Domingo, 23 Mayo 2021 12:32

Un confinamiento sin final a la vista y el miedo creciente al colapso - Por Martín Rodríguez Yebra

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Alberto Fernández giró para volver a la cuarentena, después de una fuerte presión de Kicillof; le aconsejaron extender más el encierro, pero prefirió esperar; las charlas clave con Larreta

Empieza a ser un rasgo distintivo de su personalidad como líder: Alberto Fernández se destaca por expresar en público lo que piensa justo antes de decidir lo contrario. Ese ejercicio involuntario de transparencia expone a menudo las internas del Frente de Todos, cierta improvisación administrativa y las dudas razonables que atormentan a un gobernante.

“Fase 1 no. La gente no lo resiste”, dijo Fernández el martes. Dos días después le anunció al país el regreso al confinamiento más férreo. Entre una y otra afirmación escuchó proyecciones apocalípticas y reclamos encendidos del sector más poderoso de su coalición. Y pudo corroborar que el miedo al desastre sanitario era generalizado cuando el jueves por la mañana habló por teléfono con Horacio Rodríguez Larreta y le anticipó lo que estaba pensando decretar.

Aquello de que “la gente no lo resiste” ejercía un fuerte contrapeso en la balanza de las dudas presidenciales. La sugerencia de los médicos que convocó el miércoles era “cerrar todo” por al menos tres semanas. Quedó en resaltador eso de “al menos”. Horas después escuchó a los gobernadores del Norte. Escuchó relatos angustiantes de la explosión de contagios y riesgo de desborde en Salta, Catamarca, Santiago del Estero. La Formosa de Gildo Insfrán, que se vanagloriaba de controlar el virus con mano de hierro, se confesó en emergencia.

“El miércoles fue un baño de realidad terrible”, relata un funcionario que participó de las conversaciones para definir cómo enfrentar el tsunami de la segunda ola del coronavirus. Para entonces la medida más extrema en análisis era el confinamiento de fin de semana, para no afectar tanto la economía.

Axel Kicillof se sintió reivindicado. “No podemos demorar más un cierre de verdad”, insistía en diálogos telefónicos. Fernández lo recibió en la Casa Rosada a solas para escuchar su visión. La presión se hizo sentir. Cristina Kirchner sumó su opinión: estaba de acuerdo con el gobernador bonaerense. Tuit fijado.

Fernández constató que volver a la cuarentena no solo aportaba a los equilibrios internos, sino que esta vez los gobernadores estaban dispuestos a poner el cuerpo. Le faltaba constatar que Larreta no fuera a desmarcarse.

Los jefes de Gabinete, Santiago Cafiero y Felipe Miguel, habían propiciado un clima de diálogo. La batalla en la Corte Suprema por las clases sigue siendo una herida abierta, pero el miedo ordena. Larreta estuvo el martes en el despacho del ministro del Interior, Wado de Pedro. Era una reunión sobre la coparticipación, pero el tema dominante fue la crisis del Covid. En la Casa Rosada tomaron nota de un ánimo acuerdista de la Ciudad.

El jueves Fernández llamó a Larreta. Hablaron un rato largo, repasaron números, hablaron sobre futuros envíos de vacunas y el Presidente sondeó al jefe porteño sobre qué haría ante un nuevo confinamiento. Fue una charla cordial, la menos tensa entre ellos en meses. Al cortar le quedó bastante claro que no habría rebeldías en el terreno político.

Una vez definido el “qué” -volver a Fase 1 con otro nombre- quedaba el “por cuánto tiempo”. Y el “cómo venderlo”. ¿Era viable el cierre de tres semanas que recomiendan los infectólogos? El mayor riesgo al que se somete el Gobierno es la desobediencia. Ya le pasó en 2020 cuando decidió extender hasta límites extenuantes el aislamiento social preventivo obligatorio (ASPO). Por eso se entablaron negociaciones urgentes entre los jefes de la seguridad en el Área Metropolitana, Sergio Berni, Sabina Frederic y Diego Santilli, para diseñar un despliegue policial disuasorio de una magnitud nunca vista. No son días para la candidez voluntarista del “quedate en casa”.

El túnel imaginario

Con la garantía de los costos compartidos, Fernández resolvió presentar las malas noticias con un formato distinto. Nueve días de confinamiento total y doce más de restricciones como las que regían hasta la semana que pasó. Escalada y desescalada en el mismo decreto. Una lamparita al final del túnel. ¿Podrá ajustarse a ese esquema? Aplica la respuesta emblemática del gobierno del Frente de Todos: “vemos”. La ministra de Salud, Carla Vizzotti, ya abrió el paraguas al hablar de “cierres intermitentes” en el futuro.

El anuncio fue en sí mismo una autocrítica presidencial, por mucho que lo haya trufado de chicanas a Larreta por haberse negado a acatar la suspensión de las clases presenciales desde abril. El Gobierno tiene las manos atadas para enfrentar lo peor de la segunda ola por efecto de la cuarentena de 2020, que agotó la paciencia ciudadana y provocó una destrucción económica de casi 10 puntos del PBI. El fiasco del plan de vacunación, entre promesas incumplidas, negociaciones oscuras y un festival de privilegios, jibariza el margen de tolerancia a otro encierro.

