Domingo, 13 Marzo 2022 10:10

Horacio Rodríguez Larreta vs. Mauricio Macri, y otra fantasía presidencial de Sergio Massa - Por Fernando González

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El jefe de Gobierno cree que el expresidente todavía piensa en una posible reivindicación. Del lado del Frente de Todos, el titular de Diputados encarga encuestas para medir su imagen. 

A algunos metros de su despacho, Horacio Rodríguez Larreta tiene un metegol que es su espacio de relax. No es un metegol cualquiera. Alrededor de la cancha con muñequitos se levanta una réplica exacta del Cilindro de Avellaneda. Una miniatura del estadio de Racing Club, el emocional y a veces mortificado club del que es hincha. Está en un pasillo amplio, junto a unos sillones en los que recibe a visitantes de todo tipo. Y cuando la tensión es brava, el Jefe de Gobierno que quiere ser Presidente le echa una ojeada al metegol de Racing. Miraditas furtivas que parecen tranquilizarlo. 

El miércoles era uno de esos días volcánicos que ya constituyen el ADN de la Argentina. Rodríguez Larreta matizaba sus charlas en el pasillo del metegol de Racing con el chequeo permanente de su smartphone. Se estaba negociando la votación del acuerdo con el FMI en la Cámara de Diputados. Cruzaba mensajes con los diputados de Juntos por el Cambio, que negociaban con Sergio Massa para que el respaldo opositor fuera solo para la refinanciación de la deuda. No para el plan de ajuste de Martín Guzmán.

No había sido fácil. Los halcones de la oposición querían votar en contra o, directamente, no dar quórum. Mauricio Macri había deslizado la idea. A Patricia Bullrich también la seducía la posibilidad de patear el tablero y precipitar al gobierno de Alberto Fernández al default, que podría desbarrancarse el próximo 22 de marzo, cuando vence un desembolso al FMI por 2800 millones de dólares. El dilema en la oposición que corría por los teléfonos celulares era siempre el mismo. ¿Los ayudamos o los empujamos?

Los duros de Juntos por el Cambio planteaban una ecuación ardiente. “Si Máximo Kirchner no los apoya, ¿por qué vamos a facilitarle los votos nosotros y que él y Cristina se hagan los progres y digan después que no tuvieron nada que ver con el ajuste del Gobierno?”. Lógica política pura. Hasta podrían haber citado al Perón furioso del ‘55. Al enemigo, ni justicia.

Del otro lado, respondían los que gobiernan. Rodríguez Larreta, los gobernadores radicales, Gerardo Morales y Gustavo Valdés, y el respaldo espiritual de Lilita Carrió, transmitido por el diputado de la Coalición Cívica, Maxi Ferraro. “Si los mandamos derecho al default, vamos a ser corresponsables del estallido. Máximo juega a perdedor, pero a nosotros la sociedad nos está mirando para ver si estamos en condiciones de volver al poder en 2023″.

El acuerdo opositor llegó en la noche del miércoles. Juntos por el Cambio se paró en una postura irreductible. Votarían a favor de la refinanciación de la deuda con el FMI, pero el Frente de Todos debería dejar aparte el plan de ajuste y el tarifazo en la luz, el gas, los servicios públicos. Massa les dio el OK y todos se empezaron a preparar para la larguísima sesión del jueves. Nadie sabía bien si Máximo haría un discurso de barricada contra el acuerdo, pero, a esa altura, el berrinche del jefe de La Cámpora empezaba a ser menos importante. Había más de 200 votos para evitar el default.

El jueves hubo de todo. Una versión light de las catorce toneladas de piedra, como las inmortalizó Patricia Bullrich, que marcaron el comienzo del fin del gobierno de Macri en 2017. Vidrios rotos hasta en el despacho de Cristina, algunas balas de goma, ninguna valla, ningún detenido y la ausencia de aquella estrella mediática, Sebastián Romero, el activista del Partido Socialista de los Trabajadores que se popularizó en la tele y en las redes sociales como “el Gordo del Mortero”. Estuvo prófugo, lo detuvieron en Uruguay y ahora purga una prisión domiciliaria que lo llevó a un escenario menos beligerante. Hizo conocer su rechazo al acuerdo del FMI en una entrevista con Eduardo Feinmann por Radio Mitre.

Luego de la violencia en la Plaza de los dos Congresos vino la votación y, como sucede en las elecciones, los números permitieron sacar las primeras conclusiones. El Presidente solo consiguió que votaran por la medida más importante de su Gobierno el 37% de sus diputados. Máximo Kirchner se llevó para su maniobra de desgaste a 28 legisladores. Si faltaba una muestra de debilidad más de Alberto Fernández, la marcó que el acuerdo para refinanciar la deuda con el FMI necesitara del 55% de los votos de Juntos por el Cambio.

