Claudio Jacquelin
Equilibrio es la palabra de la hora. Alberto Fernández la explicitó en su primer discurso de apertura de sesiones ordinarias, pero también atravesó tácitamente todo el abundante contenido desarrollado a lo largo de los 80 minutos. Un propósito, sin dudas, ambicioso.
"Un reparador". Esa es la definición que más le gusta de sí mismo a Alberto Fernández. "Es que yo no vengo a refundar nada, sino a reparar lo que está dañado y cerrar grietas", suele explicar el Presidente.
Igual que en los contratos, siempre hay que mirar en los comunicados oficiales la letra chica y los párrafos opacados por los títulos y las primeras líneas. El pronunciamiento del FMI sobre la situación de la deuda argentina son dos cucharadas de miel y una de limón (concentrado) para el Gobierno.
La política argentina ofrece una composición sin precedente, que expone a diario su indisimulable fragilidad. El bicoalicionismo en el que ha quedado conformado el mapa transita sin demasiadas certezas y con muchos sobresaltos, en medio de las enormes dificultades económico-financieras y de la ausencia, aún, de progresos en cuestiones sustantivas.
El Gobierno se parece a un hospital de campaña en el que cualquier síntoma de mejoría en los casos más graves entusiasma como si pudiera desatarse un efecto contagio en sentido virtuoso.
El período de gracia no es eterno. Al Gobierno le está llegando la hora de empezar a mostrar resultados económicos de su gestión. El objetivo es regido por los principios de la navegación a vela: lograr la mayor sustentación con la menor resistencia. No es sencillo.
Antes de cumplir un mes como gobernador Axel Kicillof comprobó los duros límites de la intransigencia. O del sectarismo.

