Domingo, 19 Junio 2022 07:16

Corrupción en Vialidad: la Corte rechazaría los recursos de Cristina - Por Ricardo Roa

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Destrabará así cualquier objeción al juicio, uno de los que más preocupa a la vice. Anticipándose, el kirchnerismo cargó contra los jueces. 

Si hay una escena de la corrupción kirchnerista que compite mano a mano con los bolsos voladores de José López, es la de los hijos de Lázaro Báez contando y apilando fajos de dólares en una cueva de Puerto Madero, La Rosadita. Es una imagen de hace 10 años que puede volver pronto, este mismo martes, y potente. 

La Corte tiene en agenda rechazar por unanimidad los recursos que presentó Cristina para bajar una de las causas que más le preocupan: el monumental negociado con la obra pública en Santa Cruz. Un protagonista central de esa historia es Báez, que gracias a los Kirchner pasó de empleado bancario raso a contratista multimillonario del Estado.

Está probado que Báez concentró en Austral Construcciones, que fundó apenas un mes antes de la llegada de Kirchner al gobierno, alrededor del 90% de la obra pública que iba de Vialidad nacional a Vialidad provincial y de ahí, sin escalas, a la empresa de Báez, ganadora de casi todas las licitaciones. Cuando no las ganaba, se asociaba con la ganadora. Nadie nunca consiguió semejante premio.

También está probado que Báez facturaba con un sobreprecio promedio del 60% y que cobraba anticipos por trabajos que nunca terminó. Kirchnerismo auténtico. Ya ha sido condenado a 12 años de prisión en otra causa, la ruta del dinero K. En ésta, ha sido procesado por asociación ilícita junto a Cristina y funcionarios clave de su gobierno como López y De Vido y los jefes de Vialidad Nacional y Provincial.

El caso está lleno de detalles que son bastante más que detalles porque en más de un sentido muestran las entrañas del poder y de la corrupción. Es en el negocio con la obra pública donde mejor se conoce a los Kirchner. Se los conoce de verdad. En toda la historia de Vialidad Nacional hay un solo gerente nombrado por decreto presidencial. Es Sergio Pasacantando, con nombre de personaje de García Márquez y al que Kirchner puso como gerente de administración, es decir a cargo de la caja y bajo las órdenes de José López. No tenía límites.

Antes de llegar allí, Pasacantando había sido la mano derecha del financista Ernesto Clarens en Invernes SA (Inversiones Néstor Kirchner, decían que significa la sigla). Clarens llevaba las cuentas de Báez; es uno de los arrepentidos en la causa de los cuadernos de las coimas y pieza esencial en el modelo de lavado de la plata de la corrupción. Está siendo juzgado en paralelo.

Otros detalles que no son detalles: los Kirchner mantuvieron los 12 años de sus gobiernos al ex intendente de Río Turbio, Nelson Perotti, como cabeza de Vialidad Nacional y cuando se pelearon con el gobernador Peralta, le quitaron a Vialidad Provincial el manejo de la plata, que llegaba directamente de Buenos Aires a Báez.

Empeñada en descalificar la investigación, Cristina intentó en la Corte bajar la causa con una pila de recursos, la especialidad de su abogado Beraldi, abogado también de Cristóbal López en los propios laberintos judiciales del rey de las tragamonedas. El esfuerzo es sobre todo visible en tres argumentos. Uno: que el delito ya fue juzgado en Santa Cruz, donde, obvio, Báez fue absuelto. Dos: que intervino una sala de casación en lugar de la que debía hacerlo. Y tres: que, pese a que los datos reunidos por el juez y el fiscal pasaron la prueba de la precisión, es necesario ampliar el peritaje a todas las obras cuestionadas. O sea, un peritaje interminable. La Corte se propone ahora destrabar estas objeciones sobre el juicio, que acaba de terminar con la parte de los testimonios y espera que el 11 de julio comiencen los alegatos de la acusación y defensa.

Además del negociado con la obra vial, a Cristina la arrinconan Hotesur y Los Sauces. Es una causa unificada. Hotesur es el lavado de dinero en dos hoteles del matrimonio Kirchner en El Calafate. La fórmula repite una parte de lo que hemos contado: adjudicación de obras públicas con coimas y sobreprecios, en este caso blanqueados con el alquiler de habitaciones que nunca se ocupaban. Hoteles de ocupación fantasma.

