Domingo, 08 Noviembre 2020 11:37

El fantasma de una "guerra fría" entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner - Por Martín Rodríguez Yebra

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Alberto Fernández intenta administrar las cada vez menos disimulables tensiones con Cristina Kirchner; el caso Rafecas volvió a sacarlas a la luz

El Frente de Todos es un campo minado de desconfianzas. Las fallas de origen de una coalición cuya fuente de poder está fuera de la Casa Rosada, pero en la línea de sucesión ponen a Alberto Fernández ante un dilema fundacional antes de cumplir el primer año de gobierno.

El distanciamiento preventivo entre el Presidente y Cristina Kirchner se acentúa, pasada la digestión de la carta con la que la vicepresidenta pidió que no la hagan responsable de las acciones del Gobierno. El disimulo de la discordia se frustra con gestos de hostilidad que emanan desde tierras cristinistas.         

El reto mayor que debe superar Fernández consiste en demostrar que puede hacerse cargo de tomar decisiones, como le pide Cristina, sin que eso derive en una crisis en el oficialismo. Depende de variables que él no controla. Sobre todo, cuál es el papel que se reserva para sí la vicepresidenta en esta nueva configuración de la alianza gobernante: ¿se autopercibe como una actora pasiva que respeta las jerarquías institucionales o como la jefa de una facción que juzgará en última instancia qué se hace y qué no? Decidir no es mandar.

Fernández tanteó el agua con la defensa del pliego de Daniel Rafecas, su candidato a la Procuración General de la Nación. Estaba helada. A pesar de las señales de la oposición en favor de negociar un acuerdo para conformar la mayoría especial que requiere el nombramiento en el Senado, Cristina dinamitó los puentes.

María de los Ángeles Sacnun, una de las senadoras favoritas de la vicepresidenta, advirtió que el bloque del Frente de Todos avanzará con un cambio de la ley que reduce los requisitos para nombrar al procurador antes de considerar un candidato. "Rafecas no nos va a condicionar", advirtió, ante los dichos del postulante sobre su negativa a asumir si no cuenta con la aprobación de dos tercios de los senadores.

La tímida defensa de Rafecas que hizo al día siguiente la ministra de Justicia, Marcela Losardo, recibió otro misil amigo cuando Leopoldo Moreau la acusó con términos despectivos de no preocuparse de los temas relevantes de su área. En otras palabras, de lo que le preocupa de Cristina. La reprimenda a la socia histórica del Presidente por parte de un diputado del Instituto Patria -donde no florecen los librepensadores- descolocó a la Casa Rosada. ¿Es esta la tónica de lo que vendrá?

El fantasma de una guerra fría entre el cristinismo y la burocracia presidencial abre perspectivas inquietantes en un Gabinete loteado, donde a cada ministro lo secunda un controlador que reporta sin intermediación a la vicepresidenta o a su entorno. Las escaramuzas que traban la gestión son la comidilla diaria del poder.

Fernández se propone superar el affaire Rafecas sin heridas. Por ahora no dio el paso de alzar la voz para pedir en público que se apruebe el pliego y se congele la ofensiva kirchnerista para cambiar la ley sobre la Procuración. Hay un impedimento de base: no tiene los votos opositores que le permitirían avanzar con el proceso de designación. Habilitó todos los canales posibles para sumar voluntades, pero es un camino empinado.

Juntos por el Cambio se agrietó en este debate desde que Elisa Carrió giró para promover a Rafecas como un mal menor que evite una maniobra kirchnerista para encumbrar a un procurador militante. Mauricio Macri sigue estancado en el rechazo a un pacto que considera extorsivo.

A Fernández se le agota el tiempo para frenar el tren que puso en marcha el Senado. No pudo ralentizarlo siquiera en el almuerzo que compartió esta semana con Oscar Parrilli, senador y asistente personal de Cristina Kirchner.

Ella nunca se sintió representada por Rafecas, pero tampoco vetó la candidatura en origen. Le preocupaba remover como fuera a Eduardo Casal, el interino a quien ubica en el eje del lawfare. Ahora está llena de suspicacias. La actitud de Rafecas -que quiere ser nombrado por mayorías amplias- la hace dudar. En la mente de Cristina el procurador general debe representar los intereses del Poder Ejecutivo, como hizo en su gobierno Alejandra Gils Carbó. Descree de la lógica del Ministerio Público como un poder totalmente independiente, con razones similares a las que la llevan a despreciar la autonomía del Banco Central.

Es un cargo clave para sus "problemas judiciales" (una expresión que la irrita). El jefe de los fiscales es quien acusa ante la Corte Suprema, donde seguramente a la larga terminarán las causas por corrupción que la involucran a ella, a sus hijos y a muchos de sus exfuncionarios.         

