Lunes, 29 Agosto 2022 08:01

La debilidad de Cristina Kirchner, y una reunión a los gritos - Por Walter Schmidt

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Cinco mil militantes, algunos de ellos aportados por intendentes bajo presión, son los que marcharon este sábado. El rol de Máximo Kirchner para acordar con la Ciudad.

“¡Ustedes se la quieren llevar puesta a Cristina y nosotros la vamos a defender a lo que dé lugar!”, lanzó, en un tono crispado, Eduardo “Wado” de Pedro. El ministro del Interior había estado horas antes en la marcha en Recoleta, luego de que se tiraron las vallas, para apoyar a Cristina Kirchner. Ahora, estaba reunido a pocas cuadras de allí, en la sede del Ministerio de Seguridad a metros de Las Heras y Pueyrredón, junto a otro funcionario cristinista, el viceministro de Justicia Martín Mena. También participaba el anfitrión Aníbal Fernández; y representando a la Ciudad, Jorge Macri y Marcelo D’Alessandro

Hasta el atardecer, Cristina Kirchner les tenía prohibido a Wado de Pedro y Mena dialogar con el gobierno de la Ciudad. Los acusaba de hacerla sentir como en un arresto domiciliario. La vicepresidente creía que los militantes tirarían las vallas, la policía se retiraría ante el desborde y sus seguidores habrían ganado la calle otra vez. Pero una vez más, haría una errónea interpretación de los hechos. La policía se quedó.

Un episodio hizo cambiar de parecer a Cristina sobre su negativa a hablar con el larretismo. Fue cuando Máximo Kirchner, al grito de “quiero ir a ver a mi vieja”, intentó franquear el cordón policial a los empujones, con otros militantes. Hubo varios forcejeos fuertes con la policía porteña, que lo hicieron retroceder varias veces, antes de que finalmente lo dejaran pasar. De boca de su propio hijo, Cristina supo que los efectivos policiales estaban más duros que nunca. Fue entonces cuando habilitó a Mena para que aceptará una reunión con el gobierno de la ciudad y negociara.

“No estamos en contra de que se manifiesten pero que respeten a la gente que está viviendo en un barrio de la Ciudad. Si las vallas no hubieran estado, ustedes ahora no estarían hablando con nosotros”, fue la posición que llevaron D’Alessandro y Jorge Macri a la áspera charla entre Nación y Ciudad.

Varias veces desde el despacho del octavo piso de Aníbal Fernández, que da a Gelly y Obes, se escucharon gritos, propios de una ácida discusión. Al punto que durante la charla que duró una hora, ni siquiera se sirvió café o un vaso con agua.

En un momento dado, el intercambio de palabras y posiciones había llegado a un callejón sin salida. Hasta que apareció una luz de entendimiento.

- Entonces, ¿cómo salimos de esto? - preguntó un larretista.

- ¡Sacá la policía! - exigió un funcionario nacional.

-Yo no la saco. La corro, pero no la saco. Pero vos sacás a la gente. - retrucó el porteño.

-Si vos la corres, nosotros sacamos a la gente. - aceptó el de la Nación.

Luego vendría el discurso de Horacio Rodríguez Larreta, el acto improvisado de Cristina Kirchner, y la desconcentración.

No todos en la administración larretista estuvieron de acuerdo con poner las vallas. “Hubo una mala solución ante la necesidad de plantar bandera”, interpretó un dirigente. Algunos proponían, en su lugar, saturar la zona de policías. Sobre todo, un sábado, cuando no sólo es más fácil cualquier movilización sino que ya había un acto kirchnerista programado en Parque Lezama, San Telmo.

Hacia adelante, con Mena y D’Alessandro como interlocutores, acordaron que no haya acampe, ni puestos de choripán, ni ferias. Que los manifestantes puedan despedir a la vicepresidente cuanto sale de su departamento o cuando llega, pero nada más y sin cortar las calles. No hay nada firmado y nadie asegura que en los próximos días esto se cumpla. De hecho, este domingo hubo militantes y por momentos algún corte de calle.