¿Quién era beneficiario de esas obras y el que alquiló sin ocupar? Acertó: Lázaro Báez, el campeón de la obra pública. De esa plata son los casi 4,6 millones de dólares encontrados a la hija de Cristina en una caja de seguridad.

Los Sauces es el nombre de uno de los hoteles de los Kirchner y también de una causa que abarca 29 propiedades. El 86% de las facturas eran pagadas por Báez y Cristóbal López, el otro financista mayor del kirchnerismo. Desde que asumió como vice, Cristina logró tumbar varios expedientes. El más importante de los que logró dar de baja fue el de Hotesur y Los Sauces, que involucra a sus hijos.

Un enorme escándalo: fue sobreseída sin juicio. Allí actuó un juez con el que Cristina debiera sentirse agradecida de por vida: Daniel Obligado, el mismo que se las rebuscó para colar entre los presos liberados en pandemia a Amado Boudou. Hay que soltarlo porque su esposa la pasa mal y tiene que estar con ella. Eso dijo. Y eso dice qué clase de juez es.

Lo ayudó el juez Adrián Grünberg, de Justicia Legítima, que salvó a Cristina a todo galope, antes de que venciera su suplencia en el tribunal. Grünberg ya le había dado otra gran alegría a la vice, devolviéndole el control de los hoteles y propiedades.

No es raro que pasen estas cosas raras en la Justicia. El sobreseimiento sin juicio más que pareciera, se pone de moda en las causas de Cristina. Hotesur es un manual de lavado de dinero. Delictivo por donde se lo mire. Pero el argumento de Obligado y de Grünberg, que parece haber sido escrito por Beraldi, es que para que haya lavado debe haber delito precedente con condena. En esta maraña bien parecida a la maraña de los negocios de los Kirchner, la suerte puede cambiar, sin embargo, para la vice. En Casación se podría ordenar reabrir el expediente.

Como anticipando que el martes la Corte rechazará los planteos dilatorios de Cristina, el kirchnerismo abrió esta semana un paraguas tras otro. Uno, que es otra pintura de cómo se manejan acá estas cosas, fue la renuncia de la Oficina Anticorrupción a ser querellante en la causa. Un papelón institucional.

Otra señal. La abogada y portavoz oficiosa de Cristina, Graciana Peñafort, directora general de Asuntos Jurídicos de la presidencia del Senado, acaba de atacar al juez Horacio Rosatti, con esta sentencia: “Está convirtiéndose en lo que nunca pensamos que iba a ser: un mal juez”. O sea: no está haciendo lo que ellos querían que hiciera.

Antes, había cruzado duro al juez Rosenkrantz, vicepresidente de la Corte, a quien apuntó también Hugo Yasky, secretario general de la CTA, desempolvando un viejo cuestionamiento que el juez desmintió más de una vez. Yasky dijo: “Claramente Rosenkrantz representa a los grupos del poder económico y financiero del país. Es un general del poder económico en la trinchera de la justicia”. Eso fue parte de una operación mayor de El Destape, donde se dice que el juez firmó 25 fallos que involucran a ex clientes suyos. Nada casual, Cristina hablará mañana en la CTA.

En 20 días vendrán los alegatos, con su obvio ruido en la sociedad y tal vez antes de fin de año salga el veredicto sobre Cristina de los jueces Rodrigo Giménez Uriburu, Jorge Gorini y Andrés Basso. Por el peso de las pruebas, no podría ser sobreseída.

Frente a esos mismos jueces, Cristina había hablado tres horas y media ya en su papel de vicepresidente electa en los primeros días de diciembre de 2019. Quiso que semejante discurso fuese televisado. Más que un alegato jurídico, buscó uno político que influya en el resto de las causas en su contra. Eran tiempos en que confiaba en que, con Alberto Fernández, podían torcer a su favor la voluntad de cualquier juez, fuera cual fuera la causa y los delitos investigados.

En esa audiencia, amonestando y apretando a los tres jueces, Cristina apeló, acomodándola a su gusto, a una famosa frase que en 1953 usó Fidel Castro para justificar la revolución: “la historia me absolverá”. Y Cristina, después de decirle a los jueces que deberían ser ellos y no ella quienes respondieran preguntas, se autojuzgó y dijo: “La historia ya me absolvió”. Eso es algo que ella no puede decretar. Y mucho menos, ahora.

Ricardo Roa

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