Domingo, 12 Junio 2022 08:05

Luces rojas en La Cámpora - Por Eduardo van der Kooy

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Ni la oposición hizo como el propio oficialismo un diagnóstico tan negativo de la gestión del Gobierno. Afloró con el escándalo del gasoducto. Los camporistas denostaron a Kulfas. La organización sufre por la opacidad política de Máximo y denuncias de corrupción. 

Jamás pudo haber imaginado el bioquímico belga Christian de Duve que su revolucionario descubrimiento – le valió el Premio Nobel de Medicina en 1974—podría ser aplicado alguna vez, en otro campo, en la lejana República Argentina. El científico dio el primer paso para demostrar cómo las células del organismo son capaces de comerse a sí mismas. Se denomina autofagia. Haciendo la traspolación a la política doméstica podría constituir un diagnóstico cabal sobre el mal que aqueja al gobierno de Alberto y Cristina Fernández. Se devoran entre ellos. 

La exhibición de los últimos diez días parece sólo corolario del proceso que nació no bien el Frente de Todos se desplegó en función del poder y la administración del Estado. Ni la oposición ni el periodismo con sentido crítico fueron capaces de sintetizar la valoración que los diferentes bandos oficialistas poseen del Gobierno al que pertenecen.

Matías Kulfas se fue del Ministerio de Producción denostando la gestión del área energética que responde a la vicepresidenta. No refirió únicamente a la controversia por la construcción del gasoducto que debe potenciar la utilidad de Vaca Muerta. Que enterró, como se esperaba, ante el juez Daniel Rafecas. Fue licitado por Mauricio Macri en 2019 y prorrogado dos veces. La tercera correspondió a Alberto. De paso cambió las condiciones de la convocatoria. El ex funcionario, amén de mencionar el “internismo exasperante”, cuestionó el “desquiciado sistema de subsidios”. A juicio suyo “socialmente injusto, centralista, anti federal y pro rico”.

La réplica llegó de parte de la empresa Energía Argentina, a cargo de Agustín Gerez. Un joven cercano a La Cámpora. Inserto en el área que componen Darío Martínez, secretario, Federico Basualdo, subsecretario de Energía Eléctrica y Federico Bernal, del ENRE (Ente Nacional Regulador de Energía). Un solo párrafo de la declaración sonó demoledor para el conjunto. Definieron como “pésimos” los resultados de la gestión de Kulfas. Que, dijeron, “puede medirse en que una familia hoy paga el pan por encima de $ 300 el kilo, la leche por encima de $ 150“, en medio “de una pobreza del 40%”.

Superponiendo las críticas de Kulfas con la respuesta kirchnerista puede tenerse idea de la autopercepción que la coalición oficial posee de la gestión que desarrollan. Casi dejan desairada la condición de halcón de Patricia Bullrich. Sin dudas, los más perjudicados son el Presidente y su ministro de Economía, Martín Guzmán. En la crítica K sobresale el drama de la inflación. Más allá de esas apreciaciones, queda salvajemente descubierta una falencia fundacional del Gobierno: el loteo de los ministerios para satisfacer intereses políticos internos; la desestructuración del sector económico que priva al ministro de potestades cruciales. Equívoco también cometido por Macri.

La mega crisis interna que detonó el gasoducto es la expresión de cuestiones más profundas. Explican concienzudamente por qué motivos el Presidente y la vicepresidenta no se hablan desde hace más de 100 días. Empieza a provocar metamorfosis dentro de los sectores en pugna. El Presidente se recuesta cada vez más en su círculo chico, trata de no dejar suelto a Sergio Massa, dispuesto a volar siempre hacia donde sople el viento, y acude al peronismo (con la laxitud que implica el término) para cubrir los casilleros que le van vaciando. Son ahora los casos de Agustín Rossi en la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) y Daniel Scioli para sustituir a Kulfas. Hubo antes otros ejemplos.

La vicepresidenta continúa ejerciendo el liderazgo. Difícilmente pueda ponerse en duda después de la fiesta en Tecnópolis. Pero tampoco parece alcanzar a medir las consecuencias de cada una de sus acciones, porque el Frente de Todos está mucho más desvertebrado de lo que aparenta. Hay otra cuestión que asoma. Su mayor herramienta de poder institucional está en el Senado. Pensando en un horizonte, que sería el 2023, resulta insuficiente. El auxilio de su gran plataforma política, La Cámpora, no tiene la consistencia que supo tener. Mantiene la capacidad de daño. Menguó expectativas de futuro. Una razón sería la declinación que muestra Máximo Kirchner en su musculatura política. Otra, la defección de funcionarios que comienzan a ser ensombrecidos por denuncias de corrupción. La tercera no tendría que ver, exactamente, con el camporismo. Sí, con el apéndice que representa en Buenos Aires Axel Kicillof. Cristina supuso una cosa diferente, tal vez, sobre las aptitudes de actual gobernador.