El hueco que se abrió entre la impotencia de Fernández, la ausencia inexplicable de Martín Guzmán y el infantilismo de Máximo la aprovechó Sergio Massa. El Jefe de la Cámara de Diputados se cargó la negociación con la bancada opositora y se aseguró de que el hijo de la Vicepresidenta (y ningún otro camporista) dieran un discurso de barricada contra el acuerdo.

Como en los tiempos en que era presidenciable, Massa se dio el gusto de hablar con la prensa después de la votación. “¿Cree que puede volver a pensar en ser candidato a Presidente?”, le preguntaban una y otra vez. Y el hombre de Tigre repetía como un salmo y sin abandonar la sonrisa. “Estoy muy cansado para esas cosas”. Jamás dijo que no.

En los días previos y rápido de reflejos, Massa encargó un par de encuestas para chequear cómo estaba su imagen, chamuscada en el último año en niveles parecidos a los de Alberto, Cristina, Máximo y Axel Kicillof. Si el kirchnerismo piensa en Wado de Pedro para una PASO en el Frente de Todos, los peronistas desilusionados con Alberto empezaron a resucitar la fantasía de Massa para el lejanísimo 2023.

En el escenario opositor, los 202 votos en Diputados que ahuyentaron el default le dieron un suspiro de alivio a los moderados, con Rodríguez Larreta y Gerardo Morales a la cabeza, y con las expectativas algo más revitalizadas de María Eugenia Vidal y Facundo Manes. Los llamados y chats con Massa, que tanto les critican los opositores más duros, esta vez sirvieron para remontar un camino descendente que podía conducir a un nuevo abismo institucional.

En sus diálogos a la sombra del metegol de Racing, Rodríguez Larreta suele evaluar en voz baja cómo será la definición de la postulación presidencial que lo obsesiona. Su adversaria más visible es Patricia Bullrich, pero algo le hace pensar que al final del camino tendrá que vérselas con Macri. Cree que el expresidente todavía piensa en una posible reivindicación y un llamado a un nuevo desafío presidencial. En ese caso, intentaría el parricidio en primarias abiertas. A todo o nada.

Nadie arriesga cómo será la interna de Juntos por el Cambio para definir la fórmula presidencial. Algunos apuestan a una confrontación directa entre dirigentes del PRO y de la UCR, y otros a la integración de fórmulas combinadas. Pero todos coinciden en un pronóstico optimista. “La coalición no se va a romper”. Ese es el mayor fantasma que los aterroriza.

Es interesante ver quiénes quedaron en la votación de Diputados, rechazando el acuerdo con el FMI. Máximo Kirchner ya había adelantado su postura, y Cristina se va a beneficiar esta semana por el hecho de que solo debería votar si hay empate entre las dos posturas. En el Senado, la van a salvar los votos de los peronistas más cercanos al Gobierno y los de la oposición para no tener que beber el cáliz que el radical Julio Cobos levantó tembloroso en 2008, cuando debió desempatar con aquel “no positivo” la gigantesca discusión por las retenciones agropecuarias.

El kirchnerismo, con Máximo a la cabeza, como ya se ha dicho en esta columna, buscará refugio en la provincia de Buenos Aires. Apostarán a adelantar la elección a gobernador, para despegarla de los comicios nacionales en los que no se ven con demasiadas chances. El heredero de los Kirchner intentará ser el candidato, pero si la imagen negativa sigue siendo tan corrosiva como hasta ahora, el intendente de Lomas de Zamora e interventor virtual de la Provincia, Martín Insaurralde, sería una alternativa para seducir al resto de los barones (y baronesas) del peronismo del conurbano.

La votación del acuerdo con el FMI en la Cámara de Diputados encontró en la vereda del rechazo, además de Máximo Kirchner, a los libertarios de Javier Milei y José Luis Espert, a los legisladores de la extrema izquierda y al solitario Ricardo López Murphy. Extraño para el economista que compitió en la interna de Juntos por el Cambio y termina apuntalando la posibilidad de un escenario de incertidumbre, parecido al que lo ahogó a él mismo cuando fue un fugaz ministro de la Alianza en el comienzo del siglo.

“Revolcados en un merengue y, en el mismo lodo, todos manoseados”, escribía Enrique Santos Discépolo hace casi noventa años. Desde entonces, el “Cambalache” que describe demasiados momentos de la Argentina, no deja de producir nuevas y sorprendentes formas de la decadencia.

Fernando González

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