Viernes, 01 Octubre 2021 10:55

Cuando Cristina era de derecha - Por Laura Di Marco

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Los memoriosos de Santa Cruz aún tienen grabada en sus retinas una imagen no apta para el progresismo kirchnerista. Por eso mismo, es probable que aquellas escenas culposas hayan sido convenientemente negadas para ese núcleo duro cristinista que solo ve en su jefa a una lideresa de izquierda o progresista.

No siempre fue así, ni mucho menos. La prensa santacruceña del último año de la dictadura muestra a una joven Cristina Kirchner, en un acto de principios de 1983, en plena campaña presidencial, en clave “isabelista”; es decir, aliada a un sector del peronismo de derecha santacruceño que reportaba a Isabel Perón. “Isabel conducción, contra toda la traición”, cantaba la actual vice, en el gimnasio del colegio salesiano de Río Gallegos. ¿Por qué la “traición”? Deolindo Bittel ocupaba entonces el cargo de presidente del PJ y, para el joven matrimonio K y otros grupos ultraverticalistas, su inquietante inclinación al diálogo lo volvía sospechoso. “El movimiento no puede volver a punta de pistola”, justificaba entonces el caudillo. Una frase de increíble actualidad.

Eran tiempos en los que Raúl Alfonsín, cuyo eje de campaña habían sido los derechos humanos, era percibido como un enemigo. Es que Néstor y Cristina militaban en el polo opuesto. Hacia el final de la dictadura se habían aliado a un matrimonio conservador, similar en su ideología al tándem tucumano José Alperovich-Beatriz Rojkés: Nélida “Polola” Cremona y el sindicalista Hugo Peralta, padres del exgobernador Daniel Peralta. La fórmula para su primera agrupación, el Ateneo Juan Perón, estaba hecha de peronismo de derecha más un sector de la burocracia sindical, apuntada por Alfonsín por su connivencia con la dictadura militar. El famoso “pacto militar-sindical”.

En los primeros años de la democracia, el sindicalista Armando “Bombón” Mercado, un aventurero que se había casado con Alicia Kirchner, devino secretario general del sindicato petrolero SUPE local y fuente de financiación del proyecto político de sus cuñados. El hecho de que Alicia Kirchner fuera funcionaria durante la última etapa de la dictadura en Santa Cruz sugiere que muy probablemente Mercado era de esos sindicalistas que les hacían favores a los militares.

La amistad de los Kirchner con Sergio Berni se inscribe en ese mismo contexto, en el que los militares eran un voto preciado en el sur. Muchos años más tarde, Cristina avaló la alianza con otro matrimonio conservador: los Duhalde. César Milani, otro “permitido” del transformismo cristinista. Sin ir tan lejos, en las últimas PASO, la jefa optó por Omar Perotti, un peronista clásico, en lugar del híper-K Agustín Rossi. ¿De verdad Cristina siempre se radicalizó? Su propia biografía lo desmiente. Más bien lo suyo encaja con la ideología del peronismo, que es la ideología del poder: estos son mis principios, pero si a la coyuntura política no le gustan, los cambio.

No hay nada más de derecha que hacer trampas en el proceso electoral estafando a ese pueblo al que se dice adorar. La adicción al poder puede conducir a cualquier oscuridad, con tal de retener la sustancia adictiva. El fantasma del fraude vuelve a rondar la escena de la política, como en 2015. El regreso de Juan Manzur y Aníbal Fernández –que, en definitiva, no son tan diferentes a otros aliados históricos de los K– les imprimen verosimilitud a esas acechanzas.

El sistema clientelar de pago de votos y de punteros para movilizar votantes de la maquinaria peronista, en Tucumán, roza lo pornográfico. El conurbano profundo entraña peligros parecidos: “Claro que el aparato aceitado del peronismo, desde hace décadas, puede robarnos entre 3 o 4 puntos”, revela un dirigente clave de la campaña de Juntos. Ofrece un ejemplo: “En La Matanza votan 800.000 ciudadanos. Del Camino de Cintura hacia abajo, viven los 400.000 votantes más pobres. Allí nos gana históricamente el peronismo 85 a 10 o a 12; sin embargo, en las últimas PASO, en esas zonas postergadas, recuperamos entre 4 y 5 puntos. ¿Por qué? Simplemente por mejorar la fiscalización”.

“Que Dios nos ayude”, se sinceró Manzur ayer, en un acto en el que anunció la ampliación de las jubilaciones. Los economistas más relevantes calculan que, en esta carrera desesperada por recuperar votos perdidos y poder, el Gobierno está emitiendo unos 1400 millones de pesos por día. Una bomba peligrosa que podría explotarles a ellos y a nosotros después del 14 de noviembre. Manzur tiene toda la razón: si Dios es argentino, sería para agradecer que nos brindara su ayuda. La vamos a necesitar.

Laura Di Marco

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