Domingo, 23 Abril 2023 06:01

Últimos días de la crisis terminal - Por Eduardo van der Kooy

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La disgregación política en el Gobierno y en la coalición oficial profundizan el desbarajuste económico y la licuación del poder. La declinación electoral de Alberto parece servir de poco. Massa está debilitado y aferra su suerte al FMI y a Washington. 

El cuadro desolador que enfrenta el Gobierno de Alberto y Cristina Fernández no lo explican, separadamente, la licuación del poder, las disputas políticas internas, el agravamiento de la crisis económico-financiera ni el malestar social. La conjunción de esos factores es la que espolea una triple dramática interpelación: ¿es posible llegar a las PASO de agosto sin que antes suceda el derrumbe? ¿Es posible transitar el tramo entre esa elección y octubre sin perder el control? ¿Cómo afrontar, en ese contexto, el casi seguro balotaje un mes después? 

La dimensión de los enigmas posee variadas explicaciones. Una es la declinación de los liderazgos en las dos coaliciones principales, Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Mauricio Macri renunció a la competencia, pero no tolera los desafíos de Horacio Rodríguez Larreta. Entonces pretende poner condiciones a Patricia Bullrich: ya le sugiere futuros ministros. Cristina también está corrida de la escena, al margen de los esfuerzos de sus fieles por el “operativo clamor”. Le aterra convertirse en Carlos Menem del 2003. Nunca renunciaría a la segunda vuelta, como hizo el líder riojano que le abrió la puerta a Néstor Kirchner. Tampoco aceptaría perder, como indica la unanimidad de las encuestas. Un imposible. Su candidatura a senadora por Buenos Aires todavía no murió.

Otro elemento que nutre aquellos interrogantes oficiales es el desbande objetivo que se observa en la estructura oficialista. Alberto declinó de repente su fantasía reeleccionista cuando percibió que el agua le llegaba a su cuello. Quedan 15 elecciones provinciales, luego de las efectuadas en Río Negro y Neuquén, separadas del calendario presidencial. La última novedad sería indicativa de la disgregación que asusta. El gobernador de Formosa, Gildo Insfrán, también apartó los comicios en su feudo que regentea desde 1995. No desea sufrir ninguna contaminación.

El formoseño no está sólo con sus prevenciones. Axel Kicillof considera de nuevo el desdoblamiento de la elección en Buenos Aires. Confirmó únicamente hasta ahora las PASO en agosto. El apartamiento de Alberto lo alivió, pero los que circulan en la grilla electoral oficialista aún no le ofrecen garantías. Maneja otra alternativa que, tal vez, lo pondría demasiado cerca de Rodríguez Larreta. No desdoblar. Hacer un comicio “concurrente”. Votaciones por separado para presidente y gobernador. En ambos casos con las viejas boletas sábana de papel y dos urnas. Nada de electrónica.

El proyecto consiste en conservar, como sea, el territorio bonaerense. La meca de Cristina y el kirchnerismo. Tantas pruebas de laboratorio responden a las señales de alarma que llegan al Instituto Patria y a La Plata. Kicillof se siente cada vez más amenazado por la debacle del Gobierno nacional y la ausencia de candidatos que lo ayuden a traccionar. Tanta es su desesperación que aceptó mostrarse en Brasil junto al embajador y precandidato Daniel Scioli. Dio un respingo, por ejemplo, cuando leyó en una encuesta que ahora Javier Milei estaría encabezando con 31% las preferencias en zona Norte del Conurbano. Especialmente en Tigre. El distrito de la familia Massa. Tampoco habría de qué extrañarse: allí empezó a hacer pie Sergio, el ex intendente y ahora ministro de Economía, cuando provino de la militancia juvenil en la UCeDe, aquella de don Álvaro Alsogaray.

Esa desarticulación y fuga complica en extremo los planes de Massa. En las dos facetas: económica y política. Días pasados, cuando estuvo en República Dominicana, el ministro fue interrogado por la subsecretaria de Estado de Estados Unidos, Wendy Sherman. “¿Vas a presentarte como candidato?”, indagó. El ministro hizo una gambeta. Las palabras de la funcionaria le quedaron dando vuelta en su cabeza. No alcanzó a descifrar si el interés de la dama significó un aliento. O una notificación sobre la imprudencia que representaría tal apuesta con un paisaje político y económico descompuesto como el que ocurre en la Argentina.

Hubo un episodio la semana pasada que otorgaría presunción a la segunda lectura de las palabras de Sherman. Fue el alboroto que concluyó con la renuncia de Antonio Aracre, ex asesor presidencial de Alberto. Ex CEO de Syngenta, empresa de ciencia y tecnología agrícola. Massa se venía quejando ante el mandatario que las supuestas y recurrentes maniobras en las sombras del funcionario desestabilizaban su gestión. Primera conclusión que desestimó el ministro: si aquello fue así, debió hacer una introspección sobre la fortaleza política que se adjudica. Difícil creer que algunas tramoyas de Aracre incidieran tanto.

