Domingo, 10 Julio 2022 06:18

El abismo está a un solo paso: Cristina ganó una centralidad política que sigue empequeñeciendo al Presidente - Por Eduardo van der Kooy

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Las cumbres con Alberto y Massa no zanjaron diferencias de fondo. Pero el vértigo de la crisis forzó a la vicepresidenta a recalibrar sus pasos. 

Detrás de la crisis desbocada que atraviesa a la Argentina se advierten señales del agotamiento de un sistema. ¿La democracia? Nada de eso. Refiere solo a mecanismos de su funcionamiento. Predominó hasta la crisis del 2001 el bipartidismo clásico. La excepción fue el ensayo fracasado, anterior al estallido, representado por la Alianza de Fernando de la Rúa. 

Después nació la etapa del hegemonismo que encarnaron Néstor y Cristina Kirchner. Concluyó en 2015 con la construcción de una coalición que llevó a Mauricio Macri al poder. Para derrotarla cuatro años más tarde, el kirchnerismo y el peronismo copiaron la fórmula con excentricidades. Ninguno logró siquiera frenar la tendencia declinante estructural que exhibe el país.

¿No sirven las coaliciones? Parece un interrogante inadecuado. El Frente de Todos, con certeza, y quizá también Juntos por el Cambio podrían replantear la manera en que están conformadas. Preguntarse si, en algún lugar, no existe posibilidad de convivencia entre sectores de ambos grupos. Antes que asistir siempre a conflictos internos que entorpecen la gobernabilidad.

La chance de aquellas mutaciones podría provocar desequilibrios políticos. Son procesos que se han empezado a verificar en la región. Chile desarrolló el pos pinochetismo en base a la virtuosa alternancia entre la Concertación y la derecha. El ciclo expiró con las protestas del 2019. Emergió una fuerza alternativa que conduce Gabriel Boric. Está todavía buscando algún anclaje.

Colombia es otra novedad. Liberales y conservadores se alternaron al poder históricamente. La disconformidad social desarticuló ese sistema y acaba de entronizar al izquierdista Gustavo Petro, ex guerrillero y alcalde de Bogotá. El nuevo mandatario parece comprender la exigencia de este tiempo. Abrió su juego: designó como ministro de Hacienda a José Antonio Ocampo, del Partido Liberal, hombre que proviene del mundo de las finanzas, formado en las universidades de Columbia y Yale. Nominó para la Cancillería a Álvaro Leyva Durán, conservador, factótum del acuerdo de paz que en 2016 el ex presidente Manuel Santos firmó con la guerrilla de las FARC.

Aquí Cristina, como líder natural del oficialismo, hace lo contrario. Luego de la simulación que significó la elección de Alberto como candidato por su condición de moderado. Empieza a tolerar a los funcionarios que comulgan sólo con su enmarañado pensamiento. O se apegan al relato. Definitivamente, además, se encarga de ocupar la centralidad pública y privada del Gobierno. Con imposiciones que cada vez desdibujan más la figura presidencial.

Empieza a despuntar en ese bando oficialista un argumento adicional para explicar la crisis. Figura siempre Mauricio Macri. También la irrupción de la pandemia y la convulsión internacional por Ucrania. Se añade ahora Martín Guzmán, el ex ministro de Economía y su intempestiva renuncia. El nuevo culpable. Se ocupó de subrayarlo el diputado Máximo Kirchner en un acto en Escobar. Hizo un esfuerzo por exaltar a su madre y denigrar a Alberto. Cristina siguió el sendero en El Calafate: sostuvo que el ex ministro tuvo una actitud “golpista y desestabilizadora”.

En ese contexto, ¿qué valor político real pudo tener la cumbre entre el Presidente y su vice en Olivos? ¿Cuánto sirvió abrirla también a Sergio Massa, el titular de la Cámara de Diputados? Mucho silencio en todos. No existe la creencia en los milagros. De hecho, no habría coincidencia sobre aspectos vertebrales. El cumplimiento del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que dejó Guzmán. Ella desea una rediscusión. La convicción para la vicepresidenta y también para el jefe renovador que la llegada de Silvina Batakis es insuficiente si se pretende remontar la cuesta. Resultaría imperiosa una reestructuración mayor.

La desinformación exigida por Cristina sobre esos encuentros –lo más notable que sucedió este año en la coalición oficial como faro político- desató un reguero de rumores característico del vacío que ellos mismos se encargaron de atizar. Desde el intercambio de amenazas hasta las voces alteradas y los desplantes. Todo Incomprobable.

Cristina sabe que la embestida que lleva a cabo nunca podrá ser lineal. Su plan electoral, ahora mismo, consistiría en consolidar la base que en parte se ha dispersado por la gestión de Alberto. El moderado. Es previsible, entonces, que vaya por una radicalización. Las dificultades para cerrar el cerco en torno del Presidente quedaron de manifiesto el fin de semana pasado. Un cambio de Gabinete más amplio en circunstancias de apuro hubiera significado, tal vez, el empoderamiento de Massa.

