Política

Clave será febrero para Alberto Fernández. A su juicio, la vuelta de su viaje por Rusia y China viene con respirador para oxigenar su gobierno y esa criatura propia que no termina de alumbrarse desde que llegó a la Presidencia: el "albertismo". 

Los técnicos del Fondo no ceden a los pedidos de Martín Guzmán y por eso la Cancillería ensaya una vía de negociación distinta con Washington. 

La utilización de la pandemia para la confrontación política exhibe un nuevo gesto de indiferencia ante el dolor de la sociedad

Demasiado calor. Demasiados cortes de luz. Demasiado déficit fiscal. Demasiado dólar blue. Demasiadas idas y vuelta con el FMI. Demasiada inflación. Demasiados espías sueltos. Demasiadas diferencias en la oposición. Demasiados contagiados por COVID. Visto así, parecería más un país de abundancia que de escasez. Claro, abundancia de lo negativo, pero abundancia al fin. 

Le bastaron tan solo dos movimientos a la vicepresidenta para malograr los intentos del mandatario por cerrar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional 

¿Quiere la vicepresidenta un pacto con el FMI o prefiere la ruptura para quedar bien con la tertulia de su café literario? 

La jefa del PAMI es intocable, muy cercana a Cristina y Máximo Kirchner. 

El presidente pretende dar lecciones de multilateralismo pero se enreda con una sarasa aún más peligrosa que la de Guzmán: queriendo presionar a EEUU se acerca a China y Rusia, pero no lo toman en serio ni acá ni allá. 

Las señales que pasa el jefe de Gobierno porteño: va por ampliar acuerdos, se aleja de María Eugenia Vidal y se independiza de Mauricio Macri. 

No todo lo que brilla es oro: el crecimiento económico como meta de la política kirchnerista quizás oculte un peligro 

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