Viernes, 29 Julio 2022 08:31

La crisis desnuda un profundo desgobierno y Sergio Massa acelera por sus ambiciones - Por Eduardo van der Kooy

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Del parche Batakis al superministro. Alberto más solo y Cristina aferrada a áreas claves. La pelea indisimulable suma un nuevo actor protagónico. 

La velocidad y el desorden con que se desenvuelve la crisis política en el Gobierno permite plantear un interrogante. ¿Se trata sólo del descalabro que detonó la intempestiva salida de Martín Guzmán, que no pudo ser enmendada con la designación de Silvina Batakis como ministra de Economía? 

¿O de una presión que, tal vez, se fue acumulando desde la derrota electoral del 2021, disimulada, entre varias cosas, por el arribo de Juan Manzur a la jefatura de Gabinete?

​La interpelación resulta válida porque, de otra manera, resulta difícil entender la sensación de desgobierno que trasunta esta crisis. Ni siquiera atenuada por la nominación de Sergio Massa como ministro de Economía, Producción y Agricultura. No se trataría de un proceso de sólo cuatro semanas, el tiempo transcurrido desde la salida del ex ministro. El desacople en el poder oficialista vendría de lejos con tres derivaciones a la vista.

En primer término, la profundización de diferencias entre Alberto y Cristina Fernández. Que la simulación de una tregua no alcanza a ocultar. En segundo lugar, como consecuencia, el debilitamiento de la conducción presidencial traducida en una administración errática. Por último, el resquebrajamiento inevitable de la sociedad con que el Presidente llegó a la Casa Rosada.

No sólo los gobernadores del PJ, a quienes desatendió. También la Confederación General del Trabajo (CGT), forzada a una marcha callejera que estiró hasta el 17 de agosto. Y su propio círculo áulico. La primera baja en ese universo fue, hace mucho, la ex ministra de Justicia, Marcela Losardo. En las últimas horas renunció el Secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz.

Aquella mujer fue la víctima inicial de la vicepresidenta, enojada porque sus causas de corrupción no se evaporaban. Antojo que tampoco logró compensar el actual ministro, Martín Soria. Béliz decidió emigrar, después de exhibir una paciencia budista, por el desembarco de Sergio Massa como figura rutilante. A cargo de varios resortes ligados al corazón del ministerio de Economía.

Beliz había sido hasta este jueves el funcionario encargado del vínculo con los organismos multilaterales de crédito. Huérfano de tal función su permanencia carecía de sentido. Estaba con la tutela, además, del Consejo Económico Social que el Presidente inauguró con pompa al comienzo de su gestión. La pretensión era trazar políticas de Estado a largo plazo.

El ex secretario entendió que sólo sería posible hacerlo si se tejían, previamente, acuerdos políticos con la oposición. Una frontera insalvable para el pensamiento kirchnerista. Desde el Instituto Patria le venían recriminando otra cosa: cierta lentitud para promover créditos de China destinados a obras en Santa Cruz.

La inquina kirchnerista se remonta a épocas antiguas. Béliz fue ministro de Justicia de Néstor Kirchner hasta fines de julio del 2004. Renunció por sus enfrentamientos con la entonces Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE). El detonante resultó su exhibición pública de una foto del espía Jaime Stiuso. Con quien el ex presidente se había propuesto trabajar junto al fiscal muerto, Alberto Nisman, para intentar develar el atentado en la AMIA.

No fue todo: el ex funcionario promovió como ministro la actuación de jueces y fiscales orientados a la lucha contra la corrupción. Apadrinó, entre varios, al fiscal José María Campagnoli.

El aún funcionario judicial fue suspendido por un jurado de enjuiciamiento a pedido de la ex Procuradora General, Alejandra Gils Carbó. El proceso se inició por un pedido de la defensa del empresario K, Lázaro Báez, a quien investigaba por presunto lavado de dinero.

Basta una referencia presente para comprender el conjunto: el próximo lunes se iniciarán los alegatos en la causa Vialidad. Está procesada Cristina. Se investiga si, en efecto, benefició a Báez con la concesión de la obra pública en Santa Cruz.

Béliz es un dirigente que siempre se ha sentido peronista. Nunca tuvo suerte con sus experiencias en el poder. En épocas diversas del PJ. Debutó en la primera presidencia de Carlos Menem. En 1993 descubrió que pertenecía a una administración “deshonesta”. Se alejó de la política. Regresó con Kirchner y le ocurrió lo mismo. La historia se repite con Alberto.

Cada vez menos leales

Para el Presidente la salida de Béliz representa una baja de orden político, más allá del volumen real que ostentaba el ahora ex secretario. Hay problemas adicionales. La soledad que vino sintiendo el funcionario renunciado sería la misma que perciben otros hombres ligados a la historia de Alberto.

¿Qué harán, por ejemplo, Vilma Ibarra, la secretaria Legal y Técnica, y Julio Vitobello? Por lo pronto, otro de sus laderos, Claudio Moroni, el ministro de Trabajo, puso la renuncia a disposición del Presidente. En ese bando parece cundir el desaliento.

Batakis, que nunca tuvo con Alberto la relación que tiene Moroni, también elevó su dimisión. El mandatario no debería pasar por alto un interrogante: ¿los renunciados lo hicieron por el acoso kirchnerista o por el desamparo que estarían sintiendo en un poder atravesado por el fuego?

El caso de la ex ministra de Economía -designada ahora como jefa del Banco Nación- parece reflejo elocuente de la improvisación que impera en el Gobierno. Donde la crisis está arreando de las narices a la coalición oficial. Quedó claro que la repentina irrupción de Batakis no fue producto de ningún acuerdo entre Alberto y Cristina. Les sirvió para salir del paso cuando cerca de sus ojos se divisaba un abismo.

El reciente recorrido de Batakis reflota los recuerdos crueles. Ni bien asumió fue enviada a Washington para reuniones con la titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, el Tesoro estadounidense e inversores de Wall Street. Se declaró adscripta al orden fiscal. Reveló que contaba con el aval de la vicepresidenta.

Arriba del avión, que demoró su traslado, se enteró que sería degradada por el arribo de Massa como superministro. Recordemos: Ricardo López Murphy viajó a Chile a la Asamblea Anual del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) como ministro de Fernando de la Rúa, en marzo del 2001. A su regreso había sido reemplazado por Domingo Cavallo. Estuvo 15 días en el cargo.

La degradación de Batakis, tal vez, no será única. Daniel Scioli debe maldecir por haber dejado la embajada en Brasil para convertirse en ministro de Producción, en reemplazo de Matías Kulfas. Allá regresará.

Algo parecido sucede al ministro de Agricultura, Julián Domínguez. Desconcertado recorrió este mismo jueves la Exposición Rural. Todas esas áreas las comandará Massa. Con Scioli mantiene, por otro lado, un conflicto personal: lo supone autor intelectual de la intromisión de un prefecto en su casa, en plena campaña del 2013.

El actual presidente de la Cámara de Diputados pretendió para su nuevo cargo algo más que todo aquello. ¿La secretaria de Energía? El kirchnerismo se opuso. ¿El Banco Central? Alberto respaldó a Miguel Pesce, que participó en todas las negociaciones. Cristina también le habría aconsejado a Massa que controlara su ambición.

Eduardo van der Kooy

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