Derecho en un teatro extravagante. Un acto en José. C. Paz ladeado por su intendente, Mario Ishii. Fue allí cuando reiteró que no tiene ninguna voluntad quebrada –lo dijo en términos menos académicos—para afrontar el 2023.

Su confesión quizá tenga que ver con algunos deslizamientos que lo estarían preocupando. No por la competencia futura. Sí por la soledad presente. La fractura del bloque en el Senado que hizo Cristina reflotó el sello de Unidad Ciudadana. La marca que ideó en 2017 con la cual enfrentó al PJ y fue vencida por el macrista Esteban Bullrich. ¿Un adelanto del repliegue para el año próximo? Alberto sigue también las distintas hojas de ruta de Massa. Algunas no dejan de tener como destino a la dirigencia opositora. Para colmo, la mayoría de los gobernadores peronistas estuvieron en una cumbre alarmados, todos, por los zigzagueos presidenciales en materia política y económica.

Aquella conducta representa la marca en el orillo del Gobierno. Luego de un endurecimiento con el régimen de Nicolás Maduro, Alberto convocó la semana pasada a los países de América latina para que revisen sus relaciones con Venezuela y se dispongan a ayudarla. Dijo que muchos de los problemas que existían se habían disipado. No sólo hubo que escuchar la reacción de los organismos internacionales de Derechos Humanos. El jueves, el fiscal británico Karim Asad Khan, de la Corte Penal Internacional, desechó una solicitud de Caracas para que sean aplazados los juicios por delitos de lesa humanidad, recopilados por la Consejera de la ONU en la materia, la chilena Michelle Bachelet.

El gesto no tuvo en Washington la repercusión que pudo tener en otro tiempo. El foco de su política exterior está colocado en Moscú y la guerra que desató en Ucrania. No hace mucho, la Argentina acompañó en la ONU la suspensión de Rusia del Consejo de DDHH. Hizo ruido la decisión de Martín Guzmán de participar junto a los rusos en la cumbre del G-20 que Estados Unidos y la Unión Europea boicotearon. También, la abstención en la OEA que suspendió a Moscú como observador permanente. Siempre más cal que arena.

Eduardo van der Kooy

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