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Lunes, 02 Mayo 2022 10:32

Juntos por el Cambio define sus límites e identifica a sus adversarios: Javier Milei y Sergio Massa - Por Marcos Novaro

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La coalición opositora cerró la discusión sobre la posibilidad de sumar al economista libertario, dejando claro hasta dónde están dispuestos a hacer en el camino a recuperar el poder. Por otro lado, le puso un freno a Gerardo Morales y sus vínculos con el presidente de la Cámara de Diputados. 

No estamos precisamente en una situación en que se pueda decir que “lo viejo tarda en morir”. Si consideramos como expresión máxima de “lo viejo” al Frente de Todos, habría que decir más bien lo contrario: su voluntad de autodestruirse se manifiesta a la luz del día, actúa con entusiasmo y nada la detiene. 

En cambio, si volvemos la mirada a la oposición sí observamos una evidente lentitud en la “composición de lo nuevo”. Tarda en adquirir forma y densidad, definir una orientación y, más todavía, un comando. Y no todo se puede reprochar a lo que hacen sus principales figuras: en verdad el problema es estructural, así que no hay otra que tener paciencia. Paciencia que a la larga paga: aunque algo tarde y a los tropezones, Juntos por el Cambio va delineando su camino para volver al poder; puede fallarle, pero el recorrido y el horizonte tienen su lógica.

¿Qué pasa con el oficialismo que no deja de autoflagelarse? En lo que hace al FdeT no hace falta cavilar demasiado: se verifica simplemente con el que lo que mal comienza, mal termina, así que, si miramos para atrás, lo que más bien cabe preguntarse es cómo se pudo esperar otro resultado, de una fórmula tan estrafalaria y una dotación de talentos y vicios tan mal compuesta.

Hay, de todos modos, una pregunta que aún no tiene respuesta, y es si el Frente de Todos llega o no a las elecciones del año que viene. Probablemente recién se sepa muy cerca de esa fecha, porque ninguna alternativa es demasiado tentadora para nadie en ese espacio.

Están los que imaginan, sobre todo atendiendo a la división del bloque del Senado y la reemergencia de la marca “Unidad Ciudadana”, que Cristina va a replegarse a esa fórmula “defensiva” para encarar el 2023. No parece a priori la opción más conveniente: les daría la excusa perfecta a los gobernadores para hacer algo parecido, y no solo desdoblar las elecciones distritales de las nacionales, algo que ya tienen decidido, sino intervenir en las segundas también con espíritu localista. Eso les permitiría, adoptando cualquier denominación que venga al caso, hegemonizar las listas peronistas de legisladores nacionales. Algo que no han podido hacer desde que los Kirchner derrotaron al duhaldismo en 2005, y que significaría el declive final del control kirchnerista sobre el peronismo.

Es más probable que Cristina busque retener lo más posible del Frente de Todos, sacándose de encima solo a Alberto y los pocos seguidores que le van quedando. A través de su derrota inapelable en la interna. O de su simple expulsión.

Un ensayo de cómo funcionaría esta segunda opción lo acaban de concretar en provincia de Buenos Aires, de común acuerdo, Kicillof, Máximo y Massa: institucionalizaron allí su instrumento para gobernar y para competir en las próximas elecciones, que no se llama Unidad Ciudadana, se sigue denominando Frente de Todos. Lo hicieron, qué detalle, sin gente que responda o simpatice con Alberto. Y sin consultarlo. Están convirtiendo en acciones concretas las acusaciones que en días pasados planteó Andrés Larroque al ministro Guzmán, y por extensión al Presidente: según el vocero de La Cámpora, ellos no gobiernan con “votos” ni “representatividad”, están donde están de prestado, y si se cortan solos es lógico que se queden afuera de la próxima repartija de poder.

Y es ostensible cómo van quedándose efectivamente solos a medida que pasan los días. Porque no solo reciben palos de ese lado del FdT, sino también del sector supuestamente más afín, el de los gobernadores: Manzur ha estado presionando cada vez más duramente a Economía para que ceda recursos a los distritos, a través del decreto de presupuesto de este año. Que es como el plan plurianual: se anunció ya varias veces, pero nadie tiene idea de cuándo va a aparecer, o si va a quedar en nada.

Hagan lo que hagan, Alberto y Martín Guzmán llevan las de perder. Porque en las actuales condiciones cualquier monto que cedan a las provincias va a ser más de lo aceptable para el FMI, y menos de lo necesario para los jefes de distrito. Lo sabe seguramente Larroque, que al mismo tiempo que los trata como delegados del Fondo, los incita a producir un “shock de inversiones”, eufemismo con que se promueve un aumento del gasto público “que le gane a la inflación”. Cuando es obvio que esa carrera el Ejecutivo nacional la tiene perdida desde el vamos: las paritarias rondando el 85% anual son otro desesperado gesto del Gobierno, que no va a tener por resultado más que una inflación cómodamente ubicada en 2022 en las tres cifras (es la que tenemos si anualizamos el 6% mensual, así que no hace falta echarle mucha más nafta).