El Presidente sí decidió poner la cara para pedir que se sancione de una vez la reforma judicial que presentó en julio como un hito por el que quería ser recordado. Cristina se la devaluó de palabra, pero hizo que se aprobara en el Senado. En la Cámara de Diputados los votos no aparecen y el jefe del bloque oficialista, Máximo Kirchner, parece ocupado en otras prioridades. El proyecto avanza con la celeridad del escrutinio en Nevada.

El peligro económico

Estos episodios reflejan un problema más grande para el futuro del Gobierno. La necesidad de un presidente capaz de trazar un rumbo claro se hace imperiosa para sacar la economía del estancamiento profundo y la zona de riesgo en la que se sumergió en los últimos meses.

El ministro de Economía, Martín Guzmán, logró en 10 días achicar la brecha cambiaria del 130% a un todavía crítico 80% y ganó oxígeno en la incesante interna con el presidente del Banco Central, Miguel Pesce. Ayudaron las señales que emitió sobre sus intenciones de achicar fuerte el déficit fiscal y ponerle un freno importante a la emisión.

Son dos condiciones de base para sentarse a la mesa de la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que se abre el martes. El proceso empieza con un clima más esperanzador para el oficialismo por el triunfo de Joe Biden en las elecciones de Estados Unidos. Fernández corrió a felicitar al candidato demócrata apenas se le dio por ganado el estado clave de Pensilvania. Aunque nadie se engaña: el éxito dependerá casi exclusivamente de los deberes que esté dispuesto a hacer la Argentina.

Es entonces cuando el caso Rafecas se mezcla con la economía. ¿Aceptará el kirchnerismo un programa que por mucho que se lo quiera disimular tendrá rasgos ortodoxos, en pleno año electoral? ¿Consentirá una fórmula de ajuste para actualizar las jubilaciones, recortes en la burocracia estatal y en los subsidios? El mensaje oficial al FMI es que el acuerdo será aprobado por el Congreso para darle mayor validez. Implica ante todo una señal de debilidad. La admisión de que solo el aval explícito de Cristina lo hará creíble.

A las palabras cautas que Guzmán transmitió a grandes empresarios y a las autoridades del FMI le siguen promesas de subsidios sociales millonarios que surgen desde la ANSeS o el PAMI (ambos feudos de La Cámpora) y el aliento a una campaña de "peronismo al palo" que piden los dirigentes territoriales que responden a la vicepresidenta.

Fernández, fiel a una costumbre arraigada en él, prioriza el equilibrio. Deja hacer a unos y a otros. Escuchó hasta el infinito esta semana invitaciones a armar una estructura propia. Nunca dice que sí. Aun así se preocupó por mimar a gobernadores e intendentes (sobre todo a los del conurbano, a quienes alentó a resistir la ley que impide la reelección indefinida). Todos jugadores inasibles; en tiempos de convulsión partidista aceptan toda ayuda y solo pagan al final, cuando está claro quién manda.

La vacuna virtual 

El respiro del dólar le permitió al Presidente retomar una agenda con pinceladas positivas. Eligió este momento para terminar con el aislamiento obligatorio en el Área Metropolitana y anunciar el desenlace inminente de la pandemia con la ilusión de la vacuna. Presentó la compra del antídoto ruso como si ya estuviera aprobada. Trazó un horizonte tan cercano para el operativo de inmunización que casi invitó a salir a hacer la fila.

Pese al desgaste que se le marca en el rostro, estaba envalentonado por algunas encuestas que muestran cierto repunte en la valoración pública de la gestión de la crisis sanitaria. Poliarquía, por caso, registró una suba de 3 puntos en su último sondeo (46%).

Fernández buscó ofrecer el viernes como un éxito lo que pasó estos ocho meses aunque el país esté entre los más afectados del mundo en contagios y en fallecidos por millón de habitantes, el derrumbe económico potenciado por la cuarentena resulte monumental y sigan muriendo casi 400 personas al día.

Apela a la teoría de la "memoria de pez". Que los ciudadanos evalúan a los gobiernos (sobre todo a la hora de votar) con el recuerdo de unos pocos meses. Si la vacuna devuelve la vida a sus cauces habituales, si Guzmán da en la tecla con el programa de estabilización, si el FMI acepta despejar el horizonte de la deuda, el 2021 podría significar un nuevo nacimiento para la administración Fernández.

Es una larga cadena de condicionantes que demandará como nunca liderazgos claros. Un bien escaso y en disputa en esta etapa de nueva normalidad del Frente de Todos.

Martín Rodríguez Yebra

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