Sergio Crivelli

En un clima de creciente desorden no hay gestión, sino un intento de trasladar responsabilidades a terceros. Crece además la incertidumbre sobre las consecuencias de una nueva derrota.

Antes de que las urnas ratifiquen la derrota del kirchnerismo, los políticos ya planean sus próximas jugadas. Quieren reacomodarse en el esquema de poder que vendrá, premisa con la que deben ser interpretadas las idas y vueltas en torno al pacto de cúpulas que los medios llaman `diálogo', iniciativa que terminó desdibujándose a pocos días de su lanzamiento.

Las encuestas post Paso coinciden en predecir otro traspié para una gestión asediada por la inflación y el desbande político. Cambia de funcionarios, pero no de estrategias ya fracasadas

Políticos, analistas y medios coinciden en que las generales de noviembre ya están perdidas para el oficialismo. Nadie se atreve a afirmar lo contrario en público.

La campaña electoral del oficialismo persiste en los errores que le costaron la derrota: falta de contacto con la realidad y la pretensión de victimizarse para justificar la mala gestión.

La anarquía e impotencia en que se debate hoy el Gobierno tienen dos causas: la pérdida de liderazgo de Cristina Kirchner y el agotamiento del `modelo' populista. Lo primero es consecuencia de lo segundo.

Detectó el fuerte rechazo social a la pelea entre la vice y el Presidente, a la mala gestión y al descontrol inflacionario, pero está partido y cada sector manda un mensaje distinto.

El oficialismo está haciendo grandes esfuerzos para confirmar aquella sentencia de Marx (Groucho) según la cual los políticos generan los problemas, les hacen un diagnóstico errado y les aplican los remedios equivocados.

Los cambios en el Gabinete y la discusión por el déficit fiscal reflejan un nuevo esquema de poder: el de un gobierno con dos alas. En esta nueva etapa oficialista Guzmán refuta a la vice.

Bajo presión de su vice el presidente cambió medio gabinete. Parece improbable, sin embargo, que esa docilidad lo encamine a una victoria en noviembre, porque la causa de la derrota no fueron los hombres sino las políticas. Echarle la culpa a él o a sus ex ministros fue una arbitrariedad de la vice para desentenderse del desastre. Su reacción al resultado electoral pretende ignorar lo central: el principal derrotado en las PASO fue el populismo.

La derrota devolvió al peronismo al estado de naturaleza. La despiadada ofensiva que lanzó CFK sobre Fernández demolió la autoridad presidencial que ningún gabinete podrá ya restaurar.

La derrota electoral derivó en apenas 72 horas en una crisis política a gran escala. Una crisis que incluye la ruptura del oficialismo y se puede convertir en institucional, afectando la gobernabilidad.

Las urnas expresaron ayer mejor que cualquier encuesta la desazón de la mayoría de la sociedad con el gobierno, sometido a un voto castigo memorable. Le cobraron la falta de plan económico, la inflación, el desempleo, la pobreza, el cierre de pymes, la cuarentena inacabable, el escándalo de Olivos y la desorientación crónica.

Alta inflación, estancamiento, pobreza récord, desempleo y una deficiente gestión de la pandemia, los factores que pusieron al kirchnerismo ante la posibilidad de una derrota en las urnas.

En 48 horas cierra la campaña electoral más extravagante desde 1983. Extravagante por el nivel de desconexión entre los candidatos y la crisis que asfixia a sus votantes, por la ausencia de cualquier propuesta para mitigarla, por el nivel de bufonería de algunos “spots” y por el amateurismo inaceptable de políticos mantenidos con el dinero público.

Las caras del kirchnerismo a dos semanas de la votación fueron Dalbón, el “pata” Medina, D´Elía y la docente K desbocada. Fernández tampoco se quedó atrás en la quema de ataúdes

Como ya se ha convertido en un hábito de los tiempos de crisis, la salida del laberinto en el que los políticos metieron a la economía quedó a cargo de los votantes. Está probado que ni el Gobierno en particular ni la dirigencia política en general pueden o saben hacer otra cosa que repetir el libreto que ha llevado al desastre una y otra vez.