El mayor problema es su hijo. Está más disgustado con Alberto que ella misma. Digirió como pudo el escándalo por la foto de la fiesta clandestina en Olivos en medio de la cuarentena severa por la pandemia. Se atragantó con el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Máximo supo tener un timón y un escenario desde donde se encargaba de marcarle límites al Presidente y al Gobierno. Su renuncia áspera a la conducción del bloque de Diputados lo ubicó en otro lugar, de menor protagonismo. Casi no asiste a los debates. Recibe, por ello, reproche de los propios. Estuvo solo para votar en contra del acuerdo con el FMI. Ni siquiera tuvo la misma voluntad cuando Juntos por el Cambio, módicamente, se anotó una victoria parlamentaria con la media sanción de la boleta única. Su acción se circunscribe a caminar el Conurbano. A “militar territorio”, según la jerga camporista.

Tampoco frecuenta, como lo supo hacer al principio, ciertos ámbitos empresarios donde siempre hizo un esfuerzo para mostrarse informado y sensato. Su postura con el FMI, que lo acercó a la izquierda, lo alejó de aquellos núcleos. Le quedan como oropeles la titularidad del PJ bonaerense, envejecido, y de La Cámpora, en dificultades por asuntos diversos. La organización ha dejado de crecer porque ya le resulta difícil atraer la esperanza de los sectores juveniles. Como sucedió después de la muerte de Néstor Kirchner. Han pasado doce años y demasiadas decepciones en la Argentina. Se sostiene por ahora con el fuerte soporte obtenido en sitiales caudalosos del Estado.

De allí, precisamente, caen algunas sombras preocupantes. Reponen sospechas acerca de una conducta de la cual, decían, estaban eximidos: las negociaciones oscuras, la corrupción. El episodio más sonoro lo impulsa ahora el fiscal Ramiro González. Involucra a una de las figuras camporistas fuertes, Mayra Mendoza, intendente de Quilmes. Hay una investigación por presunto desvío de fondos a través de cooperativas en el municipio de regentea. Se barajan $ 535 millones. Además de ella misma, están imputados su ex pareja y otros cuatro funcionarios. El fiscal rastrea la existencia de sociedades off shore.

La última novedad fue aportada por el fiscal Guillermo Marijuan. Citó a indagatoria a tres funcionarios del PAMI. Lo dirige la intocable Luana Volnovich. Se indaga el otorgamiento de subsidios solidarios a jubilados, al parecer de modo anómalo, relacionados con La Cámpora. Sobre Fernanda Raverta, de la ANSeS, recae otro tipo de acusación: haber facilitado el cobro de la doble pensión que recibe Cristina. Casi $ 3 millones mensuales.

Está, por otro lado, el juicio que enfrenta al senador Oscar Parrilli por el libro “La Década Ganada”, por el que se pagó un anticipo, pero nunca se imprimió. La tarea hubiera correspondido a la Casa de la Moneda. A cargo por entonces de Katya Daura. También procesada. Amiga del ex vicepresidente Amado Boudou.

Nada de todo eso posee tanta relevancia para Máximo y Cristina como la revisión que está haciendo la Sala I de la Cámara de Casación del sobreseimiento que el Tribunal Oral Federal 5 dispuso en la causa Los Sauces-Hotesur. Antes que se iniciara el juicio. Tiembla la familia entera. Incluida Florencia Kirchner.

Se trata de un asunto que viene de lejos. No así las investigaciones que envuelven a Mayra y Luana. El camporismo no descarta alguna mano negra desde el propio Gobierno. Impera en la organización un tiempo de desconcierto. Como si la épica inflamada del pasado hubiera desaparecido. Buscaron rescatarla de un arcón exaltando aquel viaje pintoresco que Cristina hizo en 2010 a Angola. La excusa fue que la empresa Arcor acaba de abrir una sede en la nación africana. No sería lo que piensa su dueño, Luis Pagani.

Quizás La Cámpora halló un resuello con el paso de Alberto por la Cumbre de las Américas, en Los Angeles. Los contrasentidos importarían poco. Amagó con no concurrir por las ausencias de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Imaginó luego una contracumbre que un gambito del mexicano Andrés Manuel López Obrador frustró. Terminó por defender en su discurso a aquellas dictaduras al tiempo que convocó a la construcción de un nuevo humanismo. Dijo que la falta de aquellos países interpelaría al resto. ¿No lo estaría haciendo, en realidad, por su omisión sobre los presos políticos, los torturados y los muertos? Alguien que no viene de un progresismo fraudulento lo expresó: “En Cuba hay presos por pensar distinto y eso es inaceptable”, afirmó Gabriel Boric, presidente de Chile.

El Presidente tuvo una voz en esa dirección en su propia comitiva. En Los Angeles optó por el silencio. Antes de partir, Massa se ocupó de subrayar que Cuba, Venezuela y Nicaragua “son dictaduras”. En el oficialismo todo permanece perturbado por el “internismo exasperante” del que habló Kulfas al ser despedido.

La Cumbre fue menos que discreta para Washington. No por la palabra de Alberto. Llamó la atención –amén de México-- la deserción amplia de América Central: Honduras, Guatemala y El Salvador. El Presidente solo intentó asumir un liderazgo regional que no termina de calzarle. Miró con persistencia a Joe Biden, a quien necesita. Pensando siempre en Cristina.

Eduardo van der Kooy

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