Sergio Crivelli

El ministro de Economía tiene que mostrar rápido que controla la inflación. Si no, correrá la suerte del de Producción. La desconfianza derrumbó los bonos e hizo subir al dólar 

El escándalo del gasoducto Néstor Kirchner no sólo se llevó al ministro de Producción y sumó otra investigación judicial de kirchneristas por corrupción en la obra pública; también modificó el escenario electoral para 2023 con la introducción de un nuevo protocandidato: Daniel Scioli. 

El Gobierno fracasó y es irrecuperable, la oposición es poco atractiva y las figuras disruptivas (léase Milei) no tienen chances reales de llegar al poder. Sólo sirven para complicar un panorama que se ha convertido en un rompecabezas para consultores: ¿qué aconsejar a los candidatos? ¿Que presenten un plan económico concreto o prometan vaguedades? ¿Que aprovechen la grieta y polaricen o que privilegien el consenso? ¿Qué arremetan contra el populismo o eludan cuestionar una mentalidad que predomina en el 50% o más de la sociedad? 

Abandonado por su vice, Alberto Fernández enfrenta una crisis que combina superinflación con falta de dólares. Su anemia de poder es proporcional al pesimismo económico que genera. 

La inflación irreductible acelera el fin de un ciclo económico y asociado con esto, el de un ciclo político. A este ritmo para fin de año el aumento del costo de vida rondará el 80% anual. 

Macri y CFK ganan protagonismo, porque el conflicto es entre modelos antagónicos y ellos son los que mejor los representan. Comparten también el mismo obstáculo: la alta imagen negativa 

El Gobierno está paralizado, la oposición también, Cristina Kirchner, no. Tiene plan, estrategia, objetivo y nuevo enemigo. Esto último es indispensable para su concepción partisana de la política. Ni ella, ni Néstor Kirchner podían construir poder sin confrontar. Néstor conocía el oficio y elegía adversarios débiles. Por ejemplo, los militares octogenarios del Proceso. Su sucesora se equivocó y eligió a los combativos chacareros aportantes de dólares. El error le costó su primera derrota. Pero aprendió y ahora eligió uno impotente. 

La vicepresidenta tiene bajo fuego nutrido al presidente y arma una agenda que complica la economía porque es electoral, no de gestión. La única estrategia común es aguantar hasta 2023.

Cristina Kirchner ataca a Guzmán. Los gobernadores del PJ viajan a Israel y los senadores nacionales a Tucumán. JxC: el “escrache” a Morales y la revancha de las “palomas” con Milei. 

El Gobierno perdió las elecciones del año pasado lo que llevó a la ruptura entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner, pero no a un cambio de rumbo. Ambos insisten con el modelo K que el año próximo cumplirá dos décadas. 

Fernández y la vice tienen agendas distintas pero que coinciden en ignorar la crisis económica, disputarse la propiedad del “relato”, buscar chivos expiatorios y no aportar soluciones 

Arrinconado por una economía cada vez más adversa (este miércoles se anunciará una inflación abrumadora) Alberto Fernández reaccionó en las últimas horas contra los seguidores de Cristina Kirchner que lo venían hostigando.

Fernández apostó a una mejora de las expectativas, algo que no ocurrió. Al contrario, la vice usó el entendimiento para abrir un segundo frente opositor. Continua el ajuste vía inflación 

El presidente no tiene poder para echar al subsecretario de Energía o al vicecanciller. La vice no puede echar al ministro de Economía o al de Producción. Están empatados, se neutralizan. El resultado es la parálisis de gestión en plena crisis. 

El presidente está paralizado. Su vice desarrolla una gestión paralela. Los gobernadores creen que ella ya no les suma. Revolviendo en el baúl de disfraces Massa encontró a Morales. 

El Gobierno fracasó y su futuro será la consecuencia lógica del actual desastre. El Presidente anda a los tumbos y su vice trata de hacer control de daños, alejándose de su malograda criatura.

Su plan de ajuste fracturó al oficialismo y cohesionó a la oposición. Al rechazarlo los legisladores de Cristina Kirchner debilitaron a Fernández y generaron dudas sobre la gobernabilidad. 

