Opinión

 

Las especulaciones respecto de cómo podría evolucionar en las próximas semanas la negociación en curso con el Fondo Monetario Internacional no dejan de crecer y todo hace suponer que, conforme transcurran los días y nos acerquemos a la última semana del mes de marzo, no habrá análisis de la situación política y económica de nuestro país que no ponga el mayor énfasis sobre el tema.

 

El país necesita un cambio de timón urgente, y mucha suerte, para evitar que la película de suspenso que ha venido protagonizando se transforme en una de terror

 

Estamos en la Argentina atravesando la etapa más difícil que le puede pasar a un país; la que puede denominarse “la era de la estupidez”. Etapa que se caracteriza cuando todas las voces públicas demuestran que no solo la política, gobierno y oposición, sino la sociedad toda está “en cualquiera”, mientras que el país se desliza raudamente hacia el penúltimo episodio de una catástrofe en cámara lenta, que lo ha desfigurado cruelmente.

 

Necesitamos trabajo, inversión e incentivos a la acción privada son prioridad. Si dejamos que nos sigamos engañando, terminarán quedándose con el futuro que alguna vez imaginamos tener y que hoy parece cada vez más inalcanzable

 

El gobierno - sus elementos más prudentes, interesados en llegar a un acuerdo con el FMI- considera que la visita del canciller Santiago Cafiero a Washington aportó algo a ese objetivo.

 

En noviembre marchó para celebrar la derrota electoral y ahora amenaza con apoyar una marcha contra la Corte Suprema; las marchas son los San Perón del siglo XXI

 

 

Lejos de contribuir a apaciguar los mercados, el Presidente y el ministro los agitaron aún más al hacerles sospechar que la temida ruptura con el FMI podría ser inminente.

 

Los viajes del Presidente Alberto Fernández a Moscú y Beijing en la primera semana de febrero, son centrales para la política exterior y económica.

 

La sociedad argentina vive hace siete años llevando a cuestas una pregunta. ¿Cómo fue que mataron al fiscal Alberto Nisman? 

 

Es probable que nunca sepamos con precisión cómo ocurrió la muerte de Alberto Nisman, pero la hipótesis del suicidio es tan absurda que no merece consideración. Sostener que fue asesinado no implica imputar la autoría a nadie en particular.

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