Marcos Novaro

La coalición opositora cerró la discusión sobre la posibilidad de sumar al economista libertario, dejando claro hasta dónde están dispuestos a hacer en el camino a recuperar el poder. Por otro lado, le puso un freno a Gerardo Morales y sus vínculos con el presidente de la Cámara de Diputados. 

Para saberlo habría que preguntar, con más precisión, qué sacrificios estamos dispuestos a hacer para combatirla. En el gobierno actual parecen seguir convencidos de que no muchos, así que pueden seguir demorando una solución. 

En la cabeza del Gobierno anida la misma idea que llevó a Cristina a chocar con el campo 14 años atrás: lo que no le saque el Estado al agro, este lo va a convertir en 4x4s, casas en Miami y otros lujos. No es lo que dicen los números. 

Años atrás Cristina disfrazaba su espíritu divisionista y excluyente detrás de consignas en apariencia amplias, como “La Patria es el otro”. Hoy ya ni le interesa disimular, y alimenta un festival de odio y polarización, sobre todo contra la Justicia. 

La vice necesita que se olvide su responsabilidad en los resultados de la gestión. Como no bastaron cartas, renuncias ni votos en disidencia, activó el botón nuclear. 

Ante un Frente de Todos que se hunde sin remedio, se teme que las diferencias en la oposición se agraven. ¿Conducirán a una competencia de tercios, con la UCR y el PRO peleando separados con los K? Ni es la apuesta de sus líderes, ni es una salida viable. 

Al adelantar las paritarias y abrir la billetera del gasto, en vez de enfrentar la suba de precios, el Presidente apunta a acelerarla. Mientras, se abraza a sus ministros, un poco por orgullo, otro poco por miedo, y porque no tiene reemplazos a mano. 

En 1982, fue de los pocos, con Arturo Frondizi y Álvaro Alsogaray, que se atrevió a cuestionar el consenso malvinero, objetando que la invasión se justificara por los legítimos reclamos sobre las islas. Hoy escasean voces como la suya.

El resultado de la crisis oficial va quedando a la luz: nadie se va, ni el gobierno se reordena; así que la economía y la protesta social siguen el mismo camino. ¿Cómo llegamos en estas condiciones al 2023? 

La vice viene amenazando a sus socios y al resto del país con un quiebre, que implicaría también para ella costos irreparables. Como Putin con la guerra nuclear, apuesta a que los demás aflojen, por temor a lo que podría hacer quien “no le teme a nada”. 

La crisis desatada en el Frente de Todos se nutre de su propia razón de ser: se formó para asegurar los medios necesarios para que la dirigencia de sus distintas facciones sobreviva; y eso solo podía lograrse de milagro, o con los resultados que están a la vista para el resto del país. 

Una tensión insoportable se instaló en la cúpula oficial, alimentada de diferencias sobre casi todo: deuda, inflación, Putin, tarifas, nada se salva. Pero como ni él ni ella tienen adónde irse, por ahora, aunque se odien, tendrán que seguir conviviendo. 

En su esfuerzo por hundirse del todo, el presidente se apuró a confirmar las peores sospechas sobre cómo encararía el ajuste: tratando de aumentar los impuestos como sea, congraciándose con Cristina y rompiendo relación con quienes lo vienen ayudando a sobrevivir. 

Hicieron todo mal: la falta de colaboración de Máximo, La Cámpora y otros grupos K en Diputados puso a Alberto y a Massa a merced de Juntos por el Cambio, que logró entonces unificarse en torno a sus sectores moderados. 

Juntos por el Cambio viene debatiendo la posición a adoptar ante el acuerdo con el FMI en base a una disyuntiva: evitar que el país viva una nueva crisis, o que el próximo gobierno reciba algo inmanejable. 

 

Tras la invasión rusa a Ucrania hay quienes consideran que el presidente de Rusia se va a salir con la suya porque, del otro lado, Joe Biden, Emmanuel Macron y Boris Johnson no hacen, según ellos, más que meter la pata.

 

El presidente expuso frente a la Asamblea Legislativa toda su debilidad y sus ambigüedades, en particular en lo que más preocupa: el acuerdo con el Fondo, que sigue sin aparecer, pese a todas sus ya olvidadas promesas.

