Marcos Novaro

El presidente pretende dar lecciones de multilateralismo pero se enreda con una sarasa aún más peligrosa que la de Guzmán: queriendo presionar a EEUU se acerca a China y Rusia, pero no lo toman en serio ni acá ni allá. 

La noticia de que el ganador del sorteo del primer sueldo del novel diputado fue un devoto de Cristina no hizo más que graficar una sospecha previa: la de que Milei hace mucho por favorecer a quienes dice detestar. 

El presidente y sus escuderos parecen decididos a cumplir un rol quijotesco, dado que en la gestión práctica tienen poquísimas chances de éxito: ¿preferirán que se los recuerde como inútiles con convicciones? ¿Alguien podría creérselo? 

Si el encuentro del ministro de Economía con los gobernadores hubiera tenido asistencia perfecta, habría quedado aún más a la vista que sus efectos para la negociación con el FMI fueron pésimos y la entera responsabilidad fue del ministro. 

En el arranque del nuevo año, el principal instrumento con el que Martín Guzmán viene administrando nuestra economía da señales serias de agotamiento: ni la oposición ni el staff del Fondo ni el gobierno norteamericano se dejan convencer con el palabrerío. 

 

Viene otro año complicado para la Argentina. Y ya van demasiados seguidos como para que eso sea fácil de tolerar. Pero el nuevo año va a ser también una oportunidad para construir una salida del laberinto en que estamos atrapados.

 

Juntos por el Cambio recibió un mandato básicamente negativo en estas legislativas: frenar abusos de poder y la voracidad extractiva de la política sobre la sociedad. No parece ser muy consciente de lo que se juega si viola esos encargos. 

La jefa recreó para sí la típica foto de fin de año de la revista Gente, rodeada de artistas y famosos que la adoran, con quienes se mostró feliz, muy lejos de los avatares de un “2021 político” en que nada le salió bien. 

¿Qué parecidos y diferencias hay entre la crisis que enfrentamos y la padecida hace ya 20 años? El fracaso del presupuesto 2022 a manos de Máximo Kirchner ilustra una importante diferencia: el de hoy es un país gobernado adrede para no tener salida. 

La vice y La Cámpora, con una pata adentro y otra afuera del gobierno, se disponen a defraudar una vez más a la comunidad internacional. Que parece resignada a esperar que alguna vez dejemos de autodestruirnos. 

Mientras hablaba el presidente, el ex uruguayo dormitaba. Debió despertarlo de un codazo la vice, a quien también le vendría bien alguien la despabile: sus diatribas victimistas son cada vez más trilladas y soporíferas. Compararse con los desaparecidos, ¿no fue ya demasiado? 

Mientras un sector de la UCR termina de aguar el fin de año a JxC, que hizo méritos más que suficientes para cerrar el 2021 festejando, los que no se cansan de festejar son los oficialistas, en la pretensión de que un buen espectáculo haga digeribles los fracasos acumulados, y las malas nuevas por venir. 

El chiste con que Perón minimizaba las feroces internas peronistas, comparándolas con el apareamiento de los gatos, podría aplicarse a la actual oposición y sus luchas intestinas. Pero, aunque estas sean parte de un aprendizaje y crecimiento, si no se procesan constructivamente les traerán problemas crecientes. 

Cada paso que da el ministro para sostenerse hasta el acuerdo con el FMI, lo aleja más de lo que el organismo le exige: endurece el cepo, limita más los mercados. La negociación es difícil, pero lo que viene después va a ser peor.

Llegó el momento en que los bloques políticos en pugna tienen que esforzarse e innovar si quieren evitar su predecible fracaso. Ante todo, deben lidiar con internas intrincadas, que sólo podrán superar si se dan nuevas reglas de juego. 

Aníbal Fernández “confió” en que se encuentre a los directos implicados. Ojalá haga algo más que “confiar”, y ojalá también se deje desde el oficialismo de dar ánimo para que estas cosas sucedan. 

La Cámpora, ¿fue o no fue al “relanzamiento” de Alberto? Un poco sí y un poco no. Es la señal de lo que el entero sector que obedece a la señora piensa hacer frente al Gobierno desde ahora. Y una de las razones, no la única, de por qué el “relanzamiento” de Alberto Fernández tiene poca nafta

El gobierno nacional pretende ignorar el dato descollante de esta elección: sacó apenas 33,8% de los votos, contra el 42,2% de JxC. Y lo disfraza con todo tipo de ridiculeces. Pero peor que las digan sería que se las crean, y en serio encaren los dos años que les quedan como si estuvieran por el buen camino. 

