Miércoles, 30 Noviembre 2022 05:46

Cristina Kirchner acusa que la fusilan porque teme que el fallo sea su final político - Por Ricardo Roa

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Conserva un lugar central en el peronismo, pero se le desmorona el aparato que armó para su impunidad. 

Cristina se da cuenta mejor que nadie de que el entramado de poder que a lo largo de una docena de años armó con jueces y fiscales amigos o apretables, carpetazos de la AFI y aprietes de la AFIP, le está diciendo que su tiempo de hegemonía política se acaba. Es algo que está a la vista y que tiene consecuencias también a la vista. Aunque la soberbia le impida aceptar que eso está pasando. 

No se acaba su presencia política: conserva la centralidad en el peronismo. Pero pierde influencia o parte considerable de su influencia. El plan incluía que el Presidente puesto por ella no le fallara. No ha sido así. Fernández había entrado a la cancha de la presidencial con un discurso a la medida de Cristina: había jueces que tendrían que rendir cuentas. Eran los jueces, no Cristina, los que tenían que ser encausados. No lo decía un profesor de Derecho cualquiera, sino uno que iba derecho a la Rosada.

La realidad es que ese peronismo kirchnerizado y que aceptó anteponer las necesidades judiciales de Cristina a las de la política, ganó la presidencia por menos de lo pensado a un Cambiemos en caída libre. Y en las elecciones siguientes perdió por más de lo pensado. Cristina prefiere no recordar esos datos. Pero cuando debía decir su alegato final, afortunadamente breve, en la ya asombrosa causa Vialidad de Santa Cruz, cambió lawfare por pelotón de fusilamiento. ¡Qué no diría Cristina Kirchner si esa metáfora militar fuera usada por la oposición!

La vicepresidenta Cristina Kirchner dirá este martes sus "palabras finales" en el juicio que se le sigue junto a otros imputados en la Causa Vialidad por presunto direccionamiento de la obra pública vial en Santa Cruz a favor de Lázaro...

Un protagonista central de esta historia es Báez, que gracias a los Kirchner ganó casi todas las licitaciones y pasó de empleado bancario raso a contratista multimillonario del Estado. Es en los negociados con la obra pública donde mejor se conoce a los Kirchner. Se los conoce de verdad.

Cristina termina contra un pelotón de fusilamiento compuesto por jueces de la democracia que han puesto fecha precisa para dispararle: el 6 de diciembre, en pleno Mundial, que para estas cosas decisivas del país no distrae. Cristina está con su fósforo sobre la mecha. Y habrá que rogar que ese declive político sea tan cierto como se piensa y que la condena levante un frontón republicano que tal vez esté larvado, esperando mostrarse. No será muy perfecto, pero se mostrará que en el país hay tres poderes y no uno.

¿Qué imagen quiere pasar la vice que a la vez se autopercibe como la principal opositora a su gobierno? En realidad, es una opositora de mentira: no quiere cargar los costos de la crisis en la que tiene arte y parte. Cristina cree que la democracia es de su propiedad, que ella sólo tiene los planos de cómo funciona, que el resto debe obedecer y que, además, está absuelta tal vez de nacimiento por un tribunal superior a todos, el de la Historia. La historia que ella tiene en su cabeza. Lanzó sus 20 verdades sobre Vialidad, como si estuviera lanzando unas nuevas 20 verdades peronistas, sólo que estas son personales, y las tituló Las 20 Mentiras.

Se da por condenada de antemano porque en su caso la corrupción no es corrupción sino una cuestión política. Sólo para ella: que Báez y los otros se las arreglen. En doce años de gobierno, los Kirchner nombraron más jueces que nadie. Pero la mayoría de esos jueces no se sienten ahora obligados con ella o le han perdido miedo a ella. Para Cristina ya no se trata solamente de la sentencia: siente que ese entramado la ha traicionado sin evitarle la humillación del banquillo de los acusados, que esquiva a medias con el privilegio de hablar desde el Senado, también su propiedad. Por todo esto agrede más de lo que se defiende y como no puede contestar, se victimiza. Todo para contener a los suyos.

La vicepresidenta Cristina Kirchner dice este martes sus "palabras finales" en el juicio que se le sigue junto a otros imputados en la Causa Vialidad por presunto direccionamiento de la obra pública vial en Santa Cruz a favor de Lázaro...

Y no puede aceptar que detrás del atentado del que no se dio cuenta en el momento del disparo en falso de Montiel no haya una conspiración acorde con su importancia como figura política. Es la ultraderecha contra el progresismo, como corroboró el indultado Firmenich: fue un aviso contra otros líderes de la región. Y por eso la necesidad de encontrar algo más que no sea una banda de lumpenes. La Historia la absuelve, dice, pero no le dice mucho más. Esos copitos, por lo simplotes, o falsamente simplotes como los presentan otros jueces conjurados, semejan otra impiadosa humillación.

Sea como fuere el fallo, Cristina no será desalojada de la escena. No es eso a lo que teme, sino a las desasosegantes sensaciones del final de ciclo, sea real, sea cercano. Perder el poder y las ventajas que da tener el poder y que todo ese aparato que armó para su impunidad termine desarmándose, justamente por el agotamiento de un ciclo que quiso, que buscó ser eterno. Si hasta Stiuso, su jefe de los espías mimado y protegido durante años y con un rol decisivo en la designación de jueces, pidió más que declarar, denunciar en otra causa, la de la muerte no aclarada de Nisman, que pesa tanto como las de corrupción o más. El próximo martes no tiene por qué cambiar la historia. En todo caso si algo cambia es porque había empezado a cambiar antes.

Ricardo Roa

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