Sergio Crivelli

Como consecuencia de sus errores de gestión el presidente Alberto Fernández parece tener un liderazgo deteriorado. La suma de equivocaciones más autoridad dudosa le deparan un futuro incierto.

La Corte paró el plan de la vicepresidenta para sacar a tres jueces de la causa “de los cuadernos”. Un fracaso abrumador en el manejo de la economía debilita prematuramente al gobierno.

La mayoría peronista de la Corte Suprema resolvió ayer poner un freno a la hasta ese momento exitosa ofensiva de Cristina Kirchner contra tres jueces intervinientes en una causa por corrupción que la tiene a maltraer: la de "los cuadernos".

La caída del PBI y el aumento del desempleo se agravaron por falta de plan y exceso de “sarasa”. Tironeos por el supercepo. La crisis del dólar se venía venir; el gobierno reaccionó tarde

Las extravagancias del gobierno reflejan su desorientación. El presidente sigue hablando como si estuviera en campaña y el encargado del BCRA se entretiene con sutilezas escolásticas.

Guzmán había aconsejado no tocar la venta del dólar ahorro, pero Pesce prácticamente la liquidó. Al efecto devastador de la cuarentena se suma la falta de credibilidad del presidente.

El actual gobierno tiene dos velocidades. Por un lado, avanza rápido en las maniobras judiciales para aliviar la situación de Cristina Kirchner y por otra demora las decisiones sobre el resto de las cuestiones de Estado. O las toma espasmódicamente, sin decir agua va. Estas últimas son las que están a cargo de Alberto Fernández.

Fernández sigue sin plan económico. Su última ocurrencia fue saquear recursos ajenos para calmar la protesta ilegal de la bonaerense. Pero eso no es resolver un problema, sino crear otro.

Los medios reproducen escenas de caos creciente. De descontrol social, institucional y político.

Las idas y vueltas del gobierno, más la puja entre piqueteros, intendentes y “camporistas” en el corazón del territorio de CFK pusieron en evidencia problemas de rumbo, autoridad y liderazgo

Alberto Fernández intenta relanzar su gobierno antes de cumplir el primer año de mandato. Esa precocidad podrá parece asombrosa, pero no es injustificada: Fernández carece de plan económico en medio de una crisis monumental, de liderazgo para conducir una alianza oficialista heterogénea y de capacidad de gestión.

 

Los errores cometidos con la cuarentena, más el desbarajuste económico jaquean al presidente hasta el punto de haber llevado a su ex colega a pronosticar que podría no terminar su mandato

 

El escenario político está dominado hoy por la ficción. La más original es de tipo institucional: no es el presidente el que toma las decisiones de mayor peso, sino la vice como quedó a la vista con la reforma judicial.

 

Si el poder es impunidad como dijo Yabrán, aprobar la ley que permite controlar Comodoro Py es una prueba de fuerza decisiva para el presidente. Un fracaso impactaría sobre toda su gestión.

 

El gobierno por delegación ideado por Cristina Kirchner no está funcionando. El Presidente que eligió, Alberto Fernández, está desbordado. En 48 horas, entre el viernes y el sábado, dio señales inocultables de incoherencia.

 

La embestida contra dos camaristas que entienden en la causa de los cuadernos deteriora el marco institucional en medio de una grave crisis económica y una emergencia sanitaria histórica.

Hace más de 200 días que Alberto Fernández se instaló en la Casa Rosada, pero aún se desconoce su plan de gobierno. Logró postergar el ajuste que exige la economía para evitar el caos, pero la hora de las definiciones llegará indefectiblemente.

El acuerdo con bonistas representa más un alivio político que financiero para Fernández, porque el Estado, de todas maneras, no iba a pagar. Llegó la hora de las definiciones económicas

 

La reforma judicial y la amnistía fiscal para Cristóbal López empezaron a debatirse en el Senado en un clima de confrontación.

 

El presidente asumió el costo de diluir el fuero federal que la procesó. Controló la mayoría del Consejo de la Magistratura y obtuvo en Diputados el perdón fiscal para Cristóbal López.

 

Enfrentamientos entre funcionarios del presidente y la vice por la inseguridad. El canciller cuestionado por una embajadora. Inacabables tironeos por la deuda. Otra estatización en puerta.

 

En 1945 para burlarse del doblaje de películas Borges escribió en la revista “Sur” estas líneas memorables:

Las críticas internas al presidente expresaron el desacuerdo de su vice respecto de decisiones como la de Vicentin. Sin control, el doble comando impactará sobre la gobernabilidad.

 

Alberto Fernández asumió hace siete meses con la promesa de ser el presidente de todos, pero el jueves calificó a la oposición de “odiadores seriales”. La contradicción es producto de su prematuro desgaste y de las protestas sociales.

 

No acierta a salir de la cuarentena y la economía cae fuerte. Va por la tercera manifestación espontánea de repudio. Polariza y aumenta la conflictividad al acusar de odio a la oposición

 

Hace seis meses el 48% de los votantes decidió que volviera Cristina Kirchner. ¿Por qué no iba a volver, entonces, Mauricio Macri, cuando el sustituto electoral de la ex presidenta, Alberto Fernández, empieza a debilitarse y ella a dar señales ostensibles de que es la real líder del oficialismo?

