Joaquín Morales Solá

El ritmo de vértigo que el oficialismo impuso a sus empellones contra la Justicia indica que las cosas no terminarán en la retórica.

Los estilos y los detalles son lo de menos. El trazo grueso del discurso de Alberto Fernández ante la Asamblea Legislativa fue un boceto perfecto de las posiciones de Cristina Kirchner. El Presidente la sigue reconociendo como su jefa.

La historia no olvida. La primera gran sentencia de un tribunal sobre la corrupción kirchnerista ocurrió justo en los días en los que el Gobierno enfrenta la peor crisis política por la injusta distribución de las vacunas contra el coronavirus. El rechazo social a los privilegios de los vacunatorios vip (que pueden significar la muerte prematura de algunos argentinos) tuvo una expresión importante ayer en una nueva tarde de banderazos.

Podría haber sido la inflación extremadamente alta. O podría haber sido el acto inconstitucional de intimar a decenas de jueces para que se jubilen por parte de la ANSeS que conduce la camporista Fernanda Raverta. Sin embargo, la crisis política más importante de la administración de Alberto Fernández la provocó (la está provocando) la interminable lista de vacunados contra el virus Covid-19, sin tener la edad necesaria o sin haber respetado el protocolo de turnos y de prioridades.

Privilegios de los sectores pudientes. Desigualdad de oportunidades. El poder concentrado de unos pocos. Esos eslóganes forman parte del inventario discursivo del kirchnerismo. Es una fraseología que no dice nada, pero que señala al enemigo frente al supuesto proyecto nacional, popular e igualitario que encarnan los seguidores de Cristina Kirchner.

Ocho senadores y diputados cristinistas resolvieron con una simple resolución el debate sobre si habrá –o no– un indulto para Cristina Kirchner. Lo habrá, aunque de una manera sinuosa y furtiva.

El fin de semana pasado, Alberto Fernández decidió recurrir a una vieja estrategia política: golpear para negociar. Es probable que se haya equivocado con los destinatarios de ese viejo ardid, porque los productores rurales son una estirpe distinta de los demás actores de la economía.

Sabe que le tocó conducir el gobierno de una coalición heterogénea. Están desde Cristina Kirchner hasta Sergio Massa. La lideresa de la izquierda y el referente de la derecha kirchnerista. Nunca todos estarán conformes. Se acostumbró a convivir con la impaciencia de los otros.

Horacio Pietragalla, secretario de Derechos Humanos, consideró que las graves denuncias contra el incombustible Gildo Insfrán son puro cuento. Pietragalla es el mismo que en diciembre de 2017, cuando era diputado, abandonó el recinto de la Cámara para alentar a los manifestantes que intentaban ocupar el Congreso por una ley de Macri que modificaba los aumentos a los jubilados, más benigna que la que rige ahora. Ahora no dijo nada. Es el mismo que trepó las rejas de la Casa de Gobierno en el velatorio de Maradona para denunciar que el gobierno de Rodríguez Larreta estaba violando los derechos humanos. La policía de la Capital trataba de impedir en ese momento el vandalismo de algunos seguidores del ídolo muerto.

El senador José Mayans es presidente del bloque kirchnerista; es decir, es un legislador de la máxima confianza de Cristina Kirchner, que maneja el Senado como si fuera su casa particular. Mayans acaba de decir que "en pandemia no hay derechos".

Un hombre que se acerca a los 65 años hizo una larga cola en la delegación de la ANSeS en Escobar. Había decidido empezar anticipadamente los trámites de su jubilación como autónomo. Al final, lo atendió un joven bien predispuesto. Comenzaron entre los dos a llenar planillas y recabar información. En medio del trámite, el empleado de la ANSeS recibió un llamado en su celular. Habló, colgó y le dijo al señor con gesto afligido: "Disculpe, pero tengo que ir a una reunión de La Cámpora". Fin del trámite.

El flagelo de la pandemia azota con más ferocidad al mundo. Nada mejoró, todo empeoró. 2021 es solo una triste continuidad de 2020. España registró 233.000 infectados en los últimos siete días.

Alberto Fernández está siendo atacado por el cristinismo residual. Gabriel Mariotto, Milagro Sala y Hebe de Bonafini, entre otros. Cristina no los calla ni los quiere callar.

Nunca se sabe si el gobierno de Alberto Fernández está bajando o subiendo la escalera. Puede también hacer una cosa y después la otra. Hubo varios ejemplos de esa confusión en los últimos días. La más grave de todas fue la relacionada con la vacuna rusa, porque se refiere a un medicamento que se le inoculará a la sociedad.

