Viernes, 10 Diciembre 2021 13:00

La "falla de San Alberto": crisis de autoridad y terremoto - Por Jorge Raventos

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Según los sismólogos, los terremotos no son imprevisibles; lo virtualmente impracticable es predecir con exactitud el momento en que estallarán. "Una vez que un terremoto ya ha empezado, los dispositivos de alerta temprana pueden proporcionar una advertencia de pocos segundos antes de que los principales temblores lleguen a un lugar determinado". 

Con reservas internacionales inmediatamente disponibles de alrededor de 1.000 millones de dólares en el Banco Central, es razonable que la mayoría de los economistas profeticen una calamidad inminente en la Argentina. El sismógrafo del dólar marca un estado alarmante. La brecha cambiaria (dólar oficial-dólar libre) supera el 100 por ciento. Las fallas geológicas están presentes. 

También es razonable que cada día más ahorristas retiren sus dólares del sistema bancario. Es ciertamente agorero afirmar que ese repliegue equivale al inicio de una corrida, pero las exageraciones pueden convertirse en profecías autorrealizadas. El efecto manada suele dispararse inesperadamente.

Jugar con el riesgo

La Argentina hace equilibrio sobre un abismo cuando hay cifras que parecerían indicar una situación saludable: durante el año que termina el país creció un 10 por ciento, es decir, recuperó totalmente la caída sufrida el año anterior, determinada por la extensa cuarentena pandémica; creció la industria y, con ella (así sea levemente) la ocupación industrial; el superávit comercial fue superior al del año anterior. Creció fuertemente el consumo doméstico.

Pero la inflación sigue siendo un virus incontrastable y la tasa de riesgo del país cerró en noviembre a 1900 puntos básicos. Todo con un fondo de dramática pobreza social.

El país sufre una crisis de confianza: los argentinos no creen en su moneda, los inversores nacionales y extranjeros no confían en el Gobierno. Lo que observan es que la Argentina no termina de cerrar el acuerdo con el FMI que le permitiría refinanciar "la deuda impagable" que mantiene con el organismo (42.000 millones de dólares de los 50.000 que el Fondo concedió al gobierno de Mauricio Macri) y que si eso no ha ocurrido en marzo, a más tardar, la insolvencia quedará consumada y se sumará otro default en el frondoso expediente del país.

No se puede decir que el oficialismo ignore las consecuencias de esa eventualidad. Así las pintó el albertista Leandro Santoro: "Si vos decís que el Congreso rechaza un acuerdo con el FMI, al otro día tenés corrida bancaria, corrida cambiaria, una maxidevaluación, traslado a precios, se genera un shock de desabastecimiento, un shock redistributivo a la inversa que provocaría un colapso social". Es una advertencia a toda la dirigencia política, la opositora y, principalmente, la propia, la que gobierna.

Como los actores económicos adelantan sus decisiones, lo que pueda ocurrir en marzo empieza a ocurrir antes. Son signos precursores: primero a un ritmo suave y de improviso, gran velocidad. Esa es la hora del terremoto.

Crisis de confianza

La crisis de confianza está determinada por una crisis de autoridad. A partir de las PASO de septiembre el sistema de poder del Frente de Todos quedó descalabrado. En ese comicio el oficialismo perdió cuatro de cada 10 votos obtenidos en 2019. Perdió las provincias más importantes, perdió las capitales y perdió la base de sustentación del cristinismo -fracción mayoritaria de la coalición- la provincia de Buenos Aires. La elección de noviembre ratificó básicamente esa situación.

Desde la Casa Rosada -principalmente desde la Jefatura de Gabinete que ejerce el tucumano Juan Manzur- se ha procurado dotar de dinamismo y de definiciones al Gobierno, se ha subrayado la necesidad del acuerdo con el Fondo y la de una política de acuerdo social que abarque a la producción y el trabajo.

La autoridad, sin embargo, sigue dispersa. Mientras el ministro de Agricultura teje vínculos con las entidades del campo para cumplir con la idea de impulsar al sector productivo, desde los sectores que se referencian en la señora de Kirchner se obstaculiza esa política. Una abanderada de esa línea, Deborah Giorgi, subsecretaria sin cartera de Roberto Feletti, cayó en la refriega, pero la puja se mantiene, no está definida.

