Sergio Crivelli

La interna opositora derivó en un escándalo por mala praxis de candidaturas. Podría decirse que Juntos por el Cambio se convirtió sin etapas intermedios en un Frente de Todos contra Todos. Las acusaciones, sospechas y agravios entre aliados debilitaron su imagen y permitieron al kirchnerismo desviar la atención de la crisis. Lo que más detestan los votantes: peleas entre políticos.

Fernández debió echarlo y anticipar una reforma de gabinete que planeaba para después de las elecciones. Todas las semanas malas noticias; cuando no es la interna vuelve el castigo por Pfizer.

La decisión de privilegiar la Sputnik V resume, como en la ficción de Borges, todos los trágicos desaciertos de la gestión K, producto de ensoñaciones "geopolíticas" e inoperancia.

El oficialismo no tiene todavía candidatos, pero Cristina Kirchner está en campaña desde hace tiempo, porque no los necesita. Ella reivindica su gobierno, no el de Alberto Fernández.

La campaña K reproduce el caos de la gestión. Le habla sólo a los propios e intenta subir a Macri al escenario, pero no le sale. Como la peor herencia es la propia, se aleja del Presidente.

Durante el fin de semana largo, mientras la atención general se dirigía al fútbol, el gobierno aumentó las restricciones para comprar dólares. La maniobra apuntó a bajar el precio del dólar bolsa y logró, previsiblemente, lo contrario: el lunes siguiente comenzó a subir el `blue'. Hoy las distintas variantes de la moneda norteamericana se consolidaron en la cotización del jueves, pero la expectativa negativa ya está instalada.

Máximo Kirchner criticó la claudicación de Fernández ante Pfizer y el FMI. Fernández lo refutó. El kirchnerismo toma distancia de su propio gobierno y se presenta como una segunda oposición.

La campaña comenzó con el habitual tironeo por las candidaturas, pero sin una sola idea para salir de una crisis arrasadora. El oficialismo propone lo que hace 75 años viene fracasando, mientras la oposición, encabezada por el jefe de gobierno porteño, no promueve ningún cambio sustancial, a pesar de que la mayoría de las encuestas muestra a los votantes golpeados por la economía: por la inflación, la pobreza, la recesión y el desempleo.

El gobierno tropieza insólitamente una y otra vez con la misma piedra. El error de vetar vacunas norteamericanas le produjo un daño difícil de revertir. Los varados en el exterior, otro tanto.

El viaje a Europa de Mauricio Macri en pleno armado de listas del PRO ha tenido lecturas políticas variadas. La más realista, sin embargo, es la de un paso al costado mientras Horacio Rodríguez Larreta trata de arreglar el desbarajuste que armó en la interna opositora.

Una lluvia de malas noticias cae sobre el gobierno cuando está por comenzar la campaña. Es producto de los errores cometidos con las vacunas, la economía y una absurda política internacional.

Ninguna crisis como la actual ha puesto en evidencia con tanta crudeza la incapacidad del sistema político para resolver los problemas que más fuerte castigan a la sociedad: pobreza, recesión y deterioro institucional.

Asumió el protagonismo de la campaña ante la desorientación del presidente y el riesgo de perder Buenos Aires. Su plan es una combinación de populismo, radicalización y rectificaciones.

La interna del PRO pasó a ocupar los primeros lugares de la agenda política por dos razones. La primera es que los errores del peronismo convirtieron a la oposición en una alternativa real de poder. 

En el Congreso quedó a la vista que el kirchnerismo trabó la llegada de vacunas Pfizer que podrían haber evitado muertes y cuarentenas. El "aporte" de la AFIP a la campaña electoral.

 

En las últimas horas los medios han reproducido generosamente los tironeos dentro del PRO por las candidaturas para septiembre en CABA y provincia de Buenos Aires. Esa pelea tiene dos causas: la falta de un liderazgo ordenador reconocido por todos los sectores y la pobre inserción del partido en el conurbano.

La alianza opositora martilla con la falta de vacunas y el caso Pfizer. La agrupación "K" cuestiona el ajuste de Guzmán y reclama medidas económicas para evitar la derrota electoral.

