Viernes, 12 Agosto 2022 10:56

La premiere de Massa y el número vivo expositor - Por Jorge Raventos

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Sin tiempo para tomar aliento, Sergio Tomás Massa empieza a sentir el juego de pinzas de las expectativas y las rivalidades. Compensa en parte esos inconvenientes el alboroto que reina en la oposición, amplificado por el fuego amigo descargado minuciosamente por Elisa Carrió sobre su propia coalición.

Conviene ir por partes. 

Apenas han transcurrido ocho días desde que Massa asumió como superministro: en sus nuevas funciones  ha quedado en el centro de la atención pública y los otros dos socios de la coalición oficialista empiezan a disfrutar de ese nuevo pararrayos, aunque su instalación implique que ellos han perdido cuotapartes en la UTE gobernante: la ceremonia de investidura de Massa tuvo dimensiones casi presidenciales, lo que subrayó el proceso de evaporación del  poder de Fernández y echó luz sobre los verdaderos límites de la presunta omnipotencia que voces desubicadas o interesadas del espectro opositor, suelen adjudicarle a la señora de Kirchner.

Massa tiene la oportunidad de fortalecer las atribuciones con las que llegó a su nuevo cargo, pero eso dependerá de distinguir con claridad lo principal de lo accesorio; tendrá que emplear la audacia y la capacidad de trabajo que no le faltan para resolver los problemas reales que provocaron su ascenso antes que a hacer equilibrio en el juego de fuerzas del internismo oficialista.

No se podría afirmar que el nuevo ministro haya estado quieto estos ocho días. Entre sus logros más destacables están la refinanciación de una pesada deuda en pesos con vencimientos inminentes ($615.862 millones en agosto, $1.123.801 millones en septiembre y $807.068 millones en octubre), y la oferta de canje presentada por Economía obtuvo un 85 por ciento de aprobación; las obligaciones se postergaron por un año a cambio de tres bonos que naturalmente ofrecen a sus tenedores garantías (sea contra inflación o contra devaluación). Se trataba de conseguir un respiro al Tesoro, sofocado por la cercanía de los compromisos ahora pospuestos.

Otro logro importante: Massa consiguió hacerse con el control del área de Energía, una plaza que muchos consideraban vedada para él, ya que allí campeaban figuras próximas a la señora de Kirchner, como el subsecretario Federico Basualdo, a quien Martín Guzmán y el propio Alberto Fernández quisieron pero no pudieron apartar, y el secretario Darío Martínez, un secretario del área que, sin ser explícitamente kirchnerista, se acomodaba a los dictados de esa tendencia.

Massa consiguió sus renuncias y colocó allí a personas que sintonizan con su criterio, que prioriza la reducción marcada de los subsidios, tantra para bajar el gasto público como para inducir un mayor control del consumo.

LA RETORICA FERNANDISTA

Vale la pena seguir la retórica desafinada con la que el Presidente acompaña las políticas y las intenciones del ministro de Economía convocado para dinamizar su estancado gobierno. La última semana, con éste sentado a su costado en Cañada de Gómez, en el restablecimiento del ramal ferroviario que une esa ciudad con Rosario, Fernández pareció querer ponerle un límite al recorte del gasto público que Massa se propone (necesita) recortar, y dijo: "Sergio sabe cómo yo la obligación que tenemos y no va a parar ninguna de las 5 mil obras públicas que estamos haciendo a lo largo y a lo ancho del país''. Ahora que parece relevado de la responsabilidad de gobernar, Fernández dicta agenda desde el palco. En un acto de hace tres días relacionado con la puesta en marcha del gasoducto Néstor Kirchner, exhortó desde el micrófono: "Estamos en Argentina y tenemos gas, ¿por qué vamos a pagar a precios internacionales si tenemos gas que podemos distribuir entre los argentinos y que los argentinos paguen a precios razonables''. Es un argumento facilista, de eventual penetración para quienes quieren verse reflejados en el ejemplo de Arabia Saudita, pero notoriamente inoportuno para un ministerio de Economía empeñado en achicar los precios políticos y aproximarse a los precios de mercado tanto para reducir el peso de los subsidios sobre el presupuesto como para alentar la inversión con reglas objetivas, comprensibles y adaptadas a la normalidad internacional.

