Marcos Novaro

El oficialismo quiere retomar la campaña, como si no hubiera pasado nada. Esconde a sus candidatos, incluso al presi y la vice, detrás de dos “nuevos” voceros, Aníbal Fernández y Juan Manzur, que difícilmente puedan recuperar muchos votos y, menos que menos, poner orden en el gobierno.

La impasse en la crisis del FdeT tiene fecha de caducidad: 14/11. Y prueba, encima, que Cristina seguirá siendo Fernández: no tiene mucho más que a Aníbal para sumar al gobierno, y su destino seguirá atado al de Alberto. Mal que le pese, no hay vía de escape.

¿Una saltimbanqui irresponsable, guiada por el orgullo, puede reprocharle al presidente comportarse como un alienado y un autista? Son el hambre y las ganas de comer. 

¿Podrá el oficialismo recomponerse de acá a noviembre, repitiendo el logro de Macri de dos años atrás? Por como viene haciendo las cosas, y por la complejidad de su interna, parece difícil el camino de la recuperación.

Una Vicepresidenta que se autopercibe reina y un Alberto Fernández por completo “camporizado” apelaron, en el cierre de campaña del FdeT, al Perón más problemático de los ´70: el que para volver al poder engendró una criatura que resultó una trampa mortal. Aunque a continuación llamaron a un gran acuerdo nacional. ¿En qué quedamos?

El Frente de Todos llega a la votación golpeado, ganado por el desánimo, pero unido. Habrá que ver si esta unidad le alcanza para retener la primera minoría electoral. Lo que depende también de cuántos fuguen en la oposición hacia terceras fuerzas, el voto en blanco o la abstención.

Si hay que elegir entre sexo, drogas y rock and roll o los dislates presidenciales, se entiende que no poca gente prefiera quedarse en su casa. Alberto se prepara mientras tanto para descargar en otros, hacia arriba y hacia abajo, la responsabilidad por un mal resultado.

El presidente intentó mostrar un rostro más sensato en Tecnópolis y en alguna medida lo logró. Aunque insiste en echarle la culpa de todo a la oposición, algo que había prometido no hacer, y en plantear argumentos inconducentes, como el que ignora que los proyectos autoritarios suelen necesitar de títeres.

Se entiende la alarma de Cristina Kirchner: el Presidente está como bola sin manija, y por más que se le haya prohibido volver a pisar suelo bonaerense, sus constantes papelones siguen dañando las chances electorales del oficialismo. ¿Qué harán, si no logran “intervenirlo” para frenar su afán autodestructivo?

El presidente está repitiendo el recorrido de Massa: no lo quieren ni los peronistas, ni los K, ni los no peronistas. No le creen ni los moderados ni los radicalizados, ni la izquierda ni la derecha. De ser el vehículo de los K para llegar a votantes “blandos”, se ha convertido en un motivo de desconfianza.

En pocos días los dos máximos referentes del oficialismo le hicieron más daño a sus chances electorales que toda la oposición junta: Cristina no deja de horadar la poca autoridad de Alberto, y este cada día está más enojado y desorientado. Ambos tienen razón de estar “nervioshos” por las encuestas.

¿El oficialismo puede perder la elección por las fotos del escándalo? Si esa revelación termina siendo gravitante será ante todo porque el gobierno ya viene cascoteado desde antes por múltiples errores, en particular del propio presidente, y el FdeT está más dividido de lo que quiere admitir.

Lo peor que revelan las fiestas en Olivos es la compulsión del presidente a mentir sobre lo que hace y lo que piensa. El interminable papelón que de eso resulta preocupa cada vez más a Cristina Kirchner y al peronismo. “¿Qué hacer con Alberto?”, es la pregunta que más los desvela.

Las encuestas muestran un fuerte clima de desánimo, del que el gobierno nacional parece decidido a sacar provecho, mientras la oposición todavía no encuentra la forma de combatirlo.

La campaña de JxC empezó a los tiros, pero la oportunidad de fortalecer la coalición aún existe. Manes y Morales insisten con los cascotazos. ¿”Nueva política”, personalidades tóxicas o challengers desafiantes?

