Eduardo van der Kooy

La renuncia de Roberto Feletti implica que Cristina Kirchner descree del camino que ha tomado el ministro de Economía. 

El Presidente ensaya relanzamientos del Gobierno. Le sigue dando poder a Guzmán. Participó de un acto sindical que desnudó su debilidad. 

A cambio de un resarcimiento económico, Alberto Fernández está a un paso de ser sobreseído por la fiesta de cumpleaños de Fabiola Yáñez en Olivos en plena cuarentena. El interrogante sería hasta dónde continúa calando la rabia y la decepción en la sociedad. 

Alberto visitó España, Alemania y Francia. Pero su discurso dominante navegó la crisis con Cristina y el Frente de Todos. Dio un fuerte respaldo al ministro Guzmán, jaqueado por la inflación y el kirchnerismo. 

La ofensiva kirchnerista contra Alberto sigue creciendo. Hay un eje principal: la economía y el FMI. También, el Poder Judicial. El Presidente decidió aferrarse a Guzmán. Nadie sabe cómo se sostendrá esa unión. Ni cuánto durará. 

Escala la pelea entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner. Mensajes fulminantes y un desenlace incierto. No estaría en el espíritu de la vicepresidenta forzar una situación que habilite la línea sucesoria. 

El ministro es su símbolo político de autonomía. Todas las voces críticas responden a Cristina, quien se ocupa de empujarlo hacia las sombras. 

El espejismo político posterior a las Pascuas duró una semana. Andrés Larroque fue el encargado de evidenciar las diferencias. Y habla, sin dudas, en nombre de la vicepresidenta y La Cámpora. 

La idea de la vicepresidenta es bloquear la Magistratura. Y dificultar la tarea de la Corte y de su titular, Horacio Rosatti. 

El más llamativo de los gestos fue la propuesta de normalizar las relaciones diplomáticas con Venezuela. El viaje de un Martín Guzmán fortalecido para reunirse con el FMI y el pleito con la Corte Suprema por el Consejo de la Magistratura. 

Alberto Fernández necesita darle consistencia política al Gobierno para intentar aplacar la crisis económico-social. De romper con el kirchnerismo a someterse a los deseos de Cristina. 

La avanzada de Martín Guzmán llegó luego de dos conversaciones con Alberto Fernández. El Presidente reagrupa a los funcionarios que lo defienden. 

La guerra interna en el Gobierno está en su apogeo. El kirchnerismo no cederá hasta que el Presidente cumpla condiciones. Cambiar el equipo y la política económica. ¿Alcanzará con eso? 

Las manifestaciones de las organizaciones de izquierda y piqueteros cuentan con cierta complacencia del kirchnerismo. 

Hubo reflejo en las movilizaciones piqueteras y en el sindicalismo. La inflación que se dispara es otro motivo de discordia. Crecen los síntomas del descontento social. En medio del juego asoma Massa. 

Comprueba que las cosas ya no son como antes de las elecciones de 2021. Y tras el retroceso dentro del Frente de Todos que implicó su revés en el Congreso por el acuerdo con el FMI, busca iniciar un “plan político de recuperación”. 

La Cámpora no digiere el acuerdo con el FMI. Cristina tampoco. Piden la cabeza de Guzmán para restablecer cierta armonía. El Presidente no piensa ceder. Se apoya en el amplio respaldo que recibió en el Congreso. 

Ante los embates del kirchnerismo duro, el Presidente reclama unidad aunque dice tener autonomía para tomar decisiones. La postura con el FMI y su proclamada guerra contra la inflación que no arranca lo dejan en una posición cada vez más incómoda. 

El Presidente logró el apoyo para el acuerdo con el FMI, pese al boicot de Cristina. En ese contexto de fractura promete batallar contra la inflación desbocada. Ninguno posee músculo político para independizarse del otro. 

El Presidente anunció una tardía guerra a la inflación. Con el Frente de Todos, partido y en estado de diáspora, las ideas parecen ser las mismas que ya fracasaron. Quiénes lo acompañan y a quién escucha Cristina Kirchner. 

El Senado debe convalidar el acuerdo con el FMI. Lo ocurrido en Diputados trajo alivio al Presidente y dejó en incómoda posición al kirchnerismo. Nadie sabe cómo seguirá la coalición oficial. Ni qué le espera al futuro de la vicepresidenta. 

Su comportamiento en Diputados hizo recordar a la figura de Domingo Cavallo. La reunión de Massa con los bloques de Juntos por el Cambio no disipó casi ningún interrogante. 

El Gobierno fue elevando su dureza con Rusia por la invasión a Ucrania a medida que se acercó el cierre con el FMI. En la ONU desplegó ese plan. El acuerdo debe ser validado por el Congreso. Hay diáspora en el oficialismo y la oposición. 

La simulación de equilibrio fuerzas en el oficialismo a esta altura vale poco. El ataque forzado al macrismo y la evidencia de una oposición dividida que salvó al mandatario del naufragio con su mensaje latoso y chato. 

Con desesperación el Gobierno terminó evitando el default. Logró un entendimiento básico con el FMI. Quedan muchos desafíos por delante. La decisión fortalecería a Alberto y su grupo. Ante la mirada interpelante del kirchnerismo. 

¿Alguien se imagina a ex funcionarios del Fondo Monetario viajando para declarar ante la jueza Capuchetti? 

