Miércoles, 08 Junio 2022 08:29

Escándalo Matías Kulfas: un presidente que no elige bien ni sabe echar a sus funcionarios - Por Marcos Novaro

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Los pocos cambios en altos cargos en la era Alberto Fernández han sido para peor, y en ocasiones dieron lugar a tristes muestras de deslealtad. El presidente no elige bien a sus colaboradores. Y tampoco sabe echarlos. 

Es curioso: la gestión de Alberto Fernández se distingue por lo mucho que duran sus funcionarios. Algunos, como el de Economía, están incluso por batir récords de permanencia en cargos que suelen consumir las ganas y el prestigio de sus ocupantes en cuatro pitadas de cigarrillo. 

Se podría creer que esta característica, la larga duración de los principales colaboradores de Alberto Fernández en sus funciones, se debe a los buenos resultados alcanzados, y al talento demostrado ejerciéndolas. Pero si nos atenemos a algunos datos duros sobre rendimiento, y a lo que piensa la opinión pública de ellos, habría que descartar esa hipótesis: no duran por el éxito, sino a pesar del fracaso.

Una explicación alternativa sería que Alberto Fernández gusta en conservar la gente que lo rodea, es reacio a echar y a hacer cambios. Se podría decir que incluso no sabe muy bien cómo hacer los recambios, y por eso los evita.

Un buen ejemplo al respecto fue lo sucedido con Felipe Solá: lo sacó de la Cancillería de modo tan torpe como inoportuno, mientras estaba viajando a una misión internacional, y su reemplazo dejó en evidencia que no se estaba privilegiando la gestión, sino la necesidad de acomodar rápido y como fuera a uno de sus preferidos, Santiago Cafiero, hasta entonces jefe de gabinete.

Así que el recambio arrojó dos saldos muy negativos para el gobierno, y en particular para el propio jefe de Estado:

  1. Quedó bien a la vista que ciertas áreas muy relevantes de la gestión, como las relaciones exteriores, le importan un rábano, que ni siquiera les reconoce una entidad particular.
  2. Si las papas queman, no se puede confiar en que vaya a ser mínimamente leal con quienes lo han acompañado. Paradójicamente, el resultado contrario al que cabría esperar de que se haya mostrado siempre tan renuente a hacer cambios en su plantel.

Con Matías Kulfas acaba de pasar algo parecido a lo sucedido con Solá

A pesar de las similitudes, los efectos son aún más perjudiciales, porque el contexto es mucho más desfavorable para la autoridad presidencial, y porque el involucrado se está comportando de forma mucho más oportunista: el excanciller, recordemos, se mantuvo en riguroso silencio por bastante tiempo, aunque es sabido que le hizo la cruz a Alberto Fernández; Kulfas en cambio decidió proteger su imagen a costa de la del gobierno en general, de la de Cristina Kirchner en particular, y también del propio presidente.

El exministro de Producción metió la pata en forma cuando lanzó e insistió en denuncias contra el ala cristinista de la gestión, sin mayores evidencias que las avalaran y, sobre todo, haciéndose el desentendido con la máxima prioridad política de Alberto Fernández en estos momentos: arreglar como sea con ese sector, para tener más chances de sobrevivir hasta el final del mandato.

Puede que el presidente no se equivoque en buscar esa conciliación: la verdad que sus chances de sobrevivir en soledad son mínimas, así que no parece, en principio, la apuesta más descabellada intentar formas de convivencia con quienes lo cuestionan dentro del FdT. Pero lo peor que podía hacer, si estaba dispuesto a incluir entre los gestos de acercamiento a Cristina Kirchner el sacrificio de alguno de sus colaboradores, era convertir ese recambio en ocasión para un escandalete de denuncias cruzadas de corrupción e ineficiencia, que lo manchan a él y su gente tanto como al bando de la vice.

De este modo, perdió a uno de los suyos, sin ganar ningún punto en la estima del ala rebelde. Mucho menos en la estima de la sociedad.

La responsabilidad original por este nuevo papelón en que quedó involucrada la gestión es claramente suya. No puede alegar no saber con qué bueyes ara.

Marcos Novaro

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