 

El registro de entradas a la Quinta de Olivos es la perlita que faltaba en una larga ristra de papelones presidenciales que están debilitando gravemente nuestras instituciones. Cristina lo puso ahí, y ahora no sabe cómo desentenderse.

El Frente de Todos podrá hacer muchas cosas mal, pero hay algo en lo que no ahorra esfuerzos, ni recursos públicos: mantener unido al peronismo. Las próximas elecciones pondrán a prueba su rendimiento electoral, cuando nada más funciona.

Dos formas de “hacer política” se van a medir en las PASO y las legislativas. Cada una tiene sus complicaciones y peligros, por más que sus respetivos estrategas traten de disimularlos.

Lo que Cristina estuvo barruntando en estos días fue si le intervenía definitivamente la gestión a Alberto ahora o después de las elecciones legislativas de noviembre.

 

Dirigentes e intelectuales domésticos se amoldan, resignados o con entusiasmo según los casos, como si fuera un precio módico por “conquistas populares” que es difícil identificar.

 

El presidente reaccionó a las protestas contra la dictadura castrista con el manual de su canciller: “En el peronismo, se premia al que se hace el boludo”, máxima que ambos aplican, tal vez, ya a demasiados asuntos.

El gobierno no logra evitar que en la campaña electoral se filtre la preocupación por lo que se nos vendrá encima cuando ella termine: Ignacio Copani y su “lo atamos con alambre” sirven para anticiparlo.

El gobierno inició una guerra que parece estúpida, pero no está tan mal pensada: provee nuevos culpables de aquello a lo que no le halló solución, e identifica a la oposición con “los antiargentinos que se quieren ir”, “por odio”, no porque el país los esté expulsando.

La reapertura de paritarias es, junto a la suba del gasto en planes y subsidios, lo más prometedor que veremos en estas elecciones. Revela también la sesgada relación que el oficialismo tiene con los trabajadores, y su falta de perspectivas.

Las elecciones de este año pueden tener una triple significación: que cambie la relación de fuerzas entre gobierno y oposición, entre sus respectivas facciones internas, y entre sus viejos líderes y los aspirantes a sucederlos.

Hasta aquí, irremplazable vocero de su gobierno, el presidente consume lo que le queda de credibilidad y complica la difícil tarea del FdT de encontrar candidatos que no estén quemados ante la opinión pública.

El declive del oficialismo aceleró la puja por las candidaturas en la oposición, tanto para este año como para 2023. Y avanza también, junto a esa pelea, un debate más interesante sobre el mejor camino para no volver a fracasar.

Como si hubiera estado de vacaciones en Marte, nos brinda indudablemente bienintencionadas recomendaciones morales sobre lo que "debe hacerse". No pertenece realmente a este mundo, habla y actúa desde el Olimpo

 

El Presidente se ha lanzado a una competencia peculiar con Cristina, Kicillof y compañía por ver quién debilita más su autoridad presidencial. El desorden oficial se agrava y la expectativa de que la campaña lo contenga se debilita. ¿Qué puede hacer la oposición?

La apuesta oficial a la memoria de corto plazo puede volverse en su contra. Mientras, rompimos la marca de las 80.000 muertes, y todo hace pensar que superaremos las 100.000 al inicio de la campaña, pero las autoridades siguen sin mencionarlas.

 

En materia de comunicación su “periodismo militante” y la denostación de los medios independientes llegan a nuevas cumbres del ridículo.

Alberto y Kicillof retoman esa guerra esperando que les permita lavarse las manos del desastre sanitario. Y entendiendo, además, que a los votantes debe bastarles con saber lo que ellos tienen para enseñarles.

La política brasileña parece camino a recuperar el rasgo que por largo tiempo la caracterizó, y del que tanto hay para aprender: la disposición al acuerdo entre moderados.

Un gobierno frívolo apuesta a que, cerrando todo, se esfumen no solo los contagios y muertes, sino sus demás problemas: la inflación, la protesta agraria, la fuga al dólar, la decepción de su propia militancia.

