Miércoles, 06 Julio 2022 08:13

Una cena en Olivos que sólo alarga la agonía en la crisis del Gobierno - Por Eduardo van der Kooy

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Los desmanejos generados tras la renuncia de Martín Guzmán dejaron en evidencia la falta de rumbo. El demorado encuentro entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner parece solo alcanzar para atravesar el segundo semestre y llegar a 2023. 

La única sorpresa que pudo haber deparado esta crisis en el Gobierno fue el momento y el modo en que el ex ministro Martín Guzmán decidió renunciar. Desairando a Alberto y echando sombras sobre una puesta en escena de Cristina Fernández en Ensenada. 

El desarrollo posterior de los acontecimientos respondió a tres principios lógicos: el fracaso del dispositivo de poder que la vicepresidenta imaginó en 2019; la mala gestión presidencial; la diáspora de una coalición que invoca aún la unidad antes como súplica que como convicción.

Más allá de la cena que compartieron en la residencia de Olivos el lunes a la noche, nada hace presumir que ese vínculo vuelva a convertirse en un músculo político potente, como aquel que posibilitó la victoria electoral del 2019. Hay desgaste. Hay desgarros insanables. El pronóstico más optimista, tal vez, lleve a pensar en la posibilidad de una tregua que le permita al Gobierno transitar el segundo semestre y arrimarse al año electoral. Si eso sucede, podrían darse por hechos.

Dos anécdotas ocurridas el fin de semana revelarían el grado de deterioro que posee la relación entre Alberto y Cristina. Parecida a aquella que impulsó al ex jefe de Gabinete a renunciar a su cargo en julio de 2008, en medio de la crisis con el campo. Con los papeles invertidos. Por entonces, el profesor de derecho le reclamaba a la dama cambios en el gabinete que, se entiende, nunca hizo.

En especial, la salida de Julio De Vido. Se fue Alberto. Ahora Cristina le va comiendo los ministros al Presidente. Como ocurría en Los Diez Indiecitos, la célebre novela de Agatha Christie. Ninguno de los dos puede renunciar sin detonar la fase terminal de esta crisis.

Una de aquellas perlas fueron los conciliábulos para que Alberto aceptara hablar el domingo por teléfono con la vicepresidenta. La intransigencia fue doblegada por Estela de Carlotto, la titular de Abuelas. Llamó a Olivos y desplegó argumentos de persuasión reveladores. “Hace un esfuerzo” clamó al Presidente. “¿Sabés con la cantidad de personas indeseables (sic) que debimos hablar cuando averiguábamos por nuestros hijos desaparecidos?”, interpeló. Podría inferirse que su propio vínculo con Cristina no es el que supo ser. También que la vicepresidenta resulta intolerable para Alberto.

La otra pista fue brindada por Cristina en Ensenada. Primero, con inocultable ironía, refirió a una reunión que había tenido con miembros de La Garganta Poderosa, publicación ligada a movimientos villeros. La misma que días antes, en un acto en la Casa Rosada, Alberto confundió con La Garganta Profunda. Nombre de una película pornográfica de la década del 70. Como si se tratara de un hilo la vicepresidenta contó la gestión de su encuentro con Carlos Melconian a través de los chats de su teléfono. Y sobreactuó: “Yo puedo mostrar mi teléfono. No todos lo pueden hacer”.

Se podría plantear la discusión sobre sus dichos. También inferir que alguna alegoría al Presidente estuvo envuelta en ese par de menciones. ¿Sabe Cristina que el Presidente utiliza un teléfono para trabajar y otro para asuntos de su vida privada? ¿Conoce algo de esos contenidos? Si así fuera, no solo representaría la violación de la intimidad. También una suerte de carpetazo público. En ese punto personal están las relaciones entre las dos principales personas que representan el poder institucional en la Argentina.