 

La cuarentena sin horizonte y el colapso económico desgastan la imagen del presidente y hunden las expectativas sobre la salida de la crisis. Política y delito: un arrepentido muerto

 

A Alberto Fernández no sólo se le complicaron la salud pública y la economía. Tiene problemas con el futuro. ¿A dónde pretende llegar por el actual camino?

 

Fernández teme la reacción popular adversa a la cuarentena, pero se aferró a ella. El encierro lo benefició inicialmente, pero ahora profundiza la grieta. Vuelta al estilo confrontativo.

 

El berenjenal en que se metió el gobierno en el caso Vicentin fue atribuido a tres causas. Una, sus supuestas inclinaciones comunistas. Otra, las marchas y contramarchas de un presidente desorientado. Otra, su falta de poder. Terminó más cerca de las “ideas locas” de la diputada Vallejos y de las críticas a la Justicia de Graciana Peñafort que de su presunta “moderación”.

 

La decisión del kirchnerismo de ampliar la agenda que trata el Senado por videoconferencia aumentó innecesariamente la incertidumbre política e institucional. La sesión de la semana última, de la cual se retiró la oposición en masa, dejó una advertencia sobre ese riesgo.

 

El presidente se enredó con la expropiación de la cerealera. El virus está siendo utilizado como herramienta para resucitar el proyecto estatista que fracasó en el anterior turno de CFK.

 

A los reclamos para que la economía vuelva a su cauce Axel Kicillof respondió días atrás con una frase profética: "Quiero decir que la normalidad no existe más. Es un sueño, una fantasía". Y no le faltó razón porque con la coartada de la cuarentena el kirchnerismo está gestando "de facto" un nuevo régimen económico y social. Esa es la causa de fondo de no pocas decisiones del gobierno; las demás son circunstanciales.

 

Mientras Fernández continúa cooperando con Rodríguez Larreta y elude polarizar con la oposición, su vice convirtió al Senado en un campo de batalla donde más que grietas ya hay trincheras.

 

La maniobra K de instalar un falso debate sobre la deuda externa pasó por alto la fuga de capitales en el gobierno de CFK.

 

Cristina Kirchner lanzó una ofensiva antimacrista en el Senado, mientras sus seguidores exigían un cambio de régimen. Fernández baila con dos músicas. Se abraza a Insfrán y a Rodríguez Larreta.

 

Antes de cumplir seis meses el "albertismo" entró en cuarto menguante; el resultado es una incertidumbre política que aumenta. No hay vacío de poder porque hay estado de excepción.

 

La estrategia de la cuarentena estricta terminó bloqueando al presidente. No puede abrir todo, ni volver a cerrar todo. La nueva normalidad de la que habla Kicillof incluye a Vallejos

 

En los últimos días proliferaron versiones sobre diferencias internas en la oposición. Paradójicamente esas versiones formaban parte de la interna del oficialismo.

 

Superó los 135 pesos, dobló la cotización oficial y le dejó un mensaje claro para que evite el default y modere la emisión. La épica del virus no da para mucho más. Volvió la economía.

 

El coronavirus fue un avatar político tan inesperado como beneficioso para Alberto Fernández. Hizo subir la aprobación de su gestión a niveles siderales. El miedo a la enfermedad logró lo que ningún consejero político hubiera podido: darle popularidad e independencia política respecto de su mentora, Cristina Kirchner, en cuestión de días y con una sola medida muy simple: el encierro colectivo.

 

Al default, al encierro y a la parálisis productiva el gobierno añadió en la última semana otro problema: las diferencias políticas entre los principales socios de la coalición oficialista.

 

La reaparición de las cacerolas antes de que el gobierno cumpliera cinco meses admite distintos diagnósticos, pero el de mayor riesgo para el presidente es el de una recuperación de la memoria. Buena parte de la clase media que había hecho posible la vuelta del kirchnerismo salió a cacerolearlo. No lo dijo ningún opositor, sino el jefe de Gabinete.

 

El cacerolazo expresó el rechazo de un amplio sector social a un error cometido para satisfacer al ala más radicalizada de su coalición. Subir en las encuestas no sustituye la falta de liderazgo.

 

El domingo 12 de abril "La Prensa" publicó un artículo titulado: "El gobierno no sabe cómo salir de la trampa de la cuarentena". Analizaba la situación creada por el presidente que "había amagado con reducir el encierro forzoso, pero dado marcha atrás por temor al vuelco masivo de gente a las calles" y señalaba que "las encuestas registraban alta aprobación al confinamiento".

 

El presidente suma problemas sin resolver. Primero los económicos, después los sanitarios y ahora los políticos que se consolidarán con la vuelta del Congreso a la actividad.

 

"Sine ira et studio" (Tacito, Annales 1,1,4)

 

El dólar y la cesación de pagos reaparecieron en escena, a pesar de que el coronavirus siguió monopolizando la agenda mediática. Inflación en alza; actividad y salarios a la baja.

 

Alberto Fernández intentó el viernes pasado justificar la prórroga “sine die” de la cuarentena comparando la estrategia argentina con la de otros países de la región. Apeló al triunfalismo. Su mensaje fue “estamos ganando”.

 

El Gobierno empezó a enredarse mal con la pandemia. El viernes armó muchedumbres con pacientes de alto riesgo frente a los bancos y el lunes amaneció con el escándalo de sobreprecios en la compra de alimentos para repartir.

 

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