Marcos Novaro

La pareja presidencial al principio sumó diferencias detrás de lo que pareció una “causa común”, e hizo creer a algunos que podían mejorarse mutuamente. Pero han terminado haciendo lo contrario: se empeoran uno al otro.

El presidente pasea por Roma con el dedito levantado, como si tuviera mucho que reprocharle y enseñarle al mundo. Pero los únicos encuentros que consiguió fueron protocolares: ha logrado que a casi nadie le importe Argentina y a muchos resulte cansador escuchar sus promesas y quejas.

Se le conoció en estos días una hasta ahora oculta vocación fascistoide a nuestro ministro de Economía: tildó de “antiargentinos” a quienes no confían en los congelamientos. ¿El gobierno se radicaliza o solo hace fulbito de campaña?

Sin autoridad ni un eje que lo ordene, el ejecutivo patina ante cualquier problema complejo que se le presente: sea la Resistencia Mapuche, la inflación o la deuda; generando rechazo tanto entre quienes quieren que se radicalice, como en los que aún esperan de él moderación.

El Sumo Pontífice se autoinvitó a IDEA para hacer una apenas disimulada autocrítica del pobrismo y celebrar el rol empresario. Una señal que Alberto Fernández desaprovechó en su cierre, pero que puede desalentar más locuras de parte de Cristina y sus seguidores.

Qué bien que estábamos cuando pensábamos que estábamos mal, con funcionarios que no funcionaban, pero al menos no te amenazaban. Con la buena de Sabina haciendo chistes de mal gusto sobre la inseguridad, pero al menos no provocando aún más miedos de los que ya atraviesan a la sociedad.

En medio de la debacle, dirigentes oficialistas siguen actuando como si tuviera aún validez la máxima según la cual “el peronismo es el único capaz de gobernar”. Mientras en la oposición crece un ánimo opuesto, y no menos conocido: “el peronismo debe sucumbir para que Argentina encuentre una salida”. ¿Vamos camino a una polarización extrema?

Este lunes medio gabinete respaldó, con su presencia, el lanzamiento de un programa de reconversión. Los debates sobre cómo “modernizar” nuestro régimen laboral dividen al kirchnerismo y agitan también a la oposición.

Alberto Fernández está por momentos ido, y de a ratos vuelve a gritar, pero nadie lo escucha. La Vicepresidenta, hiperactiva, se mete en todo, prueba todos los botones, a ver si algo de milagro funciona para evitar la catástrofe electoral. Pero el desafío más grave que enfrenta no es el 14, sino que el 15 deberá seguir gobernando. ¿Podrá?

El oficialismo quiere retomar la campaña, como si no hubiera pasado nada. Esconde a sus candidatos, incluso al presi y la vice, detrás de dos “nuevos” voceros, Aníbal Fernández y Juan Manzur, que difícilmente puedan recuperar muchos votos y, menos que menos, poner orden en el gobierno.

La impasse en la crisis del FdeT tiene fecha de caducidad: 14/11. Y prueba, encima, que Cristina seguirá siendo Fernández: no tiene mucho más que a Aníbal para sumar al gobierno, y su destino seguirá atado al de Alberto. Mal que le pese, no hay vía de escape.

¿Una saltimbanqui irresponsable, guiada por el orgullo, puede reprocharle al presidente comportarse como un alienado y un autista? Son el hambre y las ganas de comer. 

¿Podrá el oficialismo recomponerse de acá a noviembre, repitiendo el logro de Macri de dos años atrás? Por como viene haciendo las cosas, y por la complejidad de su interna, parece difícil el camino de la recuperación.

Una Vicepresidenta que se autopercibe reina y un Alberto Fernández por completo “camporizado” apelaron, en el cierre de campaña del FdeT, al Perón más problemático de los ´70: el que para volver al poder engendró una criatura que resultó una trampa mortal. Aunque a continuación llamaron a un gran acuerdo nacional. ¿En qué quedamos?

El Frente de Todos llega a la votación golpeado, ganado por el desánimo, pero unido. Habrá que ver si esta unidad le alcanza para retener la primera minoría electoral. Lo que depende también de cuántos fuguen en la oposición hacia terceras fuerzas, el voto en blanco o la abstención.

