Miércoles, 15 Junio 2022 09:46

Los aviones negros del kirchnerismo, combinación de complicidad e incompetencia - Por Eduardo van der Kooy

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El escándalo de la aeronave venezolana-iraní es un nuevo capítulo de la errática política exterior del Gobierno. Se suma a otros episodios vinculados a los K como la valija de Antonini Wilson o el incidente con Estados Unidos por el secuestro de material de un avión militar. 

El presidente Alberto Fernández no parece ser en materia de política exterior --¿únicamente? - un hombre afortunado. En febrero propuso a Moscú abrirle las puertas para facilitar su ingreso en América Latina. Apenas 20 días antes que Vladimir Putin desatara la invasión a Ucrania. Origen de una guerra de desenlace incierto. El viernes pasado habló ocho minutos en la Cumbre de las Américas, en Los Angeles, delante del Jefe de la Casa Blanca, Joe Biden, para criticar las ausencias de Cuba, Venezuela y Nicaragua en el encuentro. Es decir, en defensa de aquellos regímenes. 

Nicolás Maduro le agradeció efusivamente el gesto mientras realizaba una visita de Estado a Irán. El mismo día, después de varias peripecias, un avión venezolano-iraní recaló en el aeropuerto de Ezeiza. Se inauguró así otro escándalo en la política exterior y de seguridad de la Argentina que se encuentra en pleno desarrollo.

Nadie todavía logra hoy explicar -el kirchnerismo se abstiene- los motivos de aquella de audacia de Alberto en Moscú. El mundo conocía la disposición de las tropas rusas en la frontera ucraniana. Tampoco quedan claras las razones por las cuales se insiste con el alineamiento internacional con sistemas autoritarios. Podría atenderse cierta explicación geopolítica, ideológica, sin la obligación de compartirla. En aquellos dos casos, como en tantos otros, lo que siempre parece aflorar sería una combinación de incompetencia y complicidad.

Queda claro por el camino errático que el Gobierno adopta cada vez que debe enfrentar el caso de Rusia en un foro internacional. Condena a Moscú, se abstiene y hasta critica las sanciones económicas aplicadas por la Unión Europea y Washington a Putin. Algo similar se descubre con el avión de transporte comercial retenido en Ezeiza. Se ensayan en los altos niveles del poder explicaciones contradictorias e inentendibles. El ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, dijo en primera instancia que uno de los cinco iraníes de la tripulación era “un homónimo” de un miembro de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, cuyo brazo armado es Al-Quds. ¿Un homónimo? Mismo nombre y misma actividad. Curioso.

El flamante titular de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), Agustín Rossi, conjeturó que los iraníes a bordo del avión (cinco) de EMTRASUR debían ser los instructores de los catorce venezolanos. “No es que usted compra un Hércules, como el que tiene la Fuerza Aérea, y sale a pilotearlo así nomás”, ilustró.

La inconsistencia explicativa de aquellos funcionarios pareció guardar alguna relación con el modo en que escándalo del avión alcanzó a tomar estado público. Venía desde Querétaro, México, vía Caracas y debió aterrizar en el aeropuerto de Córdoba debido, por esos días, a la niebla intensa imperante en Buenos Aires. Su presencia en la provincia mediterránea llamó la atención. Un Boeing 747M-300, de porte gigantesco, no se ve por allá con frecuencia. Fue fotografiado por curiosos y subido a las redes.

Ni bien aterrizó en Ezeiza se dedujo que se trataba del mismo avión. Levantó vuelo para aprovisionarse de combustible en Uruguay. La nación vecina, por medio del ministro de Defensa, Javier García Duchini, le negó la autorización porque constaba en sus informes la existencia de sanciones impuestas por Estados Unidos a EMTRASUR por repetidas irregularidades en sus vuelos. Regreso entonces a Buenos Aires donde, con antelación, se le había negado el abastecimiento requerido.

Recién en ese momento -el pasado fin de semana- sonaron las alarmas. Ocurrió, en verdad, por presentaciones que hicieron miembros de la oposición reclamando novedades. Entre ellos, el diputado Gerardo Milman, ex subsecretario de Patricia Bullrich durante la gestión en Seguridad, ahora miembro de la Comisión Bicameral de Inteligencia.

Según el legislador, se podría estar en presencia de una maniobra de inteligencia venezolana-iraní. Lo concreto es que el juez interviniente, Federico Villena, decidió retener toda la documentación de los tripulantes y desestimar un habeas corpus que había presentado el abogado Rafael Resnick Brenner. Uno de los seis condenados por el caso Ciccone, que involucró al ex vicepresidente Amado Boudou.

El escándalo ocultó además su costado judicial. El magistrado decidió actuar con rapidez quizás para evitar en torno a su figura la agitación de sospechas que posee por presunto lavado de dinero. La fiscal Cecilia Incardona tuvo otro ritmo, pero terminó solicitando la realización de 30 medidas en relación con el avión. La funcionaria no debe haber sido ajena a las presiones. Se recuerda: fue una de las que solicitó la falta de mérito para Dario Nieto, ex secretario de Mauricio Macri, en la causa sobre la supuesta red de espionaje tendida en tiempos de Juntos por el Cambio.

Alrededor del avión del escándalo se han montado infinidad de sospechas. Se trata de una máquina que entre el 13 de mayo y el 6 de junio –cuando llegó a Córdoba- estuvo cinco veces en Caracas, cuatro en Teherán (capital de Irán), dos en Ciudad del Este (Paraguay), dos en Belgrado, una en Moscú y otras dos en Querétaro. Transportó autopartes a nuestro país –verificadas por las autoridades- que no fueron reclamadas hasta ahora por nadie. Una importante automotriz desligó cualquier vinculación con el cargamento. Detalle: hasta enero la máquina perteneció a la empresa iraní Mahan Air. Acusada por Estados Unidos de trasladar cargas militares en aviones civiles.

No se trata del primer avión sospechoso que intercala la historia política del kirchnerismo. Tampoco el primero con onda expansiva internacional. Fue famoso el episodio del 2011 cuando España retuvo un avión que había sido cargado en la Base Aérea de Morón con 900 kilos de cocaína. Piloteado por los hijos de conocidos jefes militares. Los más resonantes, en términos políticos, resultaron otros.

Aquel procedente de Caracas, en 2007, que terminó con la detención provisoria de Guido Antonini Wilson. Portador de una valija con U$S 800 mil. El ex jefe de Inteligencia de Hugo Chávez, Hugo Carvajal, recién el año pasado reconoció el envío de millones de dólares para los gobiernos de Néstor Kirchner, Evo Morales y Lula da Silva. Antonini dijo ante la Justicia de EE.UU. que el dinero se destinaba a la campaña presidencial de Cristina Fernández.

Ninguno de esos casos, hasta el presente, desató un conflicto diplomático como el que produjo entre Buenos Aires y Washington la decisión en 2011 del ex canciller, Héctor Timerman, de incautar material de un avión militar estadounidense llegado a Ezeiza para una capacitación a la Policía Federal. Fueron cuatro meses de forcejeos bilaterales, que incluyó la destrucción de una valija de claves del Pentágono. El vínculo jamás logró recomponerse entre ambas naciones durante el segundo mandato de Cristina.

Todos, está visto, fueron episodios sombríos. Extremadamente oscuros. Incapaces, de todas formas, de competir con aquel mito construido por Juan Perón desde su exilio. El célebre e imaginario avión negro, con el cual se proponía sorprender con su regreso a las dictaduras que lo mantenían proscripto en el país. 

Eduardo van der Kooy

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