El grado de improvisación y patetismo de nuestra política exterior sigue batiendo récords. Los argumentos de los funcionarios del gobierno de Alberto Fernández recuerdan la tercera posición de Perón, que significó un verdadero desastre para nuestro desarrollo político y económico. 

La coordinación entre organismos del “Estado presente” brilla por su ausencia más que nunca antes. Muchas veces, la política oficial solo intenta encontrar un culpable: si es rico, capitalista y opositor, mejor. 

El vacío de poder y horizontes que afecta al Gobierno adelanta la batalla por el 2023. Tanto peronistas como kirchneristas se esmeran en imaginar una oferta distinta a la de 2019 y 2021 para evitar un resultado catastrófico. Aunque ni Cristina ni nadie logra dar con una salida que evite la dispersión. 

Ni yanquis ni marxistas: Alberto Fernández promueve en lugar del viejo tercerismo un putinismo gestual y un maoísmo infantil y turístico, ambos poco serios y que revelan, más que el interés en alinearse con los imperialismos autoritarios en auge, el de diluir el ajustazo que está acometiendo. 

La marcha convocada contra el supremo tribunal está haciéndole más daño al Gobierno nacional que a los jueces: pone a la luz lo peor del kirchnerismo, que en buena medida ha ido zafando de la cárcel, mientras Cristina y sus familiares siguen bajo investigación

La principal oposición enfrenta un problema típicamente peronista: tiene muchos líderes en competencia, dispuestos a pelear hasta el final por el premio mayor. El oficialismo, al revés, sufre una hipotonía muscular frecuente en el no peronismo: de allí que, a falta de nada mejor, su único autoproclamado candidato sea Alberto. 

En su desesperación por recuperar el entusiasmo, sino de los votantes, al menos de sus fieles, Cristina Kirchner está reflotando sus políticas más emblemáticas, en la errónea idea de que fueron las más exitosas. 

El presidente pretende dar lecciones de multilateralismo pero se enreda con una sarasa aún más peligrosa que la de Guzmán: queriendo presionar a EEUU se acerca a China y Rusia, pero no lo toman en serio ni acá ni allá. 

La noticia de que el ganador del sorteo del primer sueldo del novel diputado fue un devoto de Cristina no hizo más que graficar una sospecha previa: la de que Milei hace mucho por favorecer a quienes dice detestar. 

El presidente y sus escuderos parecen decididos a cumplir un rol quijotesco, dado que en la gestión práctica tienen poquísimas chances de éxito: ¿preferirán que se los recuerde como inútiles con convicciones? ¿Alguien podría creérselo? 

Si el encuentro del ministro de Economía con los gobernadores hubiera tenido asistencia perfecta, habría quedado aún más a la vista que sus efectos para la negociación con el FMI fueron pésimos y la entera responsabilidad fue del ministro. 

En el arranque del nuevo año, el principal instrumento con el que Martín Guzmán viene administrando nuestra economía da señales serias de agotamiento: ni la oposición ni el staff del Fondo ni el gobierno norteamericano se dejan convencer con el palabrerío. 

 

Viene otro año complicado para la Argentina. Y ya van demasiados seguidos como para que eso sea fácil de tolerar. Pero el nuevo año va a ser también una oportunidad para construir una salida del laberinto en que estamos atrapados.

 

Juntos por el Cambio recibió un mandato básicamente negativo en estas legislativas: frenar abusos de poder y la voracidad extractiva de la política sobre la sociedad. No parece ser muy consciente de lo que se juega si viola esos encargos. 

La jefa recreó para sí la típica foto de fin de año de la revista Gente, rodeada de artistas y famosos que la adoran, con quienes se mostró feliz, muy lejos de los avatares de un “2021 político” en que nada le salió bien. 

¿Qué parecidos y diferencias hay entre la crisis que enfrentamos y la padecida hace ya 20 años? El fracaso del presupuesto 2022 a manos de Máximo Kirchner ilustra una importante diferencia: el de hoy es un país gobernado adrede para no tener salida. 

La vice y La Cámpora, con una pata adentro y otra afuera del gobierno, se disponen a defraudar una vez más a la comunidad internacional. Que parece resignada a esperar que alguna vez dejemos de autodestruirnos. 