La vicepresidenta eligió lavarse las manos después de la derrota.

Alberto volvió al país, volvió a improvisar y volvió a meter la pata. A esta altura sus intervenciones, igual que las explicaciones que brinda de ellas la portavoz Gabriela Cerruti, convendría tomarlas en broma, para no poner en riesgo la propia salud.

El país discute intensamente en estos días no tanto los resultados del próximo domingo, como lo que vaya a suceder el lunes: si la señora se radicaliza, si fuerza la salida de medio gabinete, si la crisis puede llevarla a renunciar, o a forzar la renuncia de Alberto, pequeñeces como esas. Pero ¿y si no pasa nada?

La pareja presidencial al principio sumó diferencias detrás de lo que pareció una “causa común”, e hizo creer a algunos que podían mejorarse mutuamente. Pero han terminado haciendo lo contrario: se empeoran uno al otro.

El presidente pasea por Roma con el dedito levantado, como si tuviera mucho que reprocharle y enseñarle al mundo. Pero los únicos encuentros que consiguió fueron protocolares: ha logrado que a casi nadie le importe Argentina y a muchos resulte cansador escuchar sus promesas y quejas.

Se le conoció en estos días una hasta ahora oculta vocación fascistoide a nuestro ministro de Economía: tildó de “antiargentinos” a quienes no confían en los congelamientos. ¿El gobierno se radicaliza o solo hace fulbito de campaña?

Sin autoridad ni un eje que lo ordene, el ejecutivo patina ante cualquier problema complejo que se le presente: sea la Resistencia Mapuche, la inflación o la deuda; generando rechazo tanto entre quienes quieren que se radicalice, como en los que aún esperan de él moderación.

El Sumo Pontífice se autoinvitó a IDEA para hacer una apenas disimulada autocrítica del pobrismo y celebrar el rol empresario. Una señal que Alberto Fernández desaprovechó en su cierre, pero que puede desalentar más locuras de parte de Cristina y sus seguidores.

Qué bien que estábamos cuando pensábamos que estábamos mal, con funcionarios que no funcionaban, pero al menos no te amenazaban. Con la buena de Sabina haciendo chistes de mal gusto sobre la inseguridad, pero al menos no provocando aún más miedos de los que ya atraviesan a la sociedad.

En medio de la debacle, dirigentes oficialistas siguen actuando como si tuviera aún validez la máxima según la cual “el peronismo es el único capaz de gobernar”. Mientras en la oposición crece un ánimo opuesto, y no menos conocido: “el peronismo debe sucumbir para que Argentina encuentre una salida”. ¿Vamos camino a una polarización extrema?

Este lunes medio gabinete respaldó, con su presencia, el lanzamiento de un programa de reconversión. Los debates sobre cómo “modernizar” nuestro régimen laboral dividen al kirchnerismo y agitan también a la oposición.

Alberto Fernández está por momentos ido, y de a ratos vuelve a gritar, pero nadie lo escucha. La Vicepresidenta, hiperactiva, se mete en todo, prueba todos los botones, a ver si algo de milagro funciona para evitar la catástrofe electoral. Pero el desafío más grave que enfrenta no es el 14, sino que el 15 deberá seguir gobernando. ¿Podrá?

El oficialismo quiere retomar la campaña, como si no hubiera pasado nada. Esconde a sus candidatos, incluso al presi y la vice, detrás de dos “nuevos” voceros, Aníbal Fernández y Juan Manzur, que difícilmente puedan recuperar muchos votos y, menos que menos, poner orden en el gobierno.

La impasse en la crisis del FdeT tiene fecha de caducidad: 14/11. Y prueba, encima, que Cristina seguirá siendo Fernández: no tiene mucho más que a Aníbal para sumar al gobierno, y su destino seguirá atado al de Alberto. Mal que le pese, no hay vía de escape.

¿Una saltimbanqui irresponsable, guiada por el orgullo, puede reprocharle al presidente comportarse como un alienado y un autista? Son el hambre y las ganas de comer. 

