Roberto García

“Ministro de Economía busca ministro de Economía”. Mañana promete Sergio Massa saldar ese vacío al designar a su segundo en la cartera, cargo que rebotó en varios candidatos (Redrado, Peirano, Álvarez Agis, familia Lavagna, Bossio, Rapetti) y hasta casi concluye en un macro economista (Gabriel Rubinstein) al que no conocía –solo lo vio una vez– y quien está dispuesto a aceptar la nominación aún si le hubieran impuesto la condición de disculparse públicamente con Cristina Fernández de Kirchner, a la que había ofendido por Twitter más de una vez. 

El despertar sulfúrico de Blancanieves que volvió del sueño con su flechazo moralizador. Se calzó las zapatillas del bowling y empezó a arrojar los bolos. 

A los secretarios de los Príncipes (De his quos a secretis príncipes habent), le asigna Maquiavelo una importancia clave. Según él, la inteligencia de Sergio Massa –para elegir un ejemplo pedestre y flamante– se manifiesta según con quiénes se rodea. Habrá que reputarlo de moderado si opta por competentes y leales. O, si sus designados secretarios resultan de otra manera, se califica de mala la opinión sobre el Príncipe: en esa elección de colaboradores se revela su primer error.

Massa metió un coche bomba en la Casa Rosada. Nadie conjetura sobre la magnitud de la explosión. Tampoco hay certeza sobre la suerte final del chofer. Se habla de una lista de víctimas, encabezada por un Presidente destruido que le miente hasta a su perro Dylan (le dice: estamos más fuertes de lo que muchos creen). El collie asiente. Un esclavo, como diría Hemingway, quien prefería a los gatos. Y una Vice que se distrae luego de haber precipitado la crisis con abstrusas presiones hasta que él le dijo: “Bueno, entonces me voy”. Y ella, ante el abismo, contestó: “Vinimos juntos, nos vamos juntos”.

Macri formula, para la coalición opositora que integra y que no sabe si preside, una sencilla pregunta: ¿para qué queremos ganar? Por ahora, obtiene mínimas respuestas de sus interlocutores en el bloque. 

Desopilante o no, el carrusel de versiones se disemina. Vale atender el nervioso reguero aún como forma de entretenimiento:

Cristina Kirchner busca lograr un alboroto callejero para provocar la renuncia de todos o algunos miembros de la Corte Suprema y así impedir la continuidad de los procesos judiciales en su contra. 

Otra vez Sergio Massa. Conjeturas varias luego de la reunión en Olivos, el miércoles 13, entre un Presidente encerrado como un bicho bolita, irresoluto, una Vice más avasallante que un huracán y el titular de la Cámara de Diputados al acecho de la Jefatura de Gabinete. Cuesta la armonía en ese trío, ni por conveniencia concilian el uno con la dos, más precisamente la dos con el uno.

Ni un tuit, ni una carta, ni un mu. Precavida, la viuda de Kirchner hoy se arrepiente del último desenlace que provocó, inclusive advierte que no podrá desprenderse de la suerte de Batakis como intentaba separarse de Guzmán. 

Ingreso al panteón de las frases inolvidables, a la patética memoria de los ministros que pasaron por Economía. Con récord de velocidad, inclusive, frente a sus antecesores. Dijo Silvina Batakis en las primeras 24 horas de gobierno: “Hacer turismo es quitar trabajo”. Para el frontispicio de Pericles.

Hubiera sido explosivo Massa en el Gobierno. Creía que en Diputados no prosperaba como político ni revertía una opinión publica negativa. 

Meditó Alberto Fernández y le opacó el discurso a Cristina al difundir la renuncia de Martín Guzmán justo cuando ella disertaba en el aniversario 48 de la muerte de Perón. Una alevosa premeditación: la carta de la dimisión ya estaba preparada. Algo de medios entiende el Presidente: un fogonazo para apagar otro fogonazo. 

Al igual que con Domingo Cavallo, habrá que asimilar el espíritu solidario de Carlos Melconian con posibles gobiernos. 

El fogonazo de cuestionar a los “tercerizados”, a los movimientos sociales mediadores entre el Estado y los pobres (cobrando un fee, obviamente, sea en dinero o poder) dominó la última aparición de Cristina, la más relevante quizás desde que llegó con Alberto. O desde que lo llevó a Alberto a la Casa Rosada. Inició una guerra.

La Vice apunta contra el único sector agraciado que sostiene a Alberto Fernández. La pelea, como siempre, es por plata y se viene un choque de trenes entre las dos partes. 

Contra una desmesurada opinión desfavorable, generada por información errónea, esta semana se podría conocer la aceptación del gobierno de Israel a la candidatura de Cristina Caamaño como embajadora en ese país.