La señora de Kirchner parece entender que el acuerdo con el Fondo es necesario e inevitable, pero probablemente ella y esa tesitura son mutuamente incompatibles. El discreto apartamiento (temporario) de ella no es emulado por sus legiones de La Cámpora, que siguen hostigando la perspectiva del acuerdo, supeditándolo a condiciones que el país no tiene para imponer. Aunque un sector del cristinismo ya se ha diferenciado francamente del Gobierno (lo apadrina Amado Boudou), La Cámpora intenta otra táctica: la oposición desde dentro, una variante del viejo "entrismo", quizás porque confía en que nadie los echará de la Plaza. La Cámpora, balanceándose entre el ausentismo ostensible de algunos actos o el intento de copamiento de otros, es como un papel de tornasol que sirve para comprobar el decaimiento de la autoridad.

Terapias íntimas y autoridad

Ahora Fernández se siente empoderado por el apoyo de sindicatos, movimientos sociales e intendentes del conurbano y se atreve a cierta autonomía frente a la señora de Kirchner y La Cámpora. Pero esa recuperación íntima necesita expresarse en actos claros para neutralizar con autoridad manifiesta la desconfianza externa que mide el índice de riesgo argentino. No alcanza con que el Presidente "se sienta" seguro, hace falta una autoridad que muestre capacidad y resolución para barrer los obstáculos que impiden hacer lo que hay que hacer.

El Presidente parece considerar que basta con afirmar retóricamente que es él el que en definitiva "baja el martillo" cuando hay diferencias internas, pero esa formulación, que podía convencer hace un año, ha sido desgastada por la práctica. Así como hace unos meses se negaban las diferencias, ahora que se admite su existencia parece indispensable que la autoridad defina más nítidamente -menos vergonzantemente- sus perfiles y no se atemorice ante el conflicto.

Que el Gobierno haya decidido participar de la Cumbre Mundial por la Democracia impulsada por el gobierno de Joe Biden ha sido un paso en dirección al acuerdo con el FMI. Hay contraprestaciones políticas cuando se requiere el respaldo de las potencias. Mirada desde los clichés ideológicos que suelen prevalecer en líneas del oficialismo (y también en líneas de la oposición, aunque el dato sea irrelevante ahora), esa participación es una capitulación. El país está presente en un conjunto del que han sido excluidos Cuba, Venezuela y Nicaragua, además de China y Rusia. Desde la vereda kirchnerista, el medio que conduce Horacio Verbitsky había reclamado anticipadamente que el rechazo a esa Cumbre (decisión por la que militaban) no se justificara con formalidades, sino con argumentos de peso. Lo mismo podría pedirse de la resolución adoptada. Es razonable y realista haber participado, ya que así lo exige un interés nacional que hay que preservar. Pero lo que es razonable debe ser explicado sin pelos en la lengua, porque esos gestos son los que afirman la autoridad. Y la confianza.

Explicitar la reorientación del rumbo es una manera de actuar y consolidar la autoridad: separa aguas, define alianzas y enfrentamientos sobre bases concretas.

Las bases de sustentación

La CGT le planteó al Presidente -y más tarde al ministro Guzmán, cuando éste visitó la sede de la calle Azopardo- que los gremios sostienen el acuerdo con el Fondo.

La Unión Industrial Argentina también respaldó ese acuerdo en el cierre de la Conferencia Industrial, de boca de Daniel Funes de Rioja, su máxima autoridad, quien dijo estar seguro de que "el Gobierno va a resolver la deuda externa con el FMI de la mejor manera posible", una frase que indica que ha recibido información clasificada sobre las negociaciones y que aprueba lo que el Gobierno está haciendo.

En un mensaje dirigido a su propia base, Funes señaló además que hay que "trabajar de manera tripartita" con el sector público y los dirigentes sindicales", una apuesta por el acuerdismo político-social que recatadamente teje el secretario de Asuntos Estratégicos de Fernández, Gustavo Béliz.

Más allá de la UIA, el sector productivo se muestra inquieto porque los ritmos de la política parecen muy morosos ante los estragos que provoca la subsistencia de la desconfianza. Los empresarios urgen a sus interlocutores políticos a actuar. Y ellos mismos actúan. La Fundación Mediterránea, una expresión del empresariado competitivo del centro del país, ha nominado a Carlos Melconian para que conduzca su think tank y elabore un programa de acción. No es el único economista convocado por los líderes productivos -"el círculo rojo"- para preparar los instrumentos con los que enfrentar la emergencia. En lo posible, antes de que se produzca el terremoto.

Jorge Raventos

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