El acuerdo firmado por el gobierno con el FMI es más que un plan de ajuste. Puesto en perspectiva es en primer lugar el certificado de defunción del modelo que sostuvo al kirchnerismo en el poder desde 2003, porque ya no hay manera de financiar el gasto fuera de toda racionalidad en jubilaciones sin aportes, subsidios al consumo de energía que en 2021 costaron 11 mil millones de dólares y centenares de miles de “planeros” que integran el ejército electoral oficialista del conurbano. 

Hizo un discurso en el Congreso en sintonía con el relato “K” y con ataques a Macri y la Corte. Pero pactó un ajuste con el FMI, cuyo costo político pagarán kirchneristas y peronistas por igual. 

El largo discurso de Alberto Fernández a la Asamblea Legislativa tuvo un destinatario exclusivo: Cristina Kirchner. Diputados y senadores oficiaron de simples testigos. El presidente optó por apaciguar a quien lo llevó al poder y reniega en privado desde que él anunció en público que pensaba someterse al escrutinio del FMI. 

El conflicto entre el presidente y la vice trabó el cierre de la negociación con el Fondo. La inoperancia enredó a Fernández en la tragedia correntina. Una política exterior extraviada. 

Fernández firmará con el FMI un acuerdo como el de Macri. La inflación que generó va camino a superar la de Macri y el oficialismo se desgaja. Nada detiene las causas por corrupción. 

La agenda del presidente se limita a comprometer en el ajuste al kirchnerismo y a la oposición. Se desentendió de la gestión de problemas prioritarios como la inflación y la inseguridad. 

A la hora de pagar el costo político que involucra la toma de decisiones, el peronismo se ha dividido en dos bandos, el de la Vice y el del Presidente, que se mandan mensajes por los medios con alegatos insólitos, verdaderas cumbres de surrealismo. 

El presidente llegó a un entendimiento provisorio con el Fondo. Evitó la cesación de pagos en medio de la presión del mercado y de CFK. ¿La auditoría externa significa el fin del ciclo K? 

El presidente sigue enredado en la negociación con el FMI. Cafiero oyó de Antony Blinken lo de siempre: armen un plan, pero para eso le hace falta autoridad. La cuenta regresiva 

2022 recibió a Fernández con una lluvia de adversidades. Sin iniciativa, el presidente corre detrás de los problemas que no son resueltos, sino postergados y se desplazan unos a otros 

El presidente de la UCR, Gerardo Morales coincidió la semana pasada con el kirchnerismo en que Mauricio Macri era el responsable de la deuda con el FMI y que la oposición estaba obligada a apoyar al gobierno en las negociaciones (o más bien, no negociaciones) con el organismo. Anteayer añadió: “Hay algunos dentro de nuestro espacio que tienen la postura de que cuanto peor, mejor, que explote todo. Creo que la consigna de que explote todo termina perjudicando a la gente”. 

Armó un acto para exhibir fortaleza política ante el Fondo y Cristina Kirchner, pero fracasó en ambos frentes. Faltaron a la cita los gobernadores radicales y la mitad de los peronistas 

Los políticos decidieron desentenderse de la desagradable realidad del ajuste que deben enfrentar en 2022 y pasaron directamente a los más entretenidos avatares de la carrera por el poder de 2023. Incapaces de poner fin a la crisis, prefieren dedicar su tiempo a las candidaturas. 

Las elecciones legislativas de hace poco más de un mes bien podrían no haberse hecho a juzgar por la respuesta del kirchnerismo. Se vive desde su derrota un apogeo del "modelo K”, a pesar de que el gobierno fue rechazado en la mayor parte del país por cifras en algunos casos demoledoras.

El kirchnerismo no pudo aprobar el presupuesto y se manejará con decretos. La oposición quiso aprobar un proyecto para bajar la presión fiscal y terminó, involuntariamente, aumentándola. 

El sábado, en San Vicente, Alberto Fernández se quejó de la oposición y dijo que lo apuran para que acuerde con el FMI los mismos que se endeudaron con el organismo. Lo sorprendente de esa afirmación es que la oposición no es la que lo apura, sino las reservas del Banco Central que se acercan a niveles peligrosos para la macroeconomía. 