Scioli asumió con la expectativa de convertirse en el heredero presidencial del oficialismo, pero ya se entierra en el barro gubernamental y Rossi declaró sin inteligencia sobre el aterrizaje de un avión marginal. 

Invierno desafortunado para Cristina de Kirchner y Mauricio Macri: a una le sobran los guantes y le faltan medias de lana. Al otro le ocurre al revés. Conclusión metafórica: van a tener frío en los pies o en las manos. Interesa la paradoja: son los dos grandes electores para 2023.

Más típico: echaron a ese funcionario por delatar un delito y no por la presunta corruptela en el nonato gasoducto Néstor Kirchner. 

Empezó la carnicería cuando muchos insinuaban una tregua entre el Uno y la Dos. Hay olor a florería, pero no es atribuible al cumpleaños de YPF. Más que aniversarios famosos se respiran velatorios, funerales, tiempos de coronas en lugar de atractivos bouquets. Las dudas: mañana se cambia a un ministro de Producción (el renunciante Matías Kulfas) o se modifica un curso del Gobierno con la unificación de carteras (Producción y Agricultura, o Transporte con Producción).

La dama no pudo asestarle un puñetazo ejemplar para dormirlo un rato al Presidente. Tampoco a ese ministro peso mosca, Guzmán. Ella sigue decepcionada y le encantaría propiciar un cambio, la llegada de un equipo que reordene al gobierno y sea encabezado por Sergio Massa, hoy más de su lado que de Alberto. 

Unos se rompen porque van a perder. Y otros se quiebran porque van a ganar. Así viven las dos grandes coaliciones políticas del país, ambas apresuradas frente a elecciones todavía distantes, alejadas. Impaciencia colectiva, nac and pop argentina: la fractura como insignia. 

Va contra aquellos que no lo reconocen y que lo extraditaron como a "Pepín", una nómina de indeseables para él. Quiere preservar en forma pareja el título de la agrupación opositora, no perder la identidad de dos conceptos, que "Juntos" o la prioridad de estar unidos no signifique sacrificar la idea del "Cambio". 

Cuando parecía imponer el “Método Néstor” en su confrontación con Cristina, Alberto Fernández tuvo un traspié: se cayó el telón de un improvisado acto organizado por un sindicalista, Gerardo Martínez, titular del gremio de la construcción. En rigor, el fracaso provino de quien se apresuró en convocar la manifestación, el jefe de Gabinete Juan Manzur. Por estimular el orgullo de su breve líder con una multitud y bajo la consigna de “yo le pongo el pecho a las balas”, terminó perforado, como lo dice la física. 

Al alfeñique político que pusieron en el gobierno se le han subido los humos y ni les contesta el teléfono. Para colmo, otro raquítico del gabinete, Martín Guzmán, se permite declaraciones insolentes que exceden el rubro de la economía, contra la doctora y sus acólitos. 

Justo tocó el punto G de la ira femenina. A Cristina, claro. Una provocación de Alberto con declaraciones que, para ella, fueron ofensivas. Quedó estupefacta, evitó responder con la excusa de que ocupaba la Presidencia y no correspondía complicar a la institución en el vaudeville oficialista.

Country y asado en la residencia Massa con todos economistas como invitados. El tigrense busca liderar un Consejo Económico y Social y reducir los ministerios a la mitad. 

Aunque vive reprochándose la designación de Alberto como máximo error, Cristina insiste en elegir nombres para su elenco soñado. Una debilidad esa repetición de pifias políticas que, aparte del Presidente, incluye fracasos varios (Zannini acompañando a Scioli, Cobos a su propia vera, Boudou en la Casa de la Moneda, Guzmán como alumno de su endiosado Stiglitz).

Cambiante en el ánimo, mantiene la doctrina Scioli de la "nada". Al menos, en relación con la temperamental Cristina. Ni una respuesta. Aunque alienta la actividad de un especialista en terapia de parejas, Sergio Massa. 

Cada vez pierde más socios el Club Defensores de Guzmán. Alberto Fernández, ha ligado su propia existencia al destino del economista. El ministro está igual que Tinelli en San Lorenzo o Moyano en Independiente: al borde del abismo. 

Mejor decir que tiene astucia a llamarla astuta, como se ufanaría la recordada Mafalda. Broma menor a quien se responsabiliza de la treta que le permitió dividir como una ameba al bloque oficialista en el Senado para obtener un delegado propio en el Consejo de la Magistratura.

Además de propiciar una interna en su partido, ahora se dispone a presidir una de las fracciones postulantes a encabezar la formula opositora en el 2023. 