Aliviado de otras responsabilidades por el protagonismo de Massa, Fernández parece haber abandonado el traje de seriedad presidencial con el que defendía el rumbo de Martín Guzmán para vestirse con la informalidad militante de un rockero progresista o de un vocero vocacional del Instituto Patria.

La sociedad y los mercados observan si el superministro puede avanzar en el sentido que él insinúa y que un gran número de jugadores importantes espera, o si, por el contrario, es, también él, frenado nuevamente por sus socios de la coalición. En la semana que transcurrió Massa no consiguió aún nombrar al técnico que lo acompañanará como número dos de su ministerio. A fines de la última semana sonó el nombre de Gabriel Rubinstein, un prestigioso economista que fue colaborador directo de Roberto Lavagna. Esa designación se frenó (aunque no definitivamente). Muchos informadores sostuvieron que el freno había provenido de la señora de Kirchner y se fundaba en que Rubinstein se ha mostrado muy crítico del kirchnerismo en las redes sociales. La verdad es que el economista estaba fuera del país y su familia no contempla con simpatía la posibilidad de que retorne a la función pública. Pero su nombre no ha sido descartado y no fue la señora de Kirchner quien detuvo su nombramiento.

En rigor, hasta ahora ella actúa en modo colaborativo con Massa, aunque no proclama su respaldo a un programa que impondrá ajustes. Y mucho menos antes de que se ponga en práctica y demuestre (o no) su efectividad. Las mayores reticencias, disimuladas con té y simpatía, se observan por ahora en la Casa Rosada. 

ALIANZA CON EL CAMPO

Pero la principal reticencia es el tiempo. Massa no cuenta con meses para conseguir enraizar su gestión. A lo sumo cuenta con días, quizás semanas.

Por ahora, como un estudiante experimentado ante un examen, trata de despejar primero lo que le resulta más fácil y dejar lo más complicado para el final. Pero esa táctica quizás no es la más indicada para resolver una situación política, donde conviene atacar primero lo estratégico.

En sus declaraciones de la tarde en que, ocho días atrás, asumió, el flamante ministro expuso cuatro ejes y dieciséis prioridades de su hoja de ruta. Tal vez tenga que comprimir esa enumeración y concentrarse en lo esencial, donde se destacan tres asuntos íntimamente entrelazados: fortalecer las reservas del Banco Central supone la necesidad de un acuerdo con el campo (el sector más competitivo de la economía argentina, el mayor proveedor de divisas y un aliado fundamental para una estrategia de crecimiento e inserción protagónica en el mundo); Massa destacó en su primera exposición como ministro la relevancia y capacidades del sector, pero todavía no avanzó en las reuniones prometidas con él. Conversó con sectores del Consejo Agroindustrial Argentino y con algunos dirigentes individuales, pero recién hoy se verá con la Mesa de Enlace agropecuaria, una entidad de peso simbólico y también organizativo.

Quizás de ese encuentro dependa la vía para abordar una tercera cuestión prioritaria: la reducción de la enorme brecha cambiaria entre el dólar comercial y los dólares paralelos.

El acuerdo con el campo es una prioridad estratégica y eso seguramente conducirá a una reducción sensible (o anulación temporaria) de las retenciones. Massa, que llega a su cargo actual desde el seno del Frente de Todos pero sigue empeñado en disolver la grieta, como cuando buscaba la avenida del medio, es un personaje que  le resulta incómodo a muchos, de adentro y de afuera del oficialismo. Por el principio de acción y reacción, esos sectores buscarán (ya lo hacen) hacerlo sentir incómodo a él.

Pero las fuerzas de Massa, las realidades que lo proyectaron a su situación actual -la hondura de la crisis, el temor al vacío, la proximidad del precipicio- seguirán durante un tiempo protegiéndolo de las represalias. La condición es que no malgaste e ese tiempo, que lo use para hacer lo que hay que hacer...

EL DILEMA OPOSITOR

Las fuerzas de la realidad, que disgregan lo viejo y anacrónico, afectan no solo al gobierno, sino al conjunto del sistema político empujándolo a reestructurarse y reorganizarse. En los últimos tiempos, así como el oficialismo experimentó el poder de esa lógica desintegradora, la principal coalición opositora dio muestras también de que allí bullían energías contrapuestas.