Aun así, resulta muy improbable que de acá al próximo fin de semana puedan notarse los efectos de esta nueva cuarentena en el número de infectados, la ocupación de camas y las muertes. Las cifras de los próximos días reflejarán los contagios ocurridos en la semana que pasó. “Nos toca todavía pasar un infierno”, llegó a decir uno de los especialistas que consultó el Presidente. En casi todas las provincias del Norte, en Santa Fe y en una docena de municipios del conurbano los hospitales siguen al límite. Sus autoridades tiemblan de solo pensar que pueda sumarse un nuevo vendaval de enfermos graves en los próximos días.

La altísima tasa de positividad de las pruebas de PCR revela dos fenómenos igual de preocupantes: un déficit en el proceso de testeo y la existencia de miles de infectados que el sistema falla en detectar.

Es una carencia en la información oficial que el Gobierno no pudo suplir en los 14 meses. Se dan variaciones abruptas en las cifras de contagios, condicionadas por la cantidad de muy disímil de testeos que se hacen cada día. Y saltan a la vista fallas de registro clamorosas, como el reciente blanqueo de 9000 contagios viejos de Formosa, acaso de la época en que Insfrán encerraba a sus habitantes en centros de aislamiento y decía que así estaba doblegando al virus.

El rezo por las vacunas

La esperanza pasa otra vez por la llegada de vacunas. Fernández les prometió a los gobernadores que ahora sí entrarán 4 millones de dosis de AstraZeneca, producidas en Garín por Hugo Sigman y envasadas en México. Las que debían inyectarse en enero. También saldrán aviones a Rusia y llegará otro lote de las acordadas por el sistema Covax.

Larreta prepara un operativo para vacunar a 35.000 personas por día apenas las reciba. Cruza los dedos para tener suministro entre lunes y martes. La Ciudad venía de aplicar menos de 5000 algunas jornadas recientes. Kicillof también avisó a los intendentes que piensa vacunar “a toda máquina”.

Un shock de dosis le daría al Gobierno herramientas discursivas para extender el confinamiento de cara al invierno. “Los nueve días son un puente a la espera de vacunas y después aplicarlas va a llevar semanas. Difícil abrir tan rápido”, explica un gobernador del norte del país.

Un cierre prolongado golpea aún más los planes de Martín Guzmán. El ministro de Economía hizo un ajuste silencioso del déficit hasta abril, con la ayuda de los dólares de la supersoja. Pero su derrota con el kirchnerismo duro en la batalla por bajar los subsidios energéticos y la demanda de asistencia masiva para rescatar a los afectados por la pandemia terminan de abollar las hojas del presupuesto que hizo votar el año pasado.

La inflación del 29% anual ya es una mala broma. No hay consultor relevante que la ubique debajo del 45% -Ricardo Arriazu, por caso, la calcula en 51% en el mejor de los escenarios-. El cierre de las exportaciones de carne podría pegar en los ingresos y ahondar la necesidad de emisión. El país más afectado por el nuevo cepo es China, principal comprador de soja. ¡Esa maldición argentina de exportar alimentos!

Las órdenes de Cristina Kirchner que Guzmán ve aplicar sin consentirlas apuntan a operar sobre los márgenes empresariales. Los salarios han subido más que en 2020, las tarifas se mueven muy por debajo de la inflación general y habrá reparto de ayudas extraordinarias.

Al ministro le quedó la módica misión de patear los vencimientos de deuda. Cree que está cerca de lograr un guiño del Fondo Monetario Internacional (FMI) para que el Club de París acepte no declarar el default de los US$2400 millones que el país debe pagar el lunes 31.

La reciente gira del Presidente sirvió para tejer apoyos, pero limitados. En la Unión Europea suelen dividir a los países en dos categorías a la hora de discutir de finanzas: los tomadores de cerveza (ortodoxos, estrictos con el gasto) y los tomadores de vino (más expansivos y afectos al déficit). Fernández hizo completa la ruta del vino, por Portugal, España, Francia e Italia. La mayor parte de la deuda con el Club de París es con los cerveceros Alemania y Holanda.

El Gobierno persigue un gesto de Angela Merkel, con quien Fernández preveía conversar por videoconferencia esta semana y finalmente se postergó. Se tienen fe: el drama de la pandemia invita a la piedad con los carecientes.

Cristina no quiere saber nada del FMI en plena campaña. Es una palabra piantavotos. Las encuestas siguen encendiendo alarmas por culpa de la inflación y la peste, que minan el ánimo de la población. El Índice de Confianza del Consumidor, que elabora la Universidad Torcuato Di Tella y que suele ser un buen predictivo de resultados electorales, está en cifras similares a los de abril de 2018, mes negro de Mauricio Macri.

“En junio no podemos fallar”, dice un dirigente allegado a la vicepresidenta. Es una carrera contra el tiempo, algo aliviada por la postergación a septiembre de las PASO. El Gobierno necesita aplicar al fin la receta mágica que supo desde un principio: vacunas en el brazo y pesos en el bolsillo. Aunque eso implique un encierro más prolongado del que Fernández se animó a anunciar.

Martín Rodríguez Yebra

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