Viernes, 10 Diciembre 2021 12:56

Dos años de gobierno: Alberto Fernández arrastra un problema de origen con CFK y suma el desafío de la crisis - Por Eduardo Aulicino

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La cuestión de fondo sigue siendo la tensión en continuado con el kirchnerismo duro. Pesa la grave crisis económica y social. Y se suma el impacto de la derrota electoral de noviembre. Se trata de un cuadro difícil para reconstruir imagen y poder 

En vísperas de cumplir dos años de gestión, Alberto Fernández se vio en la necesidad de referirse al núcleo irresuelto de la interna. “Está claro que Cristina y yo en muchas cosas no pensamos igual; el que decide finalmente soy yo”, dijo en una entrevista. No es la primera vez que las palabras buscan exponer autoridad, pero la sola repetición destaca la persistencia de las tensiones y, en definitiva, un problema de origen: el armado de la fórmula de poder invertido con Cristina Fernández de Kirchner. Era claro que pasado el éxito electoral de 2019 iba a generar conflictividad, con el agravante de ocurrir en ejercicio del gobierno. Eso mismo más la profundización de la crisis -por el coronavirus y el manejo de las restricciones sociales- y la derrota electoral le dan dimensión al desafío del Presidente en la segunda mitad de su mandato. 

Aquella fórmula, frente al desgaste de la experiencia macrista, allanó el camino a la confluencia del conglomerado peronista y sus aliados para encarar con perspectiva de éxito la elección presidencial. Se difundía un análisis que linealmente reconocía el capital propio de la ex presidente como indispensable, mayoritario en ese frente, pero insuficiente para ganar. Alberto Fernández -y después también Sergio Massa- aportaba entonces el plus de moderación y el ingrediente para mostrar un proyecto “superador” del kirchnerismo puro. Era la base del armado, pero nada aseguraba que fuera inmodificable.

Ese precisamente fue el factor central de la pulseada desde la misma noche de las celebraciones por el triunfo electoral. El punto, inquietante, era si el nuevo presidente equilibraría el juego de poder y, más, si podría desarrollar una construcción sólida, capaz de marcar el ocaso de CFK y de su proyecto, en el que brillaban Máximo Kirchner y Axel Kicillof.

Desde entonces, a trazo grueso, se quebraron dos ilusiones y ahora se alienta una ercer capítulo de expectativas, en condiciones más críticas, desde el círculo de Olivos. La ex presidente no se ha retirado, aunque registra el duro impacto de la derrota de noviembre.

En el inicio de esta historia de dos años, cerca del Presidente fue imaginada una recreación del poder al estilo de Néstor Kirchner, que con base en gobernadores e intendentes subordinó al PJ después de derrotar al duhaldismo. Después, sobrevino la idea de generar un nuevo escenario político para dirimir la competencia con la oposición: un acuerdo de reglas de juego entre “moderados” que dejara fuera del tablero a CFK y Mauricio Macri.

También fueron dos los momentos que alimentaron tales proyectos. Y en esa mirada, dos frustraciones.

El primer impulso, básicamente con cálculo interno, nació con el triunfo electoral. Y se sucedieron dos postales del conflicto apenas definida la elección. La primera, en la noche del festejo, cuando una maniobra kirchnerista dejó fuera del escenario a varios gobernadores del PJ, potenciales aliados del nuevo presidente. La foto fue más bien bonaerense, con Alberto Fernández, CFK, Axel Kicillof y Máximo Kirchner en primera línea. Después, la respuesta fue un acto en Tucumán, que mostró a gobernadores, algunos intendentes y jefes sindicales.

La ex presidente también acomodó su base y desde allí se mantuvo en una ofensiva que tuvo sus capítulos salientes en cartas críticas sobre el funcionamiento y los costos políticos de la gestión. Cerró la provincia de Buenos Aires, trabajó siempre en otros distritos -en muchos casos, con peso del kirchnerismo duro en las legislaturas-, y expuso su dominio en el Congreso: manejo absoluto del Senado y peso en Diputados, con la conducción del bloque oficialista a cargo de Máximo Kirchner, aunque sin control de la Cámara.

La pandemia marcó la historia siguiente. El consenso en el tramo inicial de la cuarentena -con todas las encuestas hablando de un fuerte aval a Alberto Fernández - y más adelante el acuerdo por la deuda con los bonistas anotaron dos momentos de fortaleza presidencial significativa. Fueron las épocas de buena relación con Horacio Rodríguez Larreta, de puentes transitados con los “moderados” de la otra vereda y las señales positivas, en general, de la oposición.

La ex presidente y el kirchnerismo duro apenas disimulaban su malestar y fastidio frente las versiones sobre un horizonte de acuerdo político que, en el imaginario de entonces, podría eclipsar a las “alas duras” de los dos principales frentes políticos. Ni uno ni el otro espacio tenía categoría de coalición orgánica. Existía y se prolonga la disputa de liderazgos. Un dato nada desdeñable.

La ofensiva kirchnerista puso el foco en el gobierno porteño, Y en un clima enrarecido por un llamativo conflicto de la policía bonaerense, hizo volar puentes políticos. El Presidente terminó coronando la escalada para podarle fondos de coparticipación a la Ciudad de Buenos Aires. Y desbarrancó la hipótesis de un armado externo que nutriera a la vez el poder presidencial en la disputa interna.

No fue la única señal en esa línea. Tuvo reflejo en otros terrenos, en particular la escalada en el frente judicial, que terminó además con la gestión de Marcela Losardo, en marzo de este año. Un anticipo de lo que sobrevendía después de las PASO, con la crisis de gabinete precipitada por la dura reacción de CFK ante la derrota oficialista.

Es curioso, al menos, que el análisis doméstico de la caída en las primarias haya sido simplificado como un problema únicamente atribuible a la crítica situación económica. Está claro que pesaron otras cuestiones, como las estribaciones del mal manejo de restricciones sociales frente al coronavirus. Y hechos irritantes, como el vacunatorio VIP y los festejos en Olivos. Pero nada pareció anotar esa evaluación sobre el efecto de la descapitalización personal del Presidente. O si se prefiere, el esmerilamiento -por decisiones ajenas y también propias- del plus de moderación y equilibrio adjudicado a su figura en la fórmula del 2019.

La derrota electoral de noviembre causó un impacto diferente al imaginado mecánicamente como continuidad de la ofensiva de CFK después de las PASO. El revés acudió todo el tablero oficialista y la ex presidente se resguardó en una formal cautela, que apenas disimula la advertencia sobre su capacidad de veto, de consecuencias inimaginables, incluso para ella misma, en caso de ser ejecutada.

El círculo más próximo a Olivos comenzó a desplegar entonces un esquema que remite a los primeros días de gestión, pero dos años después. Los apoyos internos trabajados ahora ya no tienen las mismas características ni entusiasmo: son respaldos condicionados. El desgaste de la imagen presidencial es un tema que trasciende largamente los límites del oficialismo. Siguen las tensiones internas. La crisis económica y social se ha agravado. Y el cuadro político registra una derrota sin antecedentes para el peronismo. Ese es el desafío para el Presidente, con la irresuelta interna en su mochila desde el primer día. Es algo más profundo que una declaración sobre la relación con CFK.

Eduardo Aulicino

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