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Domingo, 22 Mayo 2022 07:23

Alberto, de la crisis a la agonía: su gestión, los pleitos inútiles y el kirchnerismo atentan contra cualquier repunte - Por Eduardo van der Kooy

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El Presidente ensaya relanzamientos del Gobierno. Le sigue dando poder a Guzmán. Participó de un acto sindical que desnudó su debilidad. 

Los dos últimos intentos de Sergio Massa por hallarle un atajo a la crisis del Gobierno y del Frente de Todos, por ahora se han evaporado. El primero sondeó la posibilidad de un acercamiento directo entre Alberto y Cristina Fernández. El segundo tanteó el armado de una mesa chica donde convergieran dos representantes del Presidente, dos de la vicepresidenta y otro par del Frente Renovador. Los soportes de la coalición oficial. Una suerte de administración colegiada como puente entre dos jefes enemistados. 

“¿Mesa chica para qué?”, interpeló uno de los ministros bonaerenses de Alberto al titular de la Cámara de Diputados. El problema entre Alberto y Cristina amén de ser personal (allí una instancia mediadora quizá podría servir) es básicamente político. El Presidente cree que tiene encaminado el rumbo económico y que Martín Guzmán es el piloto adecuado. La vicepresidente considera, con exactitud, lo contrario. Se aterra con ciertas evidencias.

La consultora Poliarquía afirma que el Gobierno alcanzó el grado de consideración más bajo desde que asumió. Apenas el 20%. También la imagen de la dama se desploma. Menos del 30%, su núcleo duro histórico. Cristina lo adjudica a la mala gestión de Alberto y a otro aspecto que la desespera: la imposibilidad manifiesta de hacer valer su liderazgo. No son las únicas malas noticias. Otro trabajo, esta vez de ARESCO, ilustra la dimensión del mal humor colectivo anclado en la economía. El 80% de los entrevistados sostiene que su consumo cayó respecto del año pasado. El 11% sostiene que está igual. El 8% estima que ha mejorado. Un paisaje decepcionante para transitar hacia un año electoral clave.

La encrucijada del Gobierno no es solamente el estado de crisis permanente. También su incapacidad política para convertirla en algo diferente. En otra situación. Corre serio riesgo de quedar varado en un estado de agonía. De girar siempre alrededor de ella. No se trata simplemente de un problema del Gobierno: está la sociedad y está el país.

La crisis interna sigue teniendo manifestaciones. Alberto ha decidido blindar con protagonismo a su ministro de Economía. La figura más cuestionada por el kirchnerismo. Apareció con Guzmán, incluso, en la sede del Indec, junto a Marco Lavagna, cuando había concluido el Censo 2022, vivido como un éxito -discutible- en la Casa Rosada. El ministro desestimó la posibilidad de aumentar las retenciones al agro. Alternativa que había dejado filtrar el secretario de Comercio, Roberto Feletti, después de un encuentro entre ambos. El funcionario K ha pasado a depender del académico de Columbia. Significado: además de ser el encargado de la deuda con el FMI incorpora sin excusas a la inflación en su mochila.

Guzmán utilizó su marquesina, además, para darse un baño de gentío. Estuvo en el Conurbano (Almirante Brown) en un acto organizado por el Movimiento Evita, que lidera Emilio Pérsico. La movida pareció repleta de simbología política. Buenos Aires es el afincamiento principal de La Cámpora. Detesta tanto a aquella organización social como al ministro. Sucedió, por otro lado, en simultáneo con un desafío lanzado por otro dirigente del Evita y funcionario del Gobierno. Fernando Navarro, secretario de Asuntos Parlamentarios, sostuvo que “el 50% de las afiliaciones en el PJ” son truchas. Una manera de deslegitimar la presidencia que Máximo Kirchner ejerce en el PJ provincial.

Aquel acto permitió develar un secreto. El vínculo de Guzmán con el Movimiento Evita no es reciente. Ni ocurrió de manera orgánica. El ministro conoce hace años a Martín Fernando Navarro. ¿Quién es?  Uno de los hijos de Fernando, “el Chino”. Es director de la Agencia de Inversiones y Comercio Internacional, dependiente de la Cancillería a cargo de Santiago Cafiero. En 2016 le presentó a Alberto a su actual ministro durante un café que compartieron en un bar de Caballito.

Confiado en esa sociedad, el Presidente se anima incluso a mostrar el músculo de su Gobierno. Por lo visto, le estaría faltando bastante adiestramiento. La UOCRA del sindicalista Gerardo Martínez montó un escenario para su exhibición. Fue en el partido de Esteban Echeverría. El único que no reconoce a Máximo como jefe del PJ. Pero su intendente, Fernando Gray, tampoco asistió ocupado en Roma luego de una audiencia con el papa Francisco.

