Domingo, 15 Agosto 2021 11:57

La Argentina de los vivos estaba en Olivos - Por Fernando Laborda

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A la caza del voto joven, en Tecnópolis, Alberto Fernández se jactó días atrás de seguir manteniendo viva su “vocación revolucionaria”.

También se declaró influenciado por el Mayo francés, como se conoce a las movilizaciones lideradas en 1968 por estudiantes universitarios que ganaron las calles de París y que terminaron en un ensayo revolucionario contra la sociedad de consumo, el autoritarismo y los conflictos bélicos, y en favor de una nueva moral. Fue un movimiento que no apuntaba a tomar el poder, sino a cambiar la sociedad.

Pródigo en eslóganes, sus valores se canalizaron posteriormente en el avance del feminismo, el ecologismo, la lucha contra el racismo y la revolución sexual. Muchos fueron los lemas que emergieron de esas rabiosas jornadas caracterizadas por las barricadas y por los enfrentamientos entre jóvenes y policías. Entre ellos, ¡Haz el amor y no la guerra!, Prohibido prohibir y Bajo los adoquines está la playa. Pero quizás el más recordado haya sido el que proclamaba La imaginación al poder. Lejos de esta histórica proclama, la consigna que mejor describe al presidente de los argentinos, a juzgar por el escándalo moral derivado de la fiesta clandestina en la quinta de Olivos en plena cuarentena, podría ser La mentira al poder.

No solo el Presidente hizo caso omiso a una norma restrictiva de la circulación que él mismo impuso a la población, sino que nos mintió en la cara. Anteayer, cuando desde Olavarría expresó su tibio arrepentimiento por lo sucedido, afirmó: “Nunca ocultamos nada”. Olvidó que, pocas horas antes de que se difundiera la foto del escándalo, en una entrevista periodística, Alberto Fernández había asegurado que “no había tales reuniones”. El 25 de marzo de 2020, había expresado su intención de “terminar con la Argentina de los vivos” por las buenas o por las malas, tras aludir a los “idiotas” que no respetaban las medidas de aislamiento obligatorio. Ahora quedó claro que esa Argentina de los vivos tiene su sede principal en la quinta de Olivos.

Al responsabilizar indecorosamente a su pareja, Fabiola Yáñez, por el festejo vip, el Presidente perdió una ocasión de demostrar la vocación revolucionaria de la que se precia. Revolucionario y honesto hubiese sido, además de pedir perdón sin disimulos, autodenunciarse y ponerse a disposición de la Justicia.

La palabra revolución alude, desde una óptica astronómica, al recurrente giro de la Tierra alrededor del sol. Se trata de algo regular y cíclico, absolutamente distinto a lo que suele conocerse como algo revolucionario. Especialmente luego de la toma de la Bastilla de 1789, se le empezó a dar al término revolución el sentido de un cambio brusco y profundo, que da inicio a un nuevo orden, muy diferente del anterior.

Como en la revolución chavista, donde la boliburguesía habla de socialismo en medio de su exhibición de enriquecimiento y corrupción, la revolución del Frente de Todos no ha hecho más que consolidar el populismo, el clientelismo, la arbitrariedad del Estado y la desigualdad ante la ley.

La supuesta revolución kirchnerista se vincula más con la acepción astronómica del término. En vez de constituir una fractura definitiva de los viejos vicios de un sistema, asumiría los rasgos de una revuelta, que no es otra cosa que el regreso al pasado. En lugar de aniquilar todo a su paso para crear algo nuevo, la revuelta, como señaló el premio Nobel de Literatura mexicano Octavio Paz, revuelve, enreda y confunde las cosas.

Para la Venezuela de Nicolás Maduro, así como la presunta revolución consistió en la descarada institucionalización de la corrupción y la ostentación, en materia económica se ha confundido lo peor del capitalismo con lo peor del comunismo. Esta confusión no es muy distinta a lo que, en representantes de la oposición, se teme que le ocurra al gobierno de Alberto Fernández.

Impera en el Gobierno, en medio de la campaña electoral, un afán por transmitir que se les marca la cancha a los empresarios. O a “los poderosos”, como les gusta decir a algunos hombres del oficialismo. La debilidad del gobierno de Alberto Fernández se evidencia en la atención que depara cada declaración y cada gesto de la vicepresidenta, quien baja permanentemente líneas cuando habla en público, al tiempo que gobierna con sus silencios. El Presidente, entretanto, sobreactúa algunas decisiones como si con cada una de ellas buscase, ante todo, congraciarse con Cristina Kirchner y su núcleo duro. Solo en ese sentido pueden entenderse la insistencia presidencial en avanzar hacia la declaración de los servicios de internet y la televisión paga como servicio público esencial, su frase acerca de su “vocación revolucionaria” y hasta su elíptica propuesta de avanzar, paso a paso, hacia la legalización de la comercialización de marihuana, rechazada ayer desde la Iglesia. También, la sorpresiva designación en el Ministerio de Defensa de Jorge Taiana, cuya trascendencia va más allá del malestar en sectores militares por la presencia de un exactivista montonero al que se responsabiliza por la bomba que, en 1975, voló el bar El Ibérico. El aterrizaje de Taiana en el Edificio Libertador cobra especial importancia por la posibilidad de que su influencia se proyecte al campo de la política exterior: el flamante ministro reivindica al Grupo de Puebla y a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), detesta al actual secretario general de la OEA, el uruguayo Luis Almagro –un ferviente crítico de los regímenes de Venezuela y Cuba– y se declara partidario del no alineamiento activo, al tiempo que podría colaborar en la profundización de las relaciones con chinos y rusos.

En igual sentido hay que interpretar el anuncio de la primera candidata a diputada nacional por el Frente de Todos en la provincia de Buenos Aires. Victoria Tolosa Paz reveló su intención de impulsar una mayor carga impositiva sobre “grandes empresas, fortunas y patrimonios” con el fin de financiar planes sociales y asistencia a las pymes.

Se trata de una iniciativa a contramano de las necesidades de un país que está cada vez más lejos del radar de los inversores y donde ni los bajos precios de muchos de sus activos logran que la codicia supere al miedo. La inversión extranjera directa registra en la Argentina el nivel más pobre desde la crisis de 2001: representó en 2020 solo el 1,1% del PBI, lejos del promedio de la región, que fue del 3,7% en los últimos diez años.

La inversión no está viniendo al país y no es la pandemia la razón principal, como busca hacer creer el Gobierno, sino el fuerte control de capitales, las cada vez mayores restricciones cambiarias y la falta de seguridad jurídica. En las antípodas, Paraguay despierta el interés de los inversores y crece, de la mano de tener la menor carga tributaria de la región y de fuertes incentivos fiscales para la inversión extranjera.

En lugar de observar las auténticas revoluciones hacia las que avanzan algunos de nuestros vecinos, los líderes de la coalición gobernante se rasgan las vestiduras en defensa de los regímenes dictatoriales de la región. Como ha dicho el filósofo Santiago Kovadloff, “el gran desafío de la Argentina es el porvenir, porque le sobra pasado”.

Mientras seis de cada diez empresarios afirman que venderían sus empresas si obtuvieran un precio razonable por ellas, según una encuesta de Grupo Set, todo un universo paralelo plagado de privilegios para una casta de funcionarios y amigos del poder nos obliga a preguntarnos cuándo el poder político en la Argentina estará sujeto a la ley en lugar de que la ley esté sujeta al poder político. En vísperas de las elecciones, otra consigna del Mayo francés podría inspirar a la ciudadanía: Seamos realistas, pidamos lo imposible.

Fernando Laborda

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