“Ya no le importa el resultado judicial; quiere salirse del sistema constitucional y responder con violencia la acusación de enriquecimiento”, reflexiona la diputada de la Coalición Cívica Paula Olivetto. En Juntos por el Cambio, hay coincidencia en que la vicepresidente quiere dirimir el fallo en las calles.

Otro dirigente de Juntos por el Cambio parafrasea al refrán “que el árbol no tape el bosque”. “Cinco mil militantes no van a tapar lo que padecen 45 millones de argentinos con la inflación”.

Las principales consultoras acaban de corregir sus proyecciones en función del aumento de las tarifas con su consecuente traslado a los precios, el incremento de los combustibles y la caída del poder adquisitivo. Estiman una suba de precios de más de 100% para este año y alrededor de 90% para el 2023.

En una semana, la furia de la vicepresidente por el pedido de 12 años de cárcel de los fiscales Diego Luciani y Sergio Mola obligó a sus dos socios, Alberto Fernández y Sergio Massa, a encolumnarse. El Presidente denunció en varios tuits el hostigamiento hacia su vice y la violencia de la oposición; el ministro de Economía, más cauto, calificó de absurdo el argumento de los fiscales hacia Cristina.

La marcha por las calles de Recoleta reflejó la debilidad del cristinismo. “El apoyo del pueblo” quedó limitado a unas cinco mil personas que en parte se reunieron espontáneamente, aunque hubo varios funcionarios, legisladores y dirigentes. También, presiones a intendentes para que mandaran gente. Sobre el final de la jornada del sábado, un grupo de manifestantes desplegó una bandera del intendente de La Matanza, Fernando Espinoza.

“El otro día frente al Senado había 500 personas; el sábado cinco mil. ¿Cuál es el verdadero poder en las calles de Cristina?”, se preguntó un legislador del PRO. En la oposición argumentan que cualquier plaza del Sí, en contra del Gobierno, llevaba más gente.

Hacia dentro del Frente de Todos, Cristina buscó dejar en claro quién manda en el oficialismo. Aunque ninguno de los 17 gobernadores peronistas en el país haya organizado un acto masivo para respaldar a la vicepresidenta.

Hay varios signos que muestran los límites actuales de la vicepresidenta: el desborde en su réplica al pedido de condena; la baja concurrencia frente a su departamento de Recoleta, aunque pareciera una multitud por tratarse de calles angostas; y la necesidad de encolumnar detrás suyo al peronismo.

Cristina Kirchner siempre denostó al justicialismo y a Perón. Cuando el kirchnerismo nació en 2003 dejó de lado al PJ, omitía a Perón y apenas se referenciaba en Evita. Más aún, los Kirchner alimentaron que La Cámpora reversionara la Marcha peronista e incorporara a los Montoneros en una última estrofa. Los mismos a los que Perón echó de la Plaza de Mayo.

Como relató Osvaldo Pepe en su columna para Clarín, Antonio Cafiero le contó de un episodio que reflejaba la aversión que sentía Cristina hacia Perón. Ocurrió cuando fueron a pedirle fondos a la entonces senadora para levantarle un monumento en la ciudad al creador del peronismo. “Para ese viejo hijo de puta no hay ni un mango”, recordó Cafiero que le respondió Cristina.

Sin embargo, Cristina denunció que “buscan exterminar al peronismo”, en el acto improvisado en Uruguay y Juncal. Una forma de decir, “el peronismo soy yo y se termina conmigo”.

En verdad, fueron Néstor y Cristina Kirchner los que se ocuparon de que ningún dirigente peronista asomara como un eventual sucesor o con ambiciones presidenciales. En particular Cristina, intentó que el legado fuera directo a manos de Máximo Kirchner o de algún dirigente de La Cámpora. Por eso, hoy el kirchnerismo se ha quedado sin renovación, y no es casual que sus principales exponentes, Alberto Fernández, Cristina, Massa y Máximo, sean los que mayor imagen negativa tienen frente a la sociedad.

Walter Schmidt

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