Aunque la próxima semana, juran en los mentideros, habrá novedades en el cuadro gobernante de la Argentina. Mientras, nadie echa a nadie, ni el cuzquito al titán, ni el gigante a la mosca. 

Justo cuando cree que merece una cocarda, aplausos y confetti, por mitigar la falta de gas en el próximo invierno acordando con el Brasil de Bolsonaro y por haber evitado el default argentino al convenir con el FMI, Martín Guzmán sufre y padece el acoso cristinista, el reclamo inclemente de su renuncia. Es el muñeco a pegarle en el parque de diversiones. 

Cristina Kirchner y Alberto Fernández titubean ante sus propios dilemas por la sucesión, al igual que el jefe opositor, al que el tema del 2023 lo agobia. 

La vicepresidenta impulsó el nuevo blanqueo para bienes en el exterior con el FMI de excusa. 

El embajador de Estados Unidos Marc Stanley alabó a la reina del Senado, quien dijo que "no está en contra de yanquilandia" y pidió apoyo para el blanqueo encubierto. 

Alepo-Ucrania-Argentina. Semeja el letrero de una terminal de tren esta curiosa continuidad militar y política. Si Putin en Siria y ahora en Ucrania rodea las ciudades, bombardea y obliga a la fuga masiva de sus habitantes como objetivo superior, más de uno tuvo la ocurrencia de comparar ese cerco castrense al exultante cristinismo que hoy acecha al gobierno de Alberto Fernández desde el terreno político. 

"Tierra o nicho" para Alberto y Guzmán, el deseo cristinista que abre la pregunta: ¿Llegó el momento "Isabelita" de Alberto Fernández? 

Cuando se sufre 2% de suba semanal en los alimentos como ocurre ahora –en estos últimos quince días del mes– la única alternativa del Gobierno es declarar la guerra a la inflación. Aunque no alcance con el pronunciamiento ante la deprimente noticia de un índice, en ese rubro, superior al 8% mensual.

Mientras los guerreros del gobierno la emprenden contra la inflación, a uno de ellos lo buscan como al soldado Ryan. No está en Ucrania. Para muchos, Máximo Kirchner es un desertor. 

Ni el vesánico Putin dispone de tantas garantías de impunidad en su invasión bélica a Ucrania. Era necesaria demasiada imaginación para suponer que el frente opositor en el Congreso le obsequiase el permiso para matar al 007 argentino: Alberto Fernández.

Cristina motorizó la opinión contraria al acuerdo. El fundamento de la dama dice: con ese acuerdo no se triunfa en las elecciones. Pero el mandatario impuso su voluntad opuesta. Sabe que el default sería el principio del fin. 

Ya no quedan margaritas ni para arrojarle a los cerdos. De ahí que Martín Guzmán no puede deshojar las florcitas y preguntarse: “¿Me quedo?”, “¿Me voy?”, “¿Me echan?”. Como si el Ministerio de Economía fuera su amada y, sus tribulaciones, una ronda interminable de la mañana a la noche. 

Macri supone que los desvaríos oficiales lo favorecen y que alcanza un premio político este fin de semana luego de extensas vacaciones. Típico de un país que siempre le paga al que no trabaja. O trabaja poco. 

Empezó la hora de los halcones. Podría ser una pregunta y no un acierto. Pero, como el pronóstico viene acompañado por la reaparición del aparato militar-industrial en el mundo, tal vez se vuelva certeza. Más gasto bélico para complicar la economía de todos, según ya se comprometen en Francia, Gran Bretaña, obviamente China, EE.UU. y otras naciones: el rédito al miedo. Obra imprevista quizás de Putin al avanzar sobre Ucrania.

El vínculo renacido entre Sergio Massa y Máximo indica que algo se mueve en el interior del oficialismo: el mismo Massa reconoce que si él hubiera intervenido, el heredero K no hubiese abandonado la titularidad del bloque 

Volátil como los mercados, Sergio Berni anunció primero que se alejaba del kirchnerismo. Como se siente heredero no deseado de Cristina, quien considera imperdonable un incidente físico que tuvo con su hijo Máximo, sostuvo el jefe de los policías: “Es hora de cortar el cordón umbilical”. Médico al fin para explicar sus acciones políticas.

Se agrega otro infiel al malón de candidatos, un renegado para la historieta: Sergio Massa. Alguien que aspira a lo que hace años pudo ser y no quiso, la gobernación de Buenos Aires. 

Para disipar el disgusto que le produjo a Cristina el entendimiento con el FMI, Alberto se volvió obsequioso en declaraciones con rusos y chinos, una forma de colmar el cuarto de la dama con muñecas, osos de peluche y flores. Y compensar a la engañada esposa por su trasnoche y parranda políticas.

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