La vice copó la oficialista, sermoneó a Fernández y ahondó la grieta, porque apuesta a la polarización. Macri sale a la calle para no perder el voto anti K que ahuyentan Vidal y Larreta.

La aparición de fotos en las que el Presidente aparece violando disposiciones sanitarias que él mismo dictó ha abierto la puerta a una crisis que es todavía incipiente, pero que escalará si continúa acumulando errores. Por sus propias equivocaciones Fernández convirtió un escándalo mediático en un problema político cuya gravedad aumentó con un cúmulo de torpezas.

La inflación superó el 50% anual, pero, a pesar de su gravedad, la noticia fue a parar al fondo de la agenda, opacada por nuevos escándalos y desaciertos. El gobierno ya apuesta a la grieta.

La campaña empezó con algunos episodios bizarros. Mientras María Eugenia Vidal recomienda libros de cuentos para hacer dormir a los niños, Victoria Tolosa Paz habla con desenvoltura sobre la angustiante situación del conurbano desde un confortable living con una decoración por valor de varios miles de dólares.

El gobierno sigue perdido. De manera insólita distribuyó entre sus candidatos un documento con instrucciones de campaña que es una tácita admisión de errores, fragilidades y temores

La interna opositora derivó en un escándalo por mala praxis de candidaturas. Podría decirse que Juntos por el Cambio se convirtió sin etapas intermedios en un Frente de Todos contra Todos. Las acusaciones, sospechas y agravios entre aliados debilitaron su imagen y permitieron al kirchnerismo desviar la atención de la crisis. Lo que más detestan los votantes: peleas entre políticos.

Fernández debió echarlo y anticipar una reforma de gabinete que planeaba para después de las elecciones. Todas las semanas malas noticias; cuando no es la interna vuelve el castigo por Pfizer.

La decisión de privilegiar la Sputnik V resume, como en la ficción de Borges, todos los trágicos desaciertos de la gestión K, producto de ensoñaciones "geopolíticas" e inoperancia.

El oficialismo no tiene todavía candidatos, pero Cristina Kirchner está en campaña desde hace tiempo, porque no los necesita. Ella reivindica su gobierno, no el de Alberto Fernández.

La campaña K reproduce el caos de la gestión. Le habla sólo a los propios e intenta subir a Macri al escenario, pero no le sale. Como la peor herencia es la propia, se aleja del Presidente.

Durante el fin de semana largo, mientras la atención general se dirigía al fútbol, el gobierno aumentó las restricciones para comprar dólares. La maniobra apuntó a bajar el precio del dólar bolsa y logró, previsiblemente, lo contrario: el lunes siguiente comenzó a subir el `blue'. Hoy las distintas variantes de la moneda norteamericana se consolidaron en la cotización del jueves, pero la expectativa negativa ya está instalada.

Máximo Kirchner criticó la claudicación de Fernández ante Pfizer y el FMI. Fernández lo refutó. El kirchnerismo toma distancia de su propio gobierno y se presenta como una segunda oposición.

La campaña comenzó con el habitual tironeo por las candidaturas, pero sin una sola idea para salir de una crisis arrasadora. El oficialismo propone lo que hace 75 años viene fracasando, mientras la oposición, encabezada por el jefe de gobierno porteño, no promueve ningún cambio sustancial, a pesar de que la mayoría de las encuestas muestra a los votantes golpeados por la economía: por la inflación, la pobreza, la recesión y el desempleo.

El gobierno tropieza insólitamente una y otra vez con la misma piedra. El error de vetar vacunas norteamericanas le produjo un daño difícil de revertir. Los varados en el exterior, otro tanto.

El viaje a Europa de Mauricio Macri en pleno armado de listas del PRO ha tenido lecturas políticas variadas. La más realista, sin embargo, es la de un paso al costado mientras Horacio Rodríguez Larreta trata de arreglar el desbarajuste que armó en la interna opositora.

Una lluvia de malas noticias cae sobre el gobierno cuando está por comenzar la campaña. Es producto de los errores cometidos con las vacunas, la economía y una absurda política internacional.