Si hay que elegir entre sexo, drogas y rock and roll o los dislates presidenciales, se entiende que no poca gente prefiera quedarse en su casa. Alberto se prepara mientras tanto para descargar en otros, hacia arriba y hacia abajo, la responsabilidad por un mal resultado.

El presidente intentó mostrar un rostro más sensato en Tecnópolis y en alguna medida lo logró. Aunque insiste en echarle la culpa de todo a la oposición, algo que había prometido no hacer, y en plantear argumentos inconducentes, como el que ignora que los proyectos autoritarios suelen necesitar de títeres.

Se entiende la alarma de Cristina Kirchner: el Presidente está como bola sin manija, y por más que se le haya prohibido volver a pisar suelo bonaerense, sus constantes papelones siguen dañando las chances electorales del oficialismo. ¿Qué harán, si no logran “intervenirlo” para frenar su afán autodestructivo?

El presidente está repitiendo el recorrido de Massa: no lo quieren ni los peronistas, ni los K, ni los no peronistas. No le creen ni los moderados ni los radicalizados, ni la izquierda ni la derecha. De ser el vehículo de los K para llegar a votantes “blandos”, se ha convertido en un motivo de desconfianza.

En pocos días los dos máximos referentes del oficialismo le hicieron más daño a sus chances electorales que toda la oposición junta: Cristina no deja de horadar la poca autoridad de Alberto, y este cada día está más enojado y desorientado. Ambos tienen razón de estar “nervioshos” por las encuestas.

¿El oficialismo puede perder la elección por las fotos del escándalo? Si esa revelación termina siendo gravitante será ante todo porque el gobierno ya viene cascoteado desde antes por múltiples errores, en particular del propio presidente, y el FdeT está más dividido de lo que quiere admitir.

Lo peor que revelan las fiestas en Olivos es la compulsión del presidente a mentir sobre lo que hace y lo que piensa. El interminable papelón que de eso resulta preocupa cada vez más a Cristina Kirchner y al peronismo. “¿Qué hacer con Alberto?”, es la pregunta que más los desvela.

Las encuestas muestran un fuerte clima de desánimo, del que el gobierno nacional parece decidido a sacar provecho, mientras la oposición todavía no encuentra la forma de combatirlo.

La campaña de JxC empezó a los tiros, pero la oportunidad de fortalecer la coalición aún existe. Manes y Morales insisten con los cascotazos. ¿”Nueva política”, personalidades tóxicas o challengers desafiantes?

 

El registro de entradas a la Quinta de Olivos es la perlita que faltaba en una larga ristra de papelones presidenciales que están debilitando gravemente nuestras instituciones. Cristina lo puso ahí, y ahora no sabe cómo desentenderse.

El Frente de Todos podrá hacer muchas cosas mal, pero hay algo en lo que no ahorra esfuerzos, ni recursos públicos: mantener unido al peronismo. Las próximas elecciones pondrán a prueba su rendimiento electoral, cuando nada más funciona.

Dos formas de “hacer política” se van a medir en las PASO y las legislativas. Cada una tiene sus complicaciones y peligros, por más que sus respetivos estrategas traten de disimularlos.

Lo que Cristina estuvo barruntando en estos días fue si le intervenía definitivamente la gestión a Alberto ahora o después de las elecciones legislativas de noviembre.

 

Dirigentes e intelectuales domésticos se amoldan, resignados o con entusiasmo según los casos, como si fuera un precio módico por “conquistas populares” que es difícil identificar.

 

El presidente reaccionó a las protestas contra la dictadura castrista con el manual de su canciller: “En el peronismo, se premia al que se hace el boludo”, máxima que ambos aplican, tal vez, ya a demasiados asuntos.

El gobierno no logra evitar que en la campaña electoral se filtre la preocupación por lo que se nos vendrá encima cuando ella termine: Ignacio Copani y su “lo atamos con alambre” sirven para anticiparlo.