Sucede lo contrario. La realidad económica, después de ciertos malabares iniciales, es la que viene esmerilando tenazmente la figura del ministro. Alcanza con reparar en un par de datos estadísticos. Massa asumió en septiembre de 2022 con un dólar blue a $ 298. La última semana cerró a $ 442. También por entonces la inflación interanual era del 78%. Con el 7,7% de marzo alcanza al 104,3%. Abril se ubicará de nuevo entre el 7% y 8%. Epílogo para conjeturas banales.

Otra temperatura que el ministro debe tener en cuenta es la que pudo verificarse en los momentos de la disputa con Aracre. La única voz oficial que salió a defenderlo públicamente fue la de Malena. Su esposa. Titular de AySA. Adhirió a un tuit de un economista, borrado con rapidez, que rezaba: “Massa se queda hasta el final, porque el final es cuando Massa se vaya”. Sonó a peligrosa profecía.

Tampoco Alberto hizo demasiada alharaca. Cesó al ex gerente de Syngenta –que había recibido una admonición de la portavoz Gabriela Cerutti-- simplemente para no ahondar los problemas de relación política que tiene con Massa. Tampoco deseaba que el kirchnerismo lo acusara de ser responsable de una aceleración de la crisis. Por eso el gesto a dos bandas que representó su alejamiento de la competencia electoral.

Ese anuncio pareció contener un par de perlas. Una humorística: “Tengo que concentrar mis esfuerzos y compromiso en resolver los problemas de los argentinos”, prometió. Demasiado tarde. No se privó de enviar un correo al kirchnerismo: “Para ser mejores debemos democratizar nuestro espacio”, afirmó. Las PASO siempre resistidas por la vicepresidenta y los suyos. El Presidente dice que tendrá su candidato. Habrá que ver.

Más importantes que sus cuitas con Alberto serían para el ministro de Economía las señales que provienen de La Cámpora. Alguien sostuvo que Máximo Kirchner habla de la candidatura de Massa como “game over”. Fuera de juego. Inquietante ha sido la irrupción de Eduardo De Pedro. Es la quinta columna de la vicepresidenta en el Gobierno. El ministro del Interior se despachó contra el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Le adjudica, como Máximo, la responsabilidad del proceso inflacionario. Retomó una vieja frase de su jefa acerca de que sigue habiendo “funcionarios que no funcionan”. Difícil que lo haya dicho por Massa. ¿Qué otro funcionario posee relevancia para merecer una mención de ese tenor? Teléfono para Alberto, quizás.

Habría que preguntarse ante semejante audacia qué papel juega De Pedro, al margen de ser el delegado de Cristina. Acumula tres años y medio en el ministerio. Ningún diálogo con la oposición, incapacidad para armonizar la relación con los gobernadores del PJ. Anarquía de un calendario con 17 elecciones distanciadas de las presidenciales. Apenas buenos modales.

La advertencia de De Pedro sería otro trastorno enorme para Massa. El ministro de Economía sigue aferrado a dos terminales. El FMI y Washington. No encuentra razones para variar de órbita en un momento en que todos los males se acentúan. Sobre todo, la falta de reservas en el Banco Central (se amplió el cepo) y la escalada del dólar blue. El ministro estima que hacen falta entre US$ 8 y US$ 10 mil millones para transitar estos meses hasta las PASO de agosto. Una cifra imposible de alcanzar solo con los ablandes al acuerdo que pueda facilitar el FMI. El dilema es de dónde sacar aquellos fondos para un país y un gobierno que tienen cerrado el acceso al crédito externo y destruida la confianza.

Esa constituye una gigantesca dificultad estructural. La Argentina se asomó en su historia de la democracia a otros tiempos de crisis terminales. Las logró sortear –nunca solucionar—porque sucedieron en contextos políticos distintos al actual. Cuando Raúl Alfonsín cayó en la hiperinflación la oposición había construido su oferta alrededor de Carlos Menem. Luego del final anticipado de Fernando de la Rúa y el estallido de la convertibilidad del 2001, Eduardo Duhalde y el ex presidente radical actuaron como dique para la reorganización institucional. Jorge Remes Lenicov trazó un plan de emergencia avalado incluso por Juan Sourrouille. Se abrió una transición hasta los comicios del 2003 que consagraron a Néstor Kirchner.

Ninguna de aquellas condiciones se verifica ahora. Hay liderazgos menguantes. La oposición tampoco ofrece seguridades. Juntos por el Cambio continúa absorbido por las candidaturas y su fauna dividida entre halcones y palomas. Milei adquiere, a priori, volumen político. Pocos creen que su plan “plebiscitario” y de dolarización de la economía pueda aportarle gobernabilidad a nuestro país.

El callejón se hace sombrío para todos. La Corte Suprema, bajo ensayo de juicio político, se rompió luego de la decisión de tres de sus jueces de separar al administrador del Tribunal, Héctor Marchi. En el Congreso reina absoluta inactividad. Con excepciones: Diputados aprobó un proyecto para declarar Monumento Natural al águila harpía, un ave en extinción que habita Misiones y Jujuy. Extravagancias que esconde la crisis.

Eduardo van der Kooy

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