Fernández no controla el Congreso, ni la Corte, ni el diálogo con el FMI. El discurso de Máximo Kirchner fortaleció las dudas sobre la voluntad de la vice de acordar con el organismo

En la jerga parlamentaria hay una expresión, "abrir una ventanilla", que describe la maniobra de romper un bloque numeroso para armar uno más chico, pero con poder de fuego a la hora de negociar con las bancadas mayoritarias. Un pequeño grupo que puede inclinar la votación hacia el lado del oficialismo o de la oposición. Generalmente lo hace hacia el del oficialismo, el único capaz de otorgar contraprestaciones en materia de recursos o nombramientos. 

Es una forma incierta, pero la única a mano, para anclar las expectativas en medio de una crisis financiera terminal. La vice ya dijo que no pagará el costo. Fernández intenta llegar a 2023 

En los últimos días tocó a dos mujeres, Cristina Kirchner y Elisa Carrió, anticipar la reconfiguración del escenario político para 2023. En una carta abierta la primera anunció que va rumbo a desentenderse de su invención electoral de hace dos años, Alberto Fernández, mientras que en un festejo partidario la segunda repartió méritos y reproches en la alianza opositora, alejándose de Horacio Rodríguez Larreta ante el beneplácito de Mauricio Macri. 

El Presidente quiere ganar autonomía y toma distancia de la vice. Kulfas desautoriza a Feletti y con Manzur apoyaron a un intendente adversario de Máximo Kirchner. Coma financiero. 

Las elecciones legislativas permitieron comprobar que el sistema de primarias abiertas ayudó a cohesionar a la oposición, mientras que su ausencia terminó siendo negativa para oficialismo. La participación directa de los votantes en el armado de las listas estimuló más la participación que el dedo de CFK. En las generales hubo que ir a buscar en remise a los votantes del PJ y ni siquiera así consiguieron dar vuelta el resultado. 

El resultado de ayer confirmó en términos generales el de las PASO. La derrota del gobierno fue la del experimento electoral de su jefa política, Cristina Kirchner, de instalar en la Casa Rosada a un presidente testimonial como Alberto Fernández, invirtiendo el orden lógico del poder. 

El fracaso de Alberto Fernández obligará a dar un paso al frente a la vice que debe elegir entre el ajuste y la radicalización. Ya no queda margen para el doble comando y el vamos viendo. 

Políticos, analistas y encuestadores están seguros de una segunda derrota del gobierno el domingo. No lo están, en cambio, respecto de la reacción de Cristina Kirchner que definirá el rumbo de los dos años que quedan de gestión. Será ella quien tenga la opinión decisiva sobre ese rumbo.

A pesar de cepos y controles, la inflación es incontenible, la presión cambiaria no cede y la política no ayuda. El oficialismo al borde de la ruptura y la oposición fragmentada.

Todos se preparan para el día 15. La vice quiere avanzar sobre el gabinete, el Presidente sigue sin rumbo, el PJ evalúa a Massa y Manzur y la oposición ya largó la interna para 2023.

Casi nadie le presta atención, pero la campaña electoral del oficialismo es asombrosa. Conviven en ella los que insultan a la oposición y los que le proponen un acuerdo de gobernabilidad. Los que quieren llegar a un entendimiento con el FMI y quienes cantan que no le pagarán un centavo.

En un clima de creciente desorden no hay gestión, sino un intento de trasladar responsabilidades a terceros. Crece además la incertidumbre sobre las consecuencias de una nueva derrota.

Antes de que las urnas ratifiquen la derrota del kirchnerismo, los políticos ya planean sus próximas jugadas. Quieren reacomodarse en el esquema de poder que vendrá, premisa con la que deben ser interpretadas las idas y vueltas en torno al pacto de cúpulas que los medios llaman `diálogo', iniciativa que terminó desdibujándose a pocos días de su lanzamiento.

Las encuestas post Paso coinciden en predecir otro traspié para una gestión asediada por la inflación y el desbande político. Cambia de funcionarios, pero no de estrategias ya fracasadas

Políticos, analistas y medios coinciden en que las generales de noviembre ya están perdidas para el oficialismo. Nadie se atreve a afirmar lo contrario en público.

La campaña electoral del oficialismo persiste en los errores que le costaron la derrota: falta de contacto con la realidad y la pretensión de victimizarse para justificar la mala gestión.

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