¿Podrá el oficialismo recomponerse de acá a noviembre, repitiendo el logro de Macri de dos años atrás? Por como viene haciendo las cosas, y por la complejidad de su interna, parece difícil el camino de la recuperación.

Una Vicepresidenta que se autopercibe reina y un Alberto Fernández por completo “camporizado” apelaron, en el cierre de campaña del FdeT, al Perón más problemático de los ´70: el que para volver al poder engendró una criatura que resultó una trampa mortal. Aunque a continuación llamaron a un gran acuerdo nacional. ¿En qué quedamos?

El Frente de Todos llega a la votación golpeado, ganado por el desánimo, pero unido. Habrá que ver si esta unidad le alcanza para retener la primera minoría electoral. Lo que depende también de cuántos fuguen en la oposición hacia terceras fuerzas, el voto en blanco o la abstención.

Si hay que elegir entre sexo, drogas y rock and roll o los dislates presidenciales, se entiende que no poca gente prefiera quedarse en su casa. Alberto se prepara mientras tanto para descargar en otros, hacia arriba y hacia abajo, la responsabilidad por un mal resultado.

El presidente intentó mostrar un rostro más sensato en Tecnópolis y en alguna medida lo logró. Aunque insiste en echarle la culpa de todo a la oposición, algo que había prometido no hacer, y en plantear argumentos inconducentes, como el que ignora que los proyectos autoritarios suelen necesitar de títeres.

Se entiende la alarma de Cristina Kirchner: el Presidente está como bola sin manija, y por más que se le haya prohibido volver a pisar suelo bonaerense, sus constantes papelones siguen dañando las chances electorales del oficialismo. ¿Qué harán, si no logran “intervenirlo” para frenar su afán autodestructivo?

El presidente está repitiendo el recorrido de Massa: no lo quieren ni los peronistas, ni los K, ni los no peronistas. No le creen ni los moderados ni los radicalizados, ni la izquierda ni la derecha. De ser el vehículo de los K para llegar a votantes “blandos”, se ha convertido en un motivo de desconfianza.

En pocos días los dos máximos referentes del oficialismo le hicieron más daño a sus chances electorales que toda la oposición junta: Cristina no deja de horadar la poca autoridad de Alberto, y este cada día está más enojado y desorientado. Ambos tienen razón de estar “nervioshos” por las encuestas.

¿El oficialismo puede perder la elección por las fotos del escándalo? Si esa revelación termina siendo gravitante será ante todo porque el gobierno ya viene cascoteado desde antes por múltiples errores, en particular del propio presidente, y el FdeT está más dividido de lo que quiere admitir.

Lo peor que revelan las fiestas en Olivos es la compulsión del presidente a mentir sobre lo que hace y lo que piensa. El interminable papelón que de eso resulta preocupa cada vez más a Cristina Kirchner y al peronismo. “¿Qué hacer con Alberto?”, es la pregunta que más los desvela.

Las encuestas muestran un fuerte clima de desánimo, del que el gobierno nacional parece decidido a sacar provecho, mientras la oposición todavía no encuentra la forma de combatirlo.

La campaña de JxC empezó a los tiros, pero la oportunidad de fortalecer la coalición aún existe. Manes y Morales insisten con los cascotazos. ¿”Nueva política”, personalidades tóxicas o challengers desafiantes?

 

El registro de entradas a la Quinta de Olivos es la perlita que faltaba en una larga ristra de papelones presidenciales que están debilitando gravemente nuestras instituciones. Cristina lo puso ahí, y ahora no sabe cómo desentenderse.

El Frente de Todos podrá hacer muchas cosas mal, pero hay algo en lo que no ahorra esfuerzos, ni recursos públicos: mantener unido al peronismo. Las próximas elecciones pondrán a prueba su rendimiento electoral, cuando nada más funciona.

Dos formas de “hacer política” se van a medir en las PASO y las legislativas. Cada una tiene sus complicaciones y peligros, por más que sus respetivos estrategas traten de disimularlos.

Lo que Cristina estuvo barruntando en estos días fue si le intervenía definitivamente la gestión a Alberto ahora o después de las elecciones legislativas de noviembre.

 

Dirigentes e intelectuales domésticos se amoldan, resignados o con entusiasmo según los casos, como si fuera un precio módico por “conquistas populares” que es difícil identificar.

 

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