Domingo, 31 Julio 2022 04:59

Impericia, urgencia y oportunismo: con Sergio Massa el Gobierno gasta su bala de cobre - Por Eduardo van der Kooy

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Su designación como superministro reformula el poder en el Gobierno. Cristina no pierde espacio. Alberto se debilita. Y nada asegura que la crisis de fondo haya sido superada. 

La Argentina en medio de una crisis gigantesca se asoma a una prueba política experimental. Combinar un sistema clásico de corte presidencialista -en este período deformado- con un apéndice de pretensión europeísta. Es decir, un Presidente que limitó desde el inicio sus facultades por imperio de la vicepresidenta, acompañado ahora por un casi primer ministro cuya suerte no depende del Congreso. Otra excentricidad del Frente de Todos consumada por la impericia de Alberto Fernández, la urgencia de Cristina Fernández y el oportunismo de Sergio Massa. 

Podría decirse que se trata de la última apuesta de la coalición oficialista en busca de dos objetivos. Enderezar algo el Gobierno para esquivar una crisis terminal que pondría fin a la leyenda de la garantía de gobernabilidad peronista. Recomponer su competitividad para 2023 en la cual, ahora mismo, no creen ni los propios.

La anomalía de la construcción del poder resulta tan notoria que un ordenamiento de la pirámide imaginaria indicaría lo siguiente. Cristina conserva el primer lugar. Massa se acomoda como superministro debajo de ella. Después aparece Alberto, máximo representante formal del Estado. Prácticamente anémico para tomar decisiones de magnitud. El mandatario deja la impresión de haber terminado de deshilacharse con la crisis. Hacia afuera y hacia adentro. Con el kirchnerismo y entre sus fieles.

La irrupción de Massa es producto del empujón angustiado de Cristina y las vacilaciones infinitas de Alberto. Cuando la crisis empezaba a incinerar las últimas esperanzas oficiales apareció el instrumento que se supone milagroso. Con funcionalidad política. Lo que en la historia mitológica se dio en llamar la bala de plata. En este caso habría que ser menos fastuoso: quizá no se trate de plata.

Podría ser cobre. O níquel. El nuevo superministro posee una historia y un largo recorrido. Repleto de alucinantes mutaciones. Su ponderación social no parece mejor que la de Alberto, la de Cristina ni la de Máximo Kirchner. La consultora Fixer los ubica este año con imagen negativa que supera el 60%. En esas condiciones ha sido investido como presunto salvador.

El papel de los gobernadores

El nuevo dispositivo que debe empezar a funcionar devela varias cosas. La fuerza que integró la coalición como socio menor da un salto cualitativo con la irrupción de Massa. Desplaza al conglomerado que vanamente intentó consolidar Alberto en dos años largos de mandato. Los primeros que tomaron distancia fueron los gobernadores del PJ, determinantes para frenar la licuación de poder del Gobierno. Intimaron a Alberto a tomar decisiones. Se lo transmitieron en el encuentro del miércoles atravesado por frases amenazantes: “Si no hacés algo rápido, no llegás al Mundial”, disparó uno de los mandatarios. No fue ni Omar Perotti, de Santa Fe, ni Axel Kicillof.

Esos dirigentes asintieron la llegada del líder del Frente Renovador. Antes, se ocuparon de que Juan Manzur siga como jefe de Gabinete. “Al negro no lo toques”, pidieron al Presidente. Exhibieron menos unanimidad, en cambio, cuando fueron convocados para un operativo clamor en beneficio de Massa. Se anotaron solamente Perotti (recriminado por eso en Santa Fe); Gustavo Sáenz, de Salta; Gustavo Bordet, de Entre Rios, y Mariano Arcioni, de Chubut.

El papel jugado por los gobernadores, como suele acontecer en la Argentina, retrotrajo la memoria a la gran crisis del 2001. Aquella vez también conminaron a Eduardo Duhalde a cumplir con un documento de 14 puntos bajo riesgo de quitarle respaldo. Entre las demandas figuraban la resolución del “corralito”, la reposición del orden por el activismo piquetero y el pedido de declinar cualquier posibilidad de candidatura. Cualquier analogía con el presente no sería casualidad. Ningún gobernador mencionó delante de Alberto el proyecto ya increíble de su reelección. Nadie está con voluntad de acompañarlo.

El otro asunto central a tener en cuenta sobre el nuevo dispositivo apunta al papel de Cristina y del kirchnerismo. La vicepresidenta cumplió una tarea clandestina pero determinante para llegar a este desenlace. Su silencio derritió en 24 días las mínimas expectativas surgidas de la inesperada asunción de Silvina Batakis. Tramó con su hijo Máximo Kirchner la coronación de Massa. En todo el operativo se ocupó de colocar límites y resguardos.

Disuadió la ambición de Massa de apropiarse también del Banco Central para coordinar con Economía, Producción y Agricultura la política monetaria. Se trataría de un paréntesis. El renovador mantiene diferencias con Miguel Pesce, a cargo de la entidad y protegido de Alberto. Los últimos cortocircuitos sucedieron el fin de semana anterior cuando Massa estuvo negociando con entidades del campo la posibilidad de un dólar diferenciado para incentivar las exportaciones de granos. El “dólar agro” que terminó consagrando Pesce estuvo lejos de satisfacerlo.