El fracasado intento de que la Copa América se juegue en Argentina refleja el desorden en que se desarrolla la gestión de Alberto Fernández y los tironeos dentro del oficialismo a poco más de 90 días de las PASO. También es testimonio de la constante improvisación del presidente y de los límites que Cristina Kirchner le impone en la toma de decisiones.

Sus seguidores exigieron públicamente que no se pague la deuda y promovieron el juicio a cuatro jueces de la Corte Suprema. La política exterior, alineada con Venezuela y contra Israel.

La gravedad de la crisis no tiene precedentes, pero deberá ser resuelta vía electoral por una sociedad que no cambia fácilmente de opinión sobre el populismo. No importa que la pobreza haya desbordado el 60% en los sectores más deteriorados, que la economía padezca una mezcla de estancamiento con destrucción de la moneda, la inversión y el empleo y que las instituciones se hayan debilitado a un nivel nunca visto desde el restablecimiento de la democracia.

El Presidente cerró las exportaciones de carne para bajar el precio que sube por la inflación, no por la venta al exterior y volvió con la cuarentena que ya provocó un desastre en 2020.

El gobierno no considera prioritario un acuerdo por la deuda, aunque declare lo contrario. El Club de París y el FMI apoyan al ministro de Economía. Temen a un sustituto puesto por la vice.

El proyecto para cerrar escuelas que el peronismo quiere aprobar de manera meteórica en el Congreso tiene menos que ver con la salud pública y la educación que con la política. Santiago Cafiero pide a la oposición que no haga política con la pandemia, pero Alberto Fernández fue el primero que usó el Covid para sumar poder. Es difícil que el presidente y sus funcionarios hagan alguna declaración sin contradecirla simultáneamente o en el cortísimo plazo.

Fernández no pudo echar a un subsecretario raso. El objetivo de su vice es cambiar a Guzmán por alguien propio. El ministro se quejó en público, pero su desautorización es irreversible.

Que el presidente de la Nación no pueda echar a un subsecretario es más que otro dato de color de la política de Macondo; es la demostración de que la cadena de mandos institucional ha sido sustituida por otra que podría llamarse "blue". Algo similar a lo que ocurre con el dólar. Hay uno legal y otro clandestino; este último es el que fija los precios de la economía. El que vale.

El Presidente quiere retomar la iniciativa, pero machaca con la receta del encierro colectivo que ya fracasó. Lo que necesita son vacunas. Ni discursos por TV, ni superpoderes: vacunas.

El actual gobierno pasará a la historia como el de las cuarentenas. Un nuevo encierro es todo lo que tiene para ofrecer.

El enfrentamiento entre el gobierno y la oposición por el funcionamiento de las escuelas en la ciudad de Buenos Aires es la primera batalla de una larga campaña que finalizará en 2023. Falta mucho para ese choque, pero hoy Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof son los dirigentes con más probabilidades de encabezar las boletas de sus respectivos espacios políticos en las próximas presidenciales.

El alza de contagios produjo cambios en el tablero. Fernández se subordinó a las necesidades de Kicillof y Rodríguez Larreta cambió el estilo zen para ponerse a la cabeza de la oposición.

 

El Gobierno enfrenta una nueva ola de Covid con las mismas armas con las que fracasó el año pasado: encierro y transferencia de culpas a la sociedad y a la oposición. Tiene una sola marcha y ya está claro que no se le puede pedir más.

Por el aumento de contagios decretó el toque de queda. La oposición lo criticó, el Presidente reaccionó con insultos y Axel Kicillof, con un insólito discurso alarmista.

El kirchnerismo blanqueó a través de Sergio Massa su intención de modificar el sistema electoral pocos meses antes de ir a las urnas. El presidente de la Cámara de Diputados propuso realizar las PASO de manera simultánea con la elección general, lo que equivale a implantar una suerte de ley de lemas. La oposición rechaza la idea.

El fracaso inusualmente veloz de Fernández lo debilitó mientras fortalecía a los sectores más radicalizados del peronismo. La oposición no tuvo tiempo de generar un liderazgo alternativo

Además de manejar mal la pandemia y la economía, el gobierno de Alberto Fernández resultó un fiasco político. Si su objetivo era dejar atrás la "grieta" e iniciar una etapa de populismo no conflictivo, consiguió lo contrario. Retrocedió el almanaque a 2015, año en el que la mayoría del electorado le dio la espalda al kirchnerismo, harto ya de autocracia y furia impostada.

