Sábado, 29 Agosto 2020 21:00

Alberto Fernández busca un nuevo libreto, sin irritar a Cristina Kirchner - Por Martín Rodríguez Yebra

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El cronograma que trazó Alberto Fernández ante la irrupción inesperada del Covid-19 contemplaba una secuencia lineal: primero derrotar al virus, después enfrentar sus consecuencias. Lo convirtió casi en un dogma humanitario, sintetizado en aquello de "salvemos las vidas que ya habrá tiempo para pensar en lo material".

 

El éxito que alguna vez llegó a proclamar el Presidente se revela hoy como un espejismo. Los estragos socioeconómicos de la pandemia y la cuarentena asoman con la urgencia de lo impostergable, mientras los contagios están fuera de control. El Gobierno se resignó a buscar un nuevo libreto ante el peligro de ahondar una desconexión con las preocupaciones ciudadanas que registran las encuestas de opinión pública desde junio.

Se acabaron los anuncios didácticos y los tirones de orejas a la gente por no cuidarse. El "quedate en casa" es un eslogan gastado después de medio año. La cuarentena existe y seguirá, pero ya no debe ser el eje principal de su intercambio con la población, se decretó. Fernández aceptó el riesgo de la contradicción al autorizar las reuniones sociales al aire libre el día en que la Argentina acecha rampante el top 10 mundial de infectados. Despachó tres semanas más de aislamiento con un mensaje de cinco minutos por redes sociales y con filminas que pasaron como un suspiro.

El giro obedece no tanto a las diferencias crecientes con Horacio Rodríguez Larreta, que agrietaron el "pacto del Covid", sino al diagnóstico de que el Gobierno está perdiendo empatía con la sociedad. Se lo han advertido al propio Fernández dirigentes del peronismo a los que el aislamiento no les afectó el sentido del olfato político.

Una señal de alerta fue la despreocupada e inexplicada foto con la familia Moyano, sin barbijos ni distanciamiento social, en momentos en que se le reclama a la ciudadanía no visitar a familiares ni amigos.

Pero el cénit de esa disociación se alcanzó con la reforma judicial. El proyecto que Fernández presentó como su legado personal a la transformación institucional argentina quedó convertido en un instrumento de los intereses particulares de Cristina Kirchner. La sesión virtual del Senado que derivó en su aprobación resultó un sainete que terminó con un festival de nuevos cargos creados de viva voz a la luz de la medianoche.

La reforma que la propia Cristina despreció en público ya no es prioridad para Fernández. La dejará madurar en la Cámara de Diputados a la espera de los votos que le faltan, pero sin voluntad de derrochar más capital político en su defensa. Su prioridad de estas tres semanas en que no tendrá que pensar en cómo extender la cuarentena consiste en reconectar con la agenda social, que es una forma de volver a pensar en sí mismo como líder político.

Guiño a Cristina Kirchner

En el altar de la unidad del Frente de Todos ya sacrificó buena parte de su atractivo como dirigente. Es decir, la capacidad de saltar la grieta y resultar atractivo para una buena porción de los votantes que rechazan a Cristina Kirchner.

La pandemia la dio la opción de diferenciarse. De construir un espacio de concordia con sectores de la oposición, encarnados principalmente en el jefe de gobierno porteño. Pasó. Tampoco se tentó con quienes le ofrecían armar el "albertismo". En cada curva dobló hacia donde avanzaba su vicepresidenta. Difícilmente deje de hacerlo.

No fue casual que el viernes cristalizara su alejamiento de Larreta con una declaración sobre "la Buenos Aires opulenta" que, según dijo, lo llena de "culpa". Una carga que se supone en extremo dolorosa para un tradicional vecino de la Recoleta y, últimamente, de Puerto Madero. Cristina -que vive e invierte en los mismos barrios- se había anticipado hace tiempo cuando denunció en La Matanza que en la Capital iluminaban "hasta los helechos".