Mientras hablaba el presidente, el ex uruguayo dormitaba. Debió despertarlo de un codazo la vice, a quien también le vendría bien alguien la despabile: sus diatribas victimistas son cada vez más trilladas y soporíferas. Compararse con los desaparecidos, ¿no fue ya demasiado? 

Mientras un sector de la UCR termina de aguar el fin de año a JxC, que hizo méritos más que suficientes para cerrar el 2021 festejando, los que no se cansan de festejar son los oficialistas, en la pretensión de que un buen espectáculo haga digeribles los fracasos acumulados, y las malas nuevas por venir. 

El chiste con que Perón minimizaba las feroces internas peronistas, comparándolas con el apareamiento de los gatos, podría aplicarse a la actual oposición y sus luchas intestinas. Pero, aunque estas sean parte de un aprendizaje y crecimiento, si no se procesan constructivamente les traerán problemas crecientes. 

Cada paso que da el ministro para sostenerse hasta el acuerdo con el FMI, lo aleja más de lo que el organismo le exige: endurece el cepo, limita más los mercados. La negociación es difícil, pero lo que viene después va a ser peor.

Llegó el momento en que los bloques políticos en pugna tienen que esforzarse e innovar si quieren evitar su predecible fracaso. Ante todo, deben lidiar con internas intrincadas, que sólo podrán superar si se dan nuevas reglas de juego. 

Aníbal Fernández “confió” en que se encuentre a los directos implicados. Ojalá haga algo más que “confiar”, y ojalá también se deje desde el oficialismo de dar ánimo para que estas cosas sucedan. 

La Cámpora, ¿fue o no fue al “relanzamiento” de Alberto? Un poco sí y un poco no. Es la señal de lo que el entero sector que obedece a la señora piensa hacer frente al Gobierno desde ahora. Y una de las razones, no la única, de por qué el “relanzamiento” de Alberto Fernández tiene poca nafta

El gobierno nacional pretende ignorar el dato descollante de esta elección: sacó apenas 33,8% de los votos, contra el 42,2% de JxC. Y lo disfraza con todo tipo de ridiculeces. Pero peor que las digan sería que se las crean, y en serio encaren los dos años que les quedan como si estuvieran por el buen camino. 

La vicepresidenta eligió lavarse las manos después de la derrota.

Alberto volvió al país, volvió a improvisar y volvió a meter la pata. A esta altura sus intervenciones, igual que las explicaciones que brinda de ellas la portavoz Gabriela Cerruti, convendría tomarlas en broma, para no poner en riesgo la propia salud.

El país discute intensamente en estos días no tanto los resultados del próximo domingo, como lo que vaya a suceder el lunes: si la señora se radicaliza, si fuerza la salida de medio gabinete, si la crisis puede llevarla a renunciar, o a forzar la renuncia de Alberto, pequeñeces como esas. Pero ¿y si no pasa nada?

La pareja presidencial al principio sumó diferencias detrás de lo que pareció una “causa común”, e hizo creer a algunos que podían mejorarse mutuamente. Pero han terminado haciendo lo contrario: se empeoran uno al otro.

El presidente pasea por Roma con el dedito levantado, como si tuviera mucho que reprocharle y enseñarle al mundo. Pero los únicos encuentros que consiguió fueron protocolares: ha logrado que a casi nadie le importe Argentina y a muchos resulte cansador escuchar sus promesas y quejas.

Se le conoció en estos días una hasta ahora oculta vocación fascistoide a nuestro ministro de Economía: tildó de “antiargentinos” a quienes no confían en los congelamientos. ¿El gobierno se radicaliza o solo hace fulbito de campaña?

Sin autoridad ni un eje que lo ordene, el ejecutivo patina ante cualquier problema complejo que se le presente: sea la Resistencia Mapuche, la inflación o la deuda; generando rechazo tanto entre quienes quieren que se radicalice, como en los que aún esperan de él moderación.

El Sumo Pontífice se autoinvitó a IDEA para hacer una apenas disimulada autocrítica del pobrismo y celebrar el rol empresario. Una señal que Alberto Fernández desaprovechó en su cierre, pero que puede desalentar más locuras de parte de Cristina y sus seguidores.

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