Sin habérselo propuesto, Alberto y Cristina encontraron un punto convergente. El supuesto ascenso del titular de la Cámara de Diputados a la Jefatura de Gabinete, con el control de Economía, la AFIP y el Banco Central, le hubiera dado un volumen que habría dejado al Presidente en el tercer escalón de la pirámide del poder. No fue casual que Juan Manzur y la portavoz Gabriela Cerruti se apresuraran a aclarar que nada de aquello ocurriría. Una posibilidad de autonomía, además, que la vicepresidenta no quiere. Massa llegó al Frente, a último momento, de la mano de Alberto. Cristina lo aceptó para que la victoria electoral no corriera riesgo. Lo sigue tolerando para esquivar el colapso.

El veto contra Massa ayudó a desnudar debilidades. Las del kirchnerismo de Cristina (La Cámpora) incapaz de ofrecer figuras de relevancia que oxigenen la política. También, las del peronismo que sobrevive en estado de reclusión. Los gobernadores e intendentes únicamente piensan en la preservación de su poder. Por esa razón se corren al lado de la vicepresidenta. Por el mismo motivo especulan con desacoplar sus elecciones 2023 de las de carácter nacional. El Frente Renovador, la otra pata de la coalición, se bambolea al ritmo de las ambiciones de su jefe.

Sobre este horizonte de elevada turbulencia sobrevuela desde hace días Batakis. Parece haber empezado, a raíz de eso, a comportarse como lo hacía Guzmán. Acerca del acuerdo con el FMI tuvo tres posturas. Primero dijo que se cumpliría lo pactado según las instrucciones de Alberto. Después sostuvo, pensando en Cristina, que la situación internacional volátil por la guerra en Ucrania podría obligar a reconsiderar metas. Cerró con un diálogo con la jefa del organismo, Kristalina Georgieva, que calificó de “positivo”. Debe haber escuchado que la búlgara opinó que “las acciones dolorosas son necesarias para cosechar beneficios”.

Batakis empezó a corroborar las dificultades de gestionar en un gobierno que ha sido loteado. Debió desalentar la idea del Salario Básico Universal y chocó con cristinistas. A la cabeza estuvo Juan Grabois, de la Corriente de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). La conformación de su equipo está sujeto a un forcejeo constante entre el kirchnerismo y el ministro de Producción, Daniel Scioli. El hombre que la cobijó cuatro años en Buenos Aires. Todos conocen la plasticidad del ex embajador en Brasil.

La vicepresidenta dio orden rigurosa de mantener a todo el equipo del área energética que responde a ella. Volvería a hacerse cargo de la segmentación de los aumentos de las tarifas de gas y luz que el secretario, Darío Martínez, había derivado en su momento a Guzmán por estar en desacuerdo.

La primera semana de la ministra no resultó compleja solo por el descalabro económico. Lidió contra un profundo nivel de desconfianza interno y externo por lo cual, para ser justo, no resulta responsable. Responde a una larga historia y un Gobierno que no ofrece garantías. ¿Cómo existirían si el propósito de la vicepresidenta consiste en someter al Presidente? Antes –Batakis lo sabe—tendría otros objetivos. Tumbar a Miguel Pesce del Banco Central. A Mercedes Marcó del Pont de la AFIP. Lugares que pretendía Massa. Funcionarios que, según ella, no cuidan los dólares ni son rigurosos contra la evasión.

También espera el desenlace en otro segmento del poder. La separación de los funcionarios del Ministerio de Desarrollo Social que responden al Movimiento Evita y a Barrios de Pie. Sobre todo, Emilio Pérsico. Tuvo la osadía de criticar los mandatos anteriores de Cristina. Fue uno de lo que más insistió, durante el caótico del fin de semana pasado, para que Alberto rompiera con la vicepresidenta.

Ese comportamiento parece empujar al Gobierno hacia un punto sin retorno. También se convirtió en usina de un desasosiego como no se vivía desde los tiempos del 2001. Cuando lo que fue quebrado, con actores que incentivaron una crisis objetiva, fue la gobernabilidad. Volvieron las protestas sociales en varias ciudades. Circuló la supuesta renuncia de Alberto. También la de Massa. La conjetura acerca de la asunción provisoria de Cristina. Un llamado a elecciones anticipadas, con la suspensión de las PASO. Golpe letal para los planes de Juntos por el Cambio. La incertidumbre cobró tal magnitud que la portavoz Cerruti se vio forzada a aclarar: “El Presidente está en control del país”.

La proximidad del abismo, tal vez, haya inducido a la vicepresidenta a recalibrar sus pasos. Su última aparición tuvo menos fuego interno. Aclaró que no revolearía a ningún ministro. Lo hizo y, tal vez, lo siga haciendo. Siempre hay una obsesión que merodea su cabeza: ¿Qué sucedería con su situación judicial si se precipita una hecatombe política? En pocos días empezarán los alegatos en el juicio de Vialidad. Está acusada de haber favorecido con la obra pública al empresario K, Lázaro Báez. Habrá un pedido de condena del fiscal Diego Luciani. También la Cámara de Casación empezó a revisar su sobreseimiento en la causa Los Sauces-Hotesur.

Un desmadre podría empeorarlo todo.

Eduardo van der Kooy

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