Miércoles, 09 Noviembre 2022 06:49

La doble vara del Gobierno: indulgente con las empresas públicas que pierden millones, pero duro con las privadas que ganan plata - Por Gustavo Bazzan

Escrito por Gustavo Bazzan

Las pérdidas de las compañías que maneja el Gobierno se acrecientan. Pero los funcionarios y aliados ponen el foco en los números de los balances de empresas particulares. 

El Gobierno de Alberto Fernández, como antes el de Cristina Fernández de Kirchner, suele criticar a las empresas privadas que ganan dinero, o por lo menos que ganan más dinero que el considerado razonable por los funcionarios. También se pone el foco en los márgenes de ganancia de las compañías. Llamativamente, el oficialismo no dice nada sobre las empresas públicas que pierden cientos de millones de dólares cada año y se mantienen a flote -la mayoría de ellas- gracias a las multimillonarias transferencias de dinero que reciben desde el Tesoro. 

Al principio de su gestión, el propio Presidente Alberto Fernández les dijo a los empresarios que había llegado la hora de "ganar menos”. Más adelante aplicó un impuesto a las grandes fortunas y luego impulsó un proyecto de impuesto a la “renta inesperada”, que finalmente no prosperó en el Congreso, pero que fue reemplazado por una resolución de la AFIP que obliga a ciertas empresas a pagar más anticipos a cuenta de las ganancias que obtendrían en 2022.

En estos días se están conociendo los planes de negocios de las empresas públicas con los presupuestos y proyecciones -por cierto, atrasadas- para 2022. Esta semana se conoció que la empresa AYSA estima perder cerca de $ 80.000 millones de pesos, la agencia de Noticias Télam perderá cerca de $ 3.000 millones, la Radio y Televisión Pública $ 14.000 millones… Aerolíneas Argentinas reconoce que perderá cerca de 500 millones de dólares este año, pero su titular, Pablo Ceriani, dijo que en 2023 las pérdidas caerán, espera, a solo 400 millones de dólares.

Clarín viene informando hace meses del creciente déficit fiscal de las empresas del sector público. Entre septiembre de 2021 y el mismo mes de 2022, acumularon un déficit operativo de casi 5.600 millones de dólares. Se prevé que al cierre de este año ese rojo supere los 6.000 millones de dólares, bien por arriba de los 3.700 millones de dólares de pérdidas operativas que acumularon en 2021.

Este diario también informó que, al segundo semestre de este año, las empresas públicas vienen a un ritmo de pérdidas alarmante: a razón de 20 millones de dólares por día.

Los trenes -este martes pararon y le complicaron la vida a millones de personas- emplean a más de 30.000 personas y acumulan en la primera mitad del año 621 millones de dólares de déficit operativo.

Si bien el grueso de las pérdidas de las empresas públicas obedece más a una cuestión política que de eficiencia, no hay un debate cierto dentro del Gobierno sobre qué debería hacerse para achicar un agujero que equivale a cerca del 1,5% del PBI.

Lo de la cuestión política se debe a que las pérdidas operativas de las empresas radica, sobre todo, en que aplican tarifas bien por debajo de las que necesitarían para lograr aunque sea un equilibrio entre lo que facturan y lo que gastan. Un ejemplo sencillo: el precio de los boletos de trenes está lejísimo de cubrir el costo operativo. Otro tanto ocurre con IEASA -en seis meses perdió 1900 millones de dólares-, que importa energía a precio de mercado y la entrega a un precio mucho menor a la red de distribución local. Los aumentos de tarifas se discuten entre dos bandos del oficialismo: los que quieren acotarlos a su mínima expresión y los que quieren avanzar un poco más.

Distinta es la situación de Aerolíneas Argentinas, que vende sus boletos, de cabotaje o de vuelos internacionales, a tarifas similares a las de la competencia. De hecho, la empresa presionó para ponerles un precio mínimo a los pasajes de todas las líneas aéreas. Ahí el déficit operativo no se explica por vender a precio subsidiado.

En los sucesivos planes de negocios anuales que presentan las empresas, se viene observando que se despegan de la búsqueda de rentabilidad y apelan al rol social de las empresas, como si las empresas privadas que ganan dinero no tuvieran un rol social.

Pero como se dijo al principio, los quebrantos multimillonarios de las empresas -justificados o no- no alteran mayormente a los funcionarios del gobierno nacional ni a los directivos de las compañías.

Sí hay un nítido interés, del Gobierno y particularmente del ala cristinista, en seguir de cerca los números de las empresas privadas.

Semanas atrás, un informe elaborado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) señalaba el “boom de facturación” de cuatro empresas puntuales: Ledesma, Aluar, Molinos Río de la Plata y Arcor. El CEPA es liderado por el economista Hernán Letcher, uno de los preferidos de Cristina Kirchner, y pone el foco en la facturación, la ampliación de los márgenes de ganancias y la disminución del costo laboral de las compañías.

Sobre los márgenes de ganancias el Gobierno expresó en repetidas oportunidades sus quejas. Pero fue el viceministro de Economía, Gabriel Rubinstein, quien buscó enfriar la discusión, poco después de la aparición del informe de CEPA: “Hasta que no logremos la unificación cambiaria, habrá cierto desorden y márgenes empresariales más altos que los normales” dijo el funcionario, quien a su vez agregó: “La culpa del desorden cambiario, las altísimas brechas, la obligación a financiarse a 180 días para importar, cupos, no la tienen las empresas. Aunque haya abusos normativos y corrupción. Es nuestra responsabilidad (Gobierno) que todo esto mejore”.

Esta discusión transcurre mientras la mayoría de las empresas públicas, como se dijo, necesitan del salvavidas del Tesoro para mantenerse en pie.

Hay que subrayar, por si hiciera falta, que los pesos que recibe, por ejemplo, Aerolíneas Argentinas provienen de la recaudación de los impuestos que pagan todos los contribuyentes. Incluso del IVA que un hogar que está debajo de la línea de pobreza paga en cada compra de alimentos básicos. Un hogar cuyos integrantes están bien lejos de poder subirse a un avión.

Gustavo Bazzan

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