Ninguna crisis como la actual ha puesto en evidencia con tanta crudeza la incapacidad del sistema político para resolver los problemas que más fuerte castigan a la sociedad: pobreza, recesión y deterioro institucional.

Asumió el protagonismo de la campaña ante la desorientación del presidente y el riesgo de perder Buenos Aires. Su plan es una combinación de populismo, radicalización y rectificaciones.

La interna del PRO pasó a ocupar los primeros lugares de la agenda política por dos razones. La primera es que los errores del peronismo convirtieron a la oposición en una alternativa real de poder. 

En el Congreso quedó a la vista que el kirchnerismo trabó la llegada de vacunas Pfizer que podrían haber evitado muertes y cuarentenas. El "aporte" de la AFIP a la campaña electoral.

 

En las últimas horas los medios han reproducido generosamente los tironeos dentro del PRO por las candidaturas para septiembre en CABA y provincia de Buenos Aires. Esa pelea tiene dos causas: la falta de un liderazgo ordenador reconocido por todos los sectores y la pobre inserción del partido en el conurbano.

La alianza opositora martilla con la falta de vacunas y el caso Pfizer. La agrupación "K" cuestiona el ajuste de Guzmán y reclama medidas económicas para evitar la derrota electoral.

El fracasado intento de que la Copa América se juegue en Argentina refleja el desorden en que se desarrolla la gestión de Alberto Fernández y los tironeos dentro del oficialismo a poco más de 90 días de las PASO. También es testimonio de la constante improvisación del presidente y de los límites que Cristina Kirchner le impone en la toma de decisiones.

Sus seguidores exigieron públicamente que no se pague la deuda y promovieron el juicio a cuatro jueces de la Corte Suprema. La política exterior, alineada con Venezuela y contra Israel.

La gravedad de la crisis no tiene precedentes, pero deberá ser resuelta vía electoral por una sociedad que no cambia fácilmente de opinión sobre el populismo. No importa que la pobreza haya desbordado el 60% en los sectores más deteriorados, que la economía padezca una mezcla de estancamiento con destrucción de la moneda, la inversión y el empleo y que las instituciones se hayan debilitado a un nivel nunca visto desde el restablecimiento de la democracia.

El Presidente cerró las exportaciones de carne para bajar el precio que sube por la inflación, no por la venta al exterior y volvió con la cuarentena que ya provocó un desastre en 2020.

El gobierno no considera prioritario un acuerdo por la deuda, aunque declare lo contrario. El Club de París y el FMI apoyan al ministro de Economía. Temen a un sustituto puesto por la vice.

El proyecto para cerrar escuelas que el peronismo quiere aprobar de manera meteórica en el Congreso tiene menos que ver con la salud pública y la educación que con la política. Santiago Cafiero pide a la oposición que no haga política con la pandemia, pero Alberto Fernández fue el primero que usó el Covid para sumar poder. Es difícil que el presidente y sus funcionarios hagan alguna declaración sin contradecirla simultáneamente o en el cortísimo plazo.

Fernández no pudo echar a un subsecretario raso. El objetivo de su vice es cambiar a Guzmán por alguien propio. El ministro se quejó en público, pero su desautorización es irreversible.

Que el presidente de la Nación no pueda echar a un subsecretario es más que otro dato de color de la política de Macondo; es la demostración de que la cadena de mandos institucional ha sido sustituida por otra que podría llamarse "blue". Algo similar a lo que ocurre con el dólar. Hay uno legal y otro clandestino; este último es el que fija los precios de la economía. El que vale.

El Presidente quiere retomar la iniciativa, pero machaca con la receta del encierro colectivo que ya fracasó. Lo que necesita son vacunas. Ni discursos por TV, ni superpoderes: vacunas.

El actual gobierno pasará a la historia como el de las cuarentenas. Un nuevo encierro es todo lo que tiene para ofrecer.

El enfrentamiento entre el gobierno y la oposición por el funcionamiento de las escuelas en la ciudad de Buenos Aires es la primera batalla de una larga campaña que finalizará en 2023. Falta mucho para ese choque, pero hoy Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof son los dirigentes con más probabilidades de encabezar las boletas de sus respectivos espacios políticos en las próximas presidenciales.

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