Domingo, 29 Agosto 2021 10:47

El quiebre que se profundiza en el corazón del poder - Por Martín Rodríguez Yebra

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El manejo del Olivosgate amplió las diferencias entre Fernández y su vice; campaña separada, errores repetidos y miedo a un resultado adverso

A Cristina Kirchner la exaspera que su criatura presidencial desoiga olímpicamente aquella directiva disfrazada de consejo que le hizo en público doce días atrás, cuando dijo: “Poné orden donde lo tengas que poner”. La admonición no era (solo) un reclamo de cambios en su círculo de confianza como se interpretó en pleno huracán del Olivosgate. Sintetiza un reproche de fondo al modo improvisado, temerario y por momentos frívolo de ejercer el poder que caracteriza a Alberto Fernández.

Las encuestas que consume la jefa del Frente de Todos, y que no son distintas a las que llegan a la Casa Rosada, reflejan un impacto profundo en la opinión pública por la revelación del cumpleaños de Fabiola Yáñez en tiempos de cuarentena estricta. Pasan los días se cristaliza un descenso de la imagen presidencial y se instala en el oficialismo el miedo a un castigo electoral, sobre todo en la fortaleza bonaerense. La vara baja: ya no se habla de un triunfo por dos dígitos de diferencia, sino de ventajas exiguas. Ganar y punto.

Como una pareja en crisis, Cristina y Alberto se tomaron un tiempo. La campaña no les permite ventilar las diferencias que se ahondan en el corazón del poder. Fue una semana de campaña por separado, con el Presidente lejos de la provincia de Buenos Aires y dedicado a pasearse por provincias donde no corre riesgo el triunfo peronista: Catamarca, San Juan, La Pampa.

Se barre debajo de la alfombra hasta después de las elecciones, mientras se instala el temor en el oficialismo de que unas PASO decepcionantes agiten la economía y detonen un enfrentamiento abierto en la conducción del frente peronista.

El “orden” que pide la jefa del proyecto no aparece. La estrategia presidencial es un revoleo de iniciativas regidas en gran medida por la casualidad.

Operativo clamor 

Un caso testigo es el operativo clamor por la reelección de Fernández ensayado a mediados de semana. Empezó sin que nadie lo diseñara en un reportaje por radio al ministro de Hábitat, Jorge Ferraresi, un delegado del Instituto Patria. Le preguntaron por la posibilidad de otro mandato del Presidente y, consciente de lo que podría causar negarlo, apeló al manual: “Los procesos en la Argentina son de ocho años, así que ese será nuestro proceso: ocho años de Alberto, ocho años de Axel (Kicillof)”.

La frase gustó en la Casa Rosada. ¿Por qué no amplificarla? Salieron dos gobernadores y otros funcionarios a repetir la idea, con la lógica de que la expectativa de futuro fortalece a un presidente disminuido.

En la familia Kirchner, la jugada provocó de todo menos entusiasmo. Lo prueba el silencio de los accionistas principales y gerentes del Frente de Todos –de Máximo a Kicillof, de Sergio Massa a Cristina-.

La vicepresidenta sí registró la declaración completa de su fiel Ferraresi. “Me levanté una mañana y escuché la radio, y Cristina había definido que Alberto sea el candidato a presidente. A partir de esa mañana ella lo moldeó, lo armó, lo pensó. Hoy lo cuida porque es un hijo que va creciendo y es como los padres, que cuidan a sus hijos”, dijo al iniciar sin desearlo el operativo clamor.

Curioso retrato de un ministro sobre su jefe: describe a un político curtido de 62 años como un chico que necesita ser tutelado.

Forzando la alegoría de Ferraresi, Fernández está alcanzando la adolescencia. A la madre que le pide poner orden le responde por vías indirectas que no piensa tocar al grupo íntimo al que el kirchnerismo acusa de no cuidarlo lo suficiente. El jefe de Gabinete, Santiago Cafiero; el secretario general de la Presidencia, Julio Vitobello; y el vocero presidencial, Juan Pablo Biondi, están firmes en sus puestos.

El estilo personalista de Fernández quedó expuesto en la defensa penal que siguió en la causa de la fiesta en Olivos. Reescribió los tratados del derecho al instalar la doctrina autoindulgente de que no hubo delito porque nadie se contagió de coronavirus, se constituyó en su propio abogado y ofreció pagar una porción de su sueldo como reparación de ese daño que dice no haber infligido. “Hizo todo para que el tema siga en los títulos de los diarios”, reprocha un senador de diálogo habitual con Cristina Kirchner.

En las cercanías de la vicepresidenta tampoco consiguen entender por qué se subió a la polémica sobre el adoctrinamiento en las aulas después de la difusión del video con el patético rigoreo de una maestra kirchenrista a los alumnos de una escuela pública de La Matanza. “Que haya tenido ese debate es formidable. Les abre las cabezas de los alumnos, es una forma de invitar a discutir, de invitar a pensar”, dijo.

Ni el kirchnerismo duro había amagado con defender a Laura Radetich. ¡Ni Roberto Baradel! Sin hablar, el gobierno de Axel Kicillof había avalado una sanción inmediata para la maestra, con plena conciencia del impacto negativo que el caso podía tener en la campaña. No es novedad que las encuestas de opinión distinguen como una preocupación creciente de la población el efecto que tuvo en los chicos la suspensión de las clases presenciales durante la pandemia. La sensibilidad con la educación alcanza niveles desconocidos respecto de los últimos años.

