Miércoles, 22 Junio 2022 13:06

La implosión del Frente de Todos se agudiza por la posible fractura oficialista - Por Alejandro Cancelare

Escrito por Alejandro Cancelare

A pesar de que la vicepresidenta haya dicho que la unidad del Frente de Todos no corre riesgo, ningún referente oficialista puede confirmar esa expresión. El presidente no habló más con CFK, a veces quiere tirar del mantel y ahora el massismo reclama abiertamente que haya cambios urgentes. 

El Frente de Todos terminó de existir el 10 de septiembre de 2021, a pocas horas de haberse conocido el resultado electoral de la provincia de Buenos Aires, donde por primera vez desde el regreso de la Democracia en 1983 el peronismo pierde, unido, contra un frente opositor. 

"Así como vamos, perdemos Nación, Provincia y el peronismo entra en terapia intensiva, casi en coma", confesó un importante dirigente provincial con oficina en pleno centro, a un par de cuadras de la Plaza de Mayo. No es el único que cree eso. La mayoría de los funcionarios oficialistas, no albertistas, camporistas o massistas ven lo mismo. Pero las soluciones que pretenden aplicar difieren sustancialmente según sean uno u otros los consultados.

Hace más de un mes, tras un acto en Cañuelas, el presidente Alberto Fernández le dijo a quienes estaban junto con él en la carpa VIP armada en la ocasión que él no iba a ser un “estorbo” para el futuro electoral del oficialismo y que se ofrecía para encarar todos los cambios que sean necesarios para ganar las elecciones presidenciales del año siguiente.

Lo escucharon varios ministros y el gobernador Axel Kicillof. Después de treinta días de aquella confesión, no sólo no hubo cambios en la forma de gestionar, sino que se debió ir del gabinete uno de los suyos, Matías Kulfas, pero en su reemplazo vino un candidato presidencial, Daniel Scioli.

Hacía cuarenta y cinco días había fracasado un inicio de negociación entre los referentes territoriales del nonato albertismo Gabriel Katopodis, Juan Zabaleta y Jorge Ferraressi, con Sergio Massa y Máximo Kirchner, entre otros.

La idea era convencer al presidente de la Nación de armar una mesa de conducción política que discuta las principales medidas de gobierno. Los ministros del Gabinete que escucharon eso habían anticipado que, dadas las condiciones políticas y el claro enfrentamiento de algunos sectores con las ideas presidenciales, era muy poco probable que esto se diera. Tuvieron razón.

Entonces, en lugar de romper esos puentes, siguieron sirviendo de conexión entre las partes, pero ahora había surgido otro problema. El presidente, quien siempre se mostraba más dispuesto a poner la otra mejilla o agachar la cabeza y retroceder ante cualquier intervención directa o indirecta de su vice, ya se había convencido que sus ideas eran parte del problema.

Todo explotó luego de la reunión que él mantuvo en Moreno con media docena de intendentes en las que fue más franco que en otras oportunidades y ante el pedido -ruego- de los presentes, él se negó a seguir conversando con su vice. “No tiene sentido”.

Quizás fue el propio Fernández el que nunca tomó dimensión del rol que le tocaba asumir y con los aliados con los que debía convivir. Fundamentalmente Cristina Fernández de Kirchner, una idea política en la que solo vale la ejecución por sus propios medios de todo.

Si no, preguntarle a los gobernadores Sergio Acevedo, Carlos Sancho y Gabriel Peralta, todos de Santa Cruz, predecesores de Néstor Kirchner. No pudieron hacer nada, y todo lo que proyectaban debían pasarlo por el tamiz del expresidente o su esposa, quien también lo sucedió a él.

¿Qué posibilidades tenía Fernández de no padecer lo mismo que padecieron el mejor amigo del expresidente, el exsocio comercial o el más fiel representante sindical de su provincia? No haber visto esto, es no haber entendido nunca al kirchnerismo.

A este mundo se sumó, en su momento, casi al final del cierre de las alianzas electorales de 2019, Sergio Massa. Para esto pesaron más los gritos casi de ruego que le llegaban por parte de la mayoría de sus seguidores con cargos legislativos que se veían fuera del poder. En esa discusión, quedó más que en minoría su guía política y amiga, Graciela Camaño.

Sin embargo, su participación en el Frente de Todos se había iniciado un par de años antes, con los diálogos que mantenía frecuentemente con Máximo Kirchner. El hijo de los dos presidentes ve en el líder del Frente Renovador uno de los pocos dirigentes con ideas y criterio. Lo respeta casi como a nadie más fuera del mundo kirchnerista.

Su presencia en el Frente de Todos también tuvo que ver con este optimismo sin límites que lo suele embargar cuando emprende un proyecto. Realmente creía que en el lema “volvemos mejores”, aunque él haya sido parte fundamental para que se terminaran yendo.

Tras actuar de colchón de broncas e insultos de un lado y el otro del oficialismo tras la derrota de las PASO, haber actuado de contenedor espiritual de buena parte de la alianza de gobierno, su paciencia parece haber encontrado un límite. “Lo están empujando a los brazos de Cristina”, dijo, casi con lástima, uno de los intendentes que lo quiere y lo escuchó en absoluta confianza.

Por eso no llamó la atención que la primera “bienvenida” que le dieran a Daniel Scioli fuera alguien de su sector, Rubén Eslaiman, quien lamentó su designación. Lo hizo a título personal, pero había escuchado algo de su jefe político, más lastimado porque luego de estar tres horas con el presidente, cuando se fue de Olivos, se enteró por un tuit de la designación del exgobernador.

En estas horas circularon miles de informaciones y volvieron los “off” pero fue Jorge D’Onofrio, el ministro de Transporte provincial, quien lo puso en palabras. “Estoy cansado de que le dan la razón a Sergio y de que no le hagan caso”.

Un día es Alberto Fernández, otro Cristina. Tal cual le confesó un funcionario que dialoga con todos, y que estuvo en algún encuentro con Máximo Kirchner, “esto continuará así hasta el fin del mandato. La unidad no es una solución, sino una condena”.

Alejandro Cancelare

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