Así no puede haber arreglo, soltó la vice delante de Guzmán. La negociación con el FMI y los vaivenes de la política exterior acentúan diferencias en el Gobierno. Una, es la relación con Washington. La cumbre Cafiero-Blinken no conformó a los K. 

La jefa del PAMI es intocable, muy cercana a Cristina y Máximo Kirchner. 

El kirchnerismo quiere impedir que el presidente del Tribunal controle también la Magistratura. Planea una ofensiva contra los cuatro jueces, que incluye una marcha. Busca renuncias y la ampliación del número de miembros. 

Las internas en el Gobierno y la oposición dificultan la principal exigencia del FMI: consenso detrás del posible acuerdo. La gestión oficial es deficiente. Guzmán nunca termina de convencer. Cristina lo escucha cada día con mayor desconfianza. 

Si bien por ahora no repercute en el sistema de salud, el altísimo nivel de infectados afecta la asistencia a los lugares de trabajo y por ende a la producción. Lo que pasa en Europa y un Gobierno otra vez atrapado en la quietud. 

Pese a la tremenda crisis socio-económica y otro feroz brote en la pandemia, el Gobierno y la oposición parecen ocupados con otras cosas. Acusaciones de espionaje o artilugios para vulnerar una ley que impedía más de dos mandatos a intendentes bonaerenses. 

La clase política aparece con una agenda encapsulada. Lo muestran la renovada presión tributaria o el debate por la re-reelección de los intendentes bonaerenses. 

Horacio Rosatti deslizó una crítica a la idea de la persecución política. Existe un interés renovado del Gobierno y del kirchnerismo de avanzar sobre el máximo tribunal. 

La vicepresidenta coloca como prioridad su agenda judicial por las causas de corrupción. De allí la batalla contra la Corte Suprema. El diputado hizo naufragar la sesión por el Presupuesto. Complicó a Alberto, a Guzmán y al acuerdo con el FMI. 

Debía asumir en marzo, se postergó para diciembre y ahora asoman trabas legales. Las desconfianzas tras la derrota electoral, los cambios en el Gabinete de Kicillof y el traspié de Cristina de abroquelarse en la Provincia. 

Cristina retomó con el acto en la Plaza el eje del poder en la coalición oficial. Impuso agenda y condiciones al Presidente. El acuerdo con el FMI divide aguas. La vice resiste. Alberto pregunta qué otra alternativa habría para no arriesgar la gobernabilidad. 

Tras la doble derrota electoral el kirchnerismo vuelve a aplicar la receta de la radicalización política. La reunión “difícil de entender” con Martín Soria y la debilidad del Gobierno en el Congreso para avanzar contra la Justicia.

La vice celebró su último sobreseimiento. También, el procesamiento contra Macri. No sólo la inquieta el incierto rumbo del Gobierno ante la grave crisis. Además, le reprocha al Presidente falta de compromiso con sus causas de corrupción.

En su última carta, la vicepresidente le reclama a la oposición ser parte del posible acuerdo con el FMI, una agenda mucho menos confortable que la sola resistencia al kirchnerismo. Busca potenciar la interna en JxC. 

Mientras la pelea con el kirchnerismo no cesa, el gobierno de Alberto Fernández deambula e improvisa decisiones ante la crisis económica. La vicepresidenta logró su tercer sobreseimiento del año. 

El repudio sin fisuras no permite enmascarar la realidad inquietante de la intolerancia. El constante desafío a periodistas como caldo de cultivo para grupos marginales. Y el contexto de la violencia en la Patagonia y los ataques narcos en Rosario. 

La semana pos electoral fue una simulación. El Presidente la utilizó para intentar fortalecerse. Ninguno de los problemas graves de agenda fue abordado. En el oficialismo y la oposición sólo se esperan los gestos de la vicepresidenta. 

Las transfiguraciones políticas del Presidente le quitan confianza y previsibilidad a su gestión. La relación con la oposición y el tironeo del frente interno. La apuesta al acto de Plaza de Mayo y el diálogo con Máximo la noche que festejó la derrota. 

La pérdida del control del Senado afecta a la vice, pero es difícil que el Presidente capitalice el traspié: se renueva la incertidumbre por los dos años que faltan.

Los resultados modificarán el mapa del Congreso y forzarán una reconfiguración del Frente de Todos. El vínculo del Presidente y Cristina es la mayor incógnita. Todo, en medio de una crisis económico-social devastadora.

Sin ningún logro destacable, el Presidente celebró su breve encuentro con Joe Biden. Mientras, el kirchnerismo duro arremetía contra el futuro embajador de los Estados Unidos. La recta final de una elección perdida y los misterios del día después.

La catarsis de las PASO no atenuó la bronca social. Lo registran todas las encuestadoras. El que se vayan todos dominó una masiva protesta en Rosario, mientras Aníbal y Berni intercambian chicanas.

Acusó a la oposición de estar “en contra de los intereses del pueblo”. El “plan platita” no funciona y La Cámpora sacó a la cancha al ministro que más resiste. El doble mensaje del posible acuerdo con el FMI.

No hay aún evidencia de un cambio en el humor social. Se desentiende de la lucha contra el delito. Y desprotege a la Patagonia de grupos violentos. El quiebre político interno se profundiza.

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