Domingo, 14 Marzo 2021 05:52

La soledad de Alberto Fernández y la ansiedad del kirchnerismo - Por Martín Rodríguez Yebra

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El caso Losardo expuso al Presidente a otro fuerte desgaste de su autoridad; al entorno de Cristina Kirchner le preocupa el freno en la ofensiva contra el Poder Judicial

Lo ven más irritable de lo habitual. Despotrica contra opositores de segunda línea, se fastidia con críticas insignificantes en los medios, ha tenido algún cruce destemplado con dirigentes de su confianza. Desde que dejó caer a Marcela Losardo, su amiga y socia de toda la vida, Alberto Fernández experimentó como pocas veces antes el vértigo de la solitaria cima del poder.

La definición del próximo ministro de Justicia lo puso frente al dilema psicológico que lo atormenta desde hace 15 meses, que consiste en demostrar que no es el títere de Cristina Kirchner mientras se desvive por complacer a su vicepresidenta y mentora.

Reemplazar a Losardo, a quien el ala más radical del kirchnerismo consideraba demasiado endeble para afrontar una batalla abierta contra el Poder Judicial, significó ante todo una prueba de carácter. Acaso definitiva. Por lo que implica la ministra caída en términos humanos para él y por el peso simbólico del puesto en juego en el actual momento histórico. El Frente de Todos entró en estado de alerta.

El silencio se hizo más pesado con el correr de los días en blanco. “Es una decisión de Alberto”, despachó Máximo Kirchner a un dirigente de La Cámpora que lo llamó el viernes con la esperanza de enterarse quién sería el próximo ministro. Cerca de Cristina se reproducían respuestas similares. Ella no llama ni presiona; espera, explicó un dirigente de peso en el Instituto Patria. Ya lo dijo en su carta de octubre: “En la Argentina el que decide es el Presidente. Puede gustarte o no lo que decida, pero el que decide es él. Que nadie te quiera convencer de lo contrario. Si alguien intentara hacerlo, preguntale qué intereses lo o la mueven”. Era la segunda de sus tres “certezas”.

Hay una frustración indisimulada en la jerarquía kirchnerista que había celebrado el discurso presidencial del 1 de marzo ante la Asamblea Legislativa en el que se presentó como prioridad política la ofensiva contra la Justicia. “Declaramos la guerra y de inmediato nos quedamos sin general. El enemigo estará de festejo”, resumía una fuente del cristinismo.

El desconcierto animó charlas cruzadas entre referentes peronistas de buena relación con Fernández, incapaces de encontrar una explicación a la demora interminable entre la confirmación de la salida de una ministra y el anuncio de su reemplazo. Un gobernador del Norte, que lo quiere bien al Presidente, se sorprendió con el argumentó que recogió en la Casa Rosada: el manejo de los tiempos es una señal de autoridad. Una forma de jugar con la ansiedad ajena (¿de Cristina también?) y de mostrar que puede tomar la decisión cuando él quiera.

Curioso. Entre los propios amigos del Presidente que ocupan cargos en el Gobierno se acentuó estos días una sensación de amargura. Por la forma en que se deshizo de Losardo –más allá del premio póstumo de enviarla a una embajada plácida en París- y también por la constatación de que la necesidad constante de congraciarse con Cristina desdibuja el perfil distintivo de Fernández.

No contribuyen a mejorar esa imagen los actos de violencia que sufrió en su visita a Chubut, por parte de militantes antiminería. Alguien debió cuidarlo mejor para no arrojarlo a ese espectáculo inaceptable.

Tiempista

Sobre el final de la semana, se hizo explícita la idea de que no había apuro por concretar el reemplazo de Losardo, a quien siguieron llegando decretos para firmar pese a ser para todo el mundo una exministra.

De ser cierto el repentino “tiempismo” de Fernández no se explica bien qué lo movió a anunciar que Losardo se iba porque estaba “agobiada” en el cargo. ¿Por qué no la ratificó hasta tener lista la sucesión, como marca el manual de la política acá y en la China? ¿O es que la presión kirchnerista contra su socia era tan fuerte que solo con el anticipo de la cesantía pudo conseguir algo de sosiego?

Cualquiera fuera la verdad, resultó inocultable la dificultad para dar con el candidato indicado. Alguien capaz de aceptar un extenso pliego de condiciones. La política del área ya fue establecida en el discurso del 1 de marzo y en el alegato judicial de la vicepresidenta en la causa del “dólar futuro”. El ministerio tiene una estructura preestablecida. El número dos, Juan Martín Mena, se mueve como jefe, y el secretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla, es intocable. Otro ministro, Eduardo De Pedro (Interior), interviene en los tribunales con la libertad de un embajador plenipotenciario.