Si la mímesis con su mentora le quita atractivo político y electoral, le queda adentrarse en el sendero de la administración de la crisis socioeconómica para tallar su liderazgo personal.

La semana que empieza se lo verá al frente del gran anuncio de las 60 medidas (serán algunas más) con las que apunta a reactivar sectores clave de la economía, como la construcción, el turismo y la industria liviana. Es en general un compendio de incentivos estatales enfocados en el corto plazo.

El avance de la pandemia en tiempo real    

"Será ante todo una señal de oxígeno, no un plan económico", señala un funcionario involucrado en la danza de papers que van y vienen en estas horas hasta las oficinas de la Jefatura de Gabinete a la espera de completar el paquete definitivo.

La idea es acompañar con un impulso a la economía real el resultado que se descuenta alentador del canje de deuda y antes de las noticias seguramente menos atractivas que impondrá la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Recaudar más y gastar menos, claves para alcanzar el acuerdo, solo pueden significar decisiones impopulares.

En el equipo económico, con Martín Guzmán fortalecido, se enfocan primero en la difícil administración del desastre que dejó el coronavirus y (aunque nunca lo admitirán) la cuarentena sin fin. Lo más parecido al plan por escrito que prometió alguna vez el ministro es el proyecto de presupuesto, fruto de tensiones internas infinitas en estos días.

La parálisis de la actividad contuvo el alza de la inflación, el empleo se sostiene a fuerza de prohibiciones, los dólares se esfuman a pesar de los cepos. Ese efecto del aislamiento influye en la resistencia de Fernández a las presiones para flexibilizar más. "Es como desactivar una bomba. Hay que ir con cautela y cortar el cablecito indicado o todo vuela por los aires", señala una fuente del equipo económico.

Plan de seguridad

Otra consecuencia grave de la depresión económica es el rebrote de la inseguridad, con focos muy preocupantes en el conurbano. La advertencia de Eduardo Duhalde sobre el golpe de Estado y "la anarquía con olor a sangre" resultó caricaturesca, pero el trasfondo de una crisis profunda en el bastión principal del kirchnerismo es algo que ocupa las charlas de la residencia de Olivos desde hace días.

El martes, casi al mismo tiempo que las declaraciones de Duhalde impactaban en los medios, Fernández avanzó en una reunión de palacio los lineamientos del plan de seguridad que piensa anunciar esta semana. Estaban los intendentes Juan Zabaleta (Hurlingham), Martín Insaurralde (Lomas de Zamora), Jorge Ferraresi (Avellaneda) y Fernando Espinoza (La Matanza), además de varios de sus ministros y el gobernador Axel Kicillof.

Los intendentes resaltaron el creciente malestar que afecta directamente a sus votantes. "No podemos dejarle esa bandera a la oposición para el año que viene", dijo uno de ellos. Es la misma lógica que siguió Cristina al ubicar a Sergio Berni en el Ministerio de Seguridad. El conurbano requiere un sheriff, no intelectuales ideologizados.

Lo que Fernández prometió es una inversión del orden de los 8000 millones de pesos para comprar patrulleros, cámaras y botones antipánico, más la refacción de comisarías y la construcción de más módulos carcelarios. Pragmatismo puro para un gobierno que pagó costos altísimos por promover la liberación de presos al inicio de la pandemia.

El deterioro de la situación social genera un pánico inconfesable en el oficialismo. Kicillof lleva a menudo a Olivos su inquietud por las tomas de tierras. El paro de los ferroviarios por las ocupaciones en tierras por donde pasa la línea Mitre fue otra señal de alarma proveniente del interior del peronismo.

Septiembre amanece como una vuelta a empezar para Alberto Fernández. El virus sigue imparable. Cristina está, según dijo en el Senado, en su "mejor momento". Al menos, en cuanto a su dominio del tablero político. Como al principio, al Presidente le urge revivir la economía. Lo mismo, pero peor. Con el país en un tobogán de deterioro y la política empecinada en descartar la medicina del acuerdo.

Martín Rodríguez Yebra

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