Esta semana Elisa Carrió se ocupó de activar una erupción. La aguerrida chaqueña se embarcó en una programada secuencia de declaraciones en medios importantes (evacuadas ante cronistas que no suelen interrumpirla con preguntas) y allí se dedicó a disparar contra líderes de Juntos por el Cambio. Entre ellos, Cristian Ritondo y Gustavo Ferrari, ex ministros de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires (implícitamente los ataques también la tocaban a ésta), Emilio Monzó, Rogelio Frigerio; contra miembros de los equipos que acompañan a Patricia Bullrich, como Gerardo Milman (a Bullrich no la nombró, quizás para ningunearla). El argumento básico de los ataques que ella explicitó fue que "hay muchas personas claves de Juntos por el Cambio que hacen negocios'', y su objetivo alegado fue sacar de la coalición opositora a “todos los massistas que están en Juntos por el Cambio''.

Parece evidente que la blitzkrieg de Carrió está motivada por el temor que despierta (en ella y en otros socios de esa liga política) la influencia y capacidad de seducción que adjudican a Massa, y la interpretación de que los vínculos que conocen o presienten entre sectores de Juntos por el Cambio y Massa u otros líderes peronistas son indicio de una conjura para romper a la oposición.

Carrió ha bautizado a esa presunta conjura panperonismo (utilizando un término que introdujo el difunto Antonio Carrizo cuatro décadas atrás) y a ese imaginado peligro opone lo que llama panrepublicanismo, que sería, al parecer, una junta de sectores no peronistas, antiperonistas y, eventualmente, también de algunos peronistas redimidos.

La construcción de la líder de la Coalición Cívica parece buscar que la actitud moderada que se atribuye a Horacio Rodríguez Larreta (búsqueda de un sostén "del 70 por ciento'' para poder gobernar) se inhiba de alianzas con el peronismo y, antes aún, tome mayores distancias en relación con las búsquedas de apertura que suelen atribuirse a Massa.

Carrió no golpea a Larreta (que ha sido su aliado y es una fuerza indispensable por lo que representa en la Capital), pero amenaza con el uso de sus rayos flamígeros.

Mauricio Macri -el más silencioso de los líderes del Pro ante los atraques de Carrió a dirigentes de su partido y ex ministros de su gobierno- había expresado, sin el estilo hiperbólico de la chaqueña, algunos temores emparentados con los de ella. Dos semanas atrás, a raíz de una peña que reunió a dirigentes del Pro porteño (larretistas) con cuadros y militantes peronistas, Macri advirtió sobre la necesidad de mantener la pureza partidaria y evitar que cualquiera se incorpore a Juntos por el Cambio por el riesgo de infiltración.

Las declaraciones de Carrió (y el significativo mutismo de Macri sobre ellas) no solo expuso clamorosamente las disputas, recelos y desconfianzas que atraviesan a la principal oposición. También testimonió la erosión que ha sufrido la palabra de Elisa Carrió, hasta hace poco una suerte de arma atómica que no hacía falta detonar para que causara miedo.

En esta ocasión, Carrió recibió el airado rechazo -todos a una- de la mayoría de los dirigentes del Pro y el radicalismo. María Eugenia Vidal aseguró que Carrió mentía, Patricia Bullrich dijo que Carrió no atendía a su propia ética "ni a la de sus aliados''. Varios deslizaron que la líder cívica utilizaba sus denuncias como arma para disputar posiciones de poder para su partido.

El espectáculo de las fuerzas políticas quizás obligue a muchos analistas precipitados a corregir la presunción de que las elecciones de 2023 exhibirán la polarización entre las dos fuerzas que caracterizaron la grieta. Falta mucho para la elección. Quizás haya mas de dos fuerzas surgidas de la grieta. Quizás haya también nuevos actores. ¿Qué pasará, por ejemplo, si entre fines de agosto y mediados de septiembre emerge la candidatura presidencial de Juan Schiaretti? ¿Cómo puede incidir esa candidatura en el paisaje general? ¿Es posible que, en convergencia con sectores del radicalismo, se configure una nueva coalición opositora, que iría lógicamente mamás allá de Juntos por el Cambio?

La escena metropolitana es muy intensa. Pero el país es más grande que el AMBA. 

Jorge Raventos

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