¿Qué pasa con Juntos por el Cambio que le cuesta tanto cada paso que da? Al lado de esta catástrofe, las peleas en la oposición son como desacuerdos en un club inglés. Pero igual pegan muy mal en el ánimo entre escéptico y enojado de la opinión. Que está ya predispuesta a recibir solo malas noticias y a desconfiar de todos.

Fue lo que pasó con la última reunión de la Mesa Nacional de JxC. Se tomaron allí un par de decisiones importantes, una de ellas muy polémica, y procesada con sorprendentemente baja conflictividad. Pero casi lo único que se escuchó fue el pataleo de los pocos disconformes.

Se aprobó, ante todo, y después de muchas vueltas, un código de convivencia, con reglas para tomar decisiones, resolver conflictos y eventualmente ampliar la coalición, esto último necesariamente por consenso. Y dado que hace tiempo se viene barajando la conveniencia o no de atraer a los libertarios, y en particular a Javier Milei, y una buena parte de los integrantes de JxC se niega a siquiera intentarlo, se resolvió cerrar la discusión, marcando un límite a lo que están dispuestos a hacer en el camino a recuperar el poder. Lo que puede ayudar también a ordenar de aquí en más la discusión programática. Y tiene, asimismo, por supuesto, impacto en la disputa interna por el liderazgo: los halcones fueron maniatados por los moderados con esta resolución, y no solo porque se les negó un potencial aliado (uno, en verdad, muy improbable), sino sobre todo porque lo que la coalición anunció, implícitamente, es que no acompañará tampoco ningún esfuerzo por imitar al libertario o plegarse a su discurso, para minimizar una posible fuga de votos en esa dirección.

Lo más sorprendente y novedoso en esta discusión fue la postura que adoptó Mauricio Macri: no solo avaló la exclusión de Milei, después de haber dado muestras reiteradas de su interés por seducirlo, sino que acordó en descalificar su rol: por no hacer un juego limpio, sino pretender romper la alianza opositora, colaborando de este modo con el oficialismo, y no promover un cambio efectivo, sino más bien “la anarquía”. Llegó a tildarlo de loco, según crónicas no desmentidas.

¿Por qué Macri cambió de posición? En parte probablemente por su creciente interés en convertirse nuevamente en candidato a presidente, lo que depende además de sus ganas, de reducir los índices de rechazo a su figura, tanto entre los votantes como entre los dirigentes de JxC. Mostrarse moderado y atento a las posturas de los otros partidos de la alianza era una buena forma de empezar. Aunque también debe haber pesado la experiencia de tratar a Milei. De allí su caracterización del sujeto, que parece haber expuesto sin que nadie le preguntara: “Un loco con buenas ideas”.

Es importante observar también que, así como los moderados marcaron este “límite por derecha” para la coalición, se expuso otro válido para estos mismos moderados, en relación al peronismo. La Mesa Nacional de JxC resolvió tratar con guantes de seda las acusaciones contra Gerardo Morales por haber entrado en conversaciones con el oficialismo, que será imposible saber hasta dónde avanzaron y cuán comprometedoras fueron, por los nuevos representantes parlamentarios al Consejo de la Magistratura. La única salida que tenía la coalición era desactivar las acusaciones cruzadas, que dejaban en óptima situación a los únicos que tenían algo para ganar con ese entuerto: el gobierno en general y Sergio Massa en particular. Y fue lo que hicieron. Pero también aprovecharon la ocasión algunos socios para marcarle un límite al jefe de la UCR: sus vínculos con Massa no pueden seguir afectando la convivencia del radicalismo con el resto de la alianza, y la coherencia de sus posicionamientos.

También Larreta tomó nota de esa definición, y unas horas después, en la reunión con empresarios en el Llao Llao, aclaró que Massa estaba “fuera” incluso de su “coalición lo más amplia posible”.

El jefe porteño y Vidal, claro, salieron fortalecidos del cónclave opositor así que podrán darse este y otros lujos. No sólo por el mérito que les quepa en haber definido a su gusto un límite frente a los libertarios, sino porque los ayudan las circunstancias: no es por su sector de opinión por donde Juntos está perdiendo votos, así que no tienen que hacer demasiados esfuerzos para conservar lo que tienen, ni para quedarse con parte de los votos moderados que perdió y sigue perdiendo el oficialismo. Sobre todo, podrán seguir demorando los cabildeos sobre con quién de la corporación peronista aliarse y con quién no, con qué objetivos y métodos.