"Cristina no olvida ni perdona. Y Alberto hace suyos los rencores que son ajenos"

Alberto Fernández se definió siempre como un reformador y no como un revolucionario, algunas frases suyas de los últimos días, ciertas decisiones sobre la libertad de la economía y la repetición de restricciones a la producción privada de bienes indican que cambió ese paradigma

Es un edificio viejo y ruinoso. Pertenece a la Justicia Previsional, adonde van los jubilados pobres para que los jueces le ordenen al gobierno que actualice sus salarios. Los jueces les dan la razón, pero el gobierno apela una y otra vez hasta que los expedientes llegan a la Corte Suprema.

En la Argentina, la vacuna contra el Covid-19 danza alrededor de las ideologías. El país es una de las diez naciones del mundo más afectadas por la pandemia.

El Presidente intuyó que el proyecto inconsulto podía provocar la ira de Cristina Kirchner, como realmente la provocó

Desde la elección de Carlos Rosenkrantz como presidente de la Corte Suprema, hace dos años, los miembros del más alto tribunal se enfrascaron en interminables luchas internas.

Alberto Fernández sabe que ella carece de límites, que está dispuesta a traspasar todas las barreras. Esa vaga certeza es lo único que explica el inexplicable temor del Presidente hacia su vicepresidenta.

Justo cuando la causa de los cuadernos tomaba un crucial impulso en la Justicia, el periodista Diego Cabot recibió la novedad de que era perseguido por la decisión de un juez.

En ese instante de desvarío, la pandemia no existió para un gobierno que jugaba como los jugadores compulsivos. Siempre confían en que la última carta convertirá la ruina en gloria. La carta salvadora falla, también siempre.

En las próximas horas, una sala de la Cámara de Casación, la máxima instancia penal del país podría resolver un pedido de inconstitucionalidad de la ley del arrepentido.

Cuando Cristina Kirchner lo quiera, el procurador general de la Nación y jefe de los fiscales será la instancia unipersonal más poderosa de la Justicia. Sucederá cuando se ponga en funcionamiento el llamado sistema acusatorio, que consiste en darles a los fiscales el poder de la investigación en el fuero penal federal.

¿Qué habrán pensado los delegados del Fondo Monetario cuando vieron a la militancia oficialista celebrar un "impuesto a los ricos"? ¿En qué país habrán imaginado estar cuando descubrieron que es un impuesto confiscatorio e inconstitucional?

Dijo que después de la carta estaba dispuesto a soltar amarras con ella. El Presidente ya no la necesitaba. Cristina Kirchner se había ido sin que nadie la echara. Fueron pocos los que conocían esa decisión presidencial, pero el entusiasmo fue grande. Duró poco.

El Presidente levantó ambos brazos y le señaló a Morales el camino hacia su país, como quien dice que hasta ahí había protegido a un héroe o a un mártir

Antes de cometer el desastre del martes último, la Corte Suprema de Justicia era la instancia que le administraba al oscilante país político cierta dosis de racionalidad.

¿Fue el temor a las represalias de Cristina Kirchner? ¿Fue el producto de una negociación política? ¿O fue, acaso, una negociación por temor a Cristina? En cualquier caso, una mayoría abrumadora de la Corte Suprema (solo existió la disidencia solitaria del presidente del cuerpo, Carlos Rosenkrantz) decidió desdecirse y concluir que los traslados de los jueces Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi habían sido temporarios, no definitivos.

La política imaginaba el momento en que Alberto Fernández rompería con su tutora electoral. Pero la política no es lineal ni lógica y Cristina Kirchner tiene -todo hay que decirlo- una inagotable capacidad para sorprender. Siempre se descuelga desde el lugar menos pensado.

Un texto se puede leer del derecho y del revés. O se puede leer una parte y omitir otra, sobre todo las que tienen un subtexto que hay que descifrar. Alberto Fernández eligió leer las partes de la carta de Cristina Kirchner en las que lo defiende de las supuestas agresiones de empresarios y medios periodísticos. Es su derecho.

No saben si quedar mal con el Gobierno o si quedar peor con un sector importante de la sociedad. Ese es el dilema que acosa, sin solución por ahora, a los integrantes de la Corte Suprema de Justicia.

La Corte Suprema de Justicia podría avalar de hecho en los próximos días la destitución de los jueces Leopoldo Bruglia, Pablo Bertuzzi y Germán Castelli, que juzgaron o juzgarán los delitos de corrupción durante la anterior era kirchnerista.

Un viejo axioma indica que la mejor manera de unir a la Corte Suprema de Justicia es atacándola, ya sea porque la aprietan en público o porque simplemente la detestan. El gobierno de Alberto Fernández cumplió acabadamente en los últimos días con esos requisitos para abroquelar al máximo tribunal de justicia del país.

¿Quién tendrá el pueblómetro para saber quién es pueblo, quién es gente y quién es un paria en este país? La respuesta es importante porque el Gobierno señaló que los numerosos manifestantes del lunes "no son la gente, no son el pueblo, no son la Argentina".

¿Es culpable Miguel Pesce, presidente del Banco Central, de la debacle cambiaria? ¿O la culpa la tiene Martín Guzmán, que conduce solo una parte de la economía?

El kirchnerismo ha muerto en el Gobierno. Y el peronismo también. Lo único que sobrevive, poderoso y autoritario, es el cristinismo, la corriente interna del oficialismo que lidera Cristina Kirchner.

Cuando parecía que la propia Justicia les soltaba las manos a los tres jueces destituidos por el kirchnerismo, la Corte Suprema pegó ayer un golpe sobre la mesa y dijo basta.

Es imposible explicar lo inexplicable. Pero resulta extraño que un docente de la Facultad de Derecho ignore el principio de la división de poderes y las facultades de la Corte Suprema de Justicia. Mucho peor es que quien desconoce todo eso sea ahora el presidente de la Nación.

El presidente de la Corte Suprema, Carlos Rosenkrantz, hizo uso ayer de una de las dos únicas facultades que le dejaron para convocar a una reunión extraordinaria del más alto tribunal de justicia del país, que deberá debatir y resolver el caso de los jueces Leopoldo Bruglia, Pablo Bertuzzi y Germán Castelli. Rosenkrantz tomó una decisión disruptiva y excepcional después de varias semanas de indefiniciones de la Corte.

No habrá más compras de 200 dólares mensuales para los argentinos. No necesitan decirlo. Ya lo han hecho. Hay tantos requisitos y tanta arbitrariedad que nadie podrá acceder a esa módica cantidad de dólares.

Carlos Melconian, el único economista que es un amigo histórico de Mauricio Macri y de Alberto Fernández, dijo ayer que la decisión de la empresa Falabella de irse del país es un "punto de inflexión" que debería llevar a la dirigencia política a repensar el país. "No hay inversión ni para lo que se deprecia. Es la prueba de la destrucción sistemática del capital y el trabajo", argumentó

Era un país de gente infeliz con una sola excepción, podrán decir los historiadores cuando escriban sobre estos tiempos. Cristina Kirchner está feliz. Dinamitó el único puente de racionalidad y diálogo que Alberto Fernández conservaba cuando lo despojó de más 30.000 millones de pesos a Horacio Rodríguez Larreta.

La tragicomedia que tuvo como protagonista estelar a Lázaro Báez en la inverosímil noche del lunes y que los argentinos siguieron por televisión, minuto a minuto, fue casi una metáfora de muchas anomalías argentinas. También fue la expresión de una situación social demasiado tensa: núcleos importantes de la sociedad están literalmente hartos de la impunidad de la política.

Máximo Kirchner era una mezcla de Felipe González, Julio Sanguinetti y Ricardo Lagos. Esa era la versión que distribuían, hasta hace poco, amigos y conocidos. Puro marketing para instalar al delfín como una figura consensual, casi presidencial. Como las personas se conocen no por lo que se dice que son, sino por los hechos que consuman, debemos concluir que el gen autoritario de la familia está presente en el vástago.

Ayer, cuando se estaba por cumplir un mes sin diálogo (ni presencial ni telemático ni telefónico) con la oposición de Cambiemos, Sergio Massa decidió convocar a los jefes de los bloques.

 

Si Alberto Fernández no fuera lo que es como presidente, Cristina Kirchner podría tener razones para asestarle un golpe de palacio. No las tiene.

 

¿Cómo saber cuándo terminó una era? ¿Cómo, cuándo otra era comenzó? Tal vez debamos detenernos en el lunes 17 de agosto para fijar una fecha en la que el Presidente les dijo adiós a los moderados.

 

¿Qué hacer con una socia que arruina el negocio? No es una pregunta que se está haciendo un almacenero (que lo puede haber), sino la que se debe estar formulando el propio Presidente.

 

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