A partir del divorcio político parece impensable haber esperado el fin de semana pasado, con la renuncia de Guzmán, un derrotero distinto al que aconteció. La salida del ex ministro fue sorpresiva por la circunstancia. Cantada en los hechos. Eso torna más inexplicable el desconcierto de Alberto para encontrar un rumbo rápido. Sin deambular, como lo hizo, medio sábado y todo el domingo.

En la misma semana el ex ministro le había hecho al Presidente dos reclamos por el desentendimiento de Energía, a cargo del K Darío Martínez, sobre las nuevas tarifas de luz y gas. La clave de la segmentación que, por ahora, parece postergada. En verdad, las diferencias venían desde el 2021 cuando no pudo echar al subsecretario K de Energía Eléctrica, Federico Basualdo. Guzmán fue acumulando enemigos internos, amén de Cristina y La Cámpora: Miguel Pesce, el titular del Banco Central y hasta Sergio Massa, el jefe de la Cámara de Diputados.

Por esa razón no se comprende tanto enojo del Presidente frente a la repentina deserción. Lo mismo le sucedió con el ex ministro de Producción Matías Kulfas, autor de una réplica pública dura a un discurso de Cristina. En ambos casos fue posible observar un espectáculo curioso: los cesanteados resultaron ovacionados por los trabajadores cuando fueron a despedirse en sus dependencias.

¿No tenía el Presidente nada en carpeta? ¿Tampoco un plan B de algunos de los asesores del círculo chico? Para salir de la emergencia se descubrió un desmanejo que incluyó la oferta que cuatro economistas desecharon antes de recalar en Silvina Batakis. Tan grande resultó la improvisación, que Daniel Scioli, el ministro de Producción, fue el encargado de proporcionar su número de teléfono. La tuvo como ministra en Buenos Aires cuando Cristina y Axel Kicillof retaceaban fondos para pagarle a los docentes.

El pedido frustrado de Massa

Aquel desmanejo ocasionó en el Frente de Todos heridas que no parecen menores. La tercera pata de la coalición es un disminuido Frente Renovador. Su capitán, Sergio Massa, representa simbólicamente más que su propia agrupación. El ex intendente de Tigre estuvo, hasta último momento, a punto de dar el gran salto. Quedó en el aire. No será indiferente para la marcha del oficialismo.

Massa hizo un mega planteo para aceptar la jefatura de Gabinete. Reclamó el control del Banco Central, el Ministerio de Economía y la AFIP. Casi superpoderes que no sólo hubieran eclipsado definitivamente a Alberto. Las alarmas sonaron también en el Instituto Patria. Cristina intercambió, a propósito, con su hijo, el diputado Máximo. Ahora compinche del ex intendente de Tigre. La irrupción de Batakis terminó por descomponer aquel plan.

El interrogante que ha quedado boyando es por qué motivo Massa elevó tanto su exigencia. Quizás lo consideró imprescindible para la hipotética función. Quizás especuló que, por menos de eso, no desembarcaría en un Gobierno a la deriva. Con una coalición oficial que revela cada día nuevos desencuentros. Diputados le sienta cómodo, aunque tal vez le ofrezca poco y nada para su horizonte político.

En ese contexto, no podía aguardarse con la asunción de Batakis otra cosa distinta a lo que se ve. Mercados alterados, desconfianza internacional y parálisis virtual en el frente productivo doméstico. Nadie adivina que puede pasar. La incertidumbre se extiende a una ministra que aterrizó sin equipo. Hizo declaraciones breves tratando de contentar, a la vez, a Alberto y Cristina.

El gran problema, se conoce, radica en la pareja presidencial. Ya no en las diferencias personales. En las miradas políticas divergentes como les ocurrió en el turbulento 2008. La vicepresidenta, de base, no desea que se siga adelante con el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). El organismo saludó a Batakis. Antes deseó el mejor porvenir para Guzmán. Nadie sabe cómo el Presidente sorteará tal exigencia. Tampoco cómo ni con quienes llegará a fin de año.

Eduardo van der Kooy

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