Miércoles, 10 Noviembre 2021 12:16

El probable tiro de gracia para las expectativas del kirchnerismo - Por Fernando Laborda

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Cuál sería la actitud de Cristina Kirchner si en las elecciones del domingo próximo se ampliase la derrota del oficialismo respecto de las primarias abiertas de septiembre

El domingo próximo sabremos si el asesinato del kiosquero en Ramos Mejía y su secuela de protestas de vecinos que, en un episodio que no registra antecedentes en La Matanza, insultaron a la vicepresidenta Cristina Kirchner, fue el tiro de gracia para las expectativas de la coalición gobernante de remontar el resultado adverso de las PASO. Lo cierto es que el tema de la inseguridad se coló en el tramo final de la campaña electoral. Para el Frente de Todos, la suerte parece estar echada. Sobre llovido, mojado.

Ese hecho de sangre se produjo en momentos en que punteros, intendentes y candidatos del Frente de Todos quemaban las últimas naves para conseguir el voto de los no pocos electores que, en 2019, apoyaron al actual oficialismo y que, en las PASO del 12 de septiembre, le dieron la espalda. Uno de los problemas con los que se enfrentan esos dirigentes es que a la gente no solo hay que ir a buscarla, sino que además hay que convencerla. Y para esto ya ni siquiera alcanza con la “platita” de los planes sociales o de los subsidios que algunos jefes comunales inventaron en las semanas previas a la votación.

La falta de argumentos precisos para fundamentar las supuestas bondades de una gestión que hace agua por todos lados lleva, finalmente, a esos dirigentes de la coalición oficialista a resignarse ante los ciudadanos menos permeables y terminar preguntándoles: “¿Van a votar a su verdugo?”. La referencia, como no podía ser de otra manera, es a Mauricio Macri, aunque el expresidente no sea candidato a nada en estas elecciones.

Al Frente de Todos se le acabó la ciencia. Lo más original que se les ocurre a sus dirigentes, a menos de una semana de los comicios, es seguir recurriendo al “Ah, pero Macri…”.

La mayoría de los consultores políticos, incluidos los contratados por el oficialismo, no prevén cambios significativos respecto del resultado de las PASO, en las que Juntos por el Cambio obtuvo una ventaja del orden de los diez puntos sobre el Frente de Todos a nivel nacional y de poco más de cuatro puntos en la estratégica provincia de Buenos Aires.

Subsisten algunas discrepancias acerca de lo que pueda ocurrir en el distrito bonaerense. Algunas encuestadoras dan cuenta de un acortamiento de la distancia entre las dos fuerzas mayoritarias. Pero otras, como Jorge Giacobbe & Asociados, hablan de una probable expansión de la distancia entre la nómina liderada por Diego Santilli respecto de la lista que encabeza Victoria Tolosa Paz.

“El sopapo será gigantesco, no importa cuáles fueran los números finitos finales”, señaló Jorge Giacobbe, para quien, en las elecciones del domingo próximo, el oficialismo se ubicaría alrededor de 13 puntos por debajo del 48% que cosechó en el orden nacional en los comicios presidenciales de 2019; 17 puntos por debajo del 52% que obtuvo dos años atrás en la provincia de Buenos Aires, y más o menos 10 puntos por debajo del 35% de votos que logró en la Capital Federal en la última elección general.

Así como tradicionalmente se supuso que Cristina Kirchner, por sí sola, podía garantizar alrededor del 35% de los votos, si el domingo próximo el Frente de Todos ve disminuir su caudal electoral por debajo de ese 35%, podría hipotetizarse que se estaría ante el comienzo del eclipse definitivo de la actual vicepresidenta de la Nación.

Uno de los mayores interrogantes a partir de la eventual confirmación de una gran derrota del Frente de Todos es si el kirchnerismo perderá en adelante centralidad. Una de las tantas hipótesis que se barajan es que Cristina Kirchner decida tomar distancia del gobierno de Alberto Fernández, dejarlo solo gobernando, para así tratar de evitar los costos derivados de una mayor debacle económica o de un posible ajuste, con el propósito de refugiarse en su núcleo duro de votantes y preservar su capital político.

Frente a tal hipótesis, cabe preguntarse qué implicancias prácticas tendría una decisión semejante de la vicepresidenta. ¿Acaso implicaría que sus hombres y mujeres de confianza renuncien a sus cargos en el gobierno nacional? ¿Estarían verdaderamente dispuestos a dejar las grandes cajas que, para el cristinismo, representan la ANSeS o el PAMI, entre otros lugares estratégicos? Más aún, ¿aceptarían fácilmente dejar el manejo del Ministerio de Justicia en otras manos que no sean las propias?

Parece más probable que el cristinismo busque desembarazarse de los costos políticos sin perder centralidad institucional. Algo que, por cierto, no es nada sencillo. Como si un grupo de dirigentes pudiese conservar sus espacios de poder sin pagar ningún plato roto por los desaguisados de su propia gestión gubernamental.

Otro interrogante es si el Gobierno, después de las elecciones, buscará moderarse o bien se radicalizará.

La lógica de la razón pura señala que si la derrota electoral es mayor que en las PASO habría fundamentos suficientes para entender que la radicalización iniciada con la llegada de Roberto Feletti a la Secretaría de Comercio, con los discursos furibundos contra el FMI, con la inacción ante los terroristas disfrazados de mapuches y con las distintas formas de dispendio de recursos públicos no sería el mejor camino para reconquistar al electorado. Pero la pregunta central es si el oficialismo lo entenderá así.

En los últimos días, la propaganda electoral del Frente de Todos llamó la atención por la campaña del sí. Su característica central fue un spot radial y televisivo que decía “sí” a muchas de las cosas a las cuales el gobierno de Alberto Fernández les dijo que no. Afortunadamente para quienes pergeñaron ese spot, el tópico de la seguridad no estaba dentro de esos temas. Pudo haber sido el producto de un rapto de sensatez, pero también es un gesto demostrativo de la escasa relevancia que el oficialismo le ha dado a la desprotección de la población frente a la delincuencia.

El crimen de Roberto Sabo, el kiosquero de Ramos Mejía con dos hijos que trabajaba de lunes a domingo, y la furia de sus vecinos pusieron de manifiesto la enorme distancia entre las prioridades de dirigentes y funcionarios del oficialismo respecto de algunas de las principales inquietudes ciudadanas.

Fernando Laborda

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