La vicepresidenta finalmente ocupó con un hombre propio la AFIP. Donde, a juicio suyo, Mercedes Marcó del Pont no controlaba debidamente la situación fiscal de personas o empresas vinculadas a las importaciones que restan dólares a las arcas flacas del Banco Central. Dejó allí a Carlos Castagneto, miembro de la estructura, ligado a Alicia Kirchner. Aunque su predilección política está en Buenos Aires.

Los misterios de Cristina

El gran interrogante que envuelve la movida general radica en descubrir por qué motivo, en sólo cuatro semanas, Cristina pasó de vetar a Massa, cederle paso a Batakis y, de última, promover como superministro al titular de la Cámara de Diputados. No existe una interpretación excluyente. Una de ellas afirma, con fundamento, que el kirchnerismo, La Cámpora, carecen de cuadros de espesor político para la gestión y ante la opinión pública. De hecho, sólo se atreve a asomar la cabeza Eduardo de Pedro, el ministro del Interior.

Otra corriente prefiere hurgar debajo del agua. ¿La vicepresidenta avaló a Massa porque sabe que aflora un tiempo de medidas antipáticas con las cuales no desea cargar? Hay otra evidencia: ante la eventualidad de un revés económico-social el nuevo superministro carecerá de todo margen para escaparle al Frente de Todos. Como le pedían sectores de su agrupación. Ha quedado abrazado a Alberto y a Cristina.

El comportamiento público de la vicepresidenta podrá a futuro brindar una pista sobre cuál de aquellas miradas se acerca a la realidad. Antes habría que observar de qué manera los actores principales procesan diferencias de fondo que han quedado explícitas estos años. Conviene correr del medio la calificación sobre Cuba, Venezuela y Nicaragua a las cuales Massa considera dictaduras. Habría que centrarse en el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el vínculo con Washington.

Massa ha forjado una relación con Máximo, a quien facilitó en otro tiempo un baño de inmersión en ciertos enclaves empresarios. El hijo de la vicepresidenta fue el primero que asestó un golpe letal a Alberto cuando renunció en Diputados a la jefatura del bloque por el acuerdo con el FMI. Más que eso: votó en contra de su convalidación. Militó incluso para restarle votos al oficialismo. El nuevo superministro hizo desde la jefatura de la Cámara baja exactamente lo contrario. Hasta arreó voluntades de Juntos por el Cambio. Esas contradicciones, antes o después, aflorarán cuando se ponga al mando de Economía.

Es decir, el reordenamiento del Gabinete puede haber devuelto al poder la sensación de control que se había perdido. No revela ninguna coincidencia seria sobre las cuestiones de fondo. Tampoco habría por qué sorprenderse. Con esa misma lógica Cristina y Alberto construyeron el Frente de Todos. Para ganarle a Mauricio Macri. Las cosas están ahora como están.

El complejo panorama explicaría ciertas dificultades de Massa en sus primeros pasos. Algunas de las personas que históricamente trabajaron cerca de él parecieran haber empezado a tomar distancia. Martín Redrado fue el primero. Otro ex ministro que está en el exterior le envió un chat escueto: “No cuentes conmigo”. El apoyo que recibió de la Confederación General del Trabajo (CGT) contrastó con el rechazo de movimientos sociales. En especial, la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), que lidera Juan Grabois. Reclaman la implementación del Salario Básico Universal. En el Senado, Juliana Di Tulio progresa con otro proyecto: el ingreso complementario para luchar contra la indigencia. En cualquier caso, se trata de fondos que no están.

El progreso de Massa encierra también un componente electoral. En la Cámara de Diputados estaba fuera de competencia. Como superministro pretende colocarse en carrera. Tiene el desafío de atravesar primero un desierto asolado por un soplete. Posee una ventajita. El peronismo clásico –no el kirchnerismo- podría verlo como candidato potable si el oficialismo recupera hacia fin de año alguna competitividad. Dentro del universo K tendría rivales: Jorge Capitanich, de Chaco, está anotado.

Otro gran enigma es el desenvolvimiento venidero del Presidente. Está claro que Cristina lo doblegó. Lo fue aislando al punto que su fortaleza o solidaridad se reduce a pocos nombres: Vilma Ibarra, Santiago Cafiero, Julio Vitobello, Juan Manuel Olmos. Daniel Scioli quedó agradecido por regresar a la Embajada en Brasil. Batakis lo interpeló duramente a su regreso de Washington. “¿Quién te crees que soy?”, disparó. Sosegó la beligerancia cuando le ofrecieron el Banco Nación. Julián Domínguez casi no intercambió palabras antes de dejar Agricultura.

Todos quedaron con la impresión de que el Presidente estaría agobiado. Repitiendo cosas que no son. La conversación que no tuvo con la jefa del FMI, Kristalina Georgieva. Inconsciente de estar iniciando su despedida con 14 meses de anticipación.

Eduardo van der Kooy

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