El día antes el jefe de Gabinete, Juan Manzur, arengó a todos los ministros para que asistieran al tercer relanzamiento (en dos años y medio) de la administración de Alberto. El conteo ayudó poco: hubo sólo 11 ministros de los 21 que existen. Un solo gobernador (el sanjuanino Sergio Uñac) de los 13 que gobiernan provincias. Axel Kicillof, el gobernador, y Máximo, que fueron invitados no dieron señales de vida. Tampoco el saponáceo ministro del Interior, Eduardo De Pedro, ocupado en ayudar al armado de la reunión que la senadora cristinista, Anabel Fernández Sagasti, realizó en Mendoza. Tal vez Martínez haya pretendido consolar al Presidente con el obsequio que le hizo: una lapicera. Alegoría del poder y la autonomía que son esquivos para Alberto.

El kirchnerismo intenta socavar el envalentonamiento de Guzmán. Carambola que contempla al Presidente. Promueve desde el Senado la implantación del salario universal. También el adelantamiento del pago del salario mínimo que el ministro concedió. Otra iniciativa facilitaría jubilaciones a las personas que no hayan podido completar los años de aporte. Massa pidió que se actualice el monto por debajo del cual se exceptúa al pago de impuesto a las Ganancias. Las maniobras esconderían la intención de establecer alguna diferenciación política ante un electorado muy desencantado.

¿Será posible?  No hay ninguna consultora que haya detectado la insinuación de ese fenómeno complejo. Cristina fue la gestora de esta coalición y artesana del dispositivo de poder que dejó de funcionar. ¿Cómo hacer creer que no tiene responsabilidad en la decadencia actual? El trabajo de Poliarquía revela que el 63% de los argentinos considera que el presente empeoró respecto del 2021. La perspectiva de futuro muestra su registro más bajo de optimismo en los últimos ocho años.

El contexto general se vuelve enrevesado por otros motivos. Las peleas en Juntos por el Cambio tampoco generan certeza en la sociedad. La irrupción de Javier Milei, el libertario, representa todavía un fenómeno difícil de descifrar. Todas las consultoras coinciden en el crecimiento de su imagen, que ya alcanzó el 30%. No existe la misma coincidencia por ahora sobre la intención de voto.

Más interesante resulta explorar el contenido de aquel emergente. No hay duda de que el surgimiento disruptivo del dirigente libertario se explica en el hartazgo social por el fracaso de los últimos gobiernos y las disputas en las coaliciones. Rechazo a la política convencional. Detrás de esa conclusión, sin embargo, anidan algunas valoraciones contradictorias.

¿Milei representa un giro ideológico liberal de una parte importante de la sociedad? Sobre esa premisa trabaja, por ejemplo, Mauricio Macri cuando piensa en el diseño futuro de la coalición. Provoca ruidos con el radicalismo y la Coalición. Un examen cualitativo de Managment & Fit echa sombras sobre aquel interrogante.

Las consultas a los entrevistados ratifican algunos de sus postulados. “Voy a votar a Milei. La dirigencia política es ladrona y corrupta”, anota uno de los testimonios. “Estoy de acuerdo con Milei en que los impuestos son un robo. Por eso lo apoyo”, repiten otros. “Voy a votar a Milei. Pero creo que el Estado tiene que intervenir en la fijación de precios de alimentos y medicamentos”, coinciden varios. Consideración llamativa de personas que expresan su identificación con el ideario ultraliberal.

De aquella nube de opiniones podría surgir una interpelación. ¿Reproduce Milei seriamente la posibilidad de un giro ideológico y una nueva matriz? ¿O se trata, sobre todo, de una reacción emocional de quienes lo respaldarían en contra de un orden político establecido que hace décadas no sabe dar respuestas?

El papel del Estado asoma como un eje del debate político. Se filtra con ambigüedades entre las huestes del libertario. El empeño kirchnerista por reivindicarlo, dentro de su esquema de relato, estaría en fase de agotamiento. Hay hechos que hablan por sí mismos. El Indec, durante seis años (o sea en distintos gobiernos) planificó el censo 2022. Se invirtieron $ 20 mil millones. Fueron desplegados 650 mil censistas. Casi la mitad de los habitantes, en un progreso inédito, volcaron previamente sus datos en la Web. Es decir, quedó para la verificación en el terreno sólo la otra mitad. Así y todo, hubo omisiones y se debió prorrogar el relevamiento otra semana. No podría achacarse tanto a una dificultad de Lavagna como a una estructura tan sobredimensionada como ineficiente.

Alberto no está en aptitud ahora mismo de prestar atención a esa falencia medular. Es además el gran refugio kirchnerista. No está para añadir problemas. Debería antes solucionar alguno. De allí el desaliento del ministro de Agricultura, Julián Domínguez, cuando el mandatario reflotó el tema de las retenciones al campo. Desmentido con premura. También la perplejidad del secretario Gustavo Beliz, que observa cómo el Gobierno escala su conflicto con el Vaticano y la Iglesia local.

El Presidente se molestó con Francisco porque anuló una audiencia a Cafiero. Adujo problemas de salud. No le impidieron otras reuniones, entre ellas con Jorge Capitanich y el intendente Gray. Es seguro que, como reacción, se ausente del Tedeum del 25 de Mayo. Quizás el gesto postrero que le queda para consumar un viejo sueño incumplido: parecerse en algo a Néstor Kirchner.

Eduardo van der Kooy

Eduardo van der Kooy

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