Morales, en cambio, tarda en resignarse a que la alianza que le permite gobernar en Jujuy es imposible de trasladar al resto del país. Y lo seguirá siendo, aun cuando el FdT siga descomponiéndose. Y tarda también Morales en advertir que Massa es lo menos confiable que existe en ese espacio. Aun cuando tenga que competir con los engaños de Alberto, de los que Larreta puede darle detalles, si estuviera interesado en aprender de su experiencia.

Sucedió, sin embargo, que todas estas interesantes novedades quedaron en segundo plano cuando Patricia Bullrich, y algunos pocos halcones más, advirtiendo algo tarde la posición incómoda en que quedaban con la exclusión de Milei, salieron a protestar en los medios. Frustrando la primera y fundamental misión del código de convivencia que se acababa de aprobar: canalizar las diferencias a través de las instancias orgánicas, no por cualquier lado. Y fue una vez más el conventillo lo que atrajo la atención, tanto en los medios como en la opinión, y no lo que se había avanzado en ese encuentro, y las muestras de responsabilidad y cooperación que habían dado todos los participantes, incluida la propia Bullrich.

Como sea, más allá de los avances y retrocesos, quedó una cuestión abierta, para la que no hay por ahora una solución y que tendrá cada vez más relevancia a medida que nos acerquemos a los comicios: en una competencia entre tres, como parece va a ser la de 2023, los que más se esfuercen en ocupar el centro tendrán que cuidarse de no perder demasiados apoyos por los extremos, porque de otro modo se volverán el jamón del sándwich frente a los otros contendientes. Este va a ser un desafío complicado para JxC, en particular frente a Milei, más allá de la decisión que se acaba de tomar. Y más todavía si en muchas provincias se hacen acuerdos con sus seguidores.

La respuesta que busca ofrecer Macri a este desafío parece que él podría ser el mejor postulante de la coalición en estas circunstancias, sobre todo si logra disminuir los rechazos que por ahora encuentra en sectores moderados, porque es el más preparado para minimizar las pérdidas de votos propios hacia los libertarios.

Hay, sin embargo, dos problemas en este planteo. Primero, el frente de los halcones ya luce resquebrajado a este respecto, y el propio Macri ha aceptado, implícitamente al menos, que no se justifica hacer cualquier cosa para evitar esa fuga de votos. No se justifica, por ejemplo, imitar a Milei, ni competirle en sus propios términos.

Segundo, y tal vez más importante, a esa competencia en el eje izquierda/derecha, nunca tan gravitante como se suele creer, se superpone otra, entre lo nuevo y lo viejo. Y en ella Macri lleva las de perder, frente a Milei igual que frente al resto de los aspirantes de PRO. Este eje de competencia puede volverse, además, el decisivo si el escenario político se sigue polarizando en torno a un choque más o menos abierto entre Macri y Cristina, porque ambas coaliciones tienden a refugiarse en sus apoyos más seguros. Un escenario en el que Milei se volvería lo único nuevo a disposición de los votantes. Y que le permitiría cumplir, simultáneamente, el rol que en 2003 tuvieron las candidaturas del liberal López Murphy, la antiburocrática Carrió y el anarquista Zamora, incapaces de coordinarse entre sí, por sus taras y diferencias ideológicas, y convertir así en triunfo electoral el rechazo a las fuerzas tradicionales.

Debe ser un escenario como este en el que estaba pensando un dirigente opositor cuando confesó que, si tiene que elegir entre quienes hoy por hoy despuntan como candidatos más probables, porque ningún challenger más razonable logra imponerse en sus respectivos campos, la votación de 2023 va a ser “para pegarse un corchazo”.

Puede que Macri esté subestimando los potenciales alcances de la crisis política y de confianza y por eso no le preste a ese escenario la atención que merece. Él, es lógico, necesita que Cristina termine siendo candidata, o al menos gane protagonismo. Porque es sobre todo contra ella que se le puede tornar fácil, o innecesario, disminuir su propia imagen negativa: como están las cosas, hasta tendría chances de ganarle a un peronismo unido. El problema es que cuanto más se acomoden las cosas a esa polarización, más frágiles se volverán las fuerzas tradicionales ante las críticas del outsider, menos esfuerzos tendrá que hacer éste para recordarles a los ciudadanos que los demás “son variantes de lo que ya fracasó y no conviene seguir probando”.

No por nada, en su respuesta a la exclusión que le decretó JxC, Milei aludió, sin mayores miramientos con “su amigo Mauricio”, a la gestión que lo tuvo por presidente como otra nota más en la sinfonía argentina de la frustración. Mejor que el expresidente se anoticie de lo que ha desatado: dejó de caerle simpático, y ¿qué esperaba, después de poner en duda su salud mental?

Marcos Novaro

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