Volvió a la escena Martín Soria, el Guillermo Moreno del sistema judicial. Con un proyecto que busca, en concreto, anular límites constitucionales contra el abuso de poder por parte de mayorías circunstanciales.

¿Será el “ministro de la deuda”, como ahora lo quiere presentar el presidente? ¿O, como le tiene preparado Cristina, será quien administre el feroz ajustazo poselectoral, para luego ser desechado?

Las encuestas alientan a Cristina, Axel y La Cámpora a aumentar como sea el gasto público, en particular los subsidios que se destinan al Conurbano, al precio de generar más adelante una catástrofe de inflación, recesión y default.

Si los subsidios del kirchnerismo han sido “pro ricos”, ¿entonces la política tarifaria de Macri no lo fue, fue “pro pobres”? El asedio del kirchnerismo duro sobre Guzmán se alimenta de su fracaso en controlar la inflación, pero también del deseo de gastarse los pesos que él juntó.

Controles absurdos en los accesos hacia el conurbano y un público respaldo al okupa Basualdo. El gobernador hace un culto del comportamiento irresponsable en asuntos delicados, en los peores momentos.

Ante el descrédito que sufrió por haber querido cerrar las escuelas, cedió frente al jefe de la ciudad. Pero mientras tanto se le complicó el manejo de las tarifas, donde un subsecretario “incompetente” le está esmerilando su ya cascoteada autoridad.

El gobierno se enfoca en atajar el virus y lo hace bastante mal. Mientras tanto, abandona la economía a su suerte: el ministro terminó de desdibujarse con el 4,8% de inflación de marzo y no hay reemplazo a la vista.

La apuesta K nunca fue por las escuelas, ni siquiera por la contención del virus, sino por quién tiene la culpa de su avance. Ahora, el gobierno podrá hablar de “los muertos de Larreta” y lavarse las manos.

 

 

El presidente dijo haberse inspirado en los criterios que aplica Angela Merkel para enfrentar la tercera ola del Covid en su país. Pero no es tan así: en varios aspectos Alberto hace todo lo contrario que su par alemana.

Al gobierno, se le desarma el combo económico-sanitario con que encaró el año electoral. Fue él el que se “relajó”, más que la sociedad: confió en sus aliados para las vacunas y en que bastaba pisar el dólar y esperar.

La política kirchnerista es eso que hacen sus líderes aprovechando que los demás están atentos a otros asuntos. En estos días la señora y su hijo se dedican con esmero a perfeccionar la trampa de la decadencia. ¿Habrá salida?

En las últimas semanas, a la vez que la segunda ola se hacía más y más presente, se debilitó la recuperación del consumo y del nivel de actividad, por la falta de inversión y el peso de la inflación. ¿Qué puede hacer Alberto Fernández?

¿Por qué Alberto y Cristina no arreglan ahora con el Fondo, ni van a querer hacerlo después de octubre? ¿El “lastre” que no nos deja crecer es esa deuda, o es una idea autodestructiva sobre nuestra relación con el mundo y los mercados?

En la última semana se debilitó el Presidente y la Vicepresidenta ganó protagonismo como nunca antes. No le es gratis a ella, pero necesita llenar los vacíos que él deja y marcar la cancha electoral. ¿Seguirá avanzando hasta asfixiarlo del todo?

 

 

¿Para qué nos sirve recordar los 24 de marzo? El actual oficialismo tiene una respuesta clara y precisa: primero, “para identificar al enemigo”, “su enemigo”, que además viene a ser el mismo ayer, hoy y siempre; segundo, para acorralarlo, porque esa fecha es la síntesis más pura tanto del mal como de sus fracasos; y por último, y consecuentemente, para unificar y exaltar a los “amigos”, guiarlos por la negativa, digamos, en la buena senda.

Los Kirchner ya no despotricarán contra su partido, porque terminaron de someterlo. ¿Cuán exhaustiva y duradera será esta unidad peronista? ¿Y cuán efectiva para moldear a su gusto la Justicia, la economía y la política del país?

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