El gobierno inició una guerra que parece estúpida, pero no está tan mal pensada: provee nuevos culpables de aquello a lo que no le halló solución, e identifica a la oposición con “los antiargentinos que se quieren ir”, “por odio”, no porque el país los esté expulsando.

La reapertura de paritarias es, junto a la suba del gasto en planes y subsidios, lo más prometedor que veremos en estas elecciones. Revela también la sesgada relación que el oficialismo tiene con los trabajadores, y su falta de perspectivas.

Las elecciones de este año pueden tener una triple significación: que cambie la relación de fuerzas entre gobierno y oposición, entre sus respectivas facciones internas, y entre sus viejos líderes y los aspirantes a sucederlos.

Hasta aquí, irremplazable vocero de su gobierno, el presidente consume lo que le queda de credibilidad y complica la difícil tarea del FdT de encontrar candidatos que no estén quemados ante la opinión pública.

El declive del oficialismo aceleró la puja por las candidaturas en la oposición, tanto para este año como para 2023. Y avanza también, junto a esa pelea, un debate más interesante sobre el mejor camino para no volver a fracasar.

Como si hubiera estado de vacaciones en Marte, nos brinda indudablemente bienintencionadas recomendaciones morales sobre lo que "debe hacerse". No pertenece realmente a este mundo, habla y actúa desde el Olimpo

 

El Presidente se ha lanzado a una competencia peculiar con Cristina, Kicillof y compañía por ver quién debilita más su autoridad presidencial. El desorden oficial se agrava y la expectativa de que la campaña lo contenga se debilita. ¿Qué puede hacer la oposición?

La apuesta oficial a la memoria de corto plazo puede volverse en su contra. Mientras, rompimos la marca de las 80.000 muertes, y todo hace pensar que superaremos las 100.000 al inicio de la campaña, pero las autoridades siguen sin mencionarlas.

 

En materia de comunicación su “periodismo militante” y la denostación de los medios independientes llegan a nuevas cumbres del ridículo.

Alberto y Kicillof retoman esa guerra esperando que les permita lavarse las manos del desastre sanitario. Y entendiendo, además, que a los votantes debe bastarles con saber lo que ellos tienen para enseñarles.

La política brasileña parece camino a recuperar el rasgo que por largo tiempo la caracterizó, y del que tanto hay para aprender: la disposición al acuerdo entre moderados.

Un gobierno frívolo apuesta a que, cerrando todo, se esfumen no solo los contagios y muertes, sino sus demás problemas: la inflación, la protesta agraria, la fuga al dólar, la decepción de su propia militancia.

Volvió a la escena Martín Soria, el Guillermo Moreno del sistema judicial. Con un proyecto que busca, en concreto, anular límites constitucionales contra el abuso de poder por parte de mayorías circunstanciales.

¿Será el “ministro de la deuda”, como ahora lo quiere presentar el presidente? ¿O, como le tiene preparado Cristina, será quien administre el feroz ajustazo poselectoral, para luego ser desechado?

Las encuestas alientan a Cristina, Axel y La Cámpora a aumentar como sea el gasto público, en particular los subsidios que se destinan al Conurbano, al precio de generar más adelante una catástrofe de inflación, recesión y default.

Si los subsidios del kirchnerismo han sido “pro ricos”, ¿entonces la política tarifaria de Macri no lo fue, fue “pro pobres”? El asedio del kirchnerismo duro sobre Guzmán se alimenta de su fracaso en controlar la inflación, pero también del deseo de gastarse los pesos que él juntó.

Controles absurdos en los accesos hacia el conurbano y un público respaldo al okupa Basualdo. El gobernador hace un culto del comportamiento irresponsable en asuntos delicados, en los peores momentos.

Ante el descrédito que sufrió por haber querido cerrar las escuelas, cedió frente al jefe de la ciudad. Pero mientras tanto se le complicó el manejo de las tarifas, donde un subsecretario “incompetente” le está esmerilando su ya cascoteada autoridad.

El gobierno se enfoca en atajar el virus y lo hace bastante mal. Mientras tanto, abandona la economía a su suerte: el ministro terminó de desdibujarse con el 4,8% de inflación de marzo y no hay reemplazo a la vista.

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