En términos de resultados, el puesto requiere conseguir aquello en lo que Losardo fracasó a ojos del kirchnerismo: operar de manera eficiente sobre los actores principales del Poder Judicial, sobre todo la Corte Suprema, para que una avalancha de fallos desmonte una a una las acusaciones de corrupción que pesan sobre la vicepresidenta, su familia y decenas de funcionarios de la anterior etapa kirchnerista.

Lo que complica todo un poco más es la dimensión política de la decisión. Hasta ahora cada salida del Gobierno contravino la regla básica del peronismo que dice “el que saca no pone”. Es decir, se fueron allegados de Alberto cuestionados por el kirchnerismo duro y entraron emisarios de Cristina. Si repite la lógica nada menos que en la cartera judicial, el Presidente se estará resignando a escuchar otra vez la hiriente teoría del títere. Necesita un soldado que se perciba como propio, pero sea capaz de involucrarse con las reformas judiciales con más entusiasmo que Losardo.

Un problema adicional que enfrentará la sucesión es que el ruido interno agigantó la barrera levantada en la Cámara de Diputados que impide la sanción de dos proyectos clave para la política judicial del Gobierno, como son la ley de la procuración general y la reforma del fuero federal, ambas aprobadas por el Senado.

Los diputados de Juntos por el Cambio definieron como prioritario privar al kirchnerismo de esas herramientas. Y cristalizaron un acuerdo no escrito con los referentes de Roberto Lavagna para evitar que el Frente de Todos alcance una mayoría circunstancial en esta materia. “Nos faltan por lo menos cuatro votos”, admite una fuente del bloque oficialista.

El kirchnerismo perdió el momentum de la Asamblea Legislativa. Se enfrió todo, en las dudas del casting albertista.

Liderazgos vacantes

En el otro extremo de la coalición de gobierno se lamentan los peronistas que esperaron infructuosamente que Fernández fuera la figura capaz de equilibrar el poder interno en detrimento de La Cámpora y el cristinismo puro. Gobernadores, intendentes, diputados y senadores comparten en secreto su frustración por la vacancia de conducción que permitió el regreso triunfal de políticas y formas modelo 2011.

Máximo Kirchner está a un paso de conquistar el PJ bonaerense, como parte de un plan más amplio de insertar a su organización en posiciones institucionales, con la convicción de que para dar batallas grandes (gobernaciones, la Presidencia de la Nación) tiene que “descamporizarse” al menos hacia afuera.

Nadie en el peronismo –salvo el quijotesco intendente Fernando Grey- se interpone en el camino de esa maquinaria de poder a la que el Presidente descartó incomodar.

Los gobernadores se limitan a conseguir el aval de Cristina para armar listas legislativas en las provincias sin interferencias. Tienen la promesa de que el juego de ella estará concentrado en Buenos Aires. Pero no duermen tranquilos todavía.

La urgencia electoral vuelve las miradas a Fernández y su influencia sobre las cosas terrenales que importan a la ciudadanía, más allá de los juegos de poder. Hay confianza en el oficialismo de que el precio elevado de la soja le va a permitir llegar sin sobresaltos financieros a octubre, pisando el tipo de cambio para que no se desboque la inflación. Poco a poco se asienta la idea de que Martín Guzmán tendrá que patear para después de las elecciones el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), como le pidió la vicepresidenta y como sugirió el Presidente ante el Congreso. El rebote de la actividad parece tan cantado como que la inversión seguirá buscando otros destinos.

La gran incógnita la aporta la crisis sanitaria del coronavirus. La carencia de vacunas, a pesar de los anuncios, agobia de una manera nunca confesada a los miembros del Gabinete. Hace casi dos semanas que no llega ningún avión con nuevas dosis. El temor a otra ola fuerte de contagios, de cara al otoño inminente, se acentúa. Las provincias empiezan a añadir nuevos grupos de vacunados para dar la sensación de que la cosa avanza. Pero los turnos se reparten a cuentagotas ante la demora en la provisión internacional.

La Casa Rosada insiste en que hará todo lo posible por no cerrar otra vez la economía. El desfase entre el ritmo del plan de vacunación y el cambio de temporada le impide prometer que no habrá confinamientos en el horizonte.

Debilitado internamente, con su autoridad dañada, a Fernández se le hace imperioso construir una narrativa exitosa de la gestión de la pandemia para ofrecer en la campaña. Hasta ahora todo es cuesta arriba. Más de 53.000 muertos, una cuarentena XL que llevó a dos dígitos la caída del PBI, los vaticinios incumplidos sobre el plan de inmunización y el escándalo de los vacunados de privilegio.

Hay tres urgencias: vacunar, vacunar y vacunar. El tiempo corre deprisa para el presidente de una coalición atípica, atado otra vez al karma de ofrecer a los argentinos un poco de la normalidad perdida.

Martín Rodríguez Yebra

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