Pero Fernández, empujado en una entrevista, decidió validar a la profesora e interpretar su discurso a los gritos ante alumnos menores de edad como un “debate que abre cabezas”. Al menos demostró su propia apertura mental, al defender a una militante que lo había tratado de “boludo” en las redes sociales.

La frase presidencial volvió a dejar en offside al ministro de Educación, Nicolás Trotta, que había condenado el episodio de La Matanza. Justificó otra vez el apodo malicioso que le ponen los que no lo quieren en el oficialismo: Servicio Meteorológico (“si dice que sale el sol, salí con paraguas”).

Puede parecer anecdótico, pero es un mal que sufren muchos integrantes de lo que –por falta de un nombre mejor- se denomina “albertismo”. El Presidente no les anticipa las jugadas o les dice una cosa para después hacer otra. Andan por la vida a tientas, expuestos muchas veces al patinazo. Acaso por eso el “operativo ocho años” no tuvo mucho más que un puñado de adherentes.

El misterio de las encuestas 

La gran incomodidad de estos días en el Frente de Todos es la carencia de encuestas confiables sobre el escenario electoral. Apenas pueden guiarse por tendencias generales. Se sabe que el caso Olivos causó indignación y ahondó una sensación de angustia social provocada por la combinación de la pandemia y la crisis económica. Pero nadie se anima a vaticinar un resultado para el domingo 12.

A la oposición la invaden dudas similares. En el búnker de Horacio Rodríguez Larreta detectan un golpe muy negativo para el oficialismo desde el Olivosgate, pero no pueden garantizar que sean los candidatos de Juntos por el Cambio quienes lo capitalicen.

El escándalo promovió un giro hacia un discurso con menos matices, nítidamente antikirchnerista, en María Eugenia Vidal y Diego Santilli. Incluso también en Facundo Manes. La interna en Buenos Aires ha sido un obstáculo para enfocar todos los cañones hacia el traspié presidencial. Por eso, Santilli insiste en rechazar el debate que le pide Manes: sería hacerle un favor al Gobierno, alega. Un dato que podría sostener esa tesis es que la candidata oficialista Victoria Tolosa Paz también lo promueve. Si ocurre, será para después de las PASO.

La obsesión opositora se centra en estos días en promover la participación electoral. ¿Qué pasa si el castigo social a la conducta del Presidente, a la decadencia económica y a la pandemia que no cede fuera la abstención o el voto en blanco? El núcleo duro del kirchnerismo, más movilizado, podría hacer una diferencia en términos porcentuales muy importante. ¿Y si el cisne negro al final fuera ese?, se preguntan.

El otro objetivo de Juntos es apelar al voto útil, atentos a que podría ser una elección dispersa con actores capaces de arañarles porcentajes nada despreciables, como el a menudo caricaturesco Javier Milei. “Tenemos que convencer a los que no apoyan al Gobierno de que la única forma de frenar el avance institucional del kirchnerismo es dotar a Juntos de un bloque sólido”, insisten en el larretismo. Palabras similares se oyen desde hace tiempo en el radicalismo y en las cercanías de Mauricio Macri.

La economía, al rojo vivo 

En el Frente de Todos, la necesidad imperiosa de un triunfo en Buenos Aires que se proyecte sobre todo el país está forzando a una política de desequilibrio económico, con una emisión que se triplicó en los últimos tres meses, atraso cambiario, tarifas congeladas y precios controlados para atajar la inflación.

El temor que transmite Cristina a raíz del impacto del Olivos tiene vinculación directa con el plan económico. ¿Qué puede pasar con las variables principales, sobre todo con los dólares paralelos, si se da un mal resultado del Gobierno en las PASO? Evitar las disparadas del dólar es un mandamiento tatuado en el ADN de los Kirchner. Tiene el ejemplo del agosto negro de Macri en 2019 si le faltaran razones.

Cada día que pasa, ella es más crítica de la gestión de Martín Guzmán, que volcado a la campaña intentó instalar la idea de que está cerca de acordar con el FMI. La desmentida desde Washington se hizo notar y el propio Fernández salió después a aclarar que es él quien no está dispuesto a firmar sin una baja sustancial de tasas y una ampliación del plazo máximo de pago previsto por el organismo.

Son fuegos artificiales. La negociación real será después de las elecciones de noviembre y debe terminar como mucho en marzo, antes de que empiecen a vencer los pagos multimillonarios del préstamo que tomó Macri.

Los primeros que lo saben son los piqueteros oficialistas y los gremialistas con juego propio, como Hugo Moyano, que presionan ahora para quedar mejor posicionados frente el ajuste que descuentan a mediano plazo.

Cristina tiene claro que se vienen decisiones difíciles y por eso insiste con la idea de un “gran acuerdo nacional”. Invita a la oposición no a pactar sino a hacerse cargo de la responsabilidad del acuerdo que firmó Macri. Para eso se necesita el poder que dan las urnas. Le divierte en el mientras tanto que se instale la discusión de la deuda como eje de campaña. Cualquier respiro es bueno después de la foto maldita.

El resultado electoral será un condicionante claro para el rumbo económico de la administración y en el reparto interno. El “orden” que imaginó siempre la vicepresidenta consiste en ganar las legislativas y después promover una fuerte renovación ministerial, con foco en la Jefatura de Gabinete y Economía. En términos de Ferraresi, sería que los adultos tomen el control.

Fernández también necesita el triunfo, pero para resistir. Atados a una misma necesidad, lo que vendrá es una guerra de lecturas. Si gana el Frente de Todos, ¿será “por Alberto” o “pese a Alberto”? Si pierde, quedan pocas dudas de a quién le caerá el muerto.

Martín Rodríguez Yebra

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