Profundizó la crisis económica con el mal manejo de la crisis sanitaria. Eso le produjo una crisis política que capitalizó su vice. Si mantiene el rumbo va hacia una crisis institucional.

Fernández se desgastó a una velocidad inédita hasta para los estándares locales. Perdió credibilidad y autoridad y con eso el control del escenario político. Además, resucitó a Macri

En parte porque llegó al poder con votos prestados y en parte por sus desaciertos en la gestión el Presidente sufre una acelerada pérdida de autoridad. Este fenómeno se aceleró en los últimos 15 días después de su discurso ante el Congreso que utilizó para dinamitar cualquier posibilidad de autonomía al plegarse a la ofensiva de la vicepresidenta contra la Justicia.

Rodríguez Larreta no pudo vacunar a un moderado número de ancianos sin ponerlos en peligro. También Axel Kicillof quedó expuesto: decidía a quién vacunar en consulta con su pareja.

 

Apenas un año y medio después de haber ganado las elecciones el gobierno sufre un desgaste sin precedentes. Las encuestas muestran una mayoritaria desaprobación del desempeño del presidente y un pesimismo extendido sobre el futuro. Que cerca del 60% de los consultados no crea probable la recuperación de la economía es una pésima noticia para un gobierno con elecciones a la vuelta de la esquina.

La condena a Lázaro Báez desató una ofensiva contra los jueces que investigan a CFK por corrupción. Es el cuestionamiento más radical a uno de los poderes de la Constitución desde 1990.

A esta altura y aunque parezca bizarro, el resultado de las elecciones depende en primer lugar de los procesos internos del peronismo. No mejorará milagrosamente la economía, ni habrá una inundación de vacunas, por lo que para que el Frente de Todos consiga un resultado distinto a la derrota debe mantener su unidad. Sumar todo el aparato posible.

 

 

Más allá de la retórica de ocasión, el mensaje presidencial al Congreso tuvo dos objetivos: anunciar la postergación sin fecha de un acuerdo por la deuda con el FMI y lanzar una virtual intervención del Poder Judicial para aliviar la situación de los procesados por corrupción de los gobiernos “K”.

La revelación sobre los vacunados VIP alteró al Presidente que reaccionó ofuscado y sin una estrategia de comunicación coherente. CFK y Massa desaparecieron. La oposición arrancó.

A fines del año pasado el gobierno fijó tres condiciones para ganar las legislativas: un exitoso operativo de vacunación, una rápida recuperación de la economía y la unidad del peronismo. Hoy parece difícil que pueda alcanzar las dos primeras, por lo que en el peronismo crece la peligrosa sensación de que empezó la campaña con el pie izquierdo.

Si el presidente confiaba en la vacuna para recuperar votos, tendrá que buscar otra estrategia. También debe abandonar por inconducentes las amenazas para resolver problemas de gestión

Martín Guzmán admitió recientemente que la causa de la inflación es macroeconómica. Ignoró así la explicación peronista tradicional que atribuye el fenómeno a empresarios inescrupulosos ávidos de lucro desmedido, lo que lo convirtió en blanco de ironías porque en el fondo le dio la razón a Milton Friedman.

Carlos Menem hizo muchos cambios, pero pocas transformaciones. Dos o tres de esos cambios fueron profundos, pero la mayoría terminaron siendo revertidos con la vuelta del peronismo al poder tras el breve intervalo de Fernando de la Rúa.

Apostó por las vacunas y volvió a errar. Los rusos demoran las entregas, lo que impacta negativamente en la reactivación. Los aliados tampoco ayudan: sean docentes, presos o gobernadores

En política tener el poder une; perderlo o tener la expectativa de perderlo, divide. Ese conocido fenómeno comienza a verificarse en el oficialismo. Los indicios, en ese plano, se acumulan. El gobernador peronista de Salta, Gustavo Sáenz, decidió desdoblar las elecciones. No quiere unir su boleta con la nacional. No le parece buena idea.

Va entregando áreas de poder al kirchnerismo que se expande por el organigrama oficial. Esta vez le tocó a Guillermo Nielsen abandonar su